—No has preguntado nada sobre mí. ¿No tienes curiosidad, puedes «ver» todo con tus poderes?
La historia de su vida pasó en una fracción de segundo, el tiempo necesario para decidir si dejaba a las cosas correr como corrían en la Tradición del Sol. O si debía hablar del punto luminoso e interferir en el destino.
Brida quería ser una bruja, pero aún no lo era. Se acordó de la cabaña en lo alto del árbol, donde había estado a punto de hablarle sobre aquello; ahora mismo, la tentación se repetía, porque él había bajado su espada, había olvidado que el diablo habita en los detalles. Los hombres son dueños de su propio destino. Siempre pueden cometer los mismos errores. Siempre pueden huir de todo lo que desean y que la vida, generosamente, coloca ante ellos.
O entonces, pueden entregarse a la Providencia Divina, tomados de la mano de Dios y luchar por sus sueños, aceptando que ellos siempre llegan en la hora adecuada.
—Vamos a salir ahora —repitió el Mago. Y Brida vio que estaba hablando en serio.
Ella insistió en pagar la cuenta; era el Rey de la Noche. Se pusieron los abrigos y salieron hacia el frío, que ya no castigaba tanto; faltaban pocas semanas para la primavera.
Caminaron juntos hasta la estación. Un autobús iba a salir dentro de algunos minutos. El frío hizo que la irritación de Brida fuese sustituida por una inmensa confusión, algo que no conseguía explicar. No quería irse en aquel autobús, estaba mal, parecía que el objetivo principal de la noche se había estropeado y ella tenía que arreglar todo antes de partir. Había venido hasta allí para agradecerle y se estaba portando igual que las veces anteriores.
Dijo que estaba mareada, y no subió al autobús.
Pasaron quince minutos, y otro autobús llegó.
—No quiero irme ahora —dijo ella—. No es porque me encuentre mal por la bebida. Es porque lo he estropeado todo. No te he agradecido como debía.
—Éste es el último autobús de esta noche —dijo el Mago.
—Tomaré un taxi después. Aunque sea caro.
Cuando el autobús partió, Brida se arrepintió de haberse quedado. Estaba confusa, no tenía idea de lo que realmente quería. «Estoy borracha», pensó.
—Vamos a pasear un poco. Quiero ponerme sobria.
Anduvieron por la pequeña ciudad vacía, con sus candeleros encendidos y las ventanas apagadas. «No es posible. Vi el brillo en los ojos de Lorens y, sin embargo, quiero quedarme aquí con este hombre.» Era una mujer vulgar, inconstante, indigna de todas las enseñanzas y experiencias de la hechicería. Estaba avergonzada de sí misma: unos tragos de vino y Lorens, y la Otra Parte, y todo lo que había aprendido en la Tradición de la Luna ya no tenía importancia. Pensó, por algunos instantes, que quizá estuviese equivocada, que el brillo en los ojos de Lorens no era exactamente el mismo que la Tradición del Sol enseñaba. Pero se estaba engañando a sí misma; nadie confunde el brillo de los ojos de su Otra Parte.
Si existiesen varias personas en un teatro y Lorens fuese una de ellas, y jamás hubiese hablado con él antes, en el momento en que sus ojos se cruzasen con los de él, tendría plena seguridad de hallarse ante el hombre de su vida. Conseguiría acercarse, él sería receptivo, porque las Tradiciones no yerran nunca, las Otras Partes terminan encontrándose siempre. Antes de oír hablar de esto, ya había oído hablar del Amor a Primera Vista, que nadie podía explicar exactamente.
Cualquier ser humano podía reconocer este brillo, aún sin despertar ninguna fuerza mágica. Ella conocía este brillo antes de saber su existencia. Lo había visto, por ejemplo, en los ojos del Mago, la tarde que ellos fueron al bar por primera vez.
Se paró de repente.
«Estoy borracha», pensó otra vez. Tenía que olvidar aquello rápidamente. Tenía que contar el dinero, saber si le alcanzaba para volver en taxi. Esto era muy importante.
Pero había visto el brillo en los ojos del Mago. El brillo que mostraba a su Otra Parte.
—Estás pálida —dijo el Mago—. Debes haber bebido demasiado.
—Ya pasará. Vamos a sentarnos un poco y se me pasará. Después me iré a casa.
Se sentaron en un banco, mientras ella revisaba su bolso en busca de monedas. Podía levantarse de allí, tomar un taxi e irse para siempre; conocía a su Maestra, sabía dónde continuar su camino. Conocía también a su Otra Parte; si decidía levantarse de aquel banco y partir, aun así estaría cumpliendo la misión que Dios le había destinado.
Pero tenía 21 años. En estos 21 años, ya sabía que era posible encontrar dos Otras Partes en la misma encarnación, y el resultado de esto era dolor y sufrimiento.
¿Cómo podría escaparse de esto?
—No me voy a casa —dijo—. Me quedo.
Los ojos del Mago brillaron y, lo que antes era apenas esperanza, pasó a ser una certeza.