Aquella noche me costó conciliar el sueño. No podía apartar de mi mente que todo había terminado. Todo lo que me importaba en esta vida se había acabado para siempre. Mi mejor amiga, el chico que… el chico que me gusta, los animales a los que tanto quería.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿A qué me iba a dedicar? Volvería a ser una niña normal y corriente, no muy alta y un poco rellenita.
No, le diría a Jake que no iba en serio, que no podía dejarlo. ¿Estaba loca? ¿Cómo iba a abandonar?
Pero entonces, en la oscuridad de mi habitación, me venían imágenes del hork-bajir y de mi mandíbula desgarrando su piel…
Una vez conocimos a una pareja de hork-bajir libres. Estos seres son una raza de aspecto agresivo: dos metros de alto, con afiladas cuchillas en codos, muñecas, piernas y cola. Se alimentan de la corteza de los árboles y por eso su cuerpo está cubierto de cuchillas. Son herbívoros pacíficos.
El hork-bajir no tenía la culpa. Él no me había hecho nada. Yo sabía que no era él quien me atacaba con las cuchillas, sino el yeerk alojado en su cerebro que controlaba todos sus movimientos.
Soy incapaz de ver sufrir a una criatura, y aquel hork-bajir aullaba de dolor por mi culpa, porque le estaba desgarrando la piel. Todas las esperanzas de la pobre fiera de liberarse algún día del yeerk se habían desvanecido por mi culpa.
—Es la guerra —me repetía en susurros por debajo de las sábanas que me cubrían hasta la barbilla.
De haber oído a tiempo la orden de retirada de Jake, tal vez el hork-bajir no hubiese perdido sus anhelos de libertad. ¿Nos había llamado Jake antes de que yo acabara con él o después? Estaba tan confundida…
Supongo que al final me quedé dormida porque poco después empecé a soñar.
Yo era enorme. Debía de medir unos doce metros desde el extremo final de la cola hasta la cabeza descomunal, y unos seis metros de altura. Todo eso con unos dientes de un palmo.
Me había convertido en un tiranosauro, el depredador más peligroso jamás conocido.
En la oscuridad distinguí a un triceratops embestir con los cuernos a otro tiranosaurio, que era nada más y nada menos que Marco transformado, demasiado cerca de aquel monstruo y demasiado expuesto al peligro.
Flexioné los enormes músculos de mis descomunales patas, clavé mis gigantescas garras de ave en la tierra y salté. Toneladas de músculo y hueso cruzaron el aire para aterrizar al lado del triceratops. Bajé la cabeza, abrí la boca y hundí los dientes en la espina dorsal del triceratops. Me aseguré de tenerlo bien sujeto y entonces agité la cabeza con todas mis fuerzas.
Sentí que el enorme dinosaurio se levantaba del suelo. Marco estaba a salvo pero a mí me dominaba la fiebre de la pelea.
—¡GrrRRRRROOOOOOWWWWWWW! —rugí.
—¡Jrrrr-IIIIIIIIIIIIII! ¡Jrrrr-IIIIIIIIIIII! —chillaba el triceratops.
Movía la cabeza, sacudiendo al triceratops como un perro agita su hueso. Entonces el pobre animal dejó de emitir sonidos y se quedó inmóvil. Lo solté y me subí encima de mi víctima.
—¡Grrr-RRRRRRROOOOOOOOOWWWWWWWWW! —rugí triunfante. El rugido hizo temblar las hojas de los árboles y las lejanas estrellas.
—¡Grrr-RRRRRRROOOOOOOOOWWWWWWWWW! —bramé de nuevo.
En mi interior palpitaba con fuerza todo el poderío de la naturaleza, la crueldad de la supervivencia de los aptos, el poder absoluto de los músculos, los huesos, las garras y los dientes, el deseo inmemorial e infinito de conquista.
Me desperté de golpe.
Salté de la cama y fui corriendo al cuarto de baño. Cerré la puerta y encendí la luz. Me senté sobre la tapa del retrete durante un rato para calmarme. Estaba temblando.
Me cepillé los dientes hasta que me sangraron las encías. Me contemplé en el espejo. Tenía pasta de dientes de color rosa alrededor de la boca.
¿Los locos tendrían aquel aspecto?
Abrí la ventana para dar paso a la brisa fresca de la noche. Había dejado de llover. Allí estaba el granero, que muy pronto se quedaría vacío.
Vi que algo se movía, aunque no distinguí su forma, tan sólo una pincelada negra que corrió a ocultarse detrás del granero. Probablemente fuese un animal atraído por el olor y los ruidos de presas en el interior del granero.
Capté el sutil brillo de los ojos y me extrañó comprobar que no estaban a nivel del suelo, sino a la altura de donde estarían unos ojos humanos.
Me quedé mirando la oscuridad durante un instante con la sensación de que me observaban.
Poco después cerré la ventana y volví a la cama.