El derecho a leer en voz alta
Yo le pregunto:
—¿Te leían historias en voz alta cuando eras pequeña?
Ella me contesta:
—Jamás. Mi padre viajaba con mucha frecuencia y mi madre estaba demasiado ocupada.
Yo le pregunto:
—Entonces, ¿de dónde te viene este gusto por la lectura en voz alta?
Ella me contesta:
—De la escuela.
Contento de oír que alguien reconoce un mérito a la escuela, exclamo, lleno de alegría:
—¡Ah! ¿Lo ves?
Ella me dice:
—En absoluto. En la escuela nos prohibían la lectura en voz alta. La lectura silenciosa ya era el credo de la época. Directo del ojo al cerebro. Trascripción instantánea. Rapidez, eficacia. Con un test de comprensión cada diez líneas. ¡La religión del análisis y del comentario desde el primer momento! ¡La mayoría de los chavales se cagaban de miedo, y sólo era el principio! Todas mis respuestas eran exactas, por si quieres saberlo, pero, de vuelta en casa, lo releía todo en voz alta.
—¿Por qué?
—Para maravillarme. Las palabras pronunciadas comenzaban a existir fuera de mí, vivían realmente. Y, además, me parecía que era un acto de amor. Que era el amor mismo. Siempre he tenido la impresión de que el amor al libro pasa por el amor a secas. Acostaba mis muñecas en mi cama, en mi sitio, y yo les leía. A veces me dormía a sus pies, sobre la alfombra.
La escucho…, la escucho, y me parece Thomas, borracho como la desesperación, poemas con su voz catedralicia…
La escucho y me parece ver al viejo Dickens, al enjuto y pálido Dickens, muy cerca de la muerte, subir al escenario…, su gran público de iletrados repentinamente petrificado, silencioso hasta el punto de que se oye abrir el libro…, Oliver Twist…, la muerte de Nancy…, ¡nos leerá la muerte de Nancy!…
La escucho y oigo a Kafka riéndose hasta llorar al leer La metamorfosis a Max Brod, que no está seguro de seguirle…, y veo a la pequeña Mary Shelley ofrecer grandes fragmentos de su Frankenstein a Percy y a los compañeros hechizados.
La escucho, y aparece Martin du Gard leyendo a Gide sus Thibault…, pero Gide no parece oírle…, están sentados al borde de un río… Martin du Gard lee, pero la mirada de Gide no está allí…, los ojos de Gide se dirigen a la lejanía, donde dos adolescentes se zambullen…, una perfección que el agua viste de luz… Martin du Gard está furioso…, pero no, ha leído bien…, y Gide lo ha entendido todo… y Gide le dice todo lo bueno que piensa de sus páginas…, pero, de todos modos, quizá convendría modificar esto y aquello, aquí y allí…
Y Dostoievski, que no se contentaba con leer en voz alta, sino que escribía en voz alta… Dostoievski, sin aliento, después de haber aullado su requisitoria contra Raskolnikov (o Dimitri Karamazov, ya no sé)… Dostoievski preguntando a Anna Grigorievna, la esposa estenógrafa: «¿Qué? ¿Cuál es tu opinión? ¿Eh? ¿Eh?».
ANNA: ¡Culpable!
Y el mismo Dostoievski, después de haberle dictado el alegato de la defensa…: «¿Qué? ¿Qué?».
ANNA: ¡Inocente!
Sí…
Extraña desaparición la de la lectura en voz alta. ¿Qué habría pensado de esto Dostoievski? ¿Y Flaubert? ¿Ya no tenemos derecho a meternos las palabras en la boca antes de clavárnoslas en la cabeza? ¿Ya no hay oído? ¿Ya no hay música? ¿Ya no hay saliva? ¿Las palabras ya no tienen sabor? ¡Y qué más! ¿Acaso Flaubert no se gritó su Bovary hasta reventarse los tímpanos? ¿Acaso no es el más indicado para saber que la comprensión del texto pasa por el sonido de las palabras de donde sacan todo su sentido? ¿Acaso no sabe como nadie, él, que peleó tanto contra la música intempestiva de las sílabas, la tiranía de las cadencias, que el sentido es algo que se pronuncia? ¿Cómo? ¿Textos mudos para espíritus puros? ¡A mí, Rabelais! ¡A mí, Flaubert! ¡Dosto! ¡Kafka! ¡Dickens, a mí! ¡Gigantescos berreadores de sentido, aquí inmediatamente! ¡Venid a soplar en nuestros libros! ¡Nuestras palabras necesitan cuerpos! ¡Nuestros libros necesitan vida!
La verdad es que el silencio del texto es cómodo…, no se arriesga en él la muerte de Dickens, a quien sus médicos suplicaban que callara al fin sus novelas…, el texto y uno mismo…, todas esas palabras amordazadas en la acogedora cocina de nuestra inteligencia…, ¡cómo se siente alguien en esta silenciosa elaboración de nuestros comentarios!… y después, al juzgar el libro para nuestros adentros, no corremos el riesgo de ser juzgados por él… porque, a partir de que la voz se mezcla, el libro dice muchas cosas sobre su lector…, el libro lo dice todo.
El hombre que lee en viva voz se expone del todo. Si no sabe lo que lee, es ignorante en sus palabras, es una calamidad, y eso se nota. Si se niega a habitar su lectura, las palabras no pasan de letras muertas, y eso se siente. Si llena el texto con su presencia, el autor se retracta, es un número de circo, y eso se ve. El hombre que lee en viva voz se expone absolutamente a los ojos que lo escuchan.
Si lee realmente, si pone en ello su saber controlando su placer, si su lectura es un acto de simpatía tanto para el auditorio como para el texto y su autor, si consigue hacer entender la necesidad de escribir despertando nuestras más oscuras necesidades de comprender, entonces los libros se abren de par en par, y la multitud de los que se creían excluidos de la lectura se precipita detrás de él.