Nada. Nada me espera, me espera la Nada. He perdido. Lo he perdido todo. Soy derrotado y entrego el campo de la lid. Perdí la vida y entregué el alma, perdí al hijo y pretendí quedarme, reteniéndolo a él. Pero he perdido. He perdido en la lid. Aquí estoy, deshaciéndome. Ay, esto es el dolor. El dolor absoluto que escarnece es este dolor que ni duele. Es la desesperación. La desesperación que no importa. Es el vacío. Me extingo. Este ser se desvanece. Este monstruo que acechó tanto tiempo se deshace en polvo para alivio de los vivos, para alivio de la ciudad. Se extingue el monstruo sin que alcance a ver ninguna luz delante, al final de todo no había nada, ningún refugio. Al menos para mí. Mis ojos se cegaron y es ahora cuando percibo una claridad como de alabastro dentro, en la bóveda de los ojos, pero no puede ser nada, no puede ser que haya alguna cosa para mí. He dicho mí, aquel que fui hace tanto. Este ser que alcanzó a llegar aquí se extingue y sólo quedará la piedra. Cautivo, perdí todo mi servicio.
Cáliz amargo, Grial negro del que bebí con constancia y sin beneficio. No habrá más muerte, pesar y daño que yo traiga a la ciudad.
Abrazado a la columna del Pórtico de la Gloria, abrazado a mí mismo, aquí estoy, aquí me arrastro a perecer. Derrotado y entregado, de vuelta a casa. ¿Qué fue del brillo y del esplendor que tenía esta piedra pintada resplandeciente, afrontando la luz que llegaba desde el océano, en lucha constante su hermosura con la obra divina, quién ha osado condenar mi Pórtico a esta penumbra?
Otros canteros vinieron detrás de nosotros y mutilaron tanta hermosura que contemplaba orgullosa el ocaso, esta cantería buena y alta desafiaba cada tarde la muerte del sol en el océano y proclamaba la promesa de un día eterno. El día de tu salvación, Señor Dios, yo levanté para el mundo la imagen de tu día, esa jornada que tú prometías. Yo esculpí en la piedra ese engaño. Mas cuando le mandaste la hora, no hubo salvación para mi niño. Para él no hubo día de resurrección. Me arrebataste a mi rapaz, luz de mi vida, y me despojaste de mi obra, expulsado de ella. ¿Pensabas acaso que yo era santo Job?
Tu misericordia era treta. Como fue engaño lo que después me prometió la piedra, la luz oscura. Pues cuando me rebelé ante ti, busqué a otro a quien servir y descubrí maravillado tan gran fuerza. Mas soy consciente de que no hay vida eterna en la claridad, y en la oscuridad tampoco. Sólo hay la nada eterna e inmensa, una nada sin principio ni final. Ha sido un engaño, para mí lo ha sido, no ha habido vida eterna, sólo un día interminable sin sol ni sombra.
Ay, aquél era un mundo distinto, era un mundo verdadero, y la Fe se extendía por las tierras atravesando los bosques y las montañas. Mi padre, Mateus Petri, hacedor de puentes, hombre santo, aún conoció la Fe. Como constructor de puentes, él creía en la posibilidad de cruzar la muerte como quien cruza un río para entrar en un reino nuevo. Y hacía puentes para pasar los cuerpos, y Cristo y su hermano el Señor Santiago eran el puente para pasar las almas, así decía él. Mi padre tenía la inocencia de un niño, la sacra Fe germánica que levantaba las catedrales de los francos, sobre las que yo erguí la mía. Y tenía la imaginación de un niño, por eso no hacía nada más que puentes. No anhelaba ni imaginaba.
Mas su hijo se atrevió a imaginar, no hacía sino imaginar. E imaginó las glorias eternas y la inmortalidad. Y también fue capaz de imaginar la larga caída a los abismos, muchas jornadas cayendo hasta la más honda oscuridad. La imaginación, mi orgullo, me llevó hasta lo más alto, y luego me despeñó a este abismo que me engulle con su boca negra. Caigo al vientre de la nada.
Mi padre tenía aquella vieja Fe que movía el mundo, que llamaba a las gentes para atravesar montañas y llegar aquí, tan lejos de su patria. El poder de la Fe. Qué fue de todo aquello. Ese sacerdote que dice misa desganado en ese dorado altar mayor, qué sabe él lo que es la fuerza de aquella vieja religión. Religión negra como sangre de pecador y no esta aguachirle que ni es vino aguado. Qué sabe ese cura quién soy yo.
Este Pórtico es mi fin, el final del camino, como si yo también fuese un peregrino llegado de lejos. Aquí vuelve el Hijo Pródigo y no va a haber padre que le haga una fiesta.
Deshaciéndome y cayendo sobre las losas. Derrengado en el suelo a la altura de los monstruos labrados, de esas bocas terribles que yo bien conozco, garras con uñas y fauces con caninos de piedra voraz. Yo les pertenezco, soy la carroña que devorar. Yo les correspondo. Allá arriba, Santiago mira ante sí y no ve al que yace debajo, caído en el suelo de piedra, esta sombra que se desvanece. Sobre esa figura se levanta la Gloria toda, no la de Cristo, sino la que un hombre con aliento alzó allí. Mi Gloria. Fue mía, era mía.
Este lugar es mío, me corresponde. Éste es un lugar santo, yazgo en el lugar donde cayó la sangre de mi hijito, la pequeña carne que más he amado. A tus pies, Santiago. Yo creí en lo que decía el Evangelio de Tomás, no importa dónde estéis, dirigíos a Santiago, para el que fueron creados el Cielo y la Tierra. Yo creí, como me enseñó mi padre, Mateus Petri, constructor de puentes, y vine a Compostela, pensé que en aquella cueva oscura, allí estaría la puerta del cielo, y pensé en labrarla yo. Y cuando lo precisé le pedí al Apóstol, aquel que había curado enfermos, que había resucitado muertos, que me devolviese a mi pequeño. Se lo pedí, se lo supliqué, ¿quién tenía derecho sino yo a pedir? Yo creí en sus milagros, creí que había resucitado a aquel niño muerto en San Florín de Puy de la Francia, por qué no había de resucitar al mío. Yo creía en la vieja Fe de mi padre Mateus Petri, mas enseguida la perdí cuando descubrí la mentira, cuando murió mi esperanza y sólo hubo silencio. Cuando hubo la nada.
Aprendí lo que era su misericordia, lo aprendí bien cuando Dios tuvo a bien arrojar un bloque de piedra del propio Pórtico, de su propia Gloria, que aplastaría a mi bien. Dios se me había llevado ya antes a la madre con la que había tenido el hijo, ¿por qué también tenía que morir mi pequeño? No, yo no era santo Job, pese a la mansedumbre de mi padre, yo era de un linaje orgulloso. Había en mí gotas de sangre de los ángeles rebeldes. Tan gran dolor fue perder al chiquillo, que no me importó que la misma piedra me dejase cojo de una de mis piernas. Y tullido quedé también de mi alma.
Ha habido tanto tiempo. Ahora estoy aquí y no puedo ver puerta alguna para ninguna parte, sólo estoy derrotado. No hay nada detrás de mí. Sólo la nada. Detrás sólo permanecerá la piedra. Quedará sólo la piedra que está muerta. El poder de la piedra no prolongó la vida, alimentó la muerte. Seas Wotan o mágico arcángel caído, Azaz’el, divinidad de la piedra, de cualquier modo que se te nombre, poder monstruoso que surgiste de los abismos para matar toda cosa viva y poseer el mundo, ¿dónde te encuentras ya, dónde estás, tan lejano que no te distingo? Te has ido desvaneciendo, extendiéndote, bien sé que ahora al fin reinas a tus anchas, pero yo ya casi no te veo. Ya no te sirvo, triunfas y el campo es tuyo.
Ésta es mi nada, para mí no hay ya cosa alguna. Mas las cosas muertas prevalecerán, en este mundo que queda ahí ahora que me extingo, las cosas muertas seguirán y reinarán. En las pantallas muertas de frío vidrio persistirán imágenes cuando no haya gente, esas pantallas están estremecidas por el mismo fuego frío y azul que me ha mantenido, y al que he reverenciado. Fuego oscuro, poder de la piedra.
Ese mundo de la gente ahí fuera empieza a contar un tiempo nuevo, creen que será suyo un nuevo milenio. Pero éste será el tiempo de la luz oscura, el tiempo en que reine la piedra. Y las piedras que yo he esculpido resisten, persistirán y sólo se desvanecerán cuando el aire las convierta en arena. La basílica orgullosa, la ciudad de piedra se prolongará en el tiempo porque la piedra perdura. Mas la vida mineral no es humana, ni es vida. Ay, sí. Confié en la piedra, creí en ella, ya no amo ni creo en cosa alguna. Sólo permanece lo que ya está muerto, ¿por qué no lo he querido ver?