En plena dictadura

Argentina había andado detrás de organizar la Copa desde antes de la guerra. Había confiado tenerla en el 38, se lo habían medio comprometido para el 42, el que no se celebró por la guerra, se decepcionó mucho cuando Brasil obtuvo el Mundial del 50, en el regreso a América después de la guerra y no quiso participar ni en ese ni en el del 54. Nuevas decepciones cuando el campeonato volvió a cruzar América dos veces más, a Chile en el 62 y a México en el 70, otorgado este en el congreso del 64. Al fin, en el congreso de 1966, durante el Mundial de Inglaterra, obtuvo la designación para 1978 cuando, respetando el principio de alternancia, la Copa volvería a América.

Y llegó en mal momento. En la primavera del 76, un golpe militar dio lugar a una época sucia y criminal, a lo que los militares llamaron una «guerra civil clandestina». A imitación de los de Pinochet en Chile, la dictadura militar persiguió izquierdistas por todo el país, en una oleada de detenciones sin orden judicial, secuestros en la práctica, torturas y asesinatos. Opositores, amigos de opositores o simples ciudadanos que aparecían en un listín eran «chupados» de universidades, trabajos, cafés, teatros, domicilios. Hasta treinta mil personas desaparecieron por este sistema.

Todo, a dos años de la Copa del Mundo. Cuando se acercaba esta, hubo fuertes movimientos en determinados países para que no se celebrara. Bélgica y Holanda se ofrecieron a acogerla. Pero la FIFA se mantuvo en su idea y la dictadura argentina lo aprovechó para lavar su imagen ante el mundo. La final y algunos de los principales partidos se jugaron en el Estadio Monumental, el del River Plate, situado en el barrio de Núñez, a muy pocas manzanas de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, el principal y más siniestro centro de detenciones y torturas.

Se inscribieron 104 naciones, de las que renunciarían nueve. Corea del Norte fue expulsada de la FIFA por su renuncia. Argentina y Alemania entraban de oficio. Se clasificaron catorce para completar los dieciséis finalistas, que jugarían de acuerdo al mismo modelo que en Alemania cuatro años antes, en dos liguillas sucesivas: cuatro grupos de cuatro primero y dos grupos de cuatro después. Los ganadores de estos dos grupos jugarían la final, los segundos clasificados, la final de vencidos. Diez finalistas fueron europeos (volvió España, tras dos ausencias), cuatro americanos, uno asiático, Irán, y uno africano, Túnez, que tendría el honor de conseguir la primera victoria africana en un Mundial, al ganar a México (3-1) en la primera fase de grupo.

Se jugó en cinco ciudades: Buenos Aires (con dos estadios, el de River y el de Vélez), Rosario, Córdoba, Mendoza y Mar del Plata, y se extendió del 1 al 25 de junio. La mascota se llamó Gauchito y era un niño vestido con los colores de Argentina y el pañuelo rojo al cuello y el sombrero propio de los gauchos. El balón, llamado Tango, se hizo muy popular. En su diseño de las dos últimas ediciones, de hexágonos y pentágonos, introdujo la novedad de unos trazos negros sobre el fondo blanco, unas triadas, como triángulos de lados curvos que reforzaban la impresión de esfericidad. Siempre Adidas, por supuesto. Participaron 32 árbitros, de los que 19 fueron europeos, siete americanos, tres asiáticos y tres africanos. España estuvo representada en este apartado por Franco Martínez.

La seguridad fue asfixiante, como había ocurrido en Alemania. Pese a ello, se detectó una bomba en la sala de prensa poco antes de la ceremonia inaugural. Un policía resultó muerto cuando trataba de trasladarla para desactivarla.

Kempes fue el máximo goleador, con seis tantos, logrados todos a partir de la segunda fase. Los 38 partidos jugados dejaron 102 goles, a 2,68 por partido. La asistencia fue de 1 610 215 espectadores, 42 375 por partido.