25. Atrapada

—Esto es absurdo —dijo Hiro entre dientes—. Deberíamos regresar a la fiesta. ¡Parecemos idiotas huyendo de esta manera!

—¿Me estás diciendo que no haga caso a Tally Youngblood? —preguntó Aya—. ¡Su mensaje decía «Corre y escóndete»!

—¿Llamas esconderse a esto? —preguntó Ren.

Aya dirigió la vista al cielo. Por lo menos les seguían cien aerocámaras de la fiesta, seguramente preguntándose por qué la decimoséptima persona más famosa de la ciudad había decidido abandonar súbitamente la primera entrevista de su vida. El enjambre de objetivos se recortaba sobre el cielo, fulgurando en su dirección como ojos de animales depredadores.

—Ren tiene razón —dijo Frizz—. Deberíamos buscar un escondite.

—Estoy en ello. —Aya suspiró.

El cuarteto había abandonado la fiesta por una puerta lateral y atravesado un campo de béisbol. De la azotea de la mansión todavía brotaban fuegos artificiales de seguridad que parpadeaban sobre la hierba y alargaban la enorme y agitada sombra de Aya.

Recordó la última advertencia de Lai a bordo del trineo: «Quienesquiera que construyeron esa monstruosidad son peligrosos».

—¿De qué sirve un escondite? —espetó Hiro—. Si creemos que alguien nos persigue, ¿no deberíamos quedarnos donde todo el mundo pueda vernos?

Aya frenó tan bruscamente que Moggle la embistió por detrás. Quizá el lugar más seguro fuera a la vista de todos. Nadie se atrevería a hacerles nada en una fiesta abarrotada de gente y, para colmo, con cien aerocámaras filmando desde arriba.

Dejó escapar un suspiro.

—Supongo que deberíamos volver.

—¡Exacto! —exclamó Hiro—. Podríamos lanzar el mensaje de Tally Youngblood. Si la gente se entera de que está en camino, ¡será un bombazo!

Frizz carraspeó.

—No creo que este sea el mejor momento para pensar en el rango facial, Hiro.

—¡No tiene nada que ver con el rango facial, cabeza de burbuja!

—Técnicamente hablando, no soy un cabeza de burbuja —repuso Frizz con calma—. Por eso no estoy hablando de nuestros planes a voz en grito para que todo el mundo pueda oírlos.

Aya miró hacia arriba. Todavía tenía una burbuja de reputación de considerable tamaño a su alrededor, pero había algunas cámaras lo bastante cerca para haber captado el arrebato de Hiro.

—¡Independientemente de lo que hagamos, hablemos en voz baja! —dijo—. No sé por qué, pero sospecho que Tally-sama no quiere que toda la ciudad se entere de que viene hacia aquí.

Ren meneó la cabeza.

—Ella no es de aquí, Aya, así que no entiende cómo funciona la economía de la reputación. Ahora mismo nos está viendo medio millón de personas. Tu fama nos protegerá.

—No puedes esconderte, Aya —dijo Hiro—. Todo el mundo sabe exactamente dónde estás. ¿No era ese el objetivo de esta noche?

Frizz frunció el entrecejo.

—Pensaba que el objetivo de esta noche era salvar el mundo.

Aya suspiró.

—Puede que hubiera varios objetivos, ¿vale? ¡Cerrad un momento el pico para que pueda pensar!

Hiro, Ren y Frizz obedecieron. Aya se quedó quieta, sintiendo sobre ella los tres pares de ojos, los objetivos de cien aerocámaras y medio millón de personas mirando por ellos. Hasta Moggle la observaba.

Decididamente, no era el mejor lugar para pensar.

Frizz se acercó a ella y le rodeó el hombro.

—Si regresamos a la fiesta y alguien intenta atacarte, ¿quién les detendrá? ¿Una pandilla de cabezas pixeladas?

Hiro se encogió de hombros.

—Los guardas, como en cualquier otra situación delictiva.

—¿Podemos fiarnos de los guardas? —preguntó Frizz—. ¿Recordáis lo que dijo aquel lanzador? Puede que nuestra ciudad haya construido esa cosa.

—¿El tipo que la llamó traidora? —Hiro rio—. ¡Era un completo descerebrado!

—Puede que no tanto —intervino Ren—. La catapulta magnética se construyó empleando trenes ultrarrápidos que salían de aquí. Es probable que alguien de nuestra ciudad haya participado en el proyecto.

—Alguien con mucha autoridad —añadió Frizz—, para poder utilizar todo ese acero sin que nadie se enterara.

Aya tragó saliva. El Exterminador de Ciudades era descomunal; quienes lo construyeron gozaban de poder suficiente para excavar montañas enteras. ¿Realmente podría detenerlos un puñado de guardas? ¿Podría medio millón de testigos contener a una gente capaz de destruir ciudades enteras?

Contempló el oscuro anillo de árboles que rodeaba el campo de béisbol mientras recordaba las palabras de Edén Maru...

«También puedes desaparecer delante de una multitud».—Moggle, sube hasta donde puedas y echa un vistazo. —Se volvió hacia Hiro—. Voy a hacer lo que dice Tally-sama... Voy a esconderme.

Echó de nuevo a andar, alejándose de las luces de la mansión, alejándose de todo.

Hiro la siguió sin dejar de rezongar.

—Estás pensando como una extra. ¡No puedes esconderte! ¡La gente no tiene más que activar las fuentes para encontrarte!

La invadió una sensación de mareo. Las aerocámaras avanzaban ahora encima de su cabeza, ensombreciendo cada uno de sus pasos, como si se hallara en una cinta andadora que no conducía a ninguna parte. Atrapada bajo sus objetivos, Aya se sentía como una mariposa sujeta con cien alfileres.

—¿Puedes hacer algo con esas cosas? —preguntó a Ren.

—Tal vez. —Ren sacó su caja de sorpresas—. Cuando los grandes tecnolanzadores quieren una burbuja de reputación de tamaño industrial lo bloquean todo en un radio de cien metros. Podría hacer que desaparezcamos un par de minutos.

—Por favor. —Aya levantó la vista hacia las cámaras—. En estos momentos no me importaría un poco de anonimato. Me sentiría más segura.

—¿Por qué iban a querer atacarte? —seguía discutiendo Hiro—. Todo el mundo sabe ya que esa arma existe. ¿Qué más puedes hacerles? Porque no has ocultado nada, ¿verdad?

Aya negó con la cabeza.

—Desde luego que no. Tú y Ren siempre decís que ocultar tomas es una manera de tergiversar la verdad. En el reportaje está todo. Bueno, todo menos...

Pensó en las figuras de aspecto inhumano que habían visto ella y Miki.

—¿Todo menos qué? —preguntó quedamente Frizz.

—Me dejé una cosa. —Aya miró a Hiro—. Porque no tenía imágenes.

Hiro afiló la mirada.

—¿Imágenes de qué, Aya?

—Resulta que la primera noche que salí a surfear... En cualquier caso, ¿qué más da?

Hiro avanzó un paso hacia ella.

—¡Porque si no lo pones todo en las fuentes alguien podría silenciarte! ¿Qué omitiste?

—El caso es que aquella primera noche en el túnel... vi a unos sujetos que no parecían... esto... humanos.

Se hizo el silencio. Frizz, Hiro y Ren la estaban mirando boquiabiertos.

Un golpe seco sonó en la oscuridad y los cuatro dieron un respingo. En el suelo, a unos metros de ellos, yacía una aerocámara de costado y con las luces de funcionamiento apagadas. A este golpe siguió otro, algo más lejos, y luego otro. Aya levantó la vista.

Las aerocámaras estaban empezando a caer.

Aya sonrió.

—Uau, Ren, ¿cómo lo has hecho?

Ren bajó su caja de sorpresas con cara de desconcierto.

—Malas noticias. No lo estoy haciendo yo.

Los golpes llegaban ahora de todas partes, como una granizada cada vez más intensa. Protegiéndose la cabeza con los brazos, Aya vio que el cielo aparecía ya medio despejado.

Pronto volvería a ser invisible. Y cuando ya nadie la estuviese mirando, Aya Fuse podría desaparecer para siempre.

Empezó a correr.