—Parece imposible salir, dice. Y también: Pero saldremos.
El bosque limita al norte con una cordillera y está rodeado de lagos tan grandes que parecen océanos. En el centro del bosque hay un pozo. El pozo tiene unos siete metros de profundidad y sus paredes irregulares son un muro de tierra húmeda y raíces que se angosta en la boca y se ensancha en la base, como una pirámide desocupada y roma. Su lecho gorgotea el agua oscura que se filtra desde venas remotas hasta las galerías que afluyen al río, dejando un poso terrizo que nunca se detiene y un fango moteado por burbujas cuyo chasquido devuelve al aire el perfume de los eucaliptos. Quizá por la presión de las placas continentales o por el remolino de una brisa continua, las pequeñas raíces se mueven y giran y señalan con una danza lenta que acongoja, pues evoca la entraña de los bosques digiriendo lentamente el mundo.
El hermano mayor es grande. Con sus manos escarba mechones de arena para modelar un escalón que lo sostenga, pero cuando se levanta en el aire el peso de su cuerpo lo vence y la pared se rompe.
El hermano menor es pequeño. Está sentado en el suelo con los brazos alrededor de las piernas, soplando una herida reciente en su rodilla. Mientras piensa que la primera sangre siempre llega del lado de los débiles, observa a su hermano caer una, dos, tres veces.
—Me duele. Creo que está rota.
—No te dejes asustar por la sangre.
Afuera el sol continúa su parábola y se eclipsa detrás de las montañas, izando la sombra de la tarde como un telón que sube por el pozo hasta que permite percibir apenas las mejillas pálidas, los globos oculares y los dientes. Los esfuerzos por abrir una vía en el mural de tierra han resultado inútiles, y ahora el Grande está de pie, concentrado, con los dedos descansando en las presillas de su pantalón, buscando en el adiós del día la respuesta a un enigma que se evapora mientras la oscuridad se impone.
—De pie. Quizá puedas alcanzar el borde si te monto sobre mí.
El Pequeño tiembla, pero no tiene frío.
—Está muy alto, no vamos a llegar, dice, poniéndose de pie.
El Grande lo toma de la mano y con un tirón lo sube hasta sus hombros, como si jugaran a crecer y tener la altura de un hombre. La poca estabilidad los obliga a apoyarse en la pared y desde esa perspectiva el Pequeño comprende que no podrán alcanzar ningún saliente.
—No llego. Está muy alto.
El Grande agarra con fuerza los pies del Pequeño para levantarlo y aumentar la talla todo el largo de sus brazos.
—¿Y ahora? ¿Llegas ahora?
—No. Todavía no.
—¿Estás estirando los brazos?
—¡Claro!
Entonces sujétate, dice, y el Grande se impulsa hacia arriba y salta hasta donde la gravedad y sus piernas se lo permiten, emitiendo primero un resoplido y luego un jadeo animal, lleno de rabia, que la garganta finalmente convierte en un grito de auxilio cuando caen al suelo y se golpean los codos y la espalda contra el blando grumo del fondo.
—¿Ha estado cerca?
—No lo sé. Tenía los ojos cerrados, dice el Pequeño.
De noche el murmullo del bosque trae consigo un zumbido molesto, un jaleo de buches invisibles que habita el espacio como una masa amorfa. Los hermanos se abrazan tendidos sobre el lado más seco de su nuevo país, al abrigo de gruesas raíces que los acogen sin resistencia. Ninguno duerme, cómo podrían.
Al amanecer el pozo tiene un color diferente. La tierra árida de la parte alta está compuesta por sedimentos de cobre, cicatrices pardas y agujas amarillas. La tierra húmeda, negra y azul, imprime destellos púrpura en la punta de las raíces inferiores. El sol es tibio, y al silencio responden solamente los pájaros. Una gárgara intestinal bosteza bajo las manos del Pequeño.
—Tengo hambre.
El Grande se despabila y trata de enfocar la vista con un movimiento de cuello. Sus músculos entumecidos se estiran desde el tendón de Aquiles hasta el de Zinn.
—Comeremos cuando logremos salir. No te preocupes.
—Es que tengo mucha hambre. Me duele el estómago.
—No hay nada de comer.
—¿Cómo que no? Tenemos la bolsa.
El Grande guarda silencio durante unos segundos. La bolsa está en una esquina del pozo, hecha un ovillo de barro. No la han tocado desde que están ahí.
—La comida de la bolsa es para mamá, dice con la voz dura.
El Pequeño unifica en una mueca el enojo y la resignación y se levanta, ayudándose con las manos primero en el suelo y luego en la pared. Su hermano suspira con padecimiento.
—Vamos a salir de aquí ahora mismo.
Durante un rato desperezan las extremidades, examinan la posición del sol para calcular la hora y gritan pidiendo ayuda. Después acarician las paredes, las estudian, las rayan, buscan en ellas fragmentos de roca adheridos, salientes endurecidos, agujeros. Siguen gritando. Repiten algunos de los movimientos de la tarde anterior, pero apenas logran elevarse unos metros y caer nuevamente al fondo del pozo. Escarban la tierra con la esperanza de encontrar una raíz que pueda servirles de puente, los restos de un tronco, algo. A medida que las horas pasan, gritan menos. Cuando el sol anuncia el mediodía señalándolos con sus dedos de mármol, el Grande toma una decisión.
—Agárrate a mis manos con fuerza. Voy a lanzarte fuera del pozo.
El Pequeño sufre un arrebato de pánico. La perspectiva de ser lanzado pozo a través, como si fuera una piedra o un arma o un objeto cualquiera, le hace sentir extraordinariamente menudo, pero la determinación de su hermano le impide protestar. Después de unos segundos de desbarajuste, logran componer la postura adecuada para el movimiento; y luego, cada una de sus manos sujetando con firmeza el antebrazo del otro, respiran con parsimonia para sofocar el revuelo de sus corazones, agitados ante la incógnita del esfuerzo que viene.
—Ahora empezaré a girar. No tengas miedo. Cuando sientas que tus piernas se levantan del suelo, déjate llevar. Giraremos un poco más para coger velocidad y luego gritaré con fuerza para que me sueltes. ¿Lo has entendido?
El Pequeño mira con asombro a su hermano, como si fuera la primera vez que lo ve. Por el pensamiento le cruza durante unos instantes la imagen de su cuerpo aplastado, dejándole un sabor a moneda en la saliva.
—¿Estás seguro?
—Yo soy fuerte y tú eres pequeño. Creo que debo intentarlo.
Luego toman posiciones, el Grande abriendo las piernas para equilibrarse cuando aumente la velocidad, el Pequeño con una rodilla en el suelo para no ser arrastrado, ambos cogidos con tanta fuerza que sus nudillos palidecen. Y sin pensarlo más empiezan a girar. El Grande tira de su hermano hacia arriba para que el giro sea limpio, y sigue girando, y el Pequeño se eleva un palmo primero y gira, otro palmo y gira, hasta alcanzar prácticamente la horizontal en el siguiente giro, con los ojos cerrados y los dientes apretados mellando las encías, y siguen girando, cada vez más rápido, cada vez describiendo una circunferencia mayor, y cuando parece que van a caer rendidos o asfixiados de tanto girar el Pequeño baja hasta el suelo sin tocarlo y vuelve a subir con una trayectoria oblicua, y esto se repite dos veces más, y en la última subida el Grande grita Ahora y lo suelta, y el Pequeño, todavía con los ojos cerrados, se suelta y sale despedido como un cometa de huesos de la tierra al sol, y vuela durante unos pocos segundos pero se estrella, literalmente se estrella contra la pared, provocando un crujido sordo que ahoga todo grito, y después cae los varios metros que lo separan del fondo, inconsciente, sangrando por la boca, sobre el cuerpo mareado de su hermano, como un espectáculo circense que termina en un saco de carne amontonada y sin aplauso.
Cuando se recupera, el Grande enjuaga la sangre de su hermano y comprueba con entusiasmo que, excepto algunos dientes rotos y otras magulladuras, no tiene nada importante. El Pequeño protesta.
—Me duele todo el cuerpo. Esto no ha funcionado. Y tengo hambre.
El Grande se siente responsable de las heridas del Pequeño. Lo mira con lástima y vergüenza, y luego mira hacia arriba, hacia el lugar contra el que lo ha estrellado unos minutos antes. Se levanta. Mira más de cerca y ve las marcas del choque, la deformación en la pared de tierra. El vaciado ha retenido la forma de la mitad superior de su hermano: la cabeza, el torso, los brazos. Seguramente todavía muerdan esa cavidad los dientes que no han podido encontrar. Al Grande se le dibuja una sonrisa en la cara. Y aunque sabe que ha empleado toda su fuerza para proyectarlo, un algo oscuro se despierta en él como un ingenio mecánico que enlazara capas sucesivas de pensamiento; una trama de imágenes difusas se condensa hasta la representación y configura un modelo doloroso, pero real. Después se vuelve hacia el Pequeño con un brillo de emoción en la mirada. Han pasado veinticuatro horas desde que cayeron.
—He tenido una idea, dice. Y también: Pero debes hacer una promesa.