Karl Siebrecht hace una oferta
El comienzo no fue precisamente correcto. Kiesow dijo al instante, belicoso:
—¡Fijaos en ese! ¿Qué tienes que decir aquí?
Y el fácilmente irritable Kupinski exclamó:
—A ti te falta un tornillo, ¿verdad?
Hicieron ademán de darle la espalda. Karl se había sacado las manos de los bolsillos. Había empezado mal, pero no pensaba continuar así. Buscó con los ojos al criticón y pendenciero Kiesow, lo miró con firmeza y, sin apartar los ojos de él, dijo:
—Cuento aquí, en este lugar, cinco coches para equipajes y ocho mozos. Dentro de seis minutos entrará el rápido Gjedser-Warnemünde…
—¡No, si lo que no sepa este chico…! ¡Cabecita lista! —se burló Kiesow.
Karl Siebrecht prosiguió impertérrito:
—… y con él llegarán un montón de forasteros. Parte se quedarán en Berlín, otros, casi la mitad, continuarán viaje inmediatamente. Dentro de dos minutos los coches de equipaje se habrán ido, y dentro de cinco no habrá un solo mozo libre. Pero con eso no quedarán atendidos ni mucho menos todos los forasteros, que estarán parados echando pestes.
—¡Déjalos que echen pestes y de paso aprendan a esperar!
—Pero mientras tanto vienen los tiburones —Karl Siebrecht sonrió sarcástico—, tiburones como Kalli Flau y yo, que os arrebataremos los buenos negocios.
—¡Y por eso os merecéis una buena patada en el culo, chico! —gritó el colérico Kupinski—. ¡Espera y verás, ya os pillaremos a oscuras!
—Seguro —reconoció Karl Siebrecht—. Pero no podéis moler a palos a todos los tiburones, son demasiados. Sería más inteligente que atendieseis a todos los forasteros, de ese modo los tiburones se irían nadando espontáneamente.
—Ah, ¿conque quieres que haya más mozos? —preguntó burlón Kiesow, que por fin creía adivinar adónde quería ir a parar Karl Siebrecht—. Querrías convertirte en mozo, ¿verdad? ¡Lo tienes claro!
—No puedo hacerlo, Kiesow —contestó Karl—. Soy demasiado joven. ¡Pero seguid, seguid escuchando! Así que ahí están vuestros forasteros despotricando. Pero vayamos a los que habéis pillado y desean llegar a tiempo a sus transbordos. A la estación de Lehrte y a la de Friedrichstrasse es posible, se puede conseguir. Pero ¿qué me decís de la estación de Potsdam y de la de Anhalt? Esta última puede servirnos de ejemplo. Para alcanzar el rápido de Múnich tenéis treinta y siete minutos. En esos treinta y siete minutos tenéis que cargar el equipaje, llevarlo en la carretilla y facturarlo en la estación. Tres veces sale bien, pero a la cuarta se aguó la fiesta. Entonces se arma un follón de mil pares de narices, quejas, insultos. Y en caso de que lo consigáis, ¿cómo llegáis? ¡Derrengados, hechos polvo, con la lengua fuera! ¡Eso no es un buen negocio!
—Tiene razón —admitió uno—. Yo ya no acepto equipajes para la estación de Anhalt.
—Todos lo sabemos desde hace mucho —comentó Kiesow—. Siempre ha sido así. ¿Para qué demonios nos cuentas esas bobadas con tanto detalle?
—De eso precisamente quiero hablaros. —Karl Siebrecht echó un vistazo al reloj. Faltaban tres minutos justos para la llegada del tren de Suecia; era el momento adecuado para exponerles su propuesta. Ahora o nunca—. Tienes toda la razón, Kiesow: he contado bobadas con todo detalle. Porque son bobadas lo que vosotros hacéis, ¡bobadas y estupideces! —Vaya, había vuelto a dejarse arrastrar por su orgullo. Pero ya no servía de nada, ya no podía contenerse, tenía que seguir así—. Es una bobada que solo atendáis a una parte de los forasteros, cuando podéis sacar dinero de todos. Es una bobada que echéis el bofe, y pese a todo no lleguéis al transbordo y recibáis encima una reprimenda por haberos matado a trabajar. Es una bobada que digáis que siempre ha sido así y por tanto así seguirá siendo. ¡Sois todos unos cenutrios, y nada más!
—¡Ahora mismo te voy a partir la boca, sinvergüenza! —gritó Kupinski acercándose al chico con aire amenazador.
—¡Quieto, Kupinski! —gritó Kiesow agarrando del brazo al iracundo—. Siempre podemos darle una somanta de palos, y lo haremos. Pero primero que nos cuente lo que se propone. Porque se propone algo, pues de lo contrario no nos habría soltado tales majaderías. De modo que suéltalo de una vez. ¿Qué pretendes?
—Eso es lo que quiero deciros —contestó orgulloso el chico, echando chispas por los ojos—. A partir de mañana temprano pararé aquí, en la estación de Stettin, con un carro tirado por dos caballos, y el que quiera, que cargue su equipaje. Yo lo transportaré por vosotros, de momento solo a las estaciones de Anhalt y Potsdam. Allí facturarán vuestros colegas, y yo volveré a traer sus equipajes. Pararé aquí seis veces al día, cada dos horas, de diez de la mañana a ocho de la tarde. El carro estará ahí, y vosotros podéis hacer lo que se os antoje. —Dicho esto, Karl Siebrecht volvió a hundir las manos en los bolsillos, echó la cabeza hacia atrás y se apartó unos pasos de ellos. Había expuesto su plan.
Ellos se quedaron un momento callados, la áspera oferta los había sorprendido muchísimo. Luego, uno de ellos se echó la gorra de mozo hacia atrás y, limpiándose la frente con la manga de la chaqueta, exclamó:
—¡Joder, qué calor hace hoy! —Y enmudeció de nuevo.
Todos callaban mientras se lanzaban, unos a otros y al chico, miradas furtivas, de reojo. Nadie se atrevía a decir la primera palabra, nadie quería comprometerse. De pronto el mozo número 77, el viejo Kürass, exclamó:
—¡Haced caso al chico! Este chaval es una joya. Yo no he ganao nunca tanto dinero como desde que él me ayuda. ¡Es un tipo legal!
Y como si esas palabras lo hubiesen puesto en marcha, Kiesow, ladeando la cabeza y entornando los ojos, le preguntó a Karl Siebrecht:
—¿Y qué aspiras a ganar con eso? ¿O vas a poner el carro de balde?
Karl Siebrecht lo miró de nuevo.
—La mitad de vuestras tarifas —precisó—. Nada más.
En ese mismo instante estalló la tormenta.
—¡Te has vuelto loco! —gritaron—. ¿Que te demos la mitad de nuestras ganancias? ¿Y nosotros qué? ¿Nos quedamos a dos velas? ¡Eres un verdadero explotador, llegarás lejos pero no con nosotros!
Y Kupinski, agitando los puños peligrosamente cerca de él, vociferó:
—¡Te voy a partir la cara! ¡Vas a guarnecer con tus dientes el trasero de tus caballos! ¡Te voy a dar tantos puñetazos en los morros que escupirás hasta las muelas!
La voz desesperada y apaciguadora del viejo Kürass suplicaba indulgencia y resonaba sin ser escuchada.
El chico los dejó gritar. En el fondo de su corazón, los despreciaba. ¡Qué estúpidos eran! No sabían contar. Le sacaban veinte, treinta años, tenían que superarlo con creces en conocimiento de Berlín y en experiencia de la vida, pero no comprendían nada que no se les explicara. Seguramente también estaban encizañados; creían que el beneficio de uno debía suponer un perjuicio para los demás. No comprendían que una misma cosa pudiera beneficiar a ambos.
—Ese carro tuyo tan estupendo puede quedarse aquí hasta echar raíces —dijo Kiesow—. No cargaremos una sola maleta en él. Y también hablaremos con los de Anhalt —añadió, amenazante.
—¡Y como Kürass suba sus maletas a tu carro, yo mismo volveré a tirarlas abajo! —bravuconeó a voces Kupinski.
—No sabéis echar cuentas —les reprochó Siebrecht—. Creéis que os quito dinero. Sin embargo, os doy dinero de más…
—¡Cierra el pico! ¡No queremos oír esa mierda!
Karl Siebrecht prosiguió, impávido:
—No estáis teniendo en cuenta que yo llevaré en mi carro el equipaje de todos los viajeros, y no quedará ninguno para los tiburones. ¡Con eso recuperaréis vuestra pérdida! Además, durante el tiempo que me cueste ir a la estación de Anhalt, podéis aceptar otros portes, a la estación de Lehrte y a la de Friedrichstrasse, a domicilios particulares… Esos los obtendréis al margen de vuestras ganancias. ¿Es cierto o no?
Callaron. Pero seguían mirándolo, adustos y recelosos. Aún barruntaban una trampa, una artimaña. De pronto gritó uno:
—¿Y si te largas con las maletas? ¡Los responsables de las maletas somos nosotros, no tú!
El chico se limitó a encogerse de hombros.
—Si hubiera querido, ya me habría largado veinte veces con las maletas del abuelo Kürass.
—¡Pero un carro es más rentable que una carretilla!
—Siempre puede acompañarme uno de vosotros, si estáis tan sobrados de tiempo y de dinero…
Karl ya estaba harto de tanta cháchara. Había dicho lo que tenía que decir, ahora eran ellos los que debían tomar una decisión. Su posición no era buena, eso lo sabía. Ellos no lo querían, primero porque era un tiburón, y después porque lo odiaban.
Hasta Kiesow lo decía:
—¡Si no tuvieras ese pico de oro tan chulito! ¡Si se pudiera hablar contigo con franqueza!
Gracias a Dios, en esos momentos llegaban por la salida lateral los primeros viajeros del tren de Suecia.
—¡Cochero! ¡Aquí, cochero! —gritaban.
Y un berlinés gordo exclamó con voz tonante:
—¡Busco un coche de primera[3]! Un mozo de equipaje regañó a los mozos de cuerda.
—¿Dónde demonios estáis? ¡El tren ha entrado hace rato!
Los mozos desaparecieron al instante. Aquí y allá se veían sus gorras rojas entre el flujo cada vez más nutrido de viajeros. Se habían dividido, separado, antes de haber rubricado de manera unánime la antipatía expresada por Kiesow. Ahora transcurrirían una o dos horas hasta que volvieran a reunirse, tiempo que les permitiría pensar por sí mismos. Karl Siebrecht soltó un suspiro de alivio, tal vez eso lo salvase.