Azirafel estaba titubeando. Llevaba unas doce horas titubeando. Tenía los nervios, como él hubiera dicho, por todos lados. Se paseaba por la tienda, recogiendo trocitos de papel y tirándolos de nuevo, jugueteando con los bolígrafos.

Debería decírselo a Crowley.

No, no debería. Quería decírselo a Crowley. Debería decírselo al Cielo.

Era un ángel, al fin y al cabo. Había que hacer lo debido. Por naturaleza. Artimaña que viera, artimaña que frustraba. Crowley ya le había insistido bastante en ello. Tendría que habérselo dicho al Cielo desde el principio.

Pero se conocían desde hacía miles de años. Se llevaban bien. Casi se comprendían el uno al otro. A veces pensaba que tenían mucho más en común el uno con el otro que con sus respectivos superiores. A ambos les gustaba el mundo, para empezar, y no lo consideraban un mero tablero donde se jugaba una partida cósmica de ajedrez.

Pero ahí estaba la cuestión. Ahí tenía la respuesta, saltándole a la vista. Estaría respetando el espíritu del trato con Crowley si le hiciera un guiño al Cielo, y entonces podrían ocuparse discretamente del niño, aunque sin pasarse porque bien mirado, todos éramos criaturas de Dios, incluso la gente como Crowley y el Anticristo, y el mundo se salvaría y no habría follones de Apocalipsis, que de todas formas a nadie le aprovechaban, porque todo el mundo sabía que el Cielo iba a ganar, y Crowley tendría que entenderlo porque así estaba previsto.

Sí. Y todo se arreglaría.

Llamaron a la puerta de la tienda, a pesar del cartel de CERRADO. Lo ignoró.

Para Azirafel, ponerse en contacto con el Cielo para establecer una comunicación bilateral era mucho más difícil que para los humanos, que no esperan respuesta casi nunca y se extrañarían bastante si la recibiesen.

Apartó el escritorio cargado de papelorios y enrolló la alfombra raída de la librería. Debajo, en las tablas de madera, había un círculo dibujado a tiza, rodeado de fragmentos apropiados de la cábala. El ángel encendió siete velas, y las colocó solemnemente en determinados puntos de alrededor del círculo. Luego puso incienso a quemar, que no era necesario pero daba buen olor.

Se metió dentro del círculo y pronunció las Palabras.

No ocurrió nada.

Repitió las Palabras.

Al final un haz de luz azul brillante surgió del techo y llenó el círculo. Una instruida voz contestó:

—¿Y bien?

—Soy yo, Azirafel.

—Lo sabemos —repuso la voz.

—Tengo excelentes noticias. ¡He localizado al Anticristo! ¡Tengo hasta su dirección!

Hubo un silencio. La luz azul titiló.

—¿Y bien? —dijo de nuevo.

—¡Es que así podéis mat… impedir que ocurra! ¡Justo a tiempo! ¡Se puede impedir, no habrá guerra y se salvará todo el mundo!

Sonreía como loco a la luz.

—¿Sí? —dijo la voz.

—Sí, se encuentra en un lugar llamado Bajo Tadfield, y la dirección…

—Bien hecho —afirmó la voz, monótona y opaca.

—Ya no tiene que tornarse un tercio de los mares en sangre, ni nada de eso —exclamó Azirafel alegremente.

Al contestar la voz, parecía ligeramente molesta.

—¿Por qué no? —preguntó.

Azirafel sintió que se abría un pozo helado bajo su entusiasmo, y trató de fingir que no estaba ocurriendo.

Continuó decidido:

—Bueno, simplemente hay que asegurarse de…

—Ganaremos, Azirafel.

—Sí, pero…

—Las fuerzas del mal serán vencidas. Nos da la impresión de que te hallas en un error. No se trata de evitar la guerra, sino de ganarla. Hemos esperado mucho tiempo, Azirafel.

Azirafel sintió el frío invadir su mente. Abrió la boca para decir «Quizás sería buena idea no llevar a cabo la guerra en la Tierra», y cambió de opinión.

—Entiendo —contestó con gravedad. Se oyó ruido junto a la puerta y si Azirafel hubiera estado mirando hacia allí, habría visto un sombrero de fieltro ajado tratando de fisgar por el tragaluz.

—Lo que no significa que no hayas realizado un buen trabajo —añadió la voz—. Te será concedido un ascenso. Bien hecho.

—Gracias —repuso Azirafel. La amargura de su voz habría cortado la leche—. Obviamente se me olvidaba la inefabilidad.

—Eso pensábamos.

—Disculpad la pregunta —dijo el ángel—, pero, ¿con quién hablo?

La voz dijo:

—Somos el Metatrón[33].

—Ah, ya. Claro. Bien, de acuerdo. Gracias mil. Gracias.

Detrás de él, el buzón se abrió, descubriendo así unos ojos.

—Una cosa más —continuó la voz—. Supongo que, naturalmente, te unirás a nosotros.

—Bueno, ehm, la verdad es que hace siglos que empuñé una espada flameante… —se explicó Azirafel.

—Sí, lo recordamos —dijo la voz—. Tendrás mucho tiempo para aprender de nuevo.

—Ah. Hmm. ¿Qué clase de acontecimiento inicial desencadenará la guerra? —preguntó Azirafel.

—Estábamos pensando en un intercambio nuclear multinacional, sería un buen comienzo.

—Sí, muy imaginativo —la voz de Azirafel sonaba monótona y pesimista.

—Bien. Entonces te esperaremos en persona —dijo la voz.

—Ah, bien. Antes zanjaré unos negocios pendientes, si puede ser —farfulló Azirafel a la desesperada.

—No parece haber necesidad alguna para ello —repuso el Metatrón.

Azirafel se irguió.

—Tengo que decir que la probidad, por no decir la moral, me empuja a mí, un empresario reputado, a…

—Sí, sí —dijo la voz con un asomo de irritación—. Entendido. Estaremos esperándote, entonces.

La luz perdió intensidad, pero sin llegar a desvanecerse. Están dejando la línea abierta, pensó Azirafel. De ésta no salgo.

—¿Hola? —dijo en voz baja—. ¿Estáis ahí?

No hubo contestación.

Con mucho cuidado, salió del círculo y se acercó sigilosamente al teléfono. Abrió su listín y marcó otro número.

Al cabo de cuatro timbres tosió brevemente, se quedó en silencio, y una voz que sonaba tan relajada que se dormía uno de oírla dijo: Hola. Soy Anthony Crowley. Eeh… ahora…

—¡Crowley! —Azirafel intentó susurrar y gritar al mismo tiempo—. ¡Escucha, no tengo mucho tiempo! El…

—… no estoy en casa probablemente, o estoy durmiendo, o trabajando o lo que sea, pero…

—¡Cállate! ¡Escucha! ¡Estaba en Tadfield, lo dice todo en el libro! Tienes que detener…

—… después de la señal y me pondré en contacto contigo. Chow.

—Quiero hablar contigo ahora.

Piiiiiiiiiiiii

—¡Para de hacer ruidos! ¡Está en Tadfield! ¡Eso era lo que yo sentía! Tienes que ir allí y…

Se apartó el auricular de la boca.

—¡Cabrón! —dijo. Era la primera vez que decía una palabrota desde hacía cuatro mil años.

Un momento. El demonio tenía otra línea, ¿no? Era su estilo. Azirafel hojeó el listín, que casi se le cayó al suelo. No tardarían en impacientarse.

Dio con el otro número. Lo marcó. Lo cogieron casi enseguida, al mismo tiempo que sonaba el timbre de la tienda.

La voz de Crowley, más fuerte al acercarse al auricular, dijo:

—… y lo digo en serio. ¿Sí?

—¡Crowley, soy yo!

—Ngh —la voz sonaba terriblemente evasiva. Incluso en su estado actual, Azirafel sintió dificultades.

—¿Estás solo? —le preguntó con cautela.

—Nah. Estoy con un amigo.

—¡Oye…!

—¡A la hoguera contigo, criatura del infierno!

Muy despacio, Azirafel se volvió.

* * *

Shadwell temblaba de emoción. Lo había visto todo. Lo había oído todo. No había comprendido nada, pero sabía qué clase de gente era la que pintaba círculos y encendía velas e incienso. Lo sabía perfectamente.

Había visto La novia del diablo quince veces, sin contar con aquella en que le echaron del cine por gritar la opinión poco halagüeña que tenía de Cristopher Lee, el aficionado a cazador de brujas.

Los muy cabrones le estaban utilizando. Le habían tomado el pelo a la gloriosa tradición del Ejército.

—¡Me las pagarás, maligno hijo de perra! —gritó, avanzando como un ángel vengador apolillado—. Sé muy bien a qué te dedicas; ¡traes aquí a las mujeres y las seduces para hacer tu voluntad diabólica!

—Me parece que se ha equivocado usted de tienda —repuso Azirafel—. Luego te llamo —dijo al auricular, y colgó.

—Lo he visto todo —gruñó Shadwell. Tenía espuma alrededor de la boca. No recordaba haber estado tan enfadado.

—Las cosas no son lo que parecen —empezó a decir Azirafel, sabiendo que como táctica para entablar una conversación, le faltaba estilo.

—¡Eso puedes apostarlo! —dijo Shadwell triunfante.

—No, quiero decir…

Sin quitarle ojo al ángel, Shadwell retrocedió unos pasos, agarró la puerta de la tienda y la cerró con semejante portazo que el timbre saltó.

Campana —dijo.

Agarró Las Buenas y Ajustadas Profecías y las estampó en la mesa.

Libro —gruñó.

Rebuscó en un bolsillo y sacó su fiel encendedor Ronson.

¡Vela, más o menos! —gritó, y empezó a avanzar.

A su paso, el círculo empezó a brillar con tenue luz azul.

—Oiga —dijo Azirafel—, no creo que sea buena idea el…

Shadwell no escuchaba.

—Por el poder que se me ha concedido como Cazador de Brujas —recitó—, te condeno a abandonar este lugar…

—Mire, es que el círculo…

—… y a volver al lugar de donde viniste, sin detenerte…

—… de verdad que no sería muy inteligente para un humano tocarlo sin…

—… para librarnos del mal del demonio…

—¡Salga del círculo, imbécil!

—… y no volver jamás a molestar…

—Vale, vale, pero por favor salga del…

—¡Y a no volver JAMÁS! —concluyó Shadwell. Señalaba con un dedo vengativo con la uña negra.

Azirafel miró hacia abajo y dijo la segunda palabrota en cinco minutos. Se había metido en el círculo.

—No, joder —se quejó.

Se oyó un tañido melodioso, y la luz azul se desvaneció. Azirafel también.

Pasaron treinta segundos. Shadwell no se movió. Entonces, con una temblorosa mano izquierda alcanzó la derecha y la bajó cuidadosamente.

—¿Oiga? —dijo—. ¿Oiga?

Nadie contestó.

Shadwell sintió un escalofrío. Entonces, con la mano extendida como una pistola que no se atreviera a disparar ni supiera cómo descargar, salió a la calle, dejando que la puerta diera un portazo al cerrarse tras de él.

El suelo tembló. Una de las velas de Azirafel se cayó, derramando así cera ardiente por la vieja madera seca.