Mzala tenía el apodo de el Gato, pues según decían, le gustaba jugar con sus víctimas antes de matarlas. Mzala sabía que su situación de jefe de banda era efímera, y el miedo, su mejor aliado. Ahora que Gulethu y el resto de su banda habían desaparecido, más le valía cuidar muy mucho de su capital. Por muy gato que fuera, los otros lo iban a linchar.
Por suerte, por fin habían dado con la umqolan, la vieja bruja que velaba por el chalado de Gulethu. Una cabaña en el asentamiento, o más bien un montón de tablas con pieles de animales, muertos desde hacía mil años, clavadas en la puerta. Mzala fue en persona a buscarle las cosquillas a la vieja loca y, como era su costumbre, la atormentó largamente. Los demás, aunque poco dados a la compasión, tuvieron que apartar la mirada. Entre dos sollozos, la umqolan le dijo lo que sabía: Gulethu había pasado dos días antes por su cuchitril asqueroso y se había llevado el dinero que ella le escondía, antes de marcharse, a toda prisa, con el Toyota y el puñado de hombres que lo acompañaban… A las siete de la tarde, el día de la matanza en la playa de Muizenberg… Los americanos vigilaban los accesos al asentamiento desde mucho antes del atardecer: a menos que hubieran huido a pie, Gulethu y su banda seguían por ahí —no se había encontrado el Toyota, ni siquiera calcinado—. Mzala martirizó a la umqolan para saber dónde se escondían los fugitivos, pero ésta cerró los ojos para no volver a abrirlos. Al menos no en ese estado. Mzala todavía sentía escalofríos, vieja bruja…
Los americanos se pasearon por el asentamiento con los bolsillos llenos de rands, y las lenguas se desataron. El Toyota estaba escondido bajo una lona en el patio trasero de un backyard shack: pintura, embellecedores…, habían empezado a maquillar el 4x4 para la huida. Gulethu y sus esbirros se escondían en un agujero cercano, excavado en el suelo, con una tela de saco por encima para taparse…
—¿Qué esperabas, Saddam Hussein? —se burló Mzala, dirigiéndose al rostro lívido que colgaba de la viga del hangar—. ¿Una señal de los espíritus para tentar a la suerte, con tu coche pintado y tus tres chalados? Venga ya…
Qué desgraciado.
A Gulethu le ardían los intestinos. El Gato le tenía reservado un reencuentro de lo más emotivo, pero Terreblanche lo quería intacto… El jefe acababa de llegar, con su camisa caqui remangada enseñando los bíceps, acompañado de dos esbirros de cabeza rapada, blancos de pura cepa, a los que el Gato odiaba cordialmente…
—¿Es él? —le preguntó Terreblanche.
—Sí.
Los pies de Gulethu no tocaban el suelo. Llevaba varias horas colgado de la viga y se retorcía entre muecas de dolor. Era un zulú de rasgos toscos, más cerca del primate que del hombre: barbilla prominente, frente baja, arco ciliar de retrasado congénito, y esos ojos marrones tan feos, trémulos de fiebre… Terreblanche hizo restallar su fusta contra la palma de la mano.
—Y ahora me lo vas a contar todo —le dijo—: Desde el principio… ¡¿Me oyes, cara mono?!
Gulethu seguía retorciéndose, colgado de la cadena. Mzala le había metido guindilla por el recto, y la especia le iba quemando lentamente los intestinos… Terreblanche no necesitó utilizar la fusta: Gulethu contó lo que sabía. Su voz aguda y chillona no cuadraba con su relato, delirante. Estoico, Terreblanche escuchó las idioteces del zulú —ésa era la clase de espécimen que su hijo menor quería salvar, un cafre de pies de chimpancé, perverso y psicópata—. Se sacó dos bolsitas del bolsillo, las que llevaba encima Gulethu cuando lo encontraron. —¿Y esto qué es?
En el interior del plástico había un polvo verdoso y compacto.
—Plantas —contestó Gulethu, con un gesto de dolor—. Plantas mezcladas… Me las dio la umqolan…
—¿Y qué pensabas hacer con ellas?
—Un ritual… El intelezi… Para curarme.
Un ritual zulú previo al combate… Terreblanche reflexionó bajo la chapa recalentada del hangar. Mzala acababa de decirle que un poli de la ciudad había ido esa misma mañana al Marabi, el jefe de la policía criminal, Neuman en persona. Ali Neuman… Terreblanche había conocido a su padre, Luyinda, un agitador político, al que habían matado a golpes: su mujer y su hijo pequeño habían cambiado de enclave y de nombre —Neuman, «hombre nuevo», una contracción del afrikáans y el inglés. Él también buscaba a la banda…