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El cerebro de Rehv se fue despertando de manera gradual e intermitente, mediante una especie de espasmos repentinos de conciencia. La atención se encendía fugazmente y volvía a desvanecerse; y luego se volvía a encender, impulsándose desde la base del cráneo hasta el lóbulo frontal.
Sentía un terrible ardor en los hombros. En los dos. El dolor de cabeza lo estaba matando y sentía una punzada en el sitio donde ese symphath lo había golpeado con la empuñadura de la espada hasta dejarlo inconsciente. Y sentía el resto de su cuerpo curiosamente ingrávido.
Al otro lado de sus párpados cerrados se veía el resplandor oscilante de una luz que parecía roja. Lo cual significaba que la dopamina ya había salido totalmente de su organismo y su estado actual era el que tendría para siempre de ahora en adelante.
Al respirar por la nariz, sintió un olor a… tierra. Tierra limpia y húmeda.
Pasó un rato antes de que estuviera en condiciones de abrir los ojos para echar un vistazo, pero finalmente necesitaba tener algún otro punto de referencia aparte del dolor en los hombros. Al abrir los ojos, parpadeó. Una hilera de velas tan largas como sus piernas estaban dispuestas en los confines de lo que parecía ser una especie de cueva. Las llamas temblorosas que coronaban cada vela eran rojas como la sangre y se reflejaban sobre paredes que parecían líquidas.
No, líquidas no. Había cosas reptando sobre la piedra negra… reptando por todas partes…
Rehv bajó la mirada hacia su cuerpo y sintió alivio al ver que sus pies no estaban en contacto con el suelo movedizo. Luego miró hacia arriba y… vio las cadenas que lo mantenían suspendido del techo ondulante, cadenas que estaban agarradas a… varillas que se insertaban en su torso, debajo de los hombros.
Estaba suspendido en el centro de una cueva y su cuerpo desnudo flotaba en medio del manto de insectos que cubría las paredes de roca.
Arañas. Escorpiones. Su prisión estaba llena de guardias venenosos.
Rehv cerró los ojos y buscó con su lado symphath, tratando de encontrar a otros de su especie, decidido a atravesar los muros del lugar donde se encontraba en busca de mentes y emociones que pudiera manipular para liberarse. Cierto, había ido a la colonia para quedarse, pero eso no significaba que tuviera que seguir colgando del techo como si fuera un candelabro.
Sólo que lo único que pudo percibir fue una red estática.
El conjunto de los cientos de miles de insectos que lo rodeaban formaba una manta psíquica impenetrable que castraba su lado symphath, impidiéndole actuar.
Un sentimiento de rabia, más que de miedo, se encendió en su pecho y Rehv le dio un tirón a una de las cadenas con toda la fuerza de sus inmensos pectorales. Pero aunque el dolor lo hizo temblar de pies a cabeza y su cuerpo se agitó en el aire, no logró mover siquiera las varillas ni perturbar el mecanismo de cerrojos que le atravesaban el pecho.
Cuando volvió a quedar en posición vertical, oyó un ruido, como si se hubiese abierto una puerta a sus espaldas.
Alguien entró. Inmediatamente supo quién era.
—Tío —dijo Rehv.
—En efecto.
El rey de los symphaths caminó hasta donde él estaba, apoyándose en su bastón y arrastrando los pies; las arañas que cubrían el suelo le abrieron apenas el camino para dejarlo pasar, antes de volver a cubrirlo todo con su manto de cuerpos. Debajo de esas vestiduras imperiales del color de la sangre, el cuerpo de su tío estaba débil, pero el cerebro que se elevaba sobre esa columna encorvada era increíblemente fuerte.
Una prueba más de que la fortaleza física no era la mejor arma de un symphath.
—¿Cómo te encuentras en ese reposo flotante? —preguntó el rey y su tocado real de rubíes reflejó la luz de las velas.
—Halagado.
El rey levantó las cejas por encima de sus ojos resplandecientes.
—¿Por qué?
Rehv miró a su alrededor.
—¡Vaya cadenas y cerrojos que me has puesto! Esto significa que soy demasiado poderoso como para que te sientas cómodo, o que tú eres más débil de lo que quisieras ser.
El rey sonrió con la serenidad de alguien que se siente completamente inmune a las amenazas.
—¿Sabías que tu hermana quería ser rey?
—Hermanastra. Y no me sorprende en absoluto.
—Hubo una época en la que le di lo que deseaba en mi testamento, pero luego me di cuenta de que estaba dejándome dominar de manera indebida y lo cambié. Ella usaba el dinero que le dabas para hacer transacciones con humanos, negocios de todo tipo. —La expresión del rey sugería que eso era como invitar a un montón de ratas a la cocina—. Ese detalle indica que ella no merece gobernar. El temor es una herramienta mucho más útil para motivar a los súbditos; mientras que el dinero es comparativamente irrelevante, si lo que uno busca es el poder. ¿Y la idea de matarme? Supuso que de esa manera podría burlar mi plan de sucesión, lo que demuestra que confiaba demasiado en sus capacidades.
—¿Qué has hecho con ella?
El rey esbozó una de sus sonrisas serenas.
—Lo más conveniente.
—¿Cuánto tiempo me vas a mantener aquí en estas condiciones?
—Hasta que ella muera. El saber que yo te tengo y que estás vivo es parte de su castigo. —El rey miró a su alrededor, hacia el manto de arañas, y un sentimiento parecido al afecto sincero pareció cruzar por su cara blanca de muñeco—. Mis amigos te cuidarán bien, no te preocupes.
—No estoy preocupado.
—Pero lo estarás. Te lo prometo. —El rey volvió a clavar sus ojos en Rehv y sus rasgos andróginos adquirieron una expresión diabólica—. No quería a tu padre y me sentí bastante complacido cuando lo mataste. Dicho esto, no vas a tener esa oportunidad conmigo. Vivirás sólo mientras tu hermana viva y luego seguiré tu buen ejemplo y disminuiré la cantidad de mis parientes.
—Hermanastra.
—Pones mucho empeño en aclarar los lazos que te unen a la princesa. No me sorprende que ella te adore tanto. Para ella, lo inalcanzable siempre será el mayor objeto de fascinación, lo cual, claro, es la única razón para mantenerte vivo.
El rey se apoyó en su bastón y comenzó a dar media vuelta lentamente. Justo antes de salir del campo visual de Rehv, se detuvo.
—¿Alguna vez has estado en la tumba de tu padre?
—No.
—Es mi lugar favorito en todo el mundo. Pararme en el sitio donde ardió su pira funeraria y su carne se convirtió en cenizas es… maravilloso. —El rey sonrió con una alegría gélida—. Y el hecho de que fuera asesinado por ti lo hace todo más encantador, pues él siempre pensó que eras una criatura débil e indigna. Debió de ser terrible para él ser derrotado por un inferior. Que descanses, Rehvenge.
Rehv no respondió. Estaba demasiado ocupado tratando de penetrar las murallas mentales de su tío.
El rey sonrió, como si aprobara los intentos del sobrino y siguió su camino.
—Siempre me gustaste. Aunque sólo seas un mestizo.
Luego se oyó un ruido metálico, como si se hubiese cerrado una puerta.
Y todas las velas se apagaron.
Rehvenge sintió que se ahogaba, era horrible sentirse desorientado en un lugar como ése. A solas, flotando en medio de la oscuridad y sin ningún punto de referencia, sintió terror. Lo peor era no ver nada…
De repente, las varillas que penetraban en su tronco comenzaron a temblar ligeramente, como si a través de las cadenas hubiese comenzado a soplar una brisa que las hiciera vibrar.
Ay… Dios, no.
El cosquilleo empezó en los hombros y se fue intensificando rápidamente, extendiéndose hacia abajo, por el estómago y los muslos hasta llegar a las yemas de los dedos, cubriendo la espalda y diseminándose por el cuello y la cara. Rehv trató de usar las manos hasta donde podía para tratar de espantar la invasión, pero cuantos más arrojaba al suelo, más trepaban sobre él. Estaban por todas las partes de su cuerpo, moviéndose sobre él, cubriéndolo con un garrapateo incesante.
Sentir el cosquilleo alrededor de las fosas nasales y las orejas fue lo que lo hizo perder el control.
En ese momento habría gritado. Pero entonces se habría tragado las arañas.
‡ ‡ ‡
Entretanto en Caldwell, en el apartamento del edificio de fachada de piedra adonde había decidido mudarse, Lash se estaba bañando con perezosa precisión, demorándose mientras se enjabonaba los dedos de los pies y detrás de las orejas, prestando especial atención a los hombros y a la parte baja de la espalda. No tenía necesidad de darse prisa.
Cuanto más larga la espera, mejor.
Además, era un placer bañarse en ese lugar. Todo era de primera, desde el mármol de Carrara del suelo y las paredes, hasta las lámparas doradas y el enorme espejo que colgaba encima de los generosos lavabos.
Sin embargo, las toallas que colgaban de los toalleros eran de WalMart.
Sí, y había que reemplazarlas cuanto antes. Las malditas toallas eran lo único que el señor D tenía en el rancho y Lash no se iba a pasar todo el día recorriendo Caldwell para encontrar algo mejor con que secarse el trasero; no cuando tenía que poner a prueba su nueva máquina de hacer ejercicio. Sin embargo, después de ejercitarse bien por la mañana, pensaba entrar en Internet para comprar cosas como muebles, juegos de sábanas, alfombras y utensilios de cocina.
Todo tendría que ser entregado en ese rancho de mierda en el que el señor D y los otros vivían ahora, claro. Porque los empleados que hacían entregas no serían bien recibidos en el apartamento.
Lash dejó encendida la luz del baño y salió a la alcoba principal. El techo era altísimo, tanto que, si las condiciones atmosféricas lo permitían, se formaban nubes que podían flotar en medio de las molduras talladas a mano del techo. El suelo era precioso, de madera con incrustaciones de cerezo, y las paredes estaban forradas con un papel de colgadura verde oscuro veteado, como las guardas de un libro antiguo.
Las ventanas acababan de ser selladas con mantas baratas que tuvieron que clavar sobre las molduras, una absoluta lástima. Pero, al igual que las toallas, eso iba a cambiar. Lo mismo que la cama. Que por ahora no era más que un colchón grande tirado en el suelo, con un ser paliducho encima, una cosa que, más que alguien, parecía la piel de alguien muy blanco tratando de broncearse en un hotel de lujo.
Lash dejó caer la toalla que llevaba sobre las caderas y su erección se proyectó hacia delante.
—Me encanta que seas una mentirosa.
La princesa levantó la cabeza; su pelo negro reluciente parecía casi azul.
—¿Me vas a soltar? Te prometo que el sexo será mejor.
—No me preocupa lo bueno que vaya a ser.
—¿Estás seguro? —La princesa dio un tirón a las cadenas de acero que estaban ancladas en el suelo—. ¿Acaso no quieres que te toque?
Lash sonrió al ver el cuerpo desnudo de la princesa, el cual le pertenecía ahora, para todo lo que quisiera hacer con ella. El rey symphath se la había regalado, como un gesto de buena fe y un sacrificio que también era un castigo por su traición.
—Tú no vas a ir a ninguna parte —le dijo—. Y el sexo va a ser fantástico.
Pensaba usarla hasta acabar con ella; luego la sacaría a la calle para que le ayudara a encontrar vampiros a los que matar. Era la relación perfecta. ¿Y si se aburría de ella, o si ella no funcionaba tan bien ya fuera a nivel sexual o como localizador de vampiros? Pues la desecharía.
La princesa lo fulminó con la mirada. Sus ojos rojos lo insultaron con la misma efectividad que una obscenidad a todo volumen.
—Me vas a soltar.
Lash bajó la mano y comenzó a acariciarse la polla.
—Sólo si es para llevarte a la tumba.
La sonrisa de la princesa destilaba maldad, tanto que Lash sintió que las pelotas se le apretaban, como si estuviera a punto de eyacular.
—Ya veremos —dijo ella con una voz ronca y profunda.
La guardia privada del rey la había drogado antes de que Lash saliera de la colonia con ella; y cuando la pusieron sobre el colchón, le abrieron las piernas lo más posible.
De manera que cuando su sexo se humedeciera para él, él pudiera verlo.
—Nunca te voy a soltar —dijo Lash, al tiempo que se arrodillaba sobre el colchón y la agarraba de los tobillos.
La piel de la princesa era suave y blanca como la nieve. Su sexo era rosado como los pezones.
Lash pensaba dejar una buena cantidad de marcas en ese cuerpo esbelto como un látigo. Y a juzgar por la manera como la princesa empezó a mover las caderas, a ella le iba a gustar.
—Eres mía —gruñó Lash.
En un momento de inspiración, se imaginó cómo se vería el collar de su viejo rottweiler en el delgado cuello de la princesa. Las placas de King donde decía quién era su dueño le sentarían de maravilla, al igual que la correa.
Perfecto. Absolutamente perfecto.