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11.58 p.m.

Athanasius corría por el largo pasillo sin luces. Se aferró a su mejor conocimiento de la planta para obtener algo de ventaja. Había oído llegar a los dos Amigos a pesar de los esfuerzos de ambos por ser sigilosos. De noche, en un sótano vacío se oían incluso las pisadas. Sabía que venían y que no lo hacían con intención de hablar. Se había quitado los zapatos para evitar los tics propios del subidón de adrenalina y avanzaba por el pasillo en calcetines.

—¡El muy bastardo no está aquí!

Antoun escuchó el alarido que sonaba a sus espaldas. Sus perseguidores habían abandonado todo intento de pasar desapercibidos al encontrar vacío su despacho.

—¡Tras él! —fue el siguiente grito.

Dobló una esquina y bajó por un tramo de escaleras que conducía a la segunda planta del subsuelo. La luz de la salida de emergencia proporcionaba un tenue resplandor verdoso, pero él corría todo lo deprisa que se lo permitían las piernas. A sus espaldas se escuchaba el golpeteo sordo de los pies de los perseguidores contra el suelo de hormigón, levantando un eco cada vez mayor por los pasillos subterráneos del complejo.

El fugitivo llegó al final del pasillo del nivel B y probó suerte con la puerta de uno de los despachos, mas estaba cerrada. Sintió que le subía la tensión. Anduvo de espaldas a la escalera hasta llegar a la altura de la siguiente entrada y probó suerte. Estaba abierta. Entró y cerró con sigilo. Antoun se concedió unos instantes para que los ojos se habituaran a la penumbra de la estancia y luego rodeó lo que parecía ser una mesa de escritorio, situada en el centro de la habitación, y se dirigió hacia el rincón más oscuro, donde se acuclilló, respirando lo más despacio y silenciosamente posible. Tenía la sensación de que el pulso le latía a todo volumen.

El sonido de los pasos por los pasillos no cesó. Cambiaba de dirección una y otra vez, a veces sonaban más fuerte y más cerca para después oírse más lejos y con menos fuerza. Al final de un largo rato parecieron desvanecerse del todo. Athanasius soltó un suspiro de alivio por lo bajo. Quienesquiera que fueran los sicarios del Consejo, no habían sido capaces de llegar a su improvisado refugio.

Esperó un buen rato antes de sentir la suficiente confianza como para levantarse. Tragó saliva para quitarse el sabor a cobre que le había dejado el miedo en la boca.

Unos segundos después la puerta del despacho saltó en pedazos y los haces de luz de dos linternas le deslumbraron. El Amigo que empuñaba la pistola cruzó la estancia de un solo salto antes de que el egipcio fuera capaz de ver del todo, agarró al fugitivo por los cabellos y dio un tirón hacia atrás. Luego, le metió la punta roma del arma en la boca.

—Sin ruido, por favor —pidió el segundo Amigo mientras encendía las luces del despacho. El cautivo sintió cómo la mordaza de metal le asfixiaba—. Le hemos estado buscando un buen rato, doctor Antoun, pero, bueno, al final le hemos encontrado y aquí estamos los tres juntos —prosiguió el Amigo, que hizo un asentimiento a su compañero. Este retiró el arma de la boca de Athanasius, aferró por el pelo al egipcio con renovada energía y luego le arrojó a un rincón de la estancia. El bibliotecario se golpeó contra un armario archivador y después, impotente, cayó al suelo. El primer Amigo tomó asiento en una silla junto a él con gesto relajado y se giró para mirar al caído.

—Necesitamos tener una… conversación franca, llamémosla así, ¿de acuerdo?, después de las charlas que ha tenido usted con esa tal Emily Wess.

Athanasius alzó la mirada, aterrorizado.

—Este entorno es muy impersonal, ¿no le parece? —prosiguió el Amigo—. Mi compañero va a escoltarle hasta su despacho y allí tendremos usted y yo una conversación… constructiva. —El bibliotecario vio una chispa sádica de placer anticipado en los ojos del hombre—. Pero antes de eso tengo la sensación de que debo dejar clara cuál es la situación en nuestra relación. Por esa razón sugiero que aclaremos unas cuantas cosas antes. —Alargó la mano extendida para que el otro hombre depositara la pistola sobre su palma; después, con calma y sin vacilación, apuntó y disparó la Glock contra el egipcio. Athanasius se contorsionó hacia atrás y volvió a golpearse con los archivadores mientras abría los ojos aterrorizado. El Amigo devolvió el arma a su acompañante y miró al herido, que empezó a sangrar por la herida—. Estas son mis condiciones: coopere y el infierno que le espera será más llevadero.