Capítulo XIII

La entrada de don Fernando a su casa fue un motivo de regocijo.

Volvía triunfante con Juan y Rosalía: iba a recibir todas las manifestaciones de gratitud de su esposa; iba a saborear la satisfacción del bien practicado, a aspirar el aroma edénico que perfuma las horas siguientes a esas en que se consuela una desgracia o se enjuga una lágrima.

Lucía lloraba de placer.

Su llanto era la lluvia bienhechora que da paz y dicha a los corazones nobles.

Juan se arrodilló ante la señora Marín, y mandó a Rosalía besar las manos de sus salvadores.

Don Fernando contempló por un segundo el cuadro que tenía delante, con el corazón enternecido, y dirigiéndose al sofá se echó de costado apoyando la espalda con firmeza, y diciendo a su esposa:

—Pocas veces me engaño, hija: creo que don Sebastián ha quedado profundamente herido en su amor propio por mi intervención a favor de estos.

—No lo dudes, Fernando; yo lo creo a pie juntillas, pero también, ¿qué puede hacer en represalia? —contestó Lucía acercándose a su esposo, pasándole la mano y acariciándole la cabellera.

—Mucho, ángel mío, mucho; estoy verdaderamente pesaroso de haber invertido capitales en esta sociedad minera, en la inteligencia de que sería cuestión de un año a lo sumo.

—Sí, Fernando mío pero acuérdate de que estamos al lado de los buenos —respondió Lucía con sencillez.

—Ya encontraré forma de arreglar todo —decía el señor Marín, cuando se presentaron Marcela y Margarita llevando la alegría por divisa, y ambas se entregaron a vivos transportes de afecto ya con Juan, ya con Rosalía, a quien creían vendida y exportada.

—Señor, señora, Dios les pague —decía Margarita dirigiéndose al esposo y la esposa.

¡Juanuco! ¡Rosaco! ¡Ay! ¡Ay!, dónde te hubiesen llevado, hija mía, sin la caridad de esta señora y este wiracocha —decía la madre con acento de ternura, tomando en brazos a su hija y cubriéndola de besos. Lucía, deseosa de saber el resultado de su comisión, preguntó a Marcela:

—¿Cómo te fue? Y qué contentas vienen ustedes.

Marcela dejó a un lado a Rosalía, y poniéndose en actitud respetuosa, contestó:

—¡Señoracha, el tata cura tiene su alma vendida a Rochino!

—¿Y quién es ese Rochino? —preguntó interesada Lucía e interrumpiendo a la mujer; pero Juan fue el que repuso sonriente:

—Rochino, niñay, es el brujo verde que dicen vive en la quebrada de los suspiros, con olor a azufre, y compra las almas para llevarlas a vender en mejor precio en el Manchay-puito.

—¡Jesús, qué brujo! Me da miedo —dijo Lucía riendo, y dirigiéndose a su esposo, le preguntó:

—¿Sabes, Fernando, lo que es el Manchay-puito?

—Infierno aterrador —respondió don Fernando, cuya curiosidad también fue picada por el comienzo que Marcela daba a su relato, y, a su vez, dijo:

—Bien, y ¿por qué dices que el cura ha vendido su alma a Rochino?

—¡Ay, wiracocha!, cuando le dije que iba a pagarle, me empezó a examinar que quién había dormido anoche en mi casa, que era un bandolero con quien hice roña a Juan…

—¿Eso te dijo el cura? —interrumpió Lucía espantada.

—Sí, niñay, y dijo otras cosas para hacerme declarar.

—¿Y qué?

—Tuve que declararle.

—¿Qué cosa declaraste? —preguntó Juan interesado en grado que hizo reír a don Fernando y Lucía.

—La verdad, claro.

—¿Y qué verdad fue esa? Habla —insistió Yupanqui.

—Que la señora Lucía nos ha prestado la plata.

—¿Le has dicho? —preguntó la señora Marín con enojo, alzando del suelo un pañuelo que dejó caer.

—Sí, niñay, —perdóname mi desobediencia, pero de otro modo no me deja salir de su casa el tata cura— respondió Marcela con ademán suplicante.

—Mal hecho, muy mal hecho —dijo Lucía contrariada y moviendo la cabeza.

—Esto es más claro que lo del gobernador, hija, porque si don Pascual se convino en transigir, ¿qué te importa que sepa él ser tú la dueña del dinero? —aclaró don Fernando.

—Así es, señor, y hasta el vuelto, dijo que otro día me lo daría; y quedó contento de la gracia de Margarita, a quien dice que pronto la he de poner al servicio de la iglesia —explicó Marcela con llaneza.

—¿A Margarita? ¡Jesús! —dijo Lucía, sin disimular su contrariedad.

—Sí, niñay —repuso Marcela tomando a Margarita de la mano y presentándola a don Fernando y su esposa.

Don Fernando detuvo la mirada con insistencia escudriñadora sobre el rostro y el porte de la niña, y dijo a su esposa:

—¿Has reparado en la belleza tan particular de esta criatura?

—¿Y qué no, Fernando? Desde que la vi estoy profundamente interesada por ella.

—Esta niña debe educarse con esmero —dijo don Fernando tomando con cariño la mano de Margarita que, silenciosa como un clavel, mostraba su belleza y esparcía el aroma de sus encantos.

—Va a ser nuestra ahijada, Fernando; me ha hablado para esto Marcela, ¿no? —dijo Lucía dirigiendo su final a la madre de Margarita.

—Sí, niñay.

—Sí —respondieron a una voz Juan y Marcela.

—Hablaremos de ello mañana: por hoy, váyanse a descansar tranquilos —agregó don Fernando, levantándose y dando dos suaves palmaditas en los carrillos a Margarita y Rosalía simultáneamente, y toda la familia Yupanqui salió renovando su gratitud con estas sublimes frases:

—¡Dios les pague!

—¡Dios les bendiga!

—Adiós: vengan cuando gusten —les dijo Lucía con ademán amistoso.

Tras de los esposos Yupanqui y sus hijas cerró don Fernando la mampara y preguntó a Lucía:

—¿Cuántos años tendrá Margarita?

—Su madre dice que tiene catorce, pero su talla, su belleza, el fuego de sus ojos negros, todo revela en ella los tintes que la mujer adquiere entrada ya en los linderos de la pubertad.

—No es extraño, hija; este clima es exuberante. Pero ahora debemos pensar en otra cosa. Acuérdate que debemos varias visitas a doña Petronila, y deseo que vayamos esta noche. Así quedará ella desimpresionada de lo que pueda haberle contado don Sebastián.

—Como gustes, Fernando doña Petronila es una excelente señora. En eso del dinero, te suplico que arregles con el gobernador, pagándole. Estos se enconan cuando se les escapa un duro de entre las manos.

—Bien los conoces, hija.

—¿No ves cómo quedó en paz el cura? Ahí tengo el resto de los doscientos soles que te pedí.

—¡Ocurrencia la tuya! Descuida, hija; eso lo tomaré yo a cargo, y no habrá molestia alguna por la falta de entrega.

—Fernando, ¡cuán bueno eres! Así se lo voy a decir a doña Petronila, si se ofrece. Y a propósito, me dicen que su hijo está próximo a llegar.

—Lo siento, porque un joven acá se malogra.

—Voy, pues, a cambiarme la bata —dijo Lucía dirigiéndose al interior—, no te haré esperar siglos.