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Kimmo Joentaa salió para Turku hacia mediodía para apoyar a Grönholm. Sundström se quedó en Helsinki para participar, junto a Westerberg y a un representante de la fiscalía del Estado, en la rueda de prensa. Heinonen había llamado para decir que seguía enfermo.

Cuando llegó a las afueras de la ciudad, Joentaa cambió de rumbo y se dirigió al Klosterberg. Conocía el orfanato. Sanna le había enseñado el gran edificio de color amarillo limón durante uno de sus paseos en un día de invierno parecido.

Recordaba vagamente la conversación. Sanna le había planteado la cuestión de si realmente tenía sentido tener hijos, habiendo tantos niños que crecen sin familia. Él se había limitado a asentir, haciendo esfuerzos por denotar un interés que, por aquel entonces, no tenía. Ni por los niños propios ni por los ajenos.

Subió y contempló a los niños, que le pasaban a derecha e izquierda, a toda velocidad, con los trineos. Cuando entró en el vestíbulo, una mujer joven le preguntó qué deseaba. Se identificó y le dijo que quería hablar con la directora o el director de la institución.

—Pellervo Halonen —dijo ella—. Acompáñeme, vamos a ver si está.

Encontraron a Pellervo Halonen en una sala grande donde los niños jugaban y leían. La mujer le sacó de una conversación y Halonen vino enseguida a su encuentro. Le dio una mano enérgica y su cara le recordó a la expresión de confianza que transmitía siempre Niemi, el director del departamento de huellas.

—Buenos días —dijo Pellervo Halonen.

Le guio hacia el pasillo, donde los niños no pudieran oírles. Su expresión de confianza había desaparecido cuando añadió:

—Ya sé por qué está aquí. Salme Salonen.

Joentaa asintió.

—Me gustaría oír que no es cierto —dijo Halonen.

Joentaa asintió.

Se quedaron un rato en silencio.

—Ha hablado de una niña que vive aquí —dijo Joentaa al fin—, y que perdió a sus padres… en la tragedia del pabellón de hielo. Rauna.

—Sí —dijo Halonen.

—La señora Salonen ha dicho que quería adoptar a Rauna.

—Sí —dijo Halonen—, pero no obtuvo el consentimiento. La señora Salonen… les pareció demasiado inestable. Después de la tragedia dejó el trabajo. Yo tenía la impresión de que la señora Salonen era muy importante para Rauna, por eso siempre me he alegrado de que viniera a verla. Pasaron juntas todos los acontecimientos, la tragedia.

—Lo sé —dijo Joentaa—, la señora Salonen lo ha… descrito.

Halonen asintió.

—Y Rauna, ¿se ha enterado de algo de lo que ha… pasado?

—No —dijo Halonen—. Y no se va a enterar, de momento. Naturalmente preguntará por ella. Solía venir, como mínimo, una vez a la semana.

Joentaa asintió.

—Espero que pueda usted ayudar a Rauna y que encuentre… las explicaciones adecuadas.

—Sí —dijo Halonen.

—Yo no quiero hablar ahora con ella, no tendría mucho sentido —dijo Joentaa—, pero quería hacerme una idea.

Halonen asintió y se mostró aliviado.

—Me alegro mucho de que vea usted las cosas de ese modo. Por cierto, precisamente ahora tiene visita. Es aquella de atrás, la que está haciendo un rompecabezas.

Joentaa siguió su mirada y vio a una niña de rodillas sobre una silla y apoyada con los codos en la mesa, concentrada en un puzle. Junto a ella, estaba sentado un hombre mayor y de vez en cuando Rauna se reía de lo que el hombre le decía. Joentaa oía las voces atenuadas.

—Es un vecino de Salme Salonen —dijo Halonen—, Aapeli Raantamo. He mantenido una larga conversación con él y lo he dudado mucho, pero quería ver a Rauna sin falta. Y Rauna se ha alegrado mucho. Habían hecho juntos una excursión, él, Rauna y… la señora Salonen.

Joentaa asintió y miró a la niña y luego al hombre anciano, que parecía ser al mismo tiempo inmensamente feliz e inmensamente desgraciado.

—¡Listo! —gritó Rauna.

Aapeli aplaudió y Rauna dijo algo que él no pareció entender. La explicación de Rauna se oyó perfectamente:

—Los leones, tonto. Los otros. Y soy yo quien lleva el timón del barco, no el hombre de la barba larga.

Aapeli rio y Rauna cogió entre las manos un timón invisible, pero de dimensiones considerables.