Tanta casa, María, tanto salón naciendo de un espejo, tanta casa, María, tanta alcoba de sol, tanto jardín con su aire pueril de continente, y me meto a escribir en esta celda, en esta habitación rectangular y breve, como las que siempre he tenido en la vida, para trabajar. Lo he contado en otro libro:
—Usted padece el complejo de estudiante, de la habitación de estudiante —me dijo una vez una inteligentísima psicóloga (supongo que argentina).
Lo que pasa es que yo nunca he sido estudiante. Por lo demás tenía razón. Tanta cal cartesiana ordenando mi/tu vida. Tanta luz de las cuatro estaciones, tirada a línea. Tanto ventanal alto, con cataratas verdes mojando los cristales. Los hombres han pasado a través de ti como a través de un atrio. Las mujeres han pasado a través de mí como a través de un pozo. Tanto mueble sencillo, barnizado de blanco, tanta rejilla, tanta rejería. El radiador de la calefacción, callado ahora, es el armónium del calor y del frío. Dos camas por habitación, promocionando sueños paralelos y a cuadros de cocina, tan honestos. Los hombres han pasado a través de ti sin romperte ni mancharte. Yo he pasado a través de las mujeres rompiéndolas y manchándolas. Hay un cuadro naïf que Manu Leguineche —¿te acuerdas?— nos trajo de un viaje. Tiene mucho campo verde, gente trabajando en el campo, caminos en zigzag y un horizonte azul y bobo. Tus botas de Caperucita y mis botas de siete leguas, tus botas rojas y mis botas negras, duermen ahora en el suelo los paseos de antaño. La ropa se resiste a ser un Henry Moore, amontonada en una silla.
Hay un calcetín negro colgando en cualquier parte, como un murciélago dormido. Es mío el murciélago y se alimenta de mi pie. Tanta lámpara no culpable, tanto libro, tantos kleenex, tanto suéter que se sale de los armarios por vivir también, un poco, la vida del verano. Tanto whisky aburrido, tanta plata de agua, y cuántas medicinas.
Los hombres han pasado a través de ti como a través de un atrio, dejando la catedral (más bien la ermita gótica) de lado. Las mujeres han pasado a través de mí como a través de un pozo. Y algunas se han ahogado. Es lo suyo. Tanta blancura presumida de encajes y tanto rodapié. ¿Es esto el escenario de una felicidad o de un crimen?
Y tantos lapiceros, como ballestería de mis palabras, en el bote de la cocacola.
Estaba regando el jardín, me decías, para que estuviese fresco cuando salieras a leer, estaba regando el jardín y de pronto no supe qué jardín estaba regando, pero yo seguía y seguía, con la manga y con los regadores, sólo recordaba que quería regarlo para que estuviese fresco y regado cuando tú salieras, pero ya no sabía qué jardín regaba, una de tus pequeñas muertes, sí, una de tus pequeñas muertes, y qué distinta de la «pequeña muerte» del orgasmo, de la que también me has hablado, y ahora estás en la cama, en tu cama, con el perfil apurado por la sombra, sufriente como una santa de talla, vestida, con las manos cruzadas sobre el pecho: más que cruzadas, cogiéndote una con otra, sujetándote a ti misma en la pequeña muerte, para no quedar definitivamente del otro lado, y yo poso una mano en tus manos y te doy explicaciones banales, te habrás enfriado con tanta humedad, se te habrá cortado la digestión, ya sabes que siempre te pasa cuando no te va bien en la tripa, me encuentro convencional, porque quiero explicar tu pequeña muerte inexplicable, ningún médico nos la ha terminado de explicar por completo, me encuentro convencional queriendo no hacer literatura y encontrarle a lo tuyo explicaciones usuales, estaba regando el jardín (el jardinero se toma vacaciones por agosto, a ti te gusta regar el jardín, siempre me lo habías dicho, desde niña: me gustaría una casa con jardín, y regarlo), estaba regando el jardín y de pronto no sabía qué jardín estaba regando, Paco, y quería que estuviese fresco y regado cuando tú salieses a leer (fresco, pero no recién regado, que eso es demasiada humedad), y el sol me daba en la cabeza, si es que hoy hace mucho calor, el día más caluroso del año, todos los días son el día más caluroso del año, a lo mejor es que has cogido una insolación, no sé, tenía mucho calor en la cabeza y mucho frío en los pies, y no sabía qué jardín estaba regando, y de pronto dejé caer la manguera, que se quedó en la hierba, con una serpiente de agua saliéndole interminable por la boca (esto lo vi yo, e hice esta imagen involuntaria: qué culpable se siente uno por hacer literatura involuntaria en los casos más graves), entonces entré en la casa, y no conocía la casa, buscando mi cama, el dormitorio, y no sabía dónde estaba, anduve por la casa sintiendo, sabiendo que no conocía nada, que de repente me había vuelto ajena, intrusa, hasta que vi la cama ante mí, deshecha, mi cama, y aquí estoy, Paco, no sé, yo quería terminar de regar antes de que pasase esto, me duele la cabeza, tengo sueño, el encargado de la piscina nos ha dicho, María, que el motor está mal instalado, que no debemos bañarnos con el motor en marcha, que el agua puede electrocutarnos, y ahora es como si te hubieras electrocutado en la piscina, como si te hubieses caído vestida a un agua eléctrica, pero tu piel está seca, tu piel siempre está seca, quizá es lo mejor de tu cuerpo, ahora te veo flotando muerta y vestida en un agua de piscina, flotas en tu lecho revuelto, a la orilla de un agua demasiado grande para una vida que es una pequeña muerte, y me hablas con los ojos, puedo verte pero no regar mientras tú lees en el jardín, que esto te va mal para la faringitis, quería regar temprano para que estuviese ya regado cuando salieras, ahora, el sol lo seca todo en seguida, regado, pero no demasiado húmedo, y de repente no conocía el jardín, no conocía la casa, y en cambio me acordaba de cosas muy antiguas que yo creo que no me han pasado nunca, como no sea en sueños, me acordaba de sueños, que es lo más angustioso de recordar, y te vas centrando en el lecho, estatua yacente (el bordado del vestido contribuye a la imagen de estatua renacentista: hasta para regar llevas bordados), la ahogada en el agua eléctrica, después de todo, pienso, es tu cerebro el que se ahoga en un espasmo eléctrico, de tarde en tarde, por unos instantes, y ahora flotas en la piscina del sueño, quizá te estás durmiendo, quizá te estás muriendo para un cuarto de hora, y luego dormirás largamente, hasta que se te pase el dolor de cabeza, repites tus palabras, pero ya blandamente, yo quería regar antes que tú salieras, y de pronto no conocía la casa ni el jardín, me encontré con la cama por casualidad, pero la narración, o mejor la reiteración, se va haciendo más suave, más perdida, menos alarmante a cada estrofa (estrofa es lo que vuelve), y a los pies de la cama están tus botas, tus botitas rojas de goma, botas de Caperucita de las que ya he hablado aquí, las que te pones para regar, con unos calcetines blancos de tenis, tus botas rojas, lo único que te has quitado, lo único que te quitaste, sin duda maquinalmente, antes de tenderte en la cama, «por no pisar la colcha», seguro que por no pisar la colcha, eso de no pisar la colcha os parece muy importante a las mujeres, incluso en la muerte, se te ha caído la cabeza hacia la derecha, aún tus manos están crispadas bajo la mía, te bebes tu propia boca seca, pero yo sé que el ataque ha pasado, ahora vendrá el sueño, el dolor de cabeza, el sueño, el dolor de cabeza, y así hasta que todo no haya sido más que un pequeño incidente fuera del tiempo, que tú olvidas en seguida, porque esa facilidad para olvidar forma parte del circuito fatal de tu cerebro, ahora ya estás dormida y te beso en el pelo, que huele siempre a trigo con sol, tan intensamente como cuando eras niña, yo quería regar pronto para que no te enfriases, y salgo del dormitorio lentamente, con una última mirada a tus botas rojas, una caída de lado, tan breves, de un rojo tan alegre, tan de cuento, estas botas tan sobrinas tuyas, dormirás muchas horas y eso es bueno, María, luego no volverás a hablar del caso, se te olvida tu olvido grande y raro en uno de tus cotidianos olvidos pequeños, los calcetines blancos, de tenis, ahora que me fijo, también te los quitaste, claro, estaban húmedos, qué sensatez femenina en la locura instantánea, las botas de Caperucita y los calcetines de tenis, es como si tu pubertad yaciese al pie de la cama, mientras tu vida adulta, madura y golpeada se me escapa en un sueño dulce y sensato como un canal oscuro y veneciano de otra Venecia.
—Si yo quería regar antes de que salieses, como siempre…