Se quitó con precaución la perfusión inyectada en su brazo y puso los pies en el suelo. El linóleo absorbió sus pasos. Sus pupilas se dilataron: veía mejor. Se dirigió hacia las taquillas metálicas y las abrió sin hacer ruido. La americana, la camisa y los zapatos estaban allí. El dinero había desaparecido, al igual que la Glock, la Eickhorn y el cuaderno en el que tiempo atrás había anotado sus colores. No cabía esperar otra cosa.

Se vistió en silencio.

Pegó el oído a la puerta. El médico hablaba con los policías de guardia.

—Con lo que le he dado, dormirá hasta mañana.

Tenía que actuar rápidamente, antes de caer en la inconsciencia. Atravesó la estancia y trató de abrir el ventanal. Sin problema. Le abofetearon el frío y también una certeza: todos los semáforos estaban en verde para una evasión. No era cuestión de abandonarse en manos de la policía. De deponer las armas. De dejar la respuesta en manos de los demás.

Echó un último vistazo a la sala y vio, colgada de la barra metálica de la camilla, su ficha médica. Volvió sobre sus pasos y cogió la ficha fijada sobre un soporte plastificado. Se le había ocurrido una idea.

Con la ficha bajo el brazo, saltó por la ventana y aterrizó en una cornisa. Era una superficie amplia sobre el patio interior. El ruido de París rezongaba como una tormenta. Los bloques y agujas de la catedral de Notre-Dame, más vasta que una montaña, se recortaban contra el cielo oscuro. Ese tamaño colosal le dio más vértigo que el vacío bajo sus pies. Se agarró en el último instante al reborde y se concentró en su entorno más próximo.

Se hallaba en la segunda planta. En la primera estaba la galería del claustro. Si lograba bajar a aquel nivel, podría deslizarse bajo una de las bóvedas, buscar una escalera y desaparecer. A veinte metros a la derecha, un desagüe descendía hasta la planta baja. Se desplazó lentamente y sintió que sus pies se hundían en el revestimiento de zinc. El frío lo sostenía, crispaba sus músculos y le impedía dormirse.

En pocos segundos, llegó a la tubería. Se agarró con las manos a la primera argolla metálica y encontró una segunda con los pies. Se arqueó y cambió de posición; el apoyo de los pies se convirtió en el de las manos y sus talones dieron con la siguiente argolla. Y así sucesivamente. Llegó al balcón de piedra del primer piso y saltó al interior de la galería.

No había nadie. Siguió la pared hasta llegar a un hueco de escalera. Abajo, en el patio, debía de haber patrullas de policía. Lo más urgente era dar con un disfraz con el que cruzar el foso de los leones.

Renunció a descender, giró a la derecha y dio con un pasillo. También desierto. Paredes de color beis. Linóleo en el suelo. Habitaciones en serie. Se lanzó en busca de una enfermería, un vestidor o un local técnico. Pasó frente a varias puertas numeradas (113, 114, 115…) y luego otra en la que se leía: PROHIBIDO EL PASO AL PERSONAL NO AUTORIZADO.

Giró la manecilla y entró. A tientas, dio con un interruptor y maldijo. Allí solo había sábanas, fundas de almohada y mantas, así como productos de limpieza dispuestos en estantes. Recorría con la vista las estanterías cuando la puerta se abrió a su espalda. Se oyó un grito asustado. Narcisse se volvió. Era una mujer de la limpieza, de origen africano, provista de su carro y sus escobas.

—¿Qué demonios está haciendo aquí? —preguntó él con autoridad.

—Me ha asustado…

Mientras la intrusa abría la puerta, encontró una bata. Se la puso sin perder el aplomo. No tenía la tarjeta de identificación, pero su mal humor le confería autoridad.

—Le repetiré la pregunta: ¿qué demonios está haciendo aquí?

La mujer recobró la serenidad y frunció el ceño.

—¿Y usted?

—¿A mí me lo pregunta? Estoy haciendo su trabajo. Vengo de la 113. La paciente ha vomitado por todas partes. Me ha manchado la bata. Hace diez minutos que estoy llamando y no viene nadie. ¡Esto es intolerable!

La asistenta titubeó:

—Yo me ocupo de los pasillos y…

Narcisse cogió una bayeta de un estante y se la lanzó:

—La limpieza es responsabilidad suya. ¡Vaya ahora mismo a la 113!

Dicho esto, la apartó y salió de aquel cubículo sin dirigirle siquiera una mirada. Caminaba al frente, abotonándose la bata, y sentía los ojos de la mujer en su espalda. Unos pasos más y sabría si su farol había funcionado.

—¡Doctor!

Se volvió, con el corazón en un puño.

—Olvida esto.

Le tendió la ficha médica que había dejado sobre las sábanas. Volvió sobre sus pasos y se relajó.

—Gracias ¡y ánimo!

Se marchó con paso firme. Cuando oyó los ruidos del cubo, de la escoba y del carro que se dirigían hacia la habitación, supo que había ganado.

Giró a la izquierda y bajó por el hueco de la escalera.