—¡Vamos, Aya! —dijo Hiro tendiéndole una mano—. Soy el más veloz de todos.
Aya asintió y se agarró a su mano enguantada mientras gritaba:
—¡Moggle, tráete a Frizz!
Las enormes puertas se estaban abriendo. Hiro tiró de su hermana y salió disparado hacia la brecha. Las costillas de Aya aullaban de dolor, sus pies se agitaban descontroladamente a su espalda.
—¡No tan deprisa! —jadeó.
—Lo siento, hermanita, pero no hay tiempo que perder.
Hiro salió del edificio y realizó un brusco viraje que hizo crujir las costillas de Aya, dejándola sin respiración.
—Deberías adelantarte —resopló—. Llegarás antes sin mí.
—Tu inglés es mejor que el mío. Además, Tally solamente te escuchará a ti.
—¡Si me odia! O por lo menos me tiene por una idiota.
Hiro rio.
—Lo dudo mucho, Aya. Y esta vez no tendrá más remedio que creerte. No cambiarías tu teoría sobre los frikis a menos que estuvieras completamente segura.
—¿Porque significa que mi reportaje es un completo error? —gritó Aya.
—Exacto —respondió Hiro. Luego señaló hacia delante con la mano que tenía libre—. Oh, oh.
El horizonte se cubrió de destellos y el estruendo de las detonaciones llegó unos segundos más tarde. Nubes de humo, teñidas de rojo trémulo por el fuego que brotaba del suelo, inundaron el aire. Casi parecía una fiesta en una gran mansión si no fuera porque el fragor era mucho más atronador que la crepitación de los fuegos artificiales de seguridad.
—Sospecho que es ahí donde los extras almacenan las naves —dijo Hiro.
Aya solo alcanzó a soltar un gruñido. Hiro estaba sorteando las figuras flotantes de los extras que habían salido a la noche, zarandeándola de un lado a otro. Su muñeca se retorcía en la mano de Hiro y las costillas le aullaban de dolor con cada viraje.
El espacio a su alrededor se llenó de aerovehículos. Algunos pasaban zumbando sobre sus cabezas, removiendo el aire con las hélices, en dirección a los destellos.
—Esto podría ponerse feo —dijo Hiro—. Si no conseguimos detener a Tally, se desencadenará una auténtica batalla.
Aya asintió y dobló el dedo anular.
—¡Tally-wa, soy yo!
—¡Aún estamos demasiado lejos! —gritó Hiro mientras descendía un poco más hacia las vigas que sobresalían del suelo.
Aya podía sentirlas bajo sus pies, impulsando los imanes del equipo de Hiro, y cada aceleración amenazando con dislocarle el hombro.
Los edificios y las fábricas de lona quedaron finalmente atrás y estaban sobrevolando una vasta llanura donde no había nada salvo vigas.
—¡Mira! —La mano libre de Hiro señaló el suelo. Enormes áreas calcinadas oscurecían la tierra y un olor a chamusquina invadió las fosas nasales de Aya.
—Debieron de probar los cohetes aquí —gritó.
—¡Espero que eso signifique que nos estamos acercando!
Ahora hasta el aire temblaba. Aya sentía la vibración de las explosiones en el cuerpo. Los fogonazos alargaban las sombras de las vigas y un manto de humo cubría la mitad del cielo.
—¿Aya? —La voz de Frizz sonó en su oído—. Moggle y yo estamos justo detrás de vosotros. —Hizo una pausa—. Bueno, justo detrás, no. Hiro vuela como un demente, pero os seguimos todo lo deprisa que podemos.
—De acuerdo, Frizz. Asegúrate de que Moggle consiga buenas... ¡mierda!
Hiro estaba tirando de ella hacia arriba y desgarrando sus ya maltrechas costillas. Frente a ellos había aparecido súbitamente un muro oscuro que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Pasaron rozando el borde superior y de repente se descubrieron sobrevolando lo que parecía una extensión de jungla devorada por el fuego. Las llamas zarandeaban con violencia las copas de los árboles.
Pero eso no era jungla, advirtió Aya, sino una interminable red de camuflaje con una textura de lianas y helechos florecidos tan elaborada como un traje de camuflaje. Las llamas eran reales, sin embargo, y rugían en la oscura extensión levantando un vendaval de humo y calor que se metía en los ojos.
En los lugares donde el camuflaje ya había sido devorado por el fuego, Aya podía ver las cabezas de las naves apuntando al cielo, negras como ceniza, con las afiladas ojivas derretidas.
Se elevaron un poco más sobre las llamas más próximas, trasportados durante largos segundos por el impulso de su ascenso, pero pronto empezaron a caer.
—¡Traje de camuflaje! —gritó Aya, tirando torpemente de su capucha con la mano que tenía libre. Vio que Hiro alargaba un brazo y la imitaba.
Se sumergieron en las llamas casi rozando las naves de metal y levantando nubes de humo. El aire abrasador le achicharraba los pulmones y Aya sintió el olor del fuego en los mechones descarriados de su pelo. Pese al blindaje del traje de camuflaje, el calor le estaba abriendo ampollas en la piel.
Pero Hiro estaba sacándola nuevamente del bosque de acero y llamas. Aya miró a su alrededor. Había cientos de naves, una vasta flota que se extendía en todas direcciones.
Una docena de vehículos estaba sobrevolando la conflagración y rociándola con espuma contra incendios, pero nuevos fuegos cobraban vida, y mucho más deprisa de lo que ellos podían extinguirlos.
Una fuerte explosión tronó en la llanura, sacudiendo el cuerpo de Aya. Vio cómo se propagaba la onda expansiva, un círculo de humo y fuego. En el centro estaban los restos de una nave, una torre de acero retorcida por dentro que se estaba inclinando lentamente...
La nave se estrelló con un grito metálico, vertiendo un río de llamas frescas por el suelo. El combustible inflamado rodeó la base de la nave contigua y trepó por ella como una mecha.
Aya se obligó a apartar la mirada y dobló el dedo anular, gritando:
—¡Tally!
El nombre salió de sus congestionados pulmones como un carraspeo apenas audible, pero un segundo después una respuesta débil sonó por encima del fragor...
—¿Aya?
—¡Tally-wa, soy yo! —exclamó Aya con la voz rasposa.
—¿Por qué no estás en las ruinas? ¡Aquí corres peligro!
Aya tosió.
—¡Ya me he dado cuenta!
Ella y Hiro volvían a caer en picado hacia el mar de humo y llamas.
—¡Tienes que detener el bombardeo! —barbotó—. Estaba equivocada con...
El fuego la envolvió de nuevo y empezó a toser. Solo alcanzaba a ver humo y las oscuras siluetas de las naves que tenían alrededor. Su traje de camuflaje había empezado a endurecerse y el calor estaba resquebrajando el blindaje.
—¿Dónde estás, Aya? —preguntó la voz de Tally.
Aya notó que Hiro la sujetaba con fuerza y tiraba de ella hacia arriba, sacándola nuevamente del humo.
—¡Volando sobre las naves!
—¿Qué naves?
Aya volvió a toser y maldijo su estado descerebrado.
—¡Los misiles! Estoy justo encima de ellos. ¡Pero en realidad no son misiles!
—¿Has perdido el juicio? —bramó Tally—. ¡Lárgate de ahí ahora mismo!
—Creo que está por allí —dijo Hiro, realizando un viraje que casi le disloca el hombro. Giraron justo por encima de las ojivas de las naves, firmes y estables, el aerorrebote de Hiro finalmente bajo control.
Se oyó otra explosión ensordecedora, más cerca esta vez, que dejó a Aya sin aire. Resbaló por la mano de Hiro y salió despedida en una trayectoria zigzagueante, ingrávida y sin rumbo fijo, sacudida por los vientos provocados por el feroz incendio y los campos magnéticos de las naves.
—¡Tienes que detenerte, Tally! —gritó Aya, ladeando las manos como una Chica Astuta surfeando sobre un ultrarrápido para regresar junto a Hiro—. Espera a que nos reunamos contigo y te lo explicaré todo.
—¡Algunos de esos misiles ya están cargados de combustible! —dijo Tally—. Podrían empezar a lanzarlos en cuanto detuviéramos el bombardeo.
—¡No son misiles! ¡Son naves! ¡Detén las explosiones y deja que te lo explique!
—¡Ni lo sueñes! —gritó Tally—. Uno solo de esos misiles bastaría para eliminar una ciudad entera. ¡Lárgate de ahí ahora mismo!
Hiro voló hacia su hermana con los brazos extendidos, pero Aya lo rechazó y Hiro se alejó con las manos vacías.
—No me moveré de aquí hasta que detengas las explosiones —contestó con determinación—. ¡Puedes bombardearnos a nosotros también!
—No puedo sacrificar ciudades enteras por vosotros —replicó Tally—. Y te conozco, Aya-la. Salvarás el pellejo. Tienes diez segundos.
—¡No pienso moverme de aquí!
—No te creo.
Hiro había girado en redondo y se dirigía de nuevo hacia su hermana con un brazo extendido. Aya sollozó de frustración. ¿Quién iba a creer que una imperfecta tergiversadora como ella estaría dispuesta a sacrificarse?
—Estoy con ella —dijo otra voz—. Y no pienso moverme de aquí.
—¿Frizz? —dijo Tally—. ¿Habéis perdido todos el juicio?
—Los extras no tienen intención de matar a nadie —dijo con firmeza.
—¿Y si estáis equivocados? —bramó Tally.
—No lo estamos —repuso Frizz—. Y sabes muy bien que no puedo mentir, Tally.
Hiro agarró a Aya y salió disparado hacia arriba para alejarla de las llamas. Aya forcejeó, buscando a Frizz con la mirada. Allí estaba, abrazado a Moggle en medio de la llanura, con su brillante traje de camuflaje apenas visible contra el fuego.
—Tally, por favor —sollozó Aya—. ¡Habla en serio!
Tally dejó escapar un largo suspiro.
—Venid pitando, Aya-la. Tenéis dos minutos para convencerme.
Un destello suelto brilló en el horizonte y Hiro puso rumbo hacia él.