Capítulo
15

El lunes por la mañana, el aire tenía esa mágica cualidad de quietud tan común en otoño. El mundo entero parecía renovado y brillante, y el tiempo parecía estar suspendido. Salté de la cama al amanecer y me puse la ropa de remo, que esperaba lista, ansiosa por salir afuera.

En el río no hubo nadie durante la primera hora. A medida que el sol asomaba por el horizonte, la niebla retrocedía hacia la línea del agua, de modo que yo me deslizaba entre franjas de neblina y rosados rayos de sol.

Cuando me detuve en el muelle, Matthew me estaba esperando en la curva de los escalones que conducían a la terraza del cobertizo de botes; llevaba una vieja bufanda con rayas marrones y marfil del New College colgada alrededor del cuello. Salí del bote, puse las manos sobre mis caderas y lo miré sin creer lo que veía.

—¿Dónde has conseguido eso? —Señalé con el dedo la bufanda.

—Tienes que ser más respetuosa con los antiguos miembros —dijo con una enorme sonrisa traviesa, echándose un extremo por encima del hombro—. Creo que la compré en 1920, pero sinceramente no me acuerdo. Ciertamente fue después de finalizar la Gran Guerra.

Sin dejar de sacudir la cabeza, llevé los remos al cobertizo para botes. Dos tripulaciones pasaron deslizándose junto al muelle en perfecta y fuerte coordinación en el mismo momento en que yo sacaba mi bote del agua. Mis rodillas se doblaron un poco y el bote se balanceó hacia arriba y hacia delante hasta que se apoyó con todo su peso en mi cabeza.

—¿Por qué no me dejas que te ayude con eso? —exclamó Matthew, levantándose del sitio donde estaba sentado.

—De ninguna manera. —Mis pasos resonaron con firmeza al llevar el bote al interior. Él masculló algo entre dientes.

Una vez colocado el bote en su sitio, Matthew me persuadió fácilmente de desayunar en el café de Mary y Dan. Él iba a tener que estar sentado junto a mí durante buena parte del día, y yo estaba hambrienta después del esfuerzo matutino. Me cogió por el codo y me condujo por entre los otros comensales con su mano en mi espalda con más firmeza que antes. Mary me dio la bienvenida como a una vieja amiga y Steph ni se molestó en ofrecer la carta, simplemente anunció: «Lo de siempre» cuando se acercó a la mesa. No había la menor duda en su voz, y cuando llegó la bandeja —cargada de huevos, tocino, champiñones y tomates— me alegré de no haber insistido en algo más propio de una dama.

Después del desayuno pasé velozmente por la portería y escaleras arriba hasta mis habitaciones para darme una ducha y cambiarme la ropa. Fred miró por su ventana para ver si era efectivamente el Jaguar de Matthew el que había aparcado frente a los portones. Sin duda los porteros estaban cruzando apuestas tratando de saber adónde conduciría nuestra relación curiosamente formal. Esa mañana fue la primera vez que logré convencer a Matthew de que me dejara en la entrada sin acompañarme.

—Es de día y Fred se pondrá furioso si obstruyes su entrada en horario de reparto de mercancías —protesté cuando Matthew empezó a bajar del coche. Me miró con cierta irritación, pero estuvo de acuerdo en que el simple hecho de aparcar en la entrada podía entorpecer cualquier movimiento de vehículos.

Esa mañana, cada paso de mi rutina tenía que ser lento y deliberado. Mi ducha fue larga y pausada, con el agua caliente deslizándose sobre mis músculos cansados. Sin apresurarme, me puse unos cómodos pantalones negros, un jersey de cuello alto para evitar que se me agarrotaran los hombros en la cada vez más fría biblioteca y una razonablemente presentable chaqueta azul oscuro para aligerar el intenso negro. Até mi pelo en una cola de caballo baja. El mechón de delante se cayó como siempre y, con un gruñido, me lo puse detrás de la oreja.

A pesar de mis esfuerzos, mi ansiedad aumentó cuando abrí las puertas de cristal de la biblioteca. El vigilante entrecerró los ojos ante mi sonrisa inusitadamente afectuosa y tardó una buena cantidad de tiempo cotejando mi cara con la fotografía en mi carné de lector. Finalmente me dejó entrar y me apresuré escaleras arriba hasta la sala Duke Humphrey.

No había pasado más de una hora desde que había estado con Matthew, pero la imagen de él en el primer grupo de mesas isabelinas, instalado en una de las incómodas sillas del ala medieval, era bienvenida. Levantó la vista cuando mi ordenador portátil golpeó sobre la superficie de madera gastada.

—¿Está aquí? —susurré, sin querer mencionar el nombre de Knox.

Matthew asintió sombríamente con la cabeza.

—Está en el ala Selden.

—Bien, por lo que a mí respecta, puede esperar allí todo el día —dije entre dientes mientras cogía un formulario de solicitud en blanco de la bandeja rectangular que había sobre la mesa. Allí escribí «Ashmole MS 782», mi nombre y mi número de carné de biblioteca.

Sean estaba en el mostrador de préstamos.

—Tengo dos manuscritos reservados —le dije con una sonrisa. Entró en la jaula y regresó con mis manuscritos, luego estiró la mano para recibir mi nuevo pedido. Puso el formulario de pedido en el gastado sobre de cartón gris que iba a ser enviado al depósito.

—¿Puedo hablar contigo un minuto? —preguntó Sean.

—Por supuesto. —Hice un gesto para indicarle a Matthew que se quedara en su sitio y seguí a Sean por la puerta hacia el ala de las Artes, que, al igual que el ala Selden, corría perpendicular a la parte más larga de la antigua biblioteca. Nos detuvimos debajo de una serie de ventanas emplomadas que dejaban entrar el débil sol matutino.

—¿Te está molestando?

—¿El profesor Clairmont? No.

—No es asunto mío, pero no me gusta. —Sean miraba preocupado por el pasillo central, como si esperara que Matthew saliera de sopetón y lo mirara furioso—. Todo este lugar se ha llenado de bichos raros durante esta última semana más o menos.

Al no poder contradecirlo, recurrí a hacer suaves ruidos de comprensión.

—Me avisarás si algo no marcha bien, ¿verdad?

—Por supuesto, Sean. Pero con el profesor Clairmont no hay problema. No tienes que preocuparte por él.

Mi viejo amigo parecía poco convencido.

—Sean tal vez sepa que soy diferente…, pero parece que no soy tan diferente como tú —le dije a Matthew al regresar a mi asiento.

—Pocos lo son —replicó sombríamente mientras volvía a su lectura.

Encendí mi ordenador y traté de concentrarme en mi trabajo. Pasarían horas antes de que apareciera el manuscrito. Pero pensar en la alquimia me resultaba más difícil que nunca, atrapada como estaba entre un vampiro y el mostrador de préstamos. Cada vez que llegaban nuevos libros de los depósitos, yo levantaba la vista.

Después de varias falsas alarmas, oí unos suaves pasos que se acercaron desde el ala Selden. Matthew se puso tenso en su asiento.

Peter Knox se acercó y se detuvo.

—Doctora Bishop —dijo con frialdad.

—Señor Knox. —Mi voz fue igualmente fría y volví mi atención al volumen abierto ante mí. Knox dio un paso en dirección a mí.

Matthew habló en voz baja, sin levantar sus ojos de las obras de Needham:

—Yo me detendría ahí, a menos que la doctora Bishop desee hablar con usted.

—Estoy muy ocupada. —Una sensación de presión rondaba mi frente, y una voz susurró dentro de mi cráneo. Cada gramo de mi energía estaba dedicado a mantener al brujo fuera de mis pensamientos—. Le he dicho que estoy ocupada —repetí con dureza.

Matthew dejó su lápiz y se apartó de la mesa

—El señor Knox ya se iba, Matthew. —Me volví a mi ordenador portátil y escribí algunas palabras que no eran más que disparates.

—Espero que usted se dé cuenta de lo que está haciendo —espetó Knox.

Matthew gruñó y apoyé ligeramente una mano sobre su brazo. La mirada de Knox se concentró en el lugar donde los cuerpos de una bruja y un vampiro se tocaron.

Hasta ese momento, Knox sólo había sospechado que Matthew y yo estábamos demasiado cerca para la tranquilidad de las brujas. En este instante estuvo seguro.

«Usted le ha dicho a él lo que sabe sobre nuestro libro». La dura voz de Knox resonó en toda mi cabeza, y aunque traté de resistir su intromisión, el mago era demasiado poderoso. Cuando superó mis barreras, ahogué un grito y abrí la boca sorprendida.

Sean, desde el mostrador de préstamos, levantó la vista alarmado. El brazo de Matthew vibró y su gruñido se apagó hasta convertirse en un ronroneo de algún modo más amenazador.

—¿Quién ha atraído la atención humana ahora? —le susurré al mago a la vez que le apretaba el brazo a Matthew para hacerle saber que no necesitaba su ayuda.

Knox sonrió de manera desagradable.

—Usted ha atraído la atención de algo más que seres humanos esta mañana, doctora Bishop. Antes del anochecer todas las brujas en Oxford sabrán que es una traidora.

Los músculos de Matthew se encogieron y se llevó la mano hacia el ataúd que llevaba alrededor del cuello.

«Oh, Dios mío —pensé—, va a matar a un brujo en la Bodleiana». Me coloqué abiertamente entre ambos.

—Basta —le dije a Knox en voz baja—. Si no se retira, le diré a Sean que usted me está acosando y haré que llame al guardia de seguridad.

—La luz en el ala Selden es demasiado brillante hoy —dijo Knox finalmente, evitando el enfrentamiento—. Creo que me trasladaré a otra parte de la biblioteca. —Se alejó.

Matthew retiró mi mano de su brazo y empezó a recoger sus pertenencias.

—Nos vamos.

—De eso nada. No nos iremos hasta que tengamos ese manuscrito.

—¿No has oído? —dijo Matthew en tono feroz—. ¡Te ha amenazado! Puedo prescindir de ese manuscrito, pero no de… —Se detuvo bruscamente.

Empujé a Matthew de vuelta a su asiento. Sean seguía mirando hacia donde estábamos nosotros, con la mano preparada para coger el teléfono. Con una sonrisa sacudí la cabeza mirándolo antes de volver a ocuparme del vampiro.

—Es culpa mía. No debía haberte tocado estando él delante —murmuré, bajando mi mirada a su hombro, donde todavía estaba apoyada mi mano.

Los fríos dedos de Matthew me levantaron la barbilla.

—¿Lamentas haberme tocado… o el hecho de que el mago te haya visto?

—Ninguna de las dos cosas —susurré. Sus ojos grises pasaron de la tristeza a la sorpresa en un instante—. Pero a ti no te gusta que sea imprudente.

Cuando Knox se acercó otra vez, la presión de Matthew sobre mi barbilla aumentó, con todos sus sentidos dirigidos al mago. Knox se detuvo a unas cuantas mesas de distancia, y entonces el vampiro volvió a prestarme atención a mí.

—Una palabra suya más y nos vamos…, esté o no esté el manuscrito. Lo digo en serio, Diana.

Pensar en ilustraciones de alquimia me resultó imposible después de eso. La advertencia de Gillian sobre lo que les ocurría a las brujas que tenían secretos con otras brujas y la firme declaración de Knox de que yo era una traidora resonaban en mi cabeza. Cuando Matthew trató de hacer una pausa para comer, me negué. El manuscrito todavía no había aparecido, y no podíamos estar en Blackwell’s cuando llegara…, y menos con Knox rondando tan cerca.

—¿Has visto todo lo que he desayunado? —le pregunté a Matthew cuando insistió—. No tengo hambre.

Mi daimón amante del café apareció por allí un rato después, haciendo girar sus auriculares con el cordón.

—Hola —nos saludó con un gesto a Matthew y a mí.

Matthew levantó bruscamente la vista.

—Me alegra veros a los dos otra vez. ¿Os parece bien si miro mi correo electrónico aquí, ya que el brujo está con vosotros?

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, conteniendo una sonrisa.

—Timothy —contestó, balanceándose sobre los talones. Tenía puesto un par de botas desiguales, una roja y otra negra. Sus ojos eran también de diferente color…, uno era azul y el otro verde.

—Por supuesto que puedes ver tu correo electrónico, Timothy.

—Eres un encanto. —Me apuntó con los dedos, giró sobre el tacón de la bota roja, y se alejó.

Al cabo de una hora me puse de pie, sin poder controlar ya mi impaciencia.

—El manuscrito ya debería haber llegado.

El vampiro me siguió con la mirada a lo largo de los dos metros de espacio libre hasta el mostrador de préstamos. Sentí sus ojos duros y penetrantes como el hielo, en lugar de suaves como una nevada, que se afirmaban en mis omóplatos.

—Hola, Sean. ¿Puedes averiguar si el manuscrito que pedí esta mañana ya ha sido entregado?

—Debe de tenerlo otra persona —explicó Sean—. No ha llegado nada para ti.

—¿Estás seguro? —Nadie lo tenía.

Sean revisó los formularios y encontró mi pedido. Había una nota de papel adherida a él.

—Está perdido.

—No está perdido. Lo vi hace algunas semanas.

—Veamos. —Dio la vuelta al mostrador y se dirigió a la oficina del supervisor. Matthew levantó la vista de sus papeles y observó a Sean cuando golpeaba la puerta abierta.

—La doctora Bishop quiere este manuscrito y hay una nota que dice que está perdido —explicó Sean. Le alcanzó el formulario.

El señor Johnson consultó un libro sobre su escritorio, deslizando sus dedos sobre líneas y líneas escritas por generaciones de supervisores de la sala de lectura.

—Ah, sí, el Ashmole 782. Ése ha estado perdido desde 1859. No tenemos microfilm. —El sillón de Matthew hizo ruido al apartarse del escritorio.

—Pero lo vi hace sólo unas semanas.

—Eso es imposible, doctora Bishop. Nadie ha visto este manuscrito en ciento cincuenta años. —El señor Johnson parpadeó detrás de sus gafas de gruesa montura.

—Doctora Bishop, ¿puedo mostrarle algo cuando tenga un momento? —La voz de Matthew me sobresaltó.

—Sí, por supuesto. —Me volví hacia él sin mirarlo—. Gracias —le susurré al señor Johnson.

—Nos vamos. Ahora —dijo Matthew entre dientes. En el pasillo, distintas criaturas nos observaban atentamente. Vi a Knox, a Timothy, a las hermanas Scary, a Gillian… y algunas otras caras desconocidas. Por encima de las altas estanterías, los antiguos retratos de reyes, reinas y otros personajes ilustres que decoraban las paredes de la sala de lectura Duke Humphrey nos miraban también, con la misma intensidad de amarga desaprobación.

—No puede haberse perdido. Yo lo vi —repetí aturdida—. Deberíamos hacer que lo comprobaran.

—No hables de eso ahora…, ni siquiera pienses en ello. —Recogió mis cosas con la velocidad de un rayo. Sus manos eran apenas una mancha cuando guardó mi trabajo y apagó el ordenador.

Empecé a recitar obedientemente la lista de monarcas ingleses en mi cabeza, empezando por Guillermo el Conquistador, para limpiar mi mente de todo pensamiento acerca del manuscrito desaparecido.

Knox pasó cerca, escribiendo afanosamente un texto en su teléfono móvil. Lo seguían las hermanas Scary, que tenían un aspecto más sombrío que de costumbre.

—¿Por qué se van todos? —le pregunté a Matthew.

—No retiraste el Ashmole 782. Se están reagrupando. —Me entregó bruscamente mi bolso y mi ordenador y cogió mis dos manuscritos. Con su mano libre me agarró por el codo y nos dirigimos hacia el mostrador de préstamos. Timothy saludó tristemente con la mano desde el ala Selden antes de hacer un signo de la paz y darse la vuelta.

—Sean, la doctora Bishop regresa a la residencia conmigo para ayudarme a solucionar un problema que he encontrado en las obras Needham. No va a necesitar éstos durante el resto del día. Yo tampoco voy a volver hoy. —Matthew le entregó a Sean los manuscritos en sus cajas. Éste le dirigió una sombría mirada al vampiro antes de colocarlos en una pila más ordenada y se dirigió a donde se guardaban con llave los manuscritos.

No intercambiamos ni una palabra al bajar las escaleras, y cuando empujamos las puertas de cristal para salir al patio, yo estaba a punto de estallar con un torrente de preguntas.

Peter Knox estaba apoyado contra las barandillas de hierro que rodeaban la estatua de bronce de William Herbert. Matthew se detuvo bruscamente para colocarse delante de mí y con un rápido paso y un movimiento de sus hombros quedé detrás de su considerable volumen.

—Ah, doctora Bishop, así que no ha vuelto a conseguirlo —dijo Knox lleno de malicia—. Le dije que había sido pura casualidad. Ni siquiera una Bishop podría romper ese hechizo sin un adecuado entrenamiento en brujería. Su madre podría haberlo logrado, pero usted no parece compartir su talento.

Matthew apretó los labios, pero no dijo nada. Estaba tratando de no interferir entre un brujo y una bruja, pero no iba a poder resistirse indefinidamente al deseo de estrangular a Knox.

—Está perdido. Mi madre tenía un gran talento, pero no era un sabueso. —Me encolericé, y Matthew alzó la mano ligeramente para serenarme.

—Ha estado perdido —replicó Knox—. Y usted lo encontró de todos modos. Pero es bueno que no haya podido romper el hechizo una segunda vez.

—¿Y por qué? —pregunté con impaciencia.

—Porque no podemos dejar que nuestra historia caiga en las manos de animales como él. Brujos y vampiros no se mezclan, doctora Bishop. Hay excelentes razones para ello. Recuerde quién es usted. Si no lo hace, lo va a lamentar.

«Una bruja no debe mantener secretos con otras brujas. Algo malo sucede cuando eso ocurre». La voz de Gillian resonó en mi cabeza, y las paredes de la Bodleiana se aproximaron. Luché por contener el pánico que comenzaba a salir a la superficie.

—Amenácela otra vez y lo mataré aquí mismo. —La voz de Matthew era serena, pero la expresión petrificada de un turista que pasaba por allí indicó que su cara expresaba emociones más fuertes.

—Matthew —dije en voz baja—, aquí no.

—¿Ahora se dedica a matar brujos, Clairmont? —Knox lo miró desdeñosamente—. ¿Se ha quedado sin vampiros y sin humanos para atacar?

—Déjela tranquila. —Matthew utilizó un tono inexpresivo, pero su cuerpo estaba listo para atacar si Knox movía un solo músculo en dirección a mí.

El mago frunció el ceño.

—Eso es imposible. Ella nos pertenece a nosotros, no a usted. Igual que el manuscrito.

—¡Matthew! —repetí con más urgencia. En ese momento, un muchacho humano de trece años con un aro en la nariz y rostro preocupado lo observaba con interés—. Los humanos nos están mirando.

Estiró la mano hacia atrás y agarró mi mano con la suya. La impresión de la piel fría sobre algo cálido y la sensación de que estaba atada a él fueron simultáneas. Me arrastró hacia delante, metiéndome debajo de su hombro.

Knox se rió con desdén.

—Se va a necesitar más que eso para mantenerla a salvo, Clairmont. Ella conseguirá el manuscrito para nosotros. Nos aseguraremos de que así sea.

Sin decir una palabra más, Matthew me llevó a través del patio interior para seguir por el amplio camino adoquinado que daba la vuelta alrededor de la Cámara Radcliffe. Miró los cerrados portones de hierro de All Souls, lanzó una imprecación rápidamente y, con entusiasmo, siguió conduciéndome hacia High Street.

—No falta mucho —dijo, apretando mi mano con un poco más de fuerza.

Matthew no me soltó al llegar a la portería y le hizo una leve y seca inclinación de cabeza al portero al pasar rumbo a sus habitaciones. Subimos hasta la buhardilla, que estaba tan cálida y cómoda como la noche del sábado.

Matthew lanzó sus llaves sobre el aparador y me dejó sin ceremonia sobre el sofá. Desapareció en la cocina y regresó con un vaso de agua. Me lo dio, y lo sostuve sin beber hasta que él frunció el ceño de manera tan misteriosa que tomé un sorbo y casi me ahogo.

—¿Por qué no pude conseguir el manuscrito la segunda vez? —Estaba molesta por el hecho de que Knox tuviera razón.

—Tenía que haber seguido mis instintos. —Matthew estaba de pie junto a la ventana, abriendo y cerrando el puño de su mano derecha sin prestarme la menor atención—. No comprendemos tu conexión con el hechizo. Estás en grave peligro desde que viste el Ashmole 782.

—Knox puede amenazar, Matthew, pero no va a hacer ninguna estupidez delante de tantos testigos.

—Vas a quedarte unos días en Woodstock. Te quiero lejos de Knox… Basta de encuentros casuales en la universidad; nada de pasar cerca de él en la Bodleiana.

—Knox tenía razón. No puedo conseguir otra vez el manuscrito. Ya no me hará ningún caso.

—Eso es una fantasía, Diana. Knox quiere comprender los secretos del Ashmole 782 tanto como tú o como yo. —El aspecto normalmente impecable de Matthew estaba empezando a verse afectado. Se pasó los dedos por el cabello hasta que se le quedó apelmazado en unas partes y levantado en otras, como un espantapájaros.

—¿Cómo podéis estar tan seguros de que hay secretos en el texto escondido? —pregunté, y me dirigí hacia la chimenea—. Es un libro de alquimia. Tal vez no sea más que eso.

—La alquimia es la historia de la creación contada desde la química. Las criaturas son química plasmada en la biología.

—Pero cuando el Ashmole 782 fue escrito, ellos no sabían nada de biología ni compartían tu visión de la química.

Matthew entrecerró los ojos hasta convertirlos en pequeñas rendijas.

—Diana Bishop, me sorprende tu estrechez de pensamiento. —Y realmente lo decía en serio—. Las criaturas que elaboraron el manuscrito podían no saber nada del ADN, pero ¿qué pruebas tienes de que no se estaban haciendo las mismas preguntas acerca de la creación que un científico moderno?

—Los textos de alquimia son alegorías, no manuales de instrucciones. —Desvié el miedo y la frustración que había sentido hacia él en los días anteriores—. Pueden sugerir verdades más grandes, pero no se puede desarrollar un experimento fiable a partir de ellas.

—Nunca dije que se pudiese —respondió, con los ojos todavía ensombrecidos por el enfado disimulado—. Pero estamos hablando de lectores potenciales que son brujas, daimones y vampiros. Un poco de lectura sobrenatural, una pizca de creatividad de otro mundo y algunos recuerdos para llenar los espacios en blanco pueden darles a las criaturas la información que no queremos que ellas tengan.

—¡La información que tú no quieres que ellas tengan! —Recordé mi promesa a Agatha Wilson, y alcé la voz—: Eres tan perverso como Knox. Quieres tener el Ashmole 782 para satisfacer tu propia curiosidad. —Me picaban las manos cuando cogí mis cosas.

—Cálmate. —Había un tono en su voz que no me gustó.

—Deja de decirme qué debo hacer. —La sensación de picazón se hizo más intensa.

Mis dedos se volvieron de color azul brillante y lanzaban pequeños arcos de fuego que en los bordes destellaban como las bengalas de los pasteles de cumpleaños. Dejé caer mi ordenador y levanté las manos.

Matthew tenía que haberse quedado horrorizado; sin embargo se mostraba intrigado.

—¿Te ocurre eso a menudo? —Su voz era cuidadosamente inexpresiva.

—¡Oh, no! —Corrí hacia la cocina, dejando una estela de chispas.

Matthew llegó antes que yo a la puerta.

—Nada de agua —ordenó ásperamente—. Huelen a electricidad.

¡Ah, eso explicaba por qué la última vez prendí fuego a la cocina!

Permanecí en silencio, manteniendo las manos alzadas entre nosotros. Observamos durante varios minutos mientras el color azul abandonaba las puntas de mis dedos y las chispas desaparecían por completo, dejando el perceptible olor al falso contacto de un cable eléctrico.

Cuando los fuegos artificiales terminaron, Matthew se apoyó contra el marco de la puerta de la cocina con el aire indiferente de un aristócrata del Renacimiento a la espera de que alguien pinte su retrato.

—Bien —dijo, mirándome inmóvil como un águila preparada para saltar sobre su presa—, eso ha sido interesante. ¿Siempre te pones así cuando te enfadas?

—Yo no me enfado —repliqué, alejándome de él. Me aferró con su mano y me hizo girar hacia atrás para obligarme a mirarle de frente.

—No te vas a librar tan fácilmente. —La voz de Matthew era suave, pero el tono afilado volvió a aparecer—. Tú te enfadas, acabo de verlo. Y has dejado al menos un agujero en mi alfombra que lo demuestra.

—¡Déjame marchar! —Mi boca se retorció formando lo que Sarah llamaba mi «expresión malhumorada». Era suficiente para hacer que mis alumnos temblaran. En ese momento esperaba que sirviera para obligar a Matthew a enroscarse como una pelota y echarse a rodar. Como mínimo, quería que quitara su mano de mi brazo para poder salir de allí.

—Ya te lo advertí, la amistad con los vampiros es complicada. No podría dejarte ir ahora, aunque quisiera hacerlo.

Bajé la mirada hacia su mano. Matthew la retiró con un bufido de impaciencia, y me giré para recoger mi bolso.

En realidad, uno no debería darle la espalda a un vampiro cuando se ha estado discutiendo con él.

Matthew me envolvió con sus brazos desde atrás, apretando mi espalda contra su pecho con tanta fuerza que podía sentir cada músculo en tensión.

—Ahora —me dijo directamente al oído— vamos a hablar como seres civilizados acerca de lo ocurrido. No vas a huir de esto… ni de mí.

—Déjame marchar, Matthew. —Me revolví en sus brazos.

—No.

Ningún hombre se había negado a mis ruegos cuando había pedido que dejara de hacer algo…, ya estuviera sonándose la nariz en la biblioteca o tratando de meter su mano debajo de mi camisa después de una película. Me revolví otra vez. Matthew apretó más los brazos.

—Deja de luchar contra mí. —Parecía divertirse—. Te cansarás mucho antes que yo, te lo aseguro.

En mi clase de defensa personal para mujeres me habían enseñado qué hacer si alguien me agarraba desde atrás. Levanté el pie para pisar con fuerza el suyo. Matthew lo movió y mi pisotón se encontró con el suelo vacío.

—Podemos hacer esto toda la tarde si quieres —murmuró—. Pero, sinceramente, no te lo recomiendo. Mis reflejos son mucho más rápidos que los tuyos.

—Suéltame y hablaremos —dije con los dientes apretados.

Se rió en silencio y su perfumada respiración me hizo cosquillas en la desprotegida piel de la nuca.

—Eso no ha sido un intento brillante de negociación, Diana. No, vamos a hablar así. Quiero saber con qué frecuencia se vuelven azules tus dedos.

—Muy esporádicamente. —Mi instructor me había recomendado relajarme si me agarraban desde atrás para deslizarme fuera de los brazos del agresor. Pero los brazos de Matthew simplemente apretaron más—. Algunas veces, cuando era niña, incendiaba cosas…, las alacenas de la cocina, pero eso pudo haber sido porque traté de poner las manos en el fregadero y el fuego empeoró. Las cortinas de mi dormitorio, una o dos veces. Un árbol en el jardín…, pero fue sólo un árbol pequeño.

—¿Y desde entonces?

—Ocurrió la semana pasada, cuando Miriam me hizo enfadar.

—¿Por qué te hizo enfadar? —preguntó, apoyando su mejilla contra un lado de mi cabeza. Era reconfortante, si pasaba por alto el hecho de que me estaba reteniendo en contra de mi voluntad.

—Me dijo que tenía que aprender a cuidarme a mí misma y dejar de confiar en que tú me ibas a proteger. En síntesis, me acusó de hacer el papel de doncella afligida. —Sólo pensar en ello hizo que me hirviera la sangre y me empezaran a picar todos los dedos otra vez.

—Tú eres muchas cosas, Diana, pero doncella afligida no es una de ellas. Has tenido esta reacción dos veces en menos de una semana —dijo Matthew, pensativo—. Interesante.

—No lo creo.

—No. Supongo que para ti no lo es —dijo—, pero de todos modos es interesante. Ahora cambiemos de tema. —Su boca se movió hacia mi oreja, y traté, sin éxito, de apartarla—. ¿Qué tontería es esa de que lo único que me interesa es un antiguo manuscrito?

Me ruboricé. Aquello me mortificó.

—Sarah y Em me dijeron que sólo pasabas tiempo conmigo porque querías algo. Supongo que se trata del Ashmole 782.

—Pero eso no es verdad, ¿no? —susurró, pasando los labios y la mejilla suavemente sobre mi pelo. Mi sangre reaccionó y empezó a canturrear. Hasta yo podía escucharla. Él se rió de nuevo, esta vez con satisfacción—. Estaba convencido de que no lo creíste. Sólo quería estar seguro.

Mi cuerpo se relajó sobre el suyo.

—Matthew… —comencé a decir.

—Te voy a soltar —me interrumpió—. Pero no trates de salir corriendo por la puerta, ¿comprendes?

Éramos otra vez la presa y el depredador. Si yo corría, sus instintos le dirían que saliera a perseguirme. Asentí con la cabeza y él apartó sus brazos de mí, dejándome extrañamente inestable.

—¿Qué voy a hacer contigo? —Allí estaba él, con las manos sobre las caderas, una sonrisa torcida en su cara—. Eres la criatura más exasperante que jamás he conocido.

—Nadie sabe qué hacer conmigo.

—Eso puedo creerlo. —Me miró detenidamente por un momento—. Nos vamos a Woodstock.

—¡No! Estoy perfectamente segura en la universidad. —Él me había advertido sobre los vampiros y su instinto protector. Tenía razón…, no me gustaba eso.

—Eso no es cierto —replicó con un destello enfadado en sus ojos—. Alguien ha tratado de entrar por la fuerza en tus habitaciones.

—¿Qué? —Me sentí aterrada.

—La cerradura floja, ¿recuerdas?

Era cierto que había señales en el marco, pero yo había decidido que Matthew no debía enterarse.

—Te alojarás en Woodstock hasta que Peter Knox se vaya de Oxford.

En mi cara apareció reflejada la consternación.

—No lo pasarás tan mal —agregó amablemente—. Harás todo el yoga que quieras.

Con Matthew en el papel de guardaespaldas, no tenía yo demasiadas opciones. Y si él tenía razón, y yo sospechaba que la tenía, alguien ya había logrado escabullirse del control de Fred para entrar en mis habitaciones.

—Vamos —dijo, recogiendo la bolsa con mi ordenador—. Te llevaré a tu residencia y esperaré mientras preparas tus cosas. Pero esta conversación sobre la relación entre el Ashmole 782 y tus dedos azules no ha terminado —continuó, obligándome a mirarlo a los ojos—. Acaba de empezar.

Bajamos al aparcamiento de los miembros de All Souls y Matthew sacó el Jaguar de entre un modesto Vauxhall azul y un viejo Peugeot. Dadas las restricciones de circulación de la ciudad, llegar nos llevó el doble de tiempo de lo que hubiéramos necesitado caminando.

Matthew se detuvo en la entrada de la portería.

—Vuelvo enseguida —dije, colgándome la bolsa del ordenador del hombro mientras él me abría la puerta del coche.

—¡Doctora Bishop, hay correo para usted! —gritó Fred desde la portería.

Recogí el contenido de mi casillero a la vez que mi cabeza latía con fuerza por la tensión y la ansiedad, y agité la mano con mi correo a Matthew antes de ir hacia mis habitaciones.

Una vez dentro, me quité los zapatos con los pies, me froté las sienes y miré el contestador automático. Afortunadamente, no estaba parpadeando. El correo no contenía nada más que facturas y un sobre marrón grande con mi nombre escrito a máquina en él. No traía sellos, lo que indicaba que procedía del correo interno de la universidad. Metí el dedo por debajo de la solapa y saqué el contenido.

Un trozo de papel normal estaba adherido a algo suave y brillante. Escrita a máquina en el papel había una sola palabra: «¿Recuerdas?».

Con las manos temblorosas, saqué un papelito, que cayó planeando al suelo para dejar a la vista una conocida y brillante fotografía. Pero yo sólo la había visto reproducida en blanco y negro en los periódicos. Ésta era en color, y tan brillante y vívida como el día en que había sido tomada, en 1983.

Allí se veía el cuerpo de mi madre, boca abajo, en medio de un círculo de tiza, con la pierna izquierda en un ángulo imposible. Su brazo derecho estaba estirado hacia mi padre, que yacía boca arriba, con la cabeza hundida en un costado y un corte profundo que le abría el torso desde la garganta hasta la ingle. Algunas de sus entrañas habían sido sacadas y estaban junto a él, en el suelo.

Un sonido que podía ser un gemido o un grito salió de mi boca. Caí al suelo, temblando, pero sin poder apartar los ojos de la imagen.

—¡Diana! —La voz de Matthew sonó desesperada, pero estaba demasiado lejos como para que le prestara atención. En la distancia alguien tiró del pomo de la puerta. Se oyeron pasos subiendo las escaleras, una llave chirrió en la cerradura.

La puerta se abrió de golpe y levanté la vista hacia la cara cenicienta de Matthew, junto a la cara de preocupación de Fred.

—¿Doctora Bishop? —exclamó Fred.

Matthew se movió tan rápidamente que Fred tenía que haberse percatado de que era un vampiro. Se agachó delante de mí. Mis dientes castañeteaban en medio de la conmoción.

—Si le doy mis llaves, ¿puede usted llevar mi coche a All Souls? —le preguntó Matthew por encima el hombro—. La doctora Bishop no está bien y no debe quedarse sola.

—No se preocupe, profesor Clairmont. Lo guardaremos aquí, en la plaza del director —respondió Fred. Matthew le arrojó las llaves al portero, que las atrapó con precisión. Mirándome con preocupación, Fred cerró la puerta.

—Voy a vomitar —susurré.

Matthew me ayudó a ponerme de pie y me llevó al baño. Me dejé caer junto al inodoro y vomité. Solté la fotografía para agarrarme a los bordes de loza. Apenas mi estómago estuvo vacío, los temblores más fuertes desaparecieron, pero cada pocos segundos un escalofrío me recorría todo el cuerpo.

Bajé la tapa y estiré la mano para tirar de la cadena, buscando apoyo en el inodoro. La cabeza me daba vueltas. Matthew me sostuvo antes de que me golpeara contra la pared del baño.

De pronto mis pies ya no estaban en el suelo. El pecho de Matthew estaba junto a mi hombro derecho y su brazo debajo de mis rodillas. Un momento después me colocó suavemente sobre mi cama, encendió la luz y movió la lámpara. Mi muñeca estaba entre sus dedos fríos, y el contacto con él hizo que mi pulso empezara a calmarse. Lo miré a la cara. Parecía tan tranquilo como siempre, salvo por la pequeña vena oscura en su frente que latía ligeramente en intervalos de un minuto, más o menos.

—Voy a buscarte algo de beber. —Me soltó la muñeca y se puso de pie.

Otra oleada de pánico me recorrió por completo. Me levanté de un salto. Todos mis instintos me decían que corriera y me fuera tan lejos y tan rápido como fuera posible.

Matthew me agarró por los hombros, tratando de que lo mirara a los ojos.

—Detente, Diana.

Mi estómago había empujado mis pulmones, haciendo salir todo el aire, y luché para librarme de sus manos, sin saber y sin importarme lo que estaba diciendo.

—Déjame marchar —le imploré, haciendo fuerza contra su pecho con ambas manos.

—Diana, mírame. —No había manera de ignorar la voz de Matthew, ni la atracción casi lunar de sus ojos—. ¿Qué te ocurre?

—Mis padres. Gillian me dijo que las brujas mataron a mis padres. —Mi voz sonaba aguda y tensa.

Matthew dijo algo en una lengua que no entendí.

—¿Cuándo ocurrió eso? ¿Dónde estaban? ¿La bruja te dejó un mensaje en el teléfono? ¿Te amenazó? —Me sostuvo con más fuerza.

—Nigeria. Dijo que los Bishop siempre fueron un problema.

—Iré contigo. Déjame hacer algunas llamadas telefónicas primero. —Matthew respiró hondo, estremeciéndose—. Lo siento mucho, Diana.

—¿Ir adónde? —Nada tenía sentido.

—A África. —Matthew parecía confundido—. Alguien tendrá que identificar los cuerpos.

—Mis padres fueron asesinados cuando yo tenía siete años.

Abrió los ojos con asombro.

—A pesar de haber ocurrido hace tanto tiempo, parece como si fuera el único tema del que las brujas y los brujos quieren hablar últimamente… Gillian, Peter Knox. —Yo temblaba a medida que el pánico aumentaba, cuando sentí que un grito se abría paso en mi garganta. Matthew me apretó contra él antes de que pudiera estallar, sujetándome tan fuerte que notaba las líneas de sus músculos y sus huesos con nitidez contra mi piel. El grito se convirtió en un sollozo—. Algo malo les sucede a las brujas que guardan secretos. Gillian lo dijo.

—No importa lo que ella dijera. No voy a dejar que Knox ni ningún otro brujo o bruja te haga daño. Ahora te tengo a ti. —La voz de Matthew era feroz. Inclinó la cabeza y apoyó la mejilla en mi pelo mientras yo lloraba—. Oh, Diana. ¿Por qué no me lo dijiste?

En algún lugar del fondo de mi alma, una cadena oxidada empezó a desenrollarse. Se fue liberando eslabón por eslabón, saliendo del lugar donde había permanecido sin ser vista, esperándolo a él. Mis manos, que habían estado cerradas y apretadas contra su pecho, se fueron abriendo con ella. La cadena siguió cayendo, hasta una profundidad incalculable donde sólo había oscuridad, y allí estaba Matthew. Finalmente llegó a su máxima longitud, dejándome anclada a un vampiro. A pesar del manuscrito, a pesar del hecho de que mis manos tenían un voltaje suficiente como para hacer funcionar un horno microondas, y a pesar de la fotografía, mientras estuviera conectada a él, estaba segura.

Cuando mis sollozos se calmaron, Matthew se alejó.

—Te voy a traer un poco de agua y luego vas a descansar. —El tono de su voz no invitaba a la discusión, y en cuestión de segundos regresó con un vaso de agua y dos pastillitas.

—Tómate esto —dijo, entregándomelas junto con el agua.

—¿Qué son?

—Un sedante. —Su mirada severa me hizo meterme rápidamente ambas pastillas en la boca, junto con un sorbo de agua—. Las tengo conmigo desde que me dijiste que sufrías ataques de pánico.

—Odio tomar tranquilizantes.

—Has sufrido una conmoción y hay demasiada adrenalina en tu cuerpo. Tienes que descansar.

Matthew me envolvió en el edredón hasta que quedé encerrada en un capullo lleno de bultos. Se sentó en la cama y sus zapatos hicieron un ruido sordo al golpear contra el suelo, para luego tumbarse con la espalda apoyada sobre las almohadas. Cuando abrazó mi cuerpo envuelto en el edredón para apretarme contra él, suspiré. Matthew pasó el brazo izquierdo por encima y me sujetó bien. Mi cuerpo, a pesar de todo aquel envoltorio, se ajustaba perfectamente al de él.

La droga se fue incorporando a mi torrente sanguíneo. Cuando me estaba quedando lentamente dormida, el teléfono de Matthew vibró en su bolsillo. El sobresalto me despertó.

—No es nada, probablemente Marcus —dijo, rozándome la frente con sus labios. Mis latidos retomaron su ritmo normal—. Trata de descansar. Ya no estás sola.

Todavía podía sentir yo la cadena que me anclaba a Matthew, de bruja a vampiro.

Con los eslabones de esa cadena tensos y brillantes, me dormí.