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Thomas Connors se dirigía al trabajo tarareando «Who Wants to Live Forever», de Queen, mientras se abría paso entre el tráfico. El día era soleado y los dieciocho grados de temperatura anunciaban que, por fin, la primavera había llegado a Lyon después de una semana de frío y lluvia.

Decidió aparcar lejos de su destino. Tenía ganas de andar y disfrutar de la mañana. Caminó a buen paso por el Quai Charles de Gaulle, con el abrigo en la mano. A su lado, el río Ródano bajaba cargado de agua, fruto de las últimas borrascas. Echó una rama y, durante unos minutos, observó los remolinos y cómo, finalmente, se la tragaba el agua. Miró la hora, con pereza cruzó la avenida y llegó a una calle tranquila. Antes de entrar en el edificio cuadrado, de cristal opaco y acero, vio con envidia a unos jóvenes corriendo en el parque La Tête D’or, una de las zonas verdes más extensas de la ciudad. Junto a él, pasaron un grupo de turistas camino del Museo de Arte Contemporáneo. La guía inglesa que los acompañaba señaló a su derecha el edificio de la organización antidelictiva más poderosa del planeta.

Al no entrar directamente por el aparcamiento, Thomas tuvo que pasar por la puerta de acceso de los visitantes, que conducía hasta un pequeño edificio separado del principal. Una joven comprobó su identidad y le obligó a ponerse su acreditación que, como siempre, olvidaba en el bolsillo de la americana. Pasó por el enorme detector de metales después de depositar su móvil, llaves y demás objetos en una bandeja de plástico blanca. Cruzó la doble puerta de vidrio, accionada por un dispositivo de seguridad. Llegó a un pequeño jardín con un pasillo que unía la entrada al edificio principal; sobre el suelo se veía el emblema de la Interpol, un globo terráqueo rodeado de laureles y atravesado por una espada. A ambos lados del globo, dos balanzas representaban la justicia.

Thomas dio los buenos días a Rose mientras se encaminaba a su despacho.

—¿Han llegado ya?

—Todavía no. El aterrizaje del avión en el aeropuerto Saint Exupéry está previsto para las 12:40 horas. Aunque serán escoltados por dos coches, no creo que la reunión sea antes de las dos —comentó Rose.

—Bien, por favor, avíseme cuando salgan del hotel para tener preparada la reunión del segundo nivel.

Rose contempló la espalda de Thomas y deseó enredar sus dedos entre aquel cabello, olerlo, besarlo. Un sentimiento parecido a la tristeza la inundó; a veces el amor es de lo más caprichoso, se dijo, mientras volvía al trabajo.

Thomas repasó la agenda del día. La reunión de más alto nivel sería con el señor Hutchinson, director de la Drug Enforcement Administration (DEA), y el secretario general de la Interpol, Ronald K. Noble. Se trataba de sentar las bases para estrechar la colaboración entre estas dos entidades: el organismo antidroga más importante del mundo y la única organización policial de carácter mundial. Todos habían coincidido en que el acercamiento sería beneficioso para ambas partes. Vio que, en su breve gira europea, el director de la DEA iba acompañado por la señora Guhman, su asistente especial, así como por altos cargos de la oficina estadounidense. En la reunión celebrada hace un año en la sede de la Interpol en Nueva York, Guhman declaró que haría todo lo posible para poner a disposición de la Interpol un agente especial de la DEA, a fin de completar el apoyo analítico que ya se estaba prestando.

Pasadas las doce de la noche, Thomas llegó a casa. Se quitó el traje de Hugo Boss y escribió una nota para que Lupe, su asistenta, lo llevara al día siguiente a la tintorería. La ducha de agua caliente templó sus músculos. Se secó con una pequeña toalla azul y se sentó descalzo en el sofá relax. Cruzó los brazos por detrás de la cabeza, satisfecho. Todo había ido de maravilla. Se habían conseguido acuerdos de cooperación no solo en materia de narcotráfico sino también para compartir bases de datos de las mafias. Uno de los principales objetivos del señor Noble era la lucha contra el tráfico de niños y mujeres y, en ese tema, la mafia tenía mucho que decir. En la reunión había vuelto a ver a George, un amigo de su época de perfilador del FBI, y quedaron para comer antes de que el séquito partiera a Inglaterra.

Al día siguiente se encontraron en la plaza Kléber. Juntos entraron en el restaurante de Pierre Orsi. Era un crimen pasar por Lyon y no comer allí.

—Pide lo que quieras porque no sé una palabra de francés —dijo George.

Thomas sonrió, estudió durante un instante la carta y se decidió por unos raviolis de foie de pato y, de segundo, pichón con salsa de frambuesa; para su amigo, arroz cremoso con almejas y bogavante, y mollejas de ternera.

—Bueno, bueno, estás fantástico. Veo que sigues pareciendo un gigoló —bromeó George.

—Gracias, aquí la vida es más fácil que en Nueva York, y no digamos ya que en Washington.

—¿Cuánto tiempo vas a estar en Lyon?

—Me quedan dos años de contrato que se pueden prorrogar tres años más. Puedo estar como máximo cinco años; luego, de vuelta a Nueva York. Los contratos de desplazamiento no permiten estar más tiempo.

—¿Piensas quedarte cinco años aquí? —preguntó, incrédulo, George.

—Puede, no sé. De momento me quedan dos años, después ya veré.

—¿Tantas ganas tenías de perdernos de vista?

—No, no, es que me cansé de muertos. Estaban por todos lados, no solo en el trabajo, también en mi cabeza. Ahora combato a los malos de lejos, desde mi despacho.

—Supongo que tu último caso como perfilador tuvo bastante que ver —dijo George bajando la cabeza—. Ya sabes que fue un hecho aislado.

—Ya.

El teléfono de George comenzó a sonar con una sintonía ensordecedora, parecía un concierto de cacerolas aporreadas de mala manera. Thomas sonrió, debía de ser la grabación de alguna de sus hijas. Creyó recordar que la mediana tocaba el violín. Su amigo se disculpó y, levantándose, se dirigió al reservado para fumadores mientras se llevaba un cigarro a la boca. Thomas bebió un sorbo de vino tinto. La luz se filtraba a través de la copa y pequeñas olas de color granate bailaban sobre el mantel de hilo. Su danza tenía algo de hipnótico. Thomas se relajó; como si entrara en trance, recordó el final de aquella etapa en Washington.

Trabajaba de profesor de psicología en el departamento de criminología de la universidad, cuando lo llamaron del FBI para que impartiera unas clases. Después, cada vez más a menudo, lo reclamaban como perito. Un día le ofrecieron trabajar a tiempo completo. Le pareció interesante y un cambio de rumbo en su vida. Quería acabar con una relación con la que no tenía la voluntad ni la valentía de terminar, así que mudarse a otro estado le pareció la solución perfecta.

La técnica del perfil criminológico había sido creada por el FBI y su Unidad de Ciencias del Comportamiento como herramienta para ayudar en las investigaciones. Consistía en describir el comportamiento y características físicas, psicológicas, culturales y sociales de un homicida. Thomas debía valorar todos los indicios encontrados, evaluar los datos o resultados de los forenses, para lo que contrataba un examinador médico, e investigar su relación con la escena del crimen. Tenía que analizar, desde un punto de vista crítico, tanto la investigación técnica y científica como la reconstrucción de los hechos; además de aportar, cuestionar y rechazar información, basándose en su conocimiento sobre el comportamiento y la psicología criminal. Casi sin darse cuenta, trabajó ocho años como perfilador en el FBI, hasta que un día le pasaron el caso de un extraño asesinato.

El criminal había disparado a una mujer cuando entraba en su casa. Sabía que el asesino había estado varias horas esperando a que llegase la víctima, ya que se duchó, comió algo e incluso se masturbó con un juguete sexual que encontró en un cajón del dormitorio principal. La mujer llegó a casa y encontró una nota de suicidio en la mesa de la cocina. La leyó. Cuando oyó un ruido, se volvió y pudo ver al asesino. Este le disparó dos tiros; uno acabó a la pared, el otro en su estómago. La mujer logró escapar y llamar a su marido, que en ese momento estaba conduciendo el coche camino a casa. Él le preguntó qué había sucedido y ella se lo contó. Cuando el marido llegó con su hijo de cinco años, estaba muerta delante de la casa.

Pasó un mes, no tenían ni móvil ni sospechosos. Le asignaron el caso. La única pista era la carta que encontraron manchada de sangre junto al cadáver. En ella, alguien llamado Barry escribía su intención de suicidarse al no poder soportar la vergüenza de su acto. Hablaba de una violación. Nadie en el entorno de la mujer conocía a ningún Barry. Thomas realizó un perfil criminológico del sujeto. El dosier, de veinte páginas, conjeturaba sobre el posible asesino: un joven de raza blanca, de clase baja, sin conocimiento forense, puesto que la abundancia de pruebas era abrumadora, y con graves problemas psicológicos, teniendo en cuenta la nota. Buscaron en la base de datos sujetos detenidos por violación, intentos de suicidio, acosadores que viviesen por la zona, sin resultado alguno. Dos semanas después, encontraron una denuncia, que luego había sido retirada, contra un tal Peter Barry Luncan, a quien acusaban de violar a su hija de tres años. Nada más llegar la Policía a la casa del sospechoso, este se declaró culpable del asesinato de la mujer. Ante el estupor de Thomas, confesó en la comisaría que no tenía motivos para matarla. Simplemente, no quería ir a la cárcel por un delito de violación; sabía lo que hacían los presos con los pederastas y los violadores. Había intentado suicidarse, pero le faltó valor. Entonces, entró en una casa al azar y esperó a que apareciera alguien. Le daba igual a quien matar.

Aquella ausencia de motivo acabó con las ganas de Thomas de trabajar como perfilador. Pidió unas vacaciones y, más tarde, se despidió definitivamente. Después, gracias a George, obtuvo trabajo en Nueva York en la oficina de enlace de la Interpol ante las Naciones Unidas.

—Perdona —lo interrumpió George mientras se sentaba—, Catherine quería comprar entradas para un musical y no se acordaba de qué día volvía.

Thomas lo miró agradecido, eran demasiadas las veces que lo había ayudado.

—¿Qué tal tu vida? —le preguntó.

—Bien, mis hijas ya van a la universidad. Hago barbacoas los sábados, tengo la casa pagada, practico sexo una vez a la semana, si hay suerte, y tengo un perro que menea la cola cuando llego. Como sabes, Catherine es muy tradicional, le gusta ocuparse de la casa, hacer la comida… Mira mi tripa —dijo señalándosela—, cada año tengo que descorrer otro agujero del cinturón.

Miró a Thomas, hizo una pausa, y le dijo:

—Estoy tranquilo, medianamente satisfecho con mi vida. No aspiro a mucho más.

Thomas rio.

—No digas tonterías, George. Vivir es algo más que comer, trabajar y salir los sábados con tu mujer a un concierto.

—Dicho así, mi vida parece un coñazo —dijo George, molesto—. No lo entiendes. Me gustan las pequeñas cosas. Llegar a casa y que Catherine me esté esperando. Me encanta que la cocina huela a tarta de manzana, pasar los días de invierno junto a la chimenea mientras veo un partido o leo un libro. Ya no tengo edad de salir de fiesta, beber y pasar el domingo tirado en el sofá recuperándome. Además, no necesito a ninguna otra mujer para que se me levante y tener buen sexo. Después de tantos años, todavía se me pone dura al verla desnuda. Con eso me vale. —Luego se acercó a Thomas y añadió—: Quiero mi sueldo a fin de mes, mi casa, mi familia y a los demás que les den.

—Perdona, no quería molestarte. Tienes razón, a veces soy un bocazas.

—¿A veces? Ya que te consideras bocazas, cuéntame qué tal te va con la francesa, porque, sigues con ella, ¿no? —preguntó, cambiando de tema—. Suena tan chic tener una novia extranjera… —dijo con sorna.

—Joder, George, pues claro que sigo con ella, ni que fuera un don Juan…

Thomas vio que su amigo alzaba las cejas, en un gesto de incredulidad.

—Vale, vale, he estado casado, he tenido unas cuantas novias y muchas amantes —reconoció—. Pero yo no hago nada para ligármelas, solo me dejo llevar. Ahora llevo diez meses con Claire y me va bien.

—¿Cuánto es bien? Quiero cifras.

—¿Cuánto? Más de lo que te puedes imaginar. Desde luego, bastante más que tú.

—A veces, Thomas, das asco —sentenció George con una sonrisa.

Alargaron la comida todo lo que pudieron, hasta que sonó el móvil del trabajo de George. Thomas pagó la cuenta y lo acompañó hasta el hotel Sofitel Lyon Bellecour, cerca de la abadía Saint Martin d’Ainay y la catedral de Saint-Jean, donde se encontraban los integrantes de la DEA. Se despidió de su amigo con la promesa de que en el siguiente viaje a Nueva York le haría una visita.

No le apetecía volver al trabajo, algo bastante extraño en él, ya que normalmente pasaba más de once horas al día en el despacho. Vagabundeó por esa zona. Encajada entre el Ródano y la colina de la Croix-Rousse, Presqu’île era la zona comercial de Lyon. Caminó por la Rue de La République hasta la enorme plaza peatonal de Bellecour, el lugar más popular de la ciudad. Se adentró en el bullicio de la gente que a esa hora ocupaba la plaza, y se detuvo frente a algunos escaparates, asombrado por sus precios astronómicos. Allí se encontraban las tiendas más elegantes y caras de Lyon. Pensó en caminar hacia la colina y pasear entre sus edificios de la época de la revolución industrial. Le gustaba recorrer las calles y empaparse de su pasado sindicalista y anarquista. Habían sido escenario de grandes luchas, especialmente por los derechos de los trabajadores y contra los avances técnicos que sustituían a las personas por máquinas. No en vano, la palabra «sabotaje» era originaria de Lyon; provenía de los sabots, los zuecos que los trabajadores lanzaban a las máquinas de tejer para inutilizarlas. Al final desechó la idea. Estaba cerca de su casa y pensó que nada mejor que trabajar con su portátil en la terraza con una cerveza fría.

Thomas vivía en la parte antigua de Lyon, entre el río Saona y la colina de Fourvière. Era un barrio de estilo renacentista, con edificios de época bien conservados. Siempre podía encontrarse alguno en proceso de restauración. Tenía grandes comercios, calles peatonales, hoteles y restaurantes atractivos. Su casa se hallaba cerca de un bonito edificio del siglo XV —la Maison Chamarier, en la Rue Alain Bombard—, en el que antiguamente se cobraban los tributos por los negocios que se realizaban en las ferias que llegaban a la ciudad.

Entró en su espacioso ático. Cumpliendo su ritual, se desabrochó la corbata, se sacó los zapatos, los dejó sobre la tarima de madera y colgó la gabardina en el perchero. Mientras se quitaba la americana, abrió la puerta del dormitorio. Dentro estaba Claire chupándosela a un tío. Durante un instante, se quedó quieto, paralizado ante la escena; después, cerró la puerta de manera discreta, se dirigió al salón y se sentó en el sofá. Pasados unos minutos, salió el hombre. Balbució algo ininteligible a la vez que se abrochaba la cazadora, y se marchó. Thomas creyó reconocerlo. Le pareció uno de los camareros de un pub que solían frecuentar. Claire apareció desnuda delante de él, como una diosa desafiante. Tenía un cuerpo precioso, lleno de curvas, con unos pechos pequeños de los que destacaban unos pezones grandes, rosados y cilíndricos. Le gustaba metérselos en la boca y chuparlos. Se plantó frente a él. Vio su sexo carnoso, húmedo, totalmente depilado. Ella, sin decir nada, le desabrochó el pantalón, le bajó los bóxer y, sentándose encima de él, se introdujo el pene. Muy a su pesar, Thomas estaba excitado y respondió a sus movimientos. Cuando terminaron, Claire se levantó sin decir una palabra; el semen le resbalaba entre las piernas. Fue a acercarse a él, pero Thomas la apartó malhumorado y se fue a la ducha. Ella ya no estaba cuando salió; en su lugar había una nota. No supo discernir si era de disculpa o de reproche.

«Lo siento, no sabía que llegarías tan pronto. Nunca lo haces».