A las primeras campanadas y disparos de armas los capataces de don Fernando huyeron despavoridos en busca de seguridad, porque comprendieron que allí era el ataque.
Don Fernando se preparaba para la defensa, y fue en mangas de camisa a tomar un rifle de caza que tenía bien provisto de municiones; pero Lucía se interpuso suplicante repitiendo angustiada:
—¡No, Fernando mío, no! ¡Sálvate, sálvame, salvémonos…!
—¿Y qué hacer, hija? No hay otro remedio, porque moriremos indefensos —repuso don Fernando intentando calmar las impresiones de su esposa.
—Huyamos, Fernando —dijo Lucía aprovechando de las últimas palabras de su marido.
—¿Por dónde, Lucía querida? Las entradas de la casa están ya ganadas —respondió don Fernando tomando una caja de cápsulas de Remington, y echándosela en el bolsillo del pantalón.
Las voces se repetían en la calle, cada vez más aterradoras e implacables.
—¡Bandoleros!
—¡Advenedizos!
—¡Forasteros!
—Sí, ¡la muerte!, ¡la muerte…!
Eran las palabras que se alcanzaban a percibir en ese torbellino de la asonada. De improviso se dejó oír una voz nueva, fresca, sin los gases del alcohol, que, con toda la arrogancia y serenidad del valor, dijo:
—¡Atrás, miserables! ¡Así no se asesina!
Y otra voz apoyó la anterior, diciendo:
—Nos han engañado, ¡miserables!
—No hay tales ladrones —observó la misma voz que apoyó a la primera.
—Por acá la gente honrada —gritó uno con valor.
—¡Vengan por este lado! —ordenó la primera voz, y en aquel momento llegó una mujer con un farol de vidrio provisto de una vela de sebo que proyectaba luz tenue.
Los fuegos y las campanadas habían cesado.
Los pelotones de gente comenzaron a diseminarse en distintas direcciones, y la reacción de la turba fue completa.
La entrada de la casa de don Fernando estaba totalmente destrozada, y grandes piras de piedras formadas al acaso yacían junto a las puertas convertidas en astillas.
—¡A ver ese farol por acá! —gritó un hombre abriéndose paso entre la multitud; y a la escasa luz del farol que llegó, reconoció Manuel a doña Petronila.
—Madre, ¿tú aquí? —dijo Manuel con sorpresa.
—¡Hijo, estoy a tu lado! —repuso doña Petronila con el semblante lleno de pavor alcanzando el farol a su hijo, y juntos comenzaron a reconocer a los muertos y heridos.
El primer cadáver que encontraron fue el de un indio, a cuyos pies estaba una mujer bañada también en sangre y lágrimas, gritando con desesperación:
—¡Ay! ¡Han muerto a mi marido! ¡Habrán muerto también a mis protectores!
Juan y Marcela acudieron desde los primeros tiros en auxilio de la casa de don Fernando.
Juan cayó traspasado por una bala que, entrándole por el pulmón derecho, salió rompiendo la segunda costilla y rozando el hígado.
Marcela, con una herida también de bala en el hombro, arrojaba un chorro de sangre, y junto a ella yacían tres cadáveres de indios indefensos.
—¡Madre! —dijo Manuel llamando la atención de doña Petronila—, esta india acabará en algunos momentos más sin asistencia inmediata.
—Separémosla de aquí, que la vea el barchilón —contestó doña Petronila.
—¡A ver unos hombres! —dijo Manuel y varios se presentaron ofreciéndose para conducir a Marcela.
El intrépido joven, que, desafiando la ira de un populacho ebrio, se abrió paso y contuvo el motín, se dijo al ver la solicitud de todos para recoger a los muertos y atender a los heridos:
—¡Está visto! La asonada es fruto de un error más digno de perdón que de castigo.
Varios hombres levantaron a Marcela completamente débil, para llevarla a medicinarse.
—Despacio, con cuidado no más —dijo doña Petronila.
—¡Ay! ¡Ay!…, ¿dónde me llevan? —pregunto Marcela agarrándose la herida con la otra mano, y agregó con lamento:
—¡Mis hijas…! ¡Rosacha! ¡Margarita!
—¿Qué habrá sido de don Fernando y Lucía? —dijo Manuel con interés creciente; y en aquellos momentos asomaba la aurora de un nuevo día para alumbrar la cara de los culpables.