9

La Esfinge

Kendra se quedó mirando por la ventanilla una fábrica inmensa y abandonada mientras el todoterreno deportivo frenaba poco a poco al llegar a un semáforo. Las ventanas más bajas estaban tapadas con unos tableros putrefactos puestos en aspa. Las ventanas más altas, sin tapar, habían perdido prácticamente todo el cristal. La acera estaba llena de inmundicias: envoltorios, botellas rotas, latas de refresco aplastadas, periódicos deshechos por las inclemencias del tiempo. Unos grafitis indescifrables decoraban sus paredes. Casi todas las palabras pintadas con spray tenían un aspecto lamentable, pero alguna que otra había sido escrita con mano experta en relucientes letras metalizadas.

—¿Puedo quitarme ya el cinturón de seguridad? —se quejó Seth, retorciéndose en su asiento.

—Una manzana más —dijo la abuela.

—La Esfinge no se aloja en un barrio muy elegante del pueblo —comentó Kendra.

—No debe llamar la atención —dijo su abuela—. Muchas veces eso implica alojamientos no precisamente ideales.

El semáforo se puso en verde y avanzaron hasta el cruce. Kendra, Seth y la abuela habían pasado bastante rato en la carretera para llegar a la población costera de Bridgeport. Su abuela se tomaba la conducción de vehículos de una manera mucho más parsimoniosa que Vanessa, pero a pesar de la velocidad suave y del agradarle paisaje, la perspectiva de reunirse con la Esfinge había tenido a Kendra en vilo todo el trayecto.

—Ya hemos llegado —anunció la abuela, dando al intermitente izquierdo y girando para meterse en el aparcamiento de Reparaciones de Automóviles Rey de la Carretera.

El desvencijado taller parecía estar abandonado. En su pequeño aparcamiento no había ni un coche y todas las cristaleras del establecimiento estaban renegridas de polvo y mugre. La abuela esquivó un tapacubos solitario y oxidado que yacía en el asfalto.

—¡Vaya guarrada! —dijo Seth—. ¿Estás segura de que es aquí?

El todoterreno deportivo estaba a punto de parar, cuando una de las tres puertas correderas del taller se deslizó hacia arriba. Un hombre de origen asiático, alto y trajeado de negro, les hizo un gesto con la mano, indicándoles que entraran. Era delgado y tenía los hombros anchos y el semblante serio. La abuela metió el coche en el garaje y el hombre tiró de la puerta hacia abajo para cerrarla en cuanto hubieron pasado. La abuela abrió la puerta del coche.

—Usted debe de ser el señor Lich —dijo.

El hombre bajó levemente el mentón, un gesto a mitad de camino entre un saludo y una respuesta afirmativa. El señor Lich les indicó que bajaran del vehículo.

—Vamos —dijo la abuela, apeándose ya del todoterreno deportivo.

Kendra y Seth también se bajaron. El señor Lich había empezado a andar hacia el fondo.

Se apresuraron a seguirle. Los llevó por una puerta hasta un callejón donde les aguardaba un sedán negro. El señor Lich, sin mover un solo músculo de la cara, abrió la portezuela trasera. La abuela, Kendra y Seth se metieron en el coche. El señor Lich se sentó en el asiento del conductor y arrancó el motor.

—¿Habla usted inglés? —preguntó Seth.

El señor Lich le miró fijamente por el espejo retrovisor. Metió primera y el vehículo empezó a avanzar por el callejón. Ninguno de ellos volvió a intentar entablar una conversación.

Fueron por una serie de callejones y calles secundarias que no hicieron sino desorientarlos, antes de llegar por fin a una avenida importante. Tras un cambio de sentido, volvieron a meterse por calles laterales hasta que el señor Lich detuvo el sedán en un sucio callejón junto a una hilera de contenedores de basura llenos de abolladuras.

Salió del coche y les abrió la portezuela. El callejón olía a salsa de tomate picante y a aceite rancio. El señor Lich los escoltó hasta una puerta mugrienta en la que se leía:

«SOLO EMPLEADOS»

La abrió y los hizo pasar, y él entró tras ellos. Cruzaron una cocina y llegaron a un bar tenuemente iluminado. Las ventanas estaban tapadas con postigos. No había muchos clientes. Dos tipos de pelo largo jugaban al billar. Un hombre gordo y barbudo estaba sentado a la barra del bar, junto a una rubia flacucha que tenía la cara picada y el pelo frito. Finas volutas de humo de cigarrillo se ensortijaban en el aire.

La abuela, Seth y Kendra entraron en el bar. El camarero sacudió la cabeza.

—No pueden entrar menores de veintiún años —dijo.

Entonces, el señor Lich apareció y señaló en dirección a una escalera que había en un rincón. La actitud del barman cambió al instante.

—Disculpen. —Y se dio la vuelta.

El señor Lich los condujo por las escaleras enmoquetadas. Al llegar arriba, se abrieron paso por una cortina de cuentas y entraron en una habitación que tenía una peluda alfombra moteada, un par de sofás marrones y cuatro pufs de gamuza de los de relleno de bolitas. Un pesado ventilador de techo giraba lentamente. En un rincón se veía una gran radio antigua, que emitía música de big baria a volumen bajo, como si estuviese sintonizada con una emisora que emitiese desde el pasado.

Apoyando una mano en el hombro de la abuela, el señor Lich le indicó que fuera hacia los sofás. Lo mismo hizo con Seth. Luego, volviéndose hacia Kendra, señaló una puerta al otro lado de la sala. Kendra miró a la abuela, quien le hizo un gesto de asentimiento. Seth se dejó caer en uno de los pufs de bolitas.

Kendra cruzó la sala y, al llegar ante la puerta, vaciló. El silencioso trayecto en coche y el insólito lugar le habían hecho sentirse incómoda. La perspectiva de conocer cara a cara a la Esfinge ella sola la inquietaba. Miró hacia atrás por encima del hombro. Tanto su abuela como el señor Lich le hicieron un gesto para que cruzase la puerta. Kendra llamó suavemente.

—Pasa —dijo una voz profunda, en el volumen justo para que pudiera oírla.

Abrió la puerta. Una cortina roja con cenefa de borlas doradas y bordados le bloqueó la vista. Empujó la cortina de terciopelo y entró en la habitación. La puerta se cerró a su espalda.

Dentro había un hombre negro con rastas cortas llenas de cuentas entrelazadas, de pie junto a un futbolín. Su tez no era meramente de tonalidad marrón, sino que tenía un tono lo más parecido al negro que Kendra había visto alguna vez en la piel de alguien. Era de estatura y complexión medias, y vestía una camisa gris suelta, pantalones de explorador y sandalias. Su hermoso rostro parecía atemporal: podía tener treinta y tantos años, o cincuenta y tantos.

Kendra echó un vistazo a la espaciosa habitación. Un enorme acuario contenía una vibrante colección de peces tropicales. Varios móviles delicados y metálicos colgaban suspendidos del techo. Contó, por lo menos, diez relojes de pared de excéntricos diseños, puestos en las paredes, en mesas o en estantes. Una escultura hecha de despojos se erigía junto a una talla en madera de un oso pardo, a tamaño natural. Cerca de la ventana había una elaborada maqueta del sistema solar, con los intrincados planetas y sus lunas suspendidos en sus órbitas mediante alambres.

—¿Querrías echar conmigo una partida de futbolín? —Su acento hizo pensar a Kendra en el Caribe, pero no era del todo acertado.

—¿Eres la Esfinge? —preguntó Kendra, atónita ante aquella petición tan inusual.

—Lo soy.

Kendra se acercó al futbolín.

—Vale, claro.

—¿Qué prefieres: indios o vaqueros?

Ensartados en las varas había cuatro hileras de indios y cuatro hileras de vaqueros. Los vaqueros eran todos el mismo vaquero, igual que los indios. El vaquero llevaba sombrero blanco y tenía bigote. Sus manos descansaban sobre los revólveres enfundados. El indio tenía un tocado de plumas, y sus brazos, de un moreno rojizo, estaban plegados sobre el pecho desnudo. Los pies de cada vaquero y de cada indio estaban pegados para chutar mejor la pelota.

—Yo quiero los indios —dijo Kendra.

Había jugado al futbolín en los recreativos de su ciudad. Seth solía ganarle dos de cada tres partidos.

—Permíteme que te haga una advertencia —intervino la Esfinge—, no se me da muy bien. —Su voz estaba teñida de una suerte de melodía que evocaba imágenes de clubes de jazz de los viejos tiempos.

—A mí tampoco —reconoció Kendra—. Mi hermano pequeño suele ganarme siempre.

—¿Querrías hacer el saque de honor?

—Claro.

Le pasó la brillante pelotita amarilla. Kendra puso la mano izquierda en el mango que controlaba al portero, coló la bola por la ranura de su derecha y empezó a girar a toda velocidad su línea de indios más próxima mientras la bola rodaba por el centro de la mesa. La Esfinge controlaba a sus vaqueros con más calma, dándoles toques rápidos y precisos para contrarrestar los giros alocados de Kendra. No pasó mucho tiempo antes de que Kendra marcase el primer gol.

—Bien hecho —dijo él.

Kendra señaló el gol corriendo una de las piezas que había ensartadas en una varilla, en su lado de la mesa. La Esfinge sacó la bola de su portería y la dejó caer por la ranura. La bola rodó hacia sus hombres. Se la pasó a la linea delantera de los vaqueros, pero el portero indio absorbió el tiro. Los indios giraron como locos, chutando sin piedad la pelota contra los vaqueros hasta marcar un segundo gol.

La Esfinge metió la bola por la ranura. Con la confianza por las nubes, Kendra atacó aún más agresivamente con sus indios y acabó ganando el partido por cinco goles a dos.

—Me siento como el general Custer —dijo la Esfinge—. Bien jugado. ¿Puedo ofrecerte algo para beber? ¿Zumo de manzana? ¿Batido de vainilla? ¿Leche chocolateada, quizás?

—El batido de vainilla me parece bien —dijo Kendra. Después de haberle dado semejante paliza al futbolín, se sentía más relajada.

—Excelente elección —dijo la Esfinge.

Abrió un congelador y sacó una taza empañada por el frío, con un poco de hielo. De una neverita sacó una botella marrón, le quitó la chapa con un pequeño utensilio y vertió el refresco amarillo en la taza. Era asombrosamente espumoso.

—Por favor, toma asiento. —Señaló con la cabeza un par de sillas puestas una frente a la otra, con una mesita baja entre ellas.

Kendra se sentó en una y la Esfinge le tendió la taza. Los primeros sorbos que dio fueron sólo de espuma. Cuando finalmente llegó al líquido, comprobó que se trataba de la mezcla perfecta: dulce, cremoso, fresco y burbujeante.

—Gracias, es delicioso —dijo.

—El gusto es mío. —En la mesita que había entre los dos había un gong en miniatura. La Esfinge le dio un suave golpe con un martillito—. Mientras vibra el gong, nadie puede escuchar lo que decimos. Tengo al menos una parte de la respuesta que has venido a buscar. Perteneces a la familia de las hadas.

—¿Del Asadas?

—De-las-hadas —dijo, pronunciando las palabras cuidadosamente—. Lo llevas escrito por todo tu cuerpo, está entretejido en tus palabras.

—¿Qué quiere decir eso?

—Quiere decir que eres un ser único en todo el mundo, Kendra. En mis muchos años y mis muchos viajes, nunca había conocido a nadie que perteneciese a la familia de las hadas, aunque estoy familiarizado con las señales y las veo claramente expresadas en ti. Cuéntame, ¿probaste el elixir que preparaste para las hadas?

Su voz estaba teñida de una gravedad hipnótica. Kendra tuvo la sensación de tener que salir de una especie de trance para poder responder a su pregunta.

—Sí, a decir verdad, sí. Quería convencerlas para que lo probasen.

Las comisuras de los labios de la Esfinge se curvaron ligeramente hacia arriba y se le formaron unos hoyuelos en las mejillas.

—Entonces quizá les brindaste un incentivo —dijo—. Tenían dos opciones: o te transformaban en un ser de su familia, o se quedaban a ver cómo morías.

—¿Morir yo?

—El elixir que ingeriste es mortífero para un mortal. Habrías terminado sufriendo una muerte terriblemente dolorosa si las hadas no hubiesen optado por compartir su magia contigo.

—¿Las hadas me curaron?

—Te transformaron, para que ya no necesitases curas nunca más.

Kendra se le quedó mirando.

—La gente ha dicho que me tocaron las hadas.

—He conocido a personas que han sido tocadas por las hadas. Se trata de algo raro y extraordinario. Esto es mucho más raro y mucho más extraordinario. Te han transformado en un ser de la familia de las hadas. No creo que haya ocurrido en más de mil años.

—Sigo sin comprender lo que significa —dijo Kendra.

—Yo tampoco. O no del todo. Las hadas te han transformado, te han adoptado, te han infundido su magia. Una versión de la energía mágica que habita de manera natural en su interior reside ahora en ti. Los diversos efectos que podrían emanar de ello son difíciles de anticipar.

—¿Por eso ya no tengo que tomar la leche para ver?

—Y es también el motivo por el que Warren se sintió atraído hacia ti. Y el motivo por el que entiendes la lengua goblush, además, supongo, de otras lenguas derivadas del silvanio, el idioma de las hadas. Tu abuelo ha ido poniéndome al corriente de las nuevas habilidades que iban manifestándose en ti. —La Esfinge se inclinó hacia delante y golpeó suavemente de nuevo el pequeño gong con la macita.

Kendra dio otro sorbo de su taza.

—Esta mañana, Coulter nos estaba mostrando una bola protegida mediante un hechizo de distracción. Seth fue incapaz de cogerla; se distraía todo el rato y su atención se dirigía hacia otras cosas. Pero la magia no tuvo efecto sobre mí. Yo podía cogerla perfectamente.

—Al parecer, has desarrollado una resistencia al control mental.

Kendra arrugó el entrecejo.

—Tanu me dio una poción que me hizo sentir avergonzada y funcionó perfectamente.

—La poción debía de estar manipulando tus sentimientos. El control mental funciona de otra manera. Estate bien atenta a todas las nuevas habilidades que vayas descubriendo. Informa a tu abuelo sobre ellas. A no ser que me equivoque, apenas acabas de empezar a arañar la superficie.

Esa idea le resultó emocionante y a la vez aterradora.

—Sigo siendo humana, ¿verdad?

—Eres algo más que humana —dijo la Esfinge—. Pero tu humanidad y tu mortalidad permanecen intactas.

—¿Tú eres humano?

La Esfinge sonrió. Sus dientes eran increíblemente blancos al lado de su tez negra.

—Yo soy un anacronismo. Una reliquia de tiempos remotos. He visto saberes que han aparecido y que luego han desaparecido, imperios que han florecido y luego han caído. Considérame tu ángel de la guarda. Me gustaría poner en práctica un sencillo experimento. ¿Te importa?

—¿Es peligroso?

—Para nada. Pero si estoy en lo cierto, podría proporcionarnos la respuesta a por qué la Sociedad del Lucero de la Tarde ha mostrado interés en ti.

—De acuerdo.

Encima de la mesa había dos varas cortas de cobre. La Esfinge cogió una y se la dio a Kendra.

—Dame tú la otra —dijo la Esfinge.

Cuando Kendra hubo hecho lo que le había pedido, la Esfinge sostuvo la vara con las dos manos, una en cada extremo.

—Sostén la tuya como yo —indicó.

Kendra había estado sujetando la fina vara con una mano. En el instante en que la otra mano la tocó, notó como si estuviese cayéndose de espaldas, atravesando la silla. Entonces, sucedió: de pronto estaba inexplicablemente en el lugar en el que había estado sentada la Esfinge, y él apareció sentado en la silla de ella. Se habían intercambiado de forma instantánea.

La Esfinge apartó una mano de su vara y, acto seguido, volvió a sujetarla con las dos. En el instante en que las dos manos volvieron a entrar en contacto con la vara, Kendra notó que volvían a movérsele las tripas y, de repente, estaba sentada otra vez en la silla de antes.

La Esfinge dejó la vara en la mesa y Kendra la imitó.

—¿Nos hemos tele-transportado? —preguntó.

—Las varas permiten que quienes las usan puedan intercambiar su posición en distancias cortas. Pero lo que ha pasado no es extraordinario por eso. Estas varas llevaban décadas sin funcionar, inservibles, desprovistas de toda su energía. Tu tacto las ha recargado.

—¿De verdad?

—Se sabe que los seres pertenecientes a la familia de las hadas irradian energía mágica de un modo único. El mundo está lleno de herramientas mágicas desgastadas. Tu tacto las revitalizaría. Esta capacidad asombrosa bastaría por sí sola para hacer de ti alguien tremendamente valioso para la Sociedad del Lucero de la Tarde. Me pregunto cómo se habrán enterado. ¿Quizá se basan en conjeturas?

—¿Tienen muchos objetos que habría que recargar?

La Esfinge volvió a golpear el gong.

—Sin duda. Pero yo me refiero más directamente a los cinco objetos mágicos de los que os hablaron vuestros abuelos. Los que se hallan en las cinco reservas secretas. Si alguno de ellos se encuentra en estado latente, como es probable que así sea, tu tacto podría reactivarlos. Los cinco tendrían que estar activos para que la Sociedad pueda conseguir su objetivo de abrir Zzyzx y liberar a los demonios. Sin tu don, sería dificilísimo reactivar unos talismanes dotados de un poder tan monumental.

—Eso es lo que no entiendo —dijo Kendra—. ¿Por qué tener llaves de la prisión? ¿Por qué no construir una prisión sin llaves?

La Esfinge asintió como si estuviese de acuerdo con la pregunta.

—Existe un principio fundamental de la magia que se aplica también a muchas otras cosas: todo lo que empieza tiene un final. Toda la magia que pueda hacerse, puede deshacerse. Cualquier cosa que fabriques, puede deshacerse también. Dicho de otro modo, cualquier prisión que puedas crear, puede ser destruida. Cualquier candado puede romperse. Construir una prisión impenetrable es imposible. Los que lo han intentado, han fracasado invariablemente. La magia se vuelve inestable y acaba deshaciéndose. Si tiene un principio, debe tener un final. Los sabios aprendieron que en lugar de intentar hacer una prisión impenetrable, debían concentrarse en hacerla extraordinariamente complicada de abrir. Las prisiones más fuertes, como Zzyzx, fueron creadas por seres que entendieron que el objetivo consistía en hacerlas prácticamente impenetrables, lo más perfectas posible sin cruzar esa línea. Debido a que existe un modo de abrir Zzyzx, la magia que retiene a los monstruos conserva toda su potencia. Este principio parece sencillo a simple vista, pero los detalles son bastante complicados.

Kendra se movió en su asiento.

—Entonces, si la Sociedad destruyera sin más las llaves, ¿desharía eso la magia y la prisión quedaría abierta?

—Reflexionas con agilidad —dijo la Esfinge, con un centelleo en los ojos—. Tres escollos. Primero: las llaves son virtualmente indestructibles. Fíjate que digo «virtualmente». Las fabricaron los mismos expertos que crearon la prisión. Segundo: si mis investigaciones son correctas, un dispositivo de seguridad haría que cualquier llave destruida fuese reconstituida en una forma diferente y en un lugar impredecible, y ese proceso podría repetirse casi indefinidamente. Y tercero: si la Sociedad lograse de algún modo liberar a los demonios destruyendo de manera permanente alguno de los objetos, ellos mismos serían sus víctimas, igual que el resto de la humanidad. La Sociedad debe negociar con los demonios antes de su liberación para conseguir algún grado de seguridad, lo cual significa que deben abrir la prisión adecuadamente y no simplemente debilitar la magia que la mantiene cerrada.

Kendra se bebió lo que le quedaba del refresco y el hielo chocó contra sus labios.

—Entonces, no pueden conseguirlo sin los objetos mágicos.

—Por lo cual nosotros debemos impedir que se hagan con ellos. Y eso es más fácil en la teoría que en la práctica. Una de las grandes virtudes de la Sociedad es la paciencia. Nunca actúan de manera atolondrada. Indagan, planean, se preparan. Esperan a que se presente la oportunidad ideal. Son conscientes de que disponen de un tiempo ilimitado para lograr lo que se proponen. Para ellos, es igual conseguir sus objetivos dentro de mil años que triunfar mañana mismo. La paciencia emula el poder de la infinitud. Y es imposible ganar una guerra de miradas contra la infinitud. Por mucho tiempo que puedas aguantar tú, la infinitud no habrá hecho más que empezar.

—Pero ellos no son infinitos —dijo Kendra.

La Esfinge pestañeó.

—Cierto. Por eso nosotros procuramos igualar su paciencia y su diligencia. Hacemos todo lo posible por sacarles ventaja en todo momento. Eso, en parte, significa que debemos trasladar de sitio un objeto mágico cuando descubren su ubicación, como tememos que haya ocurrido con el de Fablehaven. De lo contrario, en algún momento, de alguna manera, aprovecharán cualquier error para echarle el guante.

—El abuelo mencionó que había otro objeto mágico en peligro, en Brasil.

—Tengo a algunos de mis mejores ayudantes trabajando en el tema. Creo que el objeto mágico sigue en la reserva caída, y creo que lo recuperaremos nosotros primero. —Levantó las manos—. Si la Sociedad se las ingenia para recuperarlo ella, tendremos que arrebatárselo.

La Esfinge miró a Kendra con una expresión inescrutable y ella apartó la mirada.

—¿Cuál de mis cartas fue la que leíste? —preguntó la Esfinge al cabo de un rato.

—¿Carta?

—Todas mis cartas van provistas de un encantamiento: dejan una señal en las personas que las leen a hurtadillas. Tú llevas esa señal.

En un primer momento, Kendra no entendía de qué estaba hablando. ¿Cuándo iba ella a haber leído una carta enviada por la Esfinge? Entonces, se acordó de la carta que había leído el verano anterior mientras su abuelo dormía, después de haberse quedado despierto hasta altas horas de la madrugada en compañía de Maddox. ¡Por supuesto! Llevaba una «S» por toda firma. «S» de Sphinx. ¡Esfinge!

—Fue una carta que le mandaste al abuelo el año pasado. La dejó a la vista por un descuido. En ella le ponías al corriente sobre la Sociedad del Lucero de la Tarde. La leí porque pensé que podría tener algo que ver con mi abuela. Había desaparecido.

—Alégrate de no haberla leído por una razón malintencionada. La carta se habría transformado en un vapor tóxico. —Cruzó las manos sobre el regazo—. Ya casi hemos terminado. ¿Tienes alguna otra pregunta que hacerme?

Kendra arrugó la frente.

—¿Qué hago ahora?

—Vuelve junto a tu abuelo, ahora que eres consciente de que formas parte de la familia de las hadas. Haz lo que esté en tu mano para mantener a salvo Fablehaven mientras recuperáis el objeto mágico. Observa cualquier nueva habilidad que aparezca. Pide orientación a tus abuelos siempre que te haga falta. Y puedes consolarte al saber ahora por qué la Sociedad está interesada en ti.

A continuación, se llevó un dedo a la sien.

—Una última reflexión. Aunque secreta y en muchos aspectos silenciosa, la lucha entre la Sociedad del Lucero de la Tarde y quienes gestionan las reservas tiene una enorme importancia para el mundo entero. Sean cuales sean los argumentos de cada bando, el problema se reduce a un simple desacuerdo. Mientras que la Alianza de los Conservadores quiere preservar a las criaturas mágicas sin poner en peligro a la humanidad, la Sociedad del Lucero de la Tarde quiere explotar a muchas de esas mismas criaturas mágicas con el fin de adquirir poder. Perseguirán sus fines a costa de toda la humanidad, si hace falta. No puede haber más en juego.

La Esfinge se levantó.

—Eres una muchacha extraordinaria, Kendra, tienes un potencial inconmensurable. Llegará un día en que querrás explorar deliberadamente y canalizar el poder que te han concedido las hadas. Ese día estaré encantado de ofrecerte orientación e instrucción. Podrías llegar a ser una poderosa adversaria de la Sociedad. Espero que podamos contar con tu ayuda en el futuro.

—De acuerdo, vaya, gracias —dijo Kendra—. Haré todo lo que pueda.

La Esfinge extendió una mano en dirección a la puerta.

—Que tengas un buen día, mi nueva amiga. Ahora tu hermano puede entrar a verme.

• • •

Seth se recostó en uno de los pufs de bolas y se quedó mirando el techo. Su abuela se había sentado en un sofá, a su lado, y se había puesto a hojear un voluminoso libro. Parecía que lo único que hacía Seth últimamente era esperar. Esperar a que alguien le llevase al bosque. Esperar a que terminase el viaje en coche. Esperar mientras Kendra mantenía una conversación interminable con la Esfinge. ¿El propósito de la vida era aprender a soportar el tedio?

La puerta se abrió y apareció Kendra.

—Te toca —dijo.

Seth rodó sobre sí mismo para levantarse del puf de bolitas.

—¿Cómo es?

—Muy listo —dijo Kendra—. Me ha dicho que pertenezco a la familia de las hadas.

Seth ladeó la cabeza.

—¿Del Asadas?

—De-las-hadas. Las hadas compartieron su magia conmigo.

—¿Estás segura, querida? —preguntó la abuela, con una mano encima del corazón.

—Eso fue lo que me dijo —respondió Kendra, encogiéndose de hombros—. Parecía totalmente seguro.

Seth dejó de prestar atención a lo que decían y se apresuró hacia la puerta. La abrió y apartó la cortina para pasar a la habitación. La Esfinge estaba de pie, apoyada en la mesa de futbolín.

—Tu hermana me ha dicho que eres todo un jugador de futbolín.

—No se me da mal. No es que tenga mi propio futbolín ni nada.

—Yo no suelo jugar a menudo. ¿Querrías probar a jugar contra mí?

Seth contempló el futbolín.

—Yo quiero los vaqueros.

—Bien. No me dieron suerte cuando jugué contra tu hermana.

—¿De verdad eres mitad león?

—¿Cómo dices? ¿Tengo pinta de ser una reencarnación? Te lo diré si ganas. ¿Serías tan amable de servir?

Seth agarró las empuñaduras de las barras del juego.

—Hazlo tú.

—Como desees.

La Esfinge metió la bola por la ranura. Los vaqueros se pusieron a girar como locos. La Esfinge se hizo con el control de la pelota, le dio un toque de lado para desplazarla apenas tres centímetros y, con un giro de muñeca, la lanzó de un trallazo directamente a la portería de Seth.

—¡Ostras! —dijo Seth.

—Sirves tú.

El niño puso la bola en juego. Haciendo girar los vaqueros a toda velocidad, fue desplazándola por todo el terreno hasta que la paró el guardameta de la Esfinge. Mediante movimientos controlados, esta llevó la pelota por la mesa, pasándola de una hilera a otra, y acabó colándola en la portería de Seth con un tiro desde un ángulo difícil.

—¡Eres buenísimo! —dijo Seth—. ¿Has dicho que Kendra te dio una paliza?

—Tu hermana necesitaba un empuje de confianza. Tu caso es diferente. Además, no existe ninguna posibilidad de que te desvele mi secreto, a no ser que te lo ganes.

Seth puso de nuevo la pelota en juego y la Esfinge, ágilmente, volvió a marcar un gol. Lo mismo ocurrió otras dos veces y el último tanto vino dado por un tiro a puerta con efecto giratorio, que mandó la bola dando vueltas al interior de la portería.

—¡Menuda paliza! —exclamó Seth.

—No le digas a tu hermana que se lo puse fácil aposta. Si te pregunta, dile que me has ganado tú. —La Esfinge hizo una pausa para mirar a Seth de hito en hito—. Es evidente que te han echado una maldición.

—Me mordió un demonio petrificado. ¿Lo notas?

—Lo sabía de antes, pero la prueba del maleficio es patente. Olloch, el Glotón. ¿Qué tal se siente uno al haber formado parte de su menú?

—No muy bien. ¿Puedes curarme?

La Esfinge abrió la nevera.

—A tu hermana le ofrecí un refresco.

—¿Tienes algo de Egipto?

—Tengo zumo de manzana. Supongo que los egipcios también lo toman de vez en cuando.

—Vale.

Seth se paseó por la habitación, mirando los curiosos adornos y figuritas de las mesas y de los estantes. Una noria en miniatura, un catalejo telescópico, una caja de música de cristal, numerosas figuritas.

La Esfinge abrió una lata de zumo de manzana y vertió su contenido en una taza helada.

—Aquí tienes.

Seth cogió la taza que le tendía y dio un sorbo.

—Me gustan las bebidas heladas.

—Me alegro. Seth, yo no puedo quitarte el maleficio. Lo tendrás hasta que Olloch te devore o sea destruido.

—¿Y qué puedo hacer yo? —Seth empezó a beberse el zumo.

—Tendrás que confiar en la barrera que ofrecen los muros de Fablehaven. Llegará un día en que Olloch se presente ante las puertas. El paso del tiempo no hará más que aumentar el ansia insaciable que le lleva sólo hacia ti. Peor aún: el demonio está en manos de la Sociedad y sospecho que se asegurarán de que llegue hasta ti más bien pronto que tarde. Cuando Olloch haga su aparición, encontraremos la manera de vérnoslas con él. Hasta ese día, Fablehaven será tu refugio.

—¿Se acabó el colegio? —preguntó Seth, esperanzado.

—No debes abandonar Fablehaven hasta que el Glotón haya quedado reducido. Recuerda lo que te digo: aparecerá antes de que haya pasado mucho tiempo. Cuando lo haga, descubriremos alguno de sus puntos débiles y aprenderemos a aprovecharnos de ello. No deberías tener ningún problema para volver al colegio en otoño.

Seth se terminó el zumo y se limpió los labios con el dorso de la mano.

—No hay prisa.

—Nuestra conversación casi ha llegado a su fin —dijo la Esfinge, cogiendo la taza vacía de Seth—. Cuida de tu hermana. Se nos avecinan tiempos turbulentos. El don que las hadas le dieron la convertirá en un blanco. Tu valentía puede ser una baza poderosa si puedes evitar echarla a perder por alguna imprudencia. No olvides que Fablehaven estuvo a punto de caer por tu temeridad. Aprende de aquel error.

—Lo haré —dijo Seth—. Quiero decir que ya he aprendido. Y mantendré en secreto que Kendra pertenece a la familia de las hadas.

La Esfinge le tendió una mano y Seth la estrechó.

—Una última cosa, Seth. ¿Eres consciente de que apenas queda una semana para la Noche del Solsticio de Verano?

—Sí.

—¿Puedo sugerirte una cosa?

—Adelante.

—No abras ninguna ventana.