Una fracción de segundo antes de oír el grito ya estaba volviéndose, no porque lo hubiera alarmado un sonido de pisadas que se le acercaban por detrás, ya que eran pisadas sigilosas de suelas de goma, de zapatillas de deporte que luego vio desde el suelo salpicadas de sangre: fue la sombra lo que le alertó, la sombra oblicua que se alargaba hacia él desde la calzada, a su derecha, y que le despertó como un relámpago su instinto de vigilancia y peligro, tan adormecido en los últimos tiempos, olvidado por completo esa mañana, cuando salió del portal de Susana Grey pensando en la urgencia inaplazable de la verdad y el coraje y temiendo ser vencido no por la cobardía ni por la fuerza del remordimiento personal o de las coacciones sociales, sino por algo mucho peor, más tóxico y arraigado en él, su predisposición a la conformidad, al aplazamiento, su hábito de aceptar lo establecido como irremediable, de callar y no hacer. Salió de la penumbra fresca del portal y el sol le hirió los ojos, y echó a andar por la acera resistiendo la tentación de volverse y levantar la mirada hacia la ventana del tercer piso donde sin la menor duda estaría Susana Grey, acordándose de las precauciones de sus primeras visitas, de su torpeza para la clandestinidad y el nerviosismo que le producían las miradas de las vecinas de ella. Salió pensando en la Susana de ahora mismo a quien había estrechado con la desesperación de temer que podía perderla y en la que había visto en la foto de catorce años atrás, con su pelo largo, su flequillo recto, sus pómulos carnosos y la camisa abierta por donde asomaba un pecho pequeño y redondo del que mamaba afanosamente el niño de seis meses. Aún no se le aliviaba la tensión física del deseo: salió del portal con la cabeza baja, sin mirar a un lado y a otro de la calle, ajeno a la luz cruda del verano, hostil a ella, desalentado, poseído por un impulso interior que podía ser al mismo tiempo de felicidad y de desgracia, de capitulación y entusiasmo, alimentado por una energía nerviosa idéntica a la de las primeras mañanas en que se levantaba limpio de los efectos del alcohol y el tabaco. Dio los primeros pasos en la acera y no se volvió a mirar a su espalda, como habría debido y como hacía siempre, no vigiló el lado derecho, que era el más vulnerable, porque el izquierdo estaba protegido por la pared, de la que caminaba muy cerca, entrando y saliendo de las breves zonas de sombra de aleros y toldos. Escuchó el grito, pero una fracción de segundo antes la parte de su visión no regida por la conciencia había percibido algo trivial y no del todo alarmante, una sombra que se aproximaba a la suya, y tal vez su oído había registrado también el roce de las suelas de goma sobre el asfalto, la vibración del aire provocada por alguien que se apresura, que respira más fuerte. Pero fue el grito lo que le despertó de su ensimismamiento, y es probable que si no hubiera empezado ya a volverse y a intuir el peligro no habría llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrirle, y tal vez habría muerto sin enterarse siquiera de que iba a morir: fue una diferencia de menos de un segundo, pero en ese tiempo cabe todo, en una fracción de tiempo tan infinitesimal que no la hubiera podido medir un cronómetro caben enteras la vida y la muerte, la riada última de la memoria y la explosión del olvido, el impacto de la bala que atraviesa la piel y quema la carne y destroza un hueso y para el corazón, el gesto de una mano que se alza sosteniendo una pistola hacia la altura de la nuca y de una cara que se vuelve y otra mano levantada y abierta como para que el sol no dé en los ojos. El inspector oyó el grito, y en una burbuja lentísima de tiempo alojada en el interior de unas décimas de segundo vio una cara muy próxima, separada de él tan sólo por la longitud del brazo extendido para que el cañón de la pistola se posara en su nuca. Busca sus ojos, recordó, viendo unos ojos claros detrás de unas gafas de montura ligera, y a esa cara se le superpuso la del asesino de Fátima, aunque no se parecían nada entre sí, igual que se superponen dos juegos de facciones posibles en las láminas transparentes cuando se intenta obtener un retrato robot. Vio con toda claridad y detalle, como si estudiara una fotografía o un cuadro, una cara joven, bien afeitada, con el mentón ancho, los labios firmes, la mirada tranquila, los ojos inexpresivos y francos tras los cristales de esas gafas que sin duda eran de marca, tenían una montura dorada y muy fina que brilló un instante al sol. Pensó con estupor, con inesperada tranquilidad, «así que ésta era la cara del que iba a matarme», y en el interior de ese segundo que no llegaba a terminar comprendió que la verdadera sensación de la inminencia de la muerte sólo puede conocerla quien está a punto de morir, que ninguna otra sensación en la vida se le parece o la anuncia: la calma, el asombro, la silenciosa detención del tiempo.
Pero el grito, que lo había alertado, se unió al sonido del primer disparo para quebrar el instante inmóvil y despertarlo del letargo, del fatalismo de morir. Su mano derecha, al hacer el gesto de proteger la cara, había golpeado el brazo rígido que sostenía la pistola, y el disparo que una fracción de segundo antes le habría destrozado la cabeza sin que él llegara a enterarse de que iba a morir rompió con un cataclismo de cristales el escaparate de una tienda. Echó a correr, pero se dio cuenta de que no le daría tiempo a llegar a la esquina y se tiró al suelo y rodó buscando refugio entre los coches aparcados, protegiéndose la cabeza con los dos brazos cruzados sobre la cara. Contó uno por uno los tres disparos que siguieron, asombrado de no sentir dolor, de estar vivo aún para seguir escuchando y arrastrándose, sin alcanzar nunca el filo de la acera donde estaban los coches, para oler a pólvora y ver sobre el pavimento de la acera unas zapatillas blancas salpicadas de sangre. «Ahora se ha acercado más para rematarme, pero ese disparo ya no lo escucharé», pensó con una clarividencia parecida a la de esos brotes fugaces de racionalidad que surgen a veces en medio de un sueño. Quiso alzar la cara del suelo para ver de nuevo la de quien iba a matarle, pero no tuvo fuerzas, se quedó respirando con la boca abierta contra la losa que quemaba y escuchó un ruido metálico y familiar, el del gatillo de una pistola encasquillada, y luego un roce de pisadas que se iban. Con la cara contra el suelo se oye resonar poderosamente todo, los pasos y los golpes del corazón, pasos y golpes que retumban a la vez en la hondura de la tierra y en el cuerpo derribado encima de ella. Ahora todo se convertía en un bosque de pasos, de latidos y oscuridades rojizas, de voces entre las cuales alcanzó a distinguir una sola, al mismo tiempo que reconocía el tacto de unas manos rozándole la cara.
«No estoy muerto —dijo, se oyó repetir en voz alta a sí mismo—, no estoy muerto», antes de desvanecerse en los brazos de Susana Grey, asido furiosamente a ella con las dos manos, perdiéndose en un sueño afiebrado de turbiones de sangre y sirenas de ambulancias.