Como es natural, el mal humor le volvió el lunes por la mañana en cuanto despertó con la idea de tener que presentarse ante el tribunal. Una vez había conocido a alguien que trabajaba como superintendente de antigüedades: pues bien, aquel tipo sufría una dolencia desconocida, en el sentido de que los museos le daban miedo, no conseguía permanecer solo en ellos, poco faltaba para que la contemplación de una estatua griega o romana le provocara un desmayo. Él no llegaba a semejantes extremos, pero el hecho de tener que tratar con jueces y abogados era algo que le atacaba los nervios. Ni siquiera el paseo por la orilla del mar lo calmó.
Se desplazó a Montelusa en su coche privado por dos motivos. El primero era que no comparecía ante el tribunal como comisario sino como ciudadano particular, y, por consiguiente, utilizar el vehículo oficial habría sido un abuso. El segundo, que el chófer de la comisaría encargado de la conducción del vehículo era un agente muy simpático que se llamaba Gallo, pero que circulaba por todas las carreteras, incluso por un remoto camino rural, como si estuviera en el circuito de Indianápolis.
Jamás había tenido ocasión de ir al Tribunal de Montelusa. Era un enorme y desangelado edificio de cuatro plantas a cuyo interior se accedía a través de un impresionante portal. Una vez franqueado el portal, había una especie de corto pasillo de techo muy alto, lleno a rebosar de personas que hablaban a gritos como si aquello fuera un mercado. A mano izquierda estaba el puesto de guardia de los carabineros y a la derecha una estancia más bien pequeña por encima de la cual figuraba escrito «Oficina de Información». Allí, para formular confusas preguntas y recibir respuestas no menos confusas por parte del único funcionario encargado de la oficina, había cinco hombres haciendo cola delante de él. Montalbano esperó su turno y después le mostró la citación al funcionario. Éste la tomó, la miró, consulto un registro, volvió a mirar la tarjeta, consultó de nuevo el registro, levantó los ojos hacia el comisario y dijo finalmente:
—Esto tendría que estar en la tercera planta, sala quinta.
¿Por qué «tendría»? ¿Acaso en aquel tribunal se celebraban vistas móviles, incluso sobre patines de ruedas? ¿O tal vez el funcionario estaba convencido de que nada en la vida era verdad?
Y fue entonces, al salir de la oficina de información, cuando la vio por vez primera. Una chica, una adolescente con un vestidito de algodón de cuatro perras y un bolso de gran tamaño, tipo saco, desgastado por el uso.
Estaba apoyada contra la pared al lado del puesto de guardia de los carabineros. Y era imposible no mirarla a causa de sus grandes ojos negros enormemente abiertos y perdidos en la nada y el contraste entre el rostro todavía de niña y las formas del cuerpo ya agresivas y exuberantes. No se movía, parecía una estatua. El pasillo de la entrada conducía a un amplio patio-jardín muy cuidado. Pero ¿cómo se subía al tercer piso? Montalbano vio un grupo de personas a la derecha y se acercó. Había un ascensor, pero a su lado, escrito con rotulador en una hoja de papel fijada a la pared, figuraba un aviso: «El ascensor está reservado a los señores jueces y abogados». Montalbano se preguntó cuántos jueces y abogados habría entre las aproximadamente cuarenta personas que aguardaban la llegada del ascensor. Y cuántas de ellas se hacían pasar por jueces y abogados. Decidió inscribirse en la segunda categoría. Pero el ascensor no llegaba y la gente empezó a murmurar. Después alguien se asomó a una ventana de la segunda planta.
—El ascensor se ha averiado.
Soltando tacos, quejándose y protestando, todos se encaminaron hacia otra arcada a través de la cual se distinguía el comienzo de una ancha y cómoda escalera. El comisario subió hasta el tercer piso. La puerta de la sala quinta estaba abierta y dentro no había nadie. Montalbano consultó el reloj, ya eran las nueve y diez. ¿Sería posible que todos se hubieran retrasado? Le entró la sospecha de que, a lo mejor, el encargado de la oficina de información estaba en lo cierto al dudar y pensar que la vista quizá se estuviera celebrando en otra sala. El pasillo estaba abarrotado de gente, las puertas se abrían y cerraban constantemente, llegaban ráfagas de elocuencia leguleya. Transcurrido un cuarto de hora decidió preguntar a uno que pasaba empujando un carrito lleno a reventar de carpetas y expedientes.
—Disculpe, ¿podría decirme…? —Y le mostró la tarjeta.
El otro la miró, se la devolvió y reanudó su camino.
—¿No ha visto el aviso? —preguntó.
—No. ¿Dónde está? —repuso el comisario, siguiéndolo a pasitos.
—En el tablón de anuncios. La vista se ha aplazado.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta mañana. Quizá.
Estaba claro que en aquel edificio no reinaban las férreas certezas. Bajó por la escalera y volvió a hacer cola delante de la oficina de información.
—¿Usted no sabía que la vista de la sala quinta se había aplazado?
—Ah, ¿sí? ¿Para cuándo? —preguntó el encargado de información.
Y volvió a verla por segunda vez. Había transcurrido aproximadamente una hora y la chica seguía exactamente en la misma posición de antes. Debía de estar esperando a alguien, claro, pero aquella inmovilidad era casi antinatural, generaba una sensación de incomodidad. Durante un instante, Montalbano estuvo tentado de acercarse a ella y preguntarle si necesitaba algo. Pero después lo pensó mejor y abandonó el edificio del tribunal.
* * *
En cuanto llegó a la comisaría, le comunicaron que habían llamado de Mascalippa para decir que la camioneta con las cajas que contenían sus pertenencias llegaría a Marinella a las cinco y media de la tarde. Como es natural, se las arregló para estar en Marinella a las cinco y cuarto, pero la camioneta llegó con dos horas de retraso, cuando ya estaba oscureciendo. Por si fuera poco, el chófer se había lastimado un brazo y, por consiguiente, no estaba en condiciones de descargar las cajas. Blasfemando como un carretero, Montalbano se las cargó sobre los hombros una detrás de otra y acabó con un hombro dislocado y una punzada de hernia bilateral. A modo de compensación y sin que se supiera muy bien a título de qué, el chófer exigió diez mil liras de propina, tal vez como indemnización moral por no haber podido realizar la descarga. Montalbano abrió sólo una caja, la del televisor. En el tejado-solárium de la casa ya estaba instalada la antena; la conectó, encendió el aparato y sintonizó con el primer canal. Nada, pajitas blancas y un ruido como de freiduría. Buscó otros canales y lo único que varió fue la cantidad de pajitas y el hecho de que a ratos la freiduría pasara a convertirse en una resaca o en un alto horno. Entonces subió al tejado-solárium y se dio cuenta de que la antena se había desplazado, tal vez a causa de una ráfaga de viento. Con gran esfuerzo consiguió girarla un poco. Después bajó corriendo a ver cómo estaba la pantalla: ahora las pajitas se habían convertido en ectoplasmas, fantasmas de una freiduría. Zapeando desesperadamente, vio al fin con toda claridad el rostro de un presentador. Hablaba en árabe. Apagó el televisor y fue a sentarse en la galería para que se le calmaran los nervios. Después decidió comer algo, introdujo el pan descongelado en el horno para calentarlo y después se comió una lata de atún de Favignana con aceite y limón.
Pensó que tendría que buscar rápidamente a una mujer que se encargara de ordenar la casa, hacer la colada y prepararle la comida. Ahora que disponía de una casa, no podía seguir arreglándoselas solo. Una vez acostado, descubrió que no tenía nada para leer. Todos los libros estaban en dos cajas todavía cerradas, las más pesadas. Se levantó, abrió la primera y, como es natural, no encontró lo que buscaba, la novela negra de un francés que se llamaba Magnan, titulada «La sangre de los Atridas». Ya la había leído, pero le gustaba cómo estaba escrita. Abrió también la secunda caja. El libro se hallaba justo al fondo. Contempló la cubierta y lo depositó encima de la última pila: de golpe le había entrado sueño.
Llegó con un poco de retraso, a las nueve y diez, porque no conseguía encontrar sitio para aparcar. Ella estaba allí, con el mismo vestidito de algodón, el mismo bolso, la misma mirada perdida en los grandes ojos negros. Exactamente en el mismo sitio donde ya la había visto un par de veces, ni un centímetro más a la derecha ni un centímetro más a la izquierda. Como uno de esos que piden limosna, escogen un lugar, y allí se quedan hasta que se mueren o alguien los lleva a un albergue. Tanto en verano como en invierno los ves siempre allí. Puede que ella también estuviera pidiendo algo, limosna por supuesto que no, eso era evidente, pero ¿qué? Encima de la puerta del ascensor habían pegado una hoja de papel escrita con rotulador: «Averiado». Montalbano subió los tres pisos, y cuando entró en la sala número cinco, que era una estancia más bien pequeña, la encontró llena de gente. Nadie le preguntó quién era y qué estaba haciendo allí.
Se sentó en la última fila, al lado de un individuo pelirrojo con un cuaderno y un bolígrafo que de vez en cuando tomaba notas.
—¿Hace mucho que ha empezado? —le preguntó.
—El telón se ha levantado hace diez minutos. Está actuando la acusación.
¡Qué manera tan retórica de expresarse! ¡Telón! ¡Actuar! Y, sin embargo, a juzgar por su aspecto, el hombre parecía un sujeto seco y prosaico.
—Perdone, ¿por qué ha dicho que se ha levantado el telón? No estamos en el teatro.
—¿Que no? ¡Pero si esto es todo un teatro! ¿Usted de dónde viene, de la luna?
—Me llamo Montalbano. Soy el nuevo comisario de Vigàta.
—Mucho gusto. Yo me llamo Zito y soy periodista. Escuche a la acusación, se lo ruego, y después ya me dirá si esto es teatro o no.
Cuando aquel señor de la toga ya llevaba unos diez minutos hablando, al comisario le entró una duda.
—Pero ¿usted está seguro de que ése es el ministerio público?
—¿Qué le decía yo? —dijo triunfante el periodista Zito.
La acusación hablaba exactamente igual que si hubiera sido la defensa. Afirmó que la agresión por parte de Giuseppe Cusumano se había producido, en efecto, pero tenía que tomarse en consideración el especial estado emocional del joven y el hecho de que el agredido, el señor Gaspare Melluso, hubiera llamado cabrón a Cusumano al bajar del coche. Solicitó la pena mínima y toda una serie de atenuantes. Al llegar a ese punto llamaron a declarar al guardia urbano.
Pero ¿cómo se desarrollaba aquel juicio? ¿Qué orden seguía? El guardia dijo que él no había visto prácticamente nada porque estaba ocupado hablando a dos perros callejeros que le eran muy simpáticos. Reparó en la cosa cuando Melluso cayó al suelo. Anotó el número de la matrícula del coche que después resultó ser propiedad de Cusumano y, a continuación, acompañó a Melluso a urgencias. En respuesta a una pregunta del abogado defensor, que no era otro que el honorable Torrisi, reconoció haber oído aletear por el aire con toda claridad la palabra «cabrón», pero no podía decir en conciencia quién la había pronunciado. Luego Montalbano oyó que lo llamaban. Una vez finalizado el ritual de los datos personales y la promesa de decir la verdad, tomó asiento, pero, antes de que pudiera abrir la boca, el honorable Torrisi le dirigió una pregunta:
—Naturalmente, usted oyó cómo Melluso llamaba cabrón a Cusumano, ¿verdad?
—No.
—¿No? ¿Cómo que no? ¡Pero si la palabra la oyó el guardia urbano que se encontraba a una distancia mucho mayor que usted!
—El guardia la oyó y yo no.
—¿Está mal del oído, dottor Montalbano? ¿Sufrió de otitis en su infancia?
El comisario no contestó y lo mandaron retirarse de inmediato. Ya podía irse, pero quiso escuchar el alegato del honorable. E hizo bien, pues pudo averiguar el «especial estado emocional» del joven. Resultaba que tres años atrás Cusumano se había casado con su amada prometida Mariannina Lo Cascio, y a la salida de la iglesia, justo ante la entrada principal del templo, había sido esposado por dos carabineros a causa de una condena decretada por una sentencia judicial. En resumen, el fatídico día de la discusión con Melluso, Cusumano acababa de salir de la cárcel y estaba volando literalmente a los brazos de su esposa para consumar aquel matrimonio que hasta aquel momento había sido sólo rato. Al oírse llamar «cabrón», el joven, que aún no había cortado la flor que Mariannina Lo Cascio reservaba sólo para él…
Y ahí Montalbano, que ya no podía más y a duras penas contenía los deseos de vomitar, se despidió del periodista Zito y se largó. Total, estaba seguro de que Cusumano saldría bien librado y de que, por el contrario —la cosa estaba cantada—, el que iría a parar a la cárcel sería Melluso.
Al llegar al pasillo que conducía a la salida, se quedó quieto. La muchacha se había apartado dos pasos de la pared y estaba hablando con un desaliñado cuarentón delgado, melenudo y con un corbatín de esos que sólo utilizan ciertos abogados. El cuarentón sacudió la cabeza como diciendo que no y se encaminó hacia el jardín. La chica regresó a su lugar habitual, a su habitual inmovilidad. Montalbano pasó por su lado y abandonó el edificio. De nada serviría hacerse preguntas, devanarse los sesos acerca del cómo y el porqué; estaba claro que no volvería a tener ocasión de tropezar con aquella chica. Y, por consiguiente, mejor olvidarse de ella.
En vano trató de poner en marcha el coche para regresar a Vigàta. Lo intentó y lo intentó, pero no hubo manera. ¿Qué hacer? ¿Llamar a la comisaría y pedir que fueran a recogerlo? No; el asunto por el cual se encontraba en Montelusa era de carácter personal. Recordó que mientras iba al tribunal había visto un taller de reparación de automóviles. Se dirigió allí a pie y le explicó la situación al jefe. Éste se mostró muy amable y mandó que un mecánico lo acompañara. Tras haber examinado el motor, el hombre diagnosticó una avería en el circuito eléctrico. A última hora de la tarde, pero no antes, podría pasar por el taller y llevarse el coche ya arreglado.
—¿Hay algún autocar para Vigàta?
—Sí. Sale de la plaza de la Estación.
Dio un largo paseo por la calle principal, por suerte todo en bajada, y al llegar a la plaza, en el tablón de los horarios averiguó que un autocar ya se había marchado y que el siguiente tardaría una hora.
Deambuló por una avenida arbolada desde la cual podía verse todo el Valle de los Templos y, al fondo, la línea del mar. ¡Nada que ver con los paisajes casi suizos de Mascalippa! Cuando regresó a la plaza, vio que había un autocar parado con la indicación «Montelusa-Vigàta» en uno de sus costados.
Las puertas estaban abiertas. Subió por la de delante y, en el primer peldaño desde el cual se podía ver el interior del vehículo, se detuvo. Lo que lo indujo a detenerse no fue el hecho de que el autocar estuviera vacío a excepción de una pasajera, sino el hecho de que aquella pasajera fuese nada menos que la chica del tribunal.
Estaba en uno de los dos asientos situados detrás del conductor, el de la ventanilla, miraba fijamente hacia delante y no parecía haberse dado cuenta de la presencia de un pasajero que permanecía de pie en la escalerilla. De hecho, Montalbano se estaba preguntando si no convendría recurrir a una provocación para convertir en efectiva la presencia-ausencia de la chica, yendo a sentarse precisamente a su lado cuando en el autocar había cuarenta y nueve plazas libres.
Pero ¿qué motivo tendría para comportarse de aquella manera? ¿Qué hacía la muchacha de malo? No hacía nada. ¿Pues entonces?
Subió y fue a sentarse en uno de los otros dos asientos delanteros: aunque fuera de perfil, desde allí podía seguir viendo el rostro de la chica. Inmóvil, ella sujetaba el bolso sobre las rodillas con ambas manos.
El chófer se dirigió a su asiento y puso en marcha el motor. Y justo en aquel momento se oyeron unos gritos:
—¡Pare! ¡Pare!
Unos cuarenta y tantos japoneses, todos sonrientes, todos con gafas y todos con la cámara fotográfica en bandolera, precedidos por una agobiada guía, corrieron al abordaje del autobús y ocuparon todas las plazas vacías.
Sin embargo, ningún japonés se sentó ni al lado de Montalbano ni de la chica. El autocar inició la marcha.
En la primera parada no bajó ni subió nadie. Los japoneses se disputaban las ventanillas para disparar fotografías en una guerra en la que no faltaban los golpes, aunque todo se hiciera con las armas de una letal cortesía. En la segunda parada, el conductor tuvo que levantarse para ayudar a subir a una pareja de casi centenarios.
—Usted siéntese aquí —le dijo el chófer a Montalbano, señalándole el asiento del lado de la chica.
El comisario obedeció y los dos viejos pudieron acomodarse juntos y compadecerse mutuamente.
La joven no se había movido en absoluto, y para ocupar el asiento, Montalbano tuvo necesariamente que rozarle la pierna, pero ella no reaccionó al contacto y se limitó a dejar la pierna donde estaba. Azorado, el comisario orientó su cuerpo hacia el pasillo central.
Por el rabillo del ojo le miró las compactas tetas, que subían y bajaban debajo del vestidito de algodón al ritmo de su respiración, y sobre aquel movimiento sintonizó el oído. Era un truco que le había enseñado el comisario Sanfilippo: lograr percibir un rumor haciendo que el oído se armonizara con la vista. En efecto, poco a poco, por encima del parloteo de los japoneses, por encima del ruido del motor, empezó a percibir cada vez con más claridad la respiración de la chica. La cual era prolongada y regular, casi como si estuviera durmiendo. Pero ¿cómo armonizar aquella respiración con la petición desesperada, sí, desesperada, que se leía en sus ojos? Las manos que aferraban el bolso tenían unos dedos largos, ahusados y elegantes, pero su piel estaba martirizada por las duras tareas del campo; las uñas rotas aquí y allá conservaban todavía unos vestigios de esmalte rojo. Estaba claro que desde hacía algún tiempo la chica no se cuidaba. Y otra cosa observó el comisario, otra contradicción con su aparente compostura: el pulgar de la mano derecha temblaba de vez en cuando sin que ella se diera cuenta.
En la parada de los templos la comitiva japonesa bajó. El comisario habría podido cambiar de sitio y ponerse más cómodo, pero no se movió. Tras haber dejado atrás la señalización que indicaba el comienzo del territorio de Vigàta, la chica se levantó.
Se mantuvo un poco inclinada para no golpearse la cabeza contra la redecilla del equipaje. Estaba claro que pretendía bajar, pero se quedó mirando a Montalbano sin pedirle permiso ni abrir la boca. El comisario tuvo la sensación de que ella no lo miraba como a un hombre sino como a un objeto, un obstáculo indefinido. Pero ¿dónde tenía él la cabeza?
—¿Quiere pasar?
La chica no dijo ni que sí ni que no. Entonces Montalbano se levantó y salió al pasillo para dejarle sitio. Ella llegó a la altura de la escalerilla y allí se paró, sujetando el bolso con una mano mientras apoyaba la otra en la barra metálica que discurría delante de los dos asientos donde permanecía la pareja de ancianos.
Tras recorrer unos cuantos metros, el chófer se detuvo, accionó la puerta automática y la chica bajó.
—¡Un momento! —dijo Montalbano, con un tono de voz tan agudo que el conductor se giró a mirarlo con extrañeza—. No cierre, tengo que bajar.
La decisión había sido repentina. Pero ¿qué estupidez estaba haciendo? ¿Por qué estaba tan obsesionado? Miró a su alrededor; se encontraba en la antigua periferia de Vigàta, donde no había edificaciones nuevas ni rascacielos enanos, sino tan sólo casas ruinosas o que todavía se mantenían en pie sostenidas por las vigas, casas habitadas por gente que vivía pobremente, no de las tareas portuarias o los negocios de la ciudad, sino de los cultivos del mísero campo de la zona interior del pueblo.
La chica caminaba lentamente por delante de él, casi como si no le apeteciera regresar. Mantenía la cabeza inclinada como si estuviese contemplando con atención la tierra que pisaban sus pies. Pero ¿veía realmente la tierra que miraba? ¿Qué veían realmente sus ojos?
Giró a mano derecha, adentrándose en una especie de callejón que de noche debía de ser una escenografía ideal para una película de fantasmas. A un lado, una hilera de almacenes sin puertas y con los techos hundidos; al otro, una serie de casuchas deshabitadas y agonizantes. No pasaba literalmente ni un perro.
«Pero ¿qué estoy haciendo aquí?», se preguntó el comisario como despertando de una pesadilla.
E hizo ademán de volver atrás. Pero justo en aquel momento la chica se tambaleó, pareció perder el equilibrio, soltó el bolso y se vio obligada a apoyarse en la pared de una casa. En un primer momento, el comisario no supo qué hacer. Pero inmediatamente después comprendió con toda claridad que la joven debía de haber sufrido un mareo o algo parecido, no había dado un traspié ni había tropezado con ninguna piedra. En cualquier caso necesitaba ayuda, y ahora su intervención estaba más que justificada. Se le acercó.
—¿Se encuentra mal?
El fuerte grito que emitió la muchacha al oír su voz fue tan repentino y desgarrador que Montalbano, pillado por sorpresa, saltó hacia atrás, asustado. La chica no lo había oído acercarse y sus palabras la habían devuelto de golpe a la realidad. Ahora miraba al comisario con los ojos muy abiertos y lo veía como lo que era, un hombre, un desconocido que acababa de decirle algo.
—¿Se encuentra mal? —repitió él.
Ella no contestó. Empezó a inclinarse hacia delante como a cámara lenta, con el brazo extendido y la mano abierta para recoger el bolso.
Montalbano fue más rápido que ella y lo cogió primero. Su intención era hacer un gesto de cortesía y por eso lo sorprendió la reacción de la muchacha, que, utilizando esa vez las dos manos, trató de arrebatárselo.
Instintivamente, Montalbano lo retuvo con fuerza. La muchacha lo miró a los ojos y él leyó en ellos una desesperación decididamente salvaje. Durante unos momentos, ambos se entregaron a un absurdo y ridículo tira y afloja sin palabras. Después, tal como era de prever, la costura lateral del bolso se abrió y todo lo que había dentro cayó al suelo. Un objeto muy pesado golpeó el dedo gordo del pie izquierdo del comisario, que dobló la cabeza para mirar. Vio fugazmente un revólver de gran tamaño, pero la chica, que ya había recuperado una gran rapidez de movimientos, se le adelantó a recogerlo. Montalbano la agarró por la muñeca, se la torció, pero el revólver se mantuvo firmemente en la mano de la chica. Entonces el comisario, con todo el peso de su cuerpo, la empujó contra la pared y la inmovilizó de tal manera que la mano que sujetaba el revólver y la suya que le agarraba la muñeca se encontraron fuertemente apretadas entre la pared y la espalda de la chica. Esta reaccionó con la mano libre, arañando el rostro de Montalbano. El comisario consiguió agarrársela también por la muñeca y mantenerla en alto, empujándola contra la pared al igual que la otra. Ambos jadeaban como unos amantes que estuvieran haciendo el amor; Montalbano, con la parte inferior del cuerpo entre las piernas separadas de la chica, comprimía fuertemente su vientre y su pecho, y el olor un tanto áspero de su sudor no le resultaba en modo alguno desagradable, ni siquiera en aquella situación. Que no parecía tener ninguna salida. De pronto el comisario oyó a su espalda un ruido de frenos y una voz que gritaba:
—¡Quieto ahí, marrano! ¡Policía! ¡Deja a la chica!
Y entonces comprendió que aquel policía creía estar presenciando un acto de violencia carnal, un estupro. La confusión estaba más que justificada. Volvió ligeramente la cabeza y reconoció a uno de sus hombres, el agente Galluzzo. Galluzzo lo reconoció a su vez y se quedó petrificado.
—Co… co… co… —balbució. Quería decir «comisario», pero en su lugar estaba cacareando como una gallina.
—¡Ayúdame! ¡Va armada! —exclamó Montalbano entre jadeos.
Galluzzo era hombre de decisiones rápidas. Sin decir ni pío, soltó un puñetazo contra la barbilla de la chica. Ésta cerró los ojos y cayó desmayada, resbalando por la pared. Montalbano la sujetó con delicadeza, pero tuvo que hacer un gran esfuerzo para apoderarse del revólver. Los dedos de la chica se negaban a soltar el arma.