Primera final sin goles

Lástima: el Mundial de EEUU, que resultó un éxito de ambiente y de asistencia que asombró a todos, desembocó en una final sin goles, la primera de la historia y hasta ahora la única, que tuvo que ser resuelta en los lanzamientos desde el punto de penalti. Aquello hizo que se planteara la conveniencia de, en caso de empate tras el partido y la prórroga, acudir a un desempate, pero aún no se ha decidido tal cosa.

Fue una final entre dos clásicos, Italia y Brasil. Ambas se presentaban con tres títulos. Europa contra América… Lo tenía todo. Italia había ido, como suele, de menos a más. Había llegado a Estados Unidos como ganadora de la zona europea que compartió con Suiza, Portugal, Escocia, Malta y Estonia. Ya en el campeonato, su fase inicial distó mucho de ser buena. Empezó perdiendo con Irlanda (0-1), ganó a Noruega (1-0) y empató con México (1-1). Eso le dio para pasar como una de las cuatro terceras por haber marcado un gol más que Noruega, entre enormes críticas en su país. Además, en el segundo partido, ante Noruega, se le había lesionado, con rotura de menisco, su capitán, Baresi, faro de la defensa y hombre de la máxima confianza del seleccionador, el célebre Arrigo Sacchi. Pero, como suele, Italia fue a más, entonándose según avanzaba el campeonato. En octavos ganó a Nigeria (2-1), en cuartos a España (2-1 otra vez) y en semifinales a la gran Bulgaria de aquel Mundial (siempre 2-1). Roberto Baggio, un media punta creativo y goleador, había entrado en periodo de plena inspiración y de su mano Italia cambió completamente de cara.

Por su parte, Brasil se clasificó como ganadora del grupo sudamericano que compartió con Bolivia, Uruguay, Ecuador y Venezuela. Y en EEUU hizo un buen campeonato. En la primera fase ganó a Rusia (2-0) y a Camerún (3-0), y empató el tercer día con Suecia (1-1), pasando como campeona de grupo. En octavos ganó 1-0 a EEUU, en cuartos, 3-2 a Holanda, y en semifinales, 1-0 a Suecia, con la que se volvió a encontrar.

Era un Brasil nuevo, con otro estilo, forjado por Carlos Parreira. A los aficionados del mundo no nos gustaba. Brasil dio un giro en su filosofía tras la eliminación ante Italia en España, decidió blindarse. El equipo se blindaba con dos o hasta tres medios de contención, el principal de los cuales fue, durante aquel tiempo, Dunga, emblema de este modelo. A cambio, Brasil utilizaba laterales muy buenos, con libertad para atacar, y arriba tenía delanteros de tremendo talento: Bebeto y Romário, bien conocidos en España. Y asomaba un tal Ronaldinho (que luego hará fama como Ronaldo, dejando el «inho» para otro más joven) del que se hablaba prodigios, y que se encumbraría definitivamente en la final de Corea-Japón, en 2002. Pero entonces solo era un joven prodigio y no jugó ni un minuto.

El Rose Bowl de Los Ángeles tiene el día de la final, 17 de julio, un aspecto extraordinario. Es un estadio mítico, frecuente escenario de la Super Bowl. Arbitra el húngaro Puhl. Los equipos forman así:

Brasil: Taffarel; Jorginho, Aldair, Marcio Santos, Branco; Mazinho, Dunga (capitán), Mauro Silva; Zinho; Bebeto y Romário.

Italia: Pagliuca; Mussi, Baresi (capitán), Maldini, Benarrivo; Berti, Dino Baggio, Albertini, Donadoni; Roberto Baggio; y Massaro.

Se juega con un sol espléndido y tremenda expectación, pero con demasiadas precauciones. Brasil se blinda con el trío Mazinho-Dunga-Mauro Silva en la media (más adelante conoceremos esta fórmula como «trivote») y suelta los laterales menos de lo que promete. (En el 22’, Cafú sustituirá a Jorginho). Por delante del trivote, Zinho juega entre líneas, muy vigilado, y apenas puede conectar con Romário y Bebeto, los artistas del ataque. Italia se planta con dos líneas de cuatro, delante Roberto Baggio y arriba, solo, el combativo Massaro. Los medios italianos son jugadores buenos, pero sobre todo disciplinados. El equipo juega junto, se protege. También hay un cambio de lateral derecho en el primer tiempo: Apolloni entra por Mussi en el 34’. Desgraciadamente, el partido solo lo sostiene la emoción de lo que hay en juego. Romário y Roberto Baggio, los dos hombres que acaparan la atención, entran poco en juego. Se aclaman sus contadas intervenciones, que levantan la esperanza de que pase algo que nunca pasa. Se aplauden las escasas llegadas, las oportunidades de gol, que caen cada mucho, como con cuentagotas. Pero pasan pocas cosas. Se llega a la prórroga, en medio de gran fatiga. Se ha jugado con tensión, presionando mucho, poniendo muchas dificultades uno y otro al rival. Los dos entrenadores han puesto mucha más atención en evitar el gol que en conseguirlo. Sacchi hace un esfuerzo por ganar al meter en el 95’ al extremo Evani por Dino Baggio. Parreira, a su vez, meterá en el 106’ al joven Viola, que va a sorprender, por el agotado Zinho. En ambos casos se trataba de meter un delantero ágil, de refresco, para explotar el cansancio de la defensa rival. Pero no funcionó.

Y se llega a la tanda de penaltis. Es la primera vez que una final se va a resolver así. A todos los aficionados del planeta nos duele, pero son las normas.

Empieza Baresi, capitán de Italia, el hombre que ha tenido tiempo para recuperarse de una lesión de menisco sufrida en el segundo partido y ha reaparecido en la final. Lanza fuera. Pagliuca lo arregla, parando el lanzamiento de Marcio Santos. Un penalti por bando y 0-0. Ahora tiran Albertini y Romário, gol y gol. Dos lanzamientos por bando y 1-1. Va Evani, gol, va Branco, gol. Tres tiros por bando y 2-2. Va Massaro y para Taffarel; va el capitán Dunga y marca. En el cuarto lanzamiento Brasil se pone por delante, 2-3. Para el quinto tiro se adelanta Roberto Baggio, estrella del equipo. Ha llevado a Italia a la final con sus goles. Es el Balón de Oro de 1993. Italia le discute por su discontinuidad, pero le adora por su talento. Se adelanta, con su característica coleta, y el aire serio y concentrado propio de la ocasión. ¿Aguantará la presión? Todos los locutores de televisión del mundo que están narrando el partido recuerdan que es budista, que es un hombre en paz con su espíritu, dado a la meditación y a la serenidad. Pero lanza y… ¡fuera! 2-3, ya no hace falta ni lanzar el quinto penalti. ¡Brasil es campeón del mundo! Italia se aflige, da puñetazos contra la pared, Roberto Baggio baja la cabeza; Brasil salta, se abraza, corre.

Dunga recoge la Copa. Carlos Parreira sonríe feliz. Ha triunfado el «dunguismo», ha triunfado el «trivotazo». Brasil tiene su cuarta copa, conseguida con un estilo nuevo, distinto al de las tres anteriores conquistas.

Pero en el resto del mundo, los aficionados apagamos el televisor un poco decepcionados. No, no ha sido la mejor final. Ni ha sido el mejor Brasil.