Francis Saxover detuvo su coche en el punto donde una blanca verja cortaba el sendero particular de la carretera secundaria. En lo alto del portalón se leía: GRANJA GLEN. Volviéndose un poco más hacia la izquierda pudo ver la casa. Un edificio de aspecto confortable que conjuntaba con el paisaje, construido en piedra gris local, quizás tres siglos atrás, pareciendo casi como brotada de la ladera. Descansaba en una pequeña repisa, mirando hacia el lago desde sus brillantes y blanqueadas ventanas, un jardincito, ahora en plena temporada de crisantemos, inmediatamente delante, la escarpada pendiente detrás mismo. En su lado norte algunos edificios más bajos la enlazaban con el granero. Humo azul ascendía del tronco de una de las dos chimenas y vagaba hacia la ladera. Una granja, indudablemente y también sin el menor género de dudas, una granja no en explotación.
Al cabo de unos momentos de contemplación, reaccionó, abrió la cancela e hizo pasar su coche. Condujo despacio, aparcó allá donde el camino se ensanchaba, cerca de la casa, y permaneció sentado un momento antes de bajar.
No se acercó a la casa enseguida, sino que caminó pensativo hasta el borde de la repisa horizontal, donde quedó mirando al jardín y a la plácida lámina del agua, más allá. Permaneció en inmóvil contemplación casi un minuto. Luego, cuando empezó a volverse, algo cerca de sus pies le llamó la atención. Lo miró inexpresivo, mientras yacía en la palma de su mano. Luego la comisura de su boca se retorció ligeramente. Dejó caer el pedazo de liquen y se volvió hacia la casa.
Una robusta muchacha campesina le abrió la puerta.
—¿La señora Ingles? —preguntó Francis.
—Creo que está en el granero, señor. La avisaré. ¿De parte de quién?
—Oh, dígale sólo que soy de las Autoridades de Fijación de Impuestos del Condado —contestó.
Se vio introducido en una grande y cómoda sala de estar de bajo techo: pintura blanca, paredes grises, unos cuantos cuadros excelentes con flores, troncos ardiendo en una chimenea doselada en cobre bruñido. Estaba mirando por la ventana cuando se abrió la puerta.
—Buenos días… —empezó la voz familiar.
Francis se volvió.
—¡Oh…! —exclamó ella. Luego, más débilmente—: ¡Oh…! —y se desmayó.
—Eso que me pasó fue una soberana tontería —dijo Diana insegura, cuando se recuperó—. Oh, Dios, voy a llorar —y lo hizo—. No soy llorona, no lo soy. ¡Nadie más que tú me ha hecho llorar! ¡Oh, infiernos!
Diez minutos más tarde, ya bastante recuperada, dijo:
—¿Pero cómo lo supiste, Francis…? ¿Y cómo Sabías adónde buscar?
—Querida, como suele decirse, no nací ayer. No había nada equivocado en la representación. Fue una soberbia muestra dramática. Pero hubieron indicaciones… tú súbita visita a Darr, por ejemplo, tus modales, la elección de ciertas frases. Resultó más difícil y complicado para empezar lo de descubrir a esta señora Ingles, debido a mi error de andar buscando a una dama cuyo nombre ignoraba y que recientemente se hubiera ido al extranjero.
—Me tomé bastantes molestias en instalar bien aqui a la señora Ingles —dijo Diana—. Pero fue menos difícil de lo que pensé, sin embargo, porque yo soy la señora Ingles.
Francis se la quedó mirando, abrumado.
—Ciertamente, eso no se me había ocurrido. De hecho, creo haberte oído decir que no te habías casado. ¿Está él… tú…?
Diana sacudió la cabeza.
—Cuando digo que soy la señora Ingles, quiero decir que pude serlo según la forma común de hablar… aunque debo admitir que la costumbre de divorciarse de un marido, pero seguir llevando su apellido me parece apolillada —hizo una pausa, luego prosiguió—: Fue hace mucho tiempo. Cuando una es joven, cuando una ha recibido una profunda impresión, cuando lo que una realmente quería ha quedado fuera de su alcance, se está en condiciones de buscar desesperadamente una nueva forma de vivir. Eso no constituye una buena base para el matrimonio. Resultó breve… e infeliz mientras duró… Por eso no traté de volverme a casar… Me había fijado una tarea… y, principalmente, me atuve a ella… Eso me mantuvo muy atareada…
—¿Y estás ahora satisfecha con el trabajo? —preguntó Francis.
Ella posó en él sus ojos grises.
—Sé que lo desapruebas… comprendo que la gente, si lo supiera, diría cosas peores de lo que tú has pensado…
»Está bien: fue una pieza de manipulación carente de escrúpulos. No me importa lo que se le quiera llamar. Hay cosas demasiado importantes, demasiado necesarias, para que se les interpongan en su camino unos cuantos escrúpulos convencionales; y, para mí, éste es uno de ellos. No me siento orgullosa de los medios, pero sí satisfecha del trabajo… hasta ahora. Pudo haberse derramado sangre… incluso una guerra civil… pero hemos llegado hasta hoy sin nada de eso.
»Cuando la gente haya tenido tiempo de pensar habrá más jaleo, probablemente en grandes cantidades; pero es demasiado tarde para que eso importe mucho… se les ha prometido dulces a los niños y se pondrán como demonios si no se les dan. Pero se les dará. Tanto los americanos como los rusos han destinado mayores subvenciones para la investigación que nosotros; no les ha debido gustar hacerlo, pero, ahí está; nosotros lo iniciamos y la ciencia de una nación simplemente tiene que satisfacer a los Pérez de nuestros días.
»El verdadero problema vendrá más tarde. También podemos sobrepasarlo sin derramamiento de sangre, pero no será fácil. Si despertamos ahora el problema del hambre, si trabajamos con ahínco para aumentar la producción de alimentos, si se puede hacer algo para cortar la suicida cifra de nacimientos, lograremos resolverlo sin más dificultades que incomodidades y racionamientos durante algún tiempo. Lo veremos. Todo lo que me importa es que hemos conseguido al homo diuturnus, u homo vivax, o como quieran llamarle, que lo tenemos en escena, esperando entre bastidores.
Hizo una pausa. Miró con cuidado al rostro de Francis durante casi medio minuto y luego se volvió.
—¡Estás sorprendido! ¡Tú! —exclamó—. Me pregunto qué comparación puede tener tu sorpresa con una joven mujer que descubre, o cree descubrir que… oh, todavía no lo veo claro… descubre que… la ética central de su llamada está siendo… siendo violada por… por… ¡Oh, Dios…! ¿me vas a obligar a decírtelo, Francis?
* * *
Cuando el sol, poniéndose tras las montañas opuestas, proyectó largas sombras a través del lago, el coche de Francis seguía aparcado junto a la granja Glen. Dentro de la casa, las decisiones realmente importantes se habían ya tomado, pero, en el diván de junto al fuego, puntos menores de importancia general secundaria continuaban presentándose.
—Estos diez millones —decía Diana pensativa—. No me fío de los políticos.
—Creo que está bien —contestó Francis—. Por una cosa, hay por ganar bastantes buenos premios individuales. Pero, más importante, Lydia Washington ha conseguido que ella y Janet Tewley formen parte del Comité. No creo que ellas dos permitan ninguna manipulación rara.
—Mientras, sin embargo, ¿cómo estás de reservas de liquenina?
—Tengo las suficientes para mantenernos Zephanie, Paul, Richard y yo durante algún tiempo. Te di el resto para que se efectuaran investigaciones. ¿Y tú?
—Poquitas. Han de servir para Sarah, Lucy y algunas otras. También están Janet y Lydia y alguien más en las que tendré que hacer algo a menos que las investigaciones produzcan resultados dentro de dos o tres años. No las puedo dejar colgadas tampoco.
—Lo que significaría hacerlas saber que aún estás con vida.
—Están destinadas a averiguarlo, tarde o temprano.
—¿Cuándo ibas a comunicármelo a mí?
—¡O, Francis, no! Esa fue la peor parte. No creo que hubiese resistido mucho tiempo.
—Y si no hay resultados en, digamos, tres años, ¿tendrás algún nuevo suministro? —preguntó él.
—Oh, te fijaste, ¿verdad? Sí, parece haber prendido muy bien aquí, pero, claro, no será posible producir más que un poquito… el mismo viejo problema.
Estaban sentados mirando cómo las llamas lamían los troncos. Francis dijo:
—Durante todo el camino que llevamos con esto vengo oyendo que la expectación de la vida sólo se menciona en el término de doscientos años… ni la menor sugerencia de otra cosa. ¿Por qué te aferraste a ese plazo?
—¿Y por qué usaste tú el factor tres con Zephanie y Paul?
—Principalmente porque un factor mayor habría despertado con certeza sus sospechas más pronto. Podía incrementarse más tarde, si hubiera logrado sintetizar la liquenina y hubiese publicado el descubrimiento.
—Pues por la misma razón mantuve bajo el factor con mis clientas. Luego, cuando llegó el momento de divulgarlo… bueno, doscientos años me parecieron un número bonito y comprensible. Un elemento suficiente para hacer que lo quisieran, pero no demasiado para que les intimidase.
—¿Te intimida a ti, Diana?
—Solía hacerlo, algunas veces. Pero ahora no. Nada podría intimidarme ya, Francis… excepto la perpectiva de no tener bastante…
Francis le cogió una mano.
—Eso no va a ser muy fácil, ya lo sabes —dijo—. Con toda certeza, no puedes reaparecer otra vez después de que pase todo esto. El cielo sabe lo que te ocurriría. Así que, aun cuando deseara reconstruir Darr, no podríamos instalarnos en él. Supongo que eso significa que tendremos que irnos al extranjero…
—Oh, ya tengo todo eso solucionado —dijo Diana—. Podemos quedarnos aquí. La casa es bonita, ¿no te parece? Tendrás que casarte con la señora Ingles. Lo harás en la intimidad porque si se supiera que esa señora Ingles era la hermana menor de Diana Brackley, habría naturalmente mucha publicidad, cosa que ninguno de los dos deseamos. Por el mismo motivo, los dos habremos decidido vivir aquí tranquilos unos cuantos años. Hay mucho sitio, Francis; te lo enseñaré todo después de cenar. A menudo he pensado que la habitación que queda sobre el comedor sería un estupendo cuarto para los niños. Bueno, luego, cuando vuelvas a convertirte en una figura pública, sólo nos quedará insistir con firmeza en lo de la hermana menor de la pobre Diana. La gente se acostumbrará y…
—Incidentalmente. La pobre Diana recibió tres disparos. ¿Qué hay de sus heridas?
—Cartuchos de fogueo, cariño… Y una cosita que a veces se usa en televisión. Se la coloca debajo de las ropas y cuando se la aprieta, suelta una tinta roja de aspecto impresionante vista de lejos. Bueno, como iba diciendo…
—Lo que ibas diciendo era algo acerca de que me vuelva a convertir en «una figura pública». Vamos, en primer lugar y que yo sepa, nunca fui una figura pública…
—Bueno, eres terriblemente famoso, Francis. Debí haber pensado… oh, no discutamos eso ahora. La cuestión es que ambos no podemos sentarnos aquí sin hacer nada, durante dos o trescientos años, ¿verdad? Eso es lo que cada cual va a descubrir. De hecho, es el verdadero objeto de este ejercicio.
»Tengo un estupendo laboratorio instalado en el granero, así que podremos trabajar allí. En el granero es donde vas a determinar la molécula básica de la antigerone… lo que, ciertamente, hará de ti una figura pública… Vamos, cariño, te lo enseñaré…
F I N