El inspector Craddock había pasado una mala noche durante su viaje de vuelta. Sus sueños, más que eso, habían sido pesadillas. Se veía, una y otra vez, corriendo por los grises corredores de un viejo castillo, en un desesperado intento por llegar a alguna parte o para impedir algo a tiempo. Finalmente, soñó que se despertaba. Experimentó un enorme alivio. Y en aquel instante la puerta de su compartimiento se abrió muy despacio y asomó Letitia Blacklock con la cara ensangrentada, para decirle en tono de reproche: «¿Por qué no me salvó? Hubiera podido intentarlo».
Esta vez se despertó de verdad.
El inspector se alegró lo indecible de llegar por fin a Milchester. Se fue derecho a presentar su informe a Rydesdale, que le escuchó atentamente.
—No nos sirve de mucha ayuda, pero confirma lo que miss Blacklock le dijo. Pip y Emma… ¡Hum!
—Patrick y Julia Simmons tienen la edad que tendrían los mellizos, señor. Si pudiéramos demostrar que miss Blacklock no los había visto desde niños…
Rydesdale contestó con una risita:
—Nuestra aliada, miss Marple, ha logrado confirmar ese hecho. La verdad es que miss Blacklock no había visto nunca a ninguno de esos dos jóvenes hasta hace dos meses.
—En ese caso, señor…
—La cosa no es tan sencilla, Craddock. Hemos estado haciendo comprobaciones. Por lo que sabemos, Patrick y Julia parecen quedar eliminados. Los antecedentes navales de Patrick son auténticos, y son muy buenos, si exceptuamos cierta tendencia a la insubordinación. Hemos entrado en contacto con Cannes y Mrs. Simmons confirma, indignada, que su hija y su hijo están en Chipping Cleghorn con su prima Letitia Blacklock. Así que… ahí tiene.
—¿Y Mrs. Simmons es Mrs. Simmons en efecto?
—Lleva siendo Mrs. Simmons muchísimo tiempo, es todo cuanto puedo decirle —contestó Rydesdale.
—Entonces debe ser así. Sólo que esos dos encajaban. La edad justa. Miss Blacklock no les conocía en persona. Si buscábamos a Pip y Emma… bueno, ahí estaban ellos.
El jefe de policía asintió lentamente. Luego empujó un papel hacia Craddock.
—Aquí tiene algo que hemos descubierto acerca de Mrs. Easterbrook.
El inspector leyó, enarcando las cejas.
—Muy interesante —observó—. Ha engañado bastante bien a ese viejo imbécil, ¿eh? No tiene relación alguna con este asunto, sin embargo, que yo vea.
—Aparentemente, no.
—Y aquí hay unas notas que se refieren a Mrs. Haymes.
Craddock enarcó de nuevo las cejas.
—Me parece que voy a celebrar otra entrevista con esa señora.
—¿Cree usted que esta información pudiera ser relevante?
—Pudiera ser. Sería una casualidad, claro, pero…
Los dos hombres guardaron silencio unos momentos.
—¿Cómo le ha ido a Fletcher, señor?
—Ha estado extraordinariamente activo. Registró la casa con el permiso de Mrs. Blacklock, pero no encontró nada de interés. Luego ha estado tratando de averiguar quién pudo tener oportunidad de engrasar las bisagras, y comprobó quién estuvo en la casa los días de fiesta de la muchacha extranjera. Resultó un poco más complicado de lo que habíamos supuesto, porque parece ser que sale a dar una vuelta casi todas las tardes. Casi siempre va al pueblo para tomarse una taza de café en «El Pájaro Azul». Así que, cuando miss Blacklock y miss Bunner salen, cosa que hacen casi todas las tardes para ir a coger moras, la casa se queda sola.
—¿Y siempre dejan las puertas abiertas?
—Siempre. Supongo que ahora no será así.
—¿Cuáles son las conclusiones de Fletcher? ¿Quién estuvo en la casa en ausencia de sus ocupantes?
—Casi todos.
Rydesdale consultó la hoja que tenía delante.
—Estuvo miss Murgatroyd con una gallina clueca. Parece complicado, pero eso es lo que dice. Se mostró muy nerviosa y confusa, y se contradijo. Pero Fletcher opina que eso se debe a su temperamento y que no es señal de culpabilidad.
—Pudiera ser —reconoció Craddock—. Tiene cabeza de chorlito.
—Luego, Mrs. Swettenham fue a buscar un paquete de carne de caballo que miss Blacklock había dejado en la cocina, porque miss Blacklock había ido a Milchester en el coche aquel día, y siempre le compra a Mrs. Swettenham carne de caballo cuando va. ¿Le encuentra usted lógica a eso?
Craddock consideró la pregunta.
—¿Por qué no dejó miss Blacklock la carne de caballo cuando pasó por delante de la casa de Mrs. Swettenham a su regreso de Milchester?
—No lo sé, pero no lo hizo. Mrs. Swettenham dice que ella, miss B, siempre la deja sobre la mesa de la cocina y que a ella, Mrs. S, le gusta ir a buscarla cuando no está Mitzi, porque Mitzi se muestra a veces muy grosera.
—Liga todo bastante bien. ¿Quién más?
—Miss Hinchcliffe. Dice que no estuvo por ahí últimamente; pero estuvo, porque Mitzi la vio salir por la puerta lateral un día y Mrs. Butt también. Miss H reconoció entonces que quizás estuvo, pero que lo había olvidado. No recuerda por qué fue. Dice que a lo mejor sólo se dejó caer por allí.
—Eso es un poco raro.
—También lo fueron sus modales, por lo visto. Luego, Mrs. Easterbrook. Había sacado a pasear a sus queridos perros en aquella dirección y entró para ver si miss Blacklock estaba en casa. Dice que esperó un poco.
—Justo. A lo mejor anduvo husmeando. O engrasando bisagras. ¿Y el coronel?
—Fue allí un día con un libro sobre la India que miss Blacklock le había confesado que deseaba leer.
—Y, ¿es cierto eso?
—La versión de miss B es que hizo todo lo posible por librarse de tener que leerlo, pero que fue inútil.
—Es de cajón —suspiró Craddock—. Como alguien esté decidido a prestarle a uno un libro, no hay manera de evitarlo.
—No sabemos si estuvo allí Edmund Swettenham. Contesta de una manera muy vaga. Dice que sí, que solía entrar de vez en cuando para cumplir encargos de su madre, pero que cree que no ha estado recientemente.
—En otras palabras, que no hay nada concluyente.
—Nada.
Rydesdale, con una leve sonrisa, señaló:
—Miss Marple también se ha mostrado muy activa. Fletcher ha comunicado que tomó café por la mañana en «El Pájaro Azul». Ha ido a tomar jerez a Bulders y a tomar el té a Little Paddocks. Ha admirado el jardín de Mrs. Swettenham, ha ido a ver las curiosidades indias del coronel Easterbrook…
—Quizá nos pueda decir si el coronel Easterbrook es un auténtico veterano de la India.
—Sí, ella lo sabría, estoy de acuerdo. Pero parece auténtico. Tendríamos que ponernos en contacto con las autoridades del Lejano Oriente para obtener una identificación segura.
—Y mientras tanto… —Craddock se interrumpió—. ¿Cree usted que Mrs. Blacklock accedería a marcharse?
—¿De Chipping Cleghorn?
—Sí. Llevándose a la fiel Bunner consigo, por ejemplo, y con rumbo desconocido. ¿Por qué no había de ir a Escocia a pasar unos días con Belle Goedler? Es un sitio de bastante difícil acceso.
—¿Alojarse allí y esperar a que muera? No creo que hiciera eso. No creo que a ninguna mujer de buen temperamento le pareciera agradable semejante proposición.
—Se trata de salvarle la vida.
—Vamos, Craddock, no es tan fácil matar a una persona como parece usted creer.
—¿No, señor?
—Bueno, hasta cierto punto, es bastante fácil, lo reconozco. Hay métodos de sobra. Matarratas. Preparados para matar malas hierbas. Un golpe en la cabeza mientras encierra a los patos. Un disparo desde un seto. Todo muy sencillo. Pero matar a alguien y que no se sospeche que uno lo ha hecho, eso es harina de otro costal. Y a estas horas, ya todos saben que están vigilados. El primer plan, tan cuidadosamente preparado, fracasó. Nuestro desconocido asesino tiene que inventar algo nuevo.
—Lo sé, señor, pero hay que tener en cuenta el elemento tiempo. Mrs. Goedler está moribunda y puede morirse de un momento a otro. Eso significa que nuestro asesino no puede permitirse el lujo de esperar.
—Cierto.
—Y otra cosa, señor. Él, o ella, tienen que saber que estamos interrogando a todo el mundo.
—Y ello requiere tiempo —señaló Rydesdale con un suspiro—. Significa que hay que hacer comprobaciones en Oriente, en la India. Sí, es un asunto complicado de verdad.
—Así que ésa es otra razón para que se dé prisa. Estoy seguro, señor, de que el peligro es real. Está en juego una suma importante. Si Belle Goedler muere…
Se interrumpió al entrar un agente.
—El agente Legg telefonea desde Chipping Cleghorn.
—Pase la comunicación aquí.
El inspector, que observaba a su jefe, vio como las facciones se le tornaban duras y rígidas.
—Está bien —dijo Rydesdale—. El detective inspector Craddock ira allí inmediatamente.
—¿Es…? —insinuó Craddock.
Rydesdale meneó la cabeza.
—No —dijo—. Es Dora Bunner. Quería aspirinas. Al parecer, tomó unas tabletas del tubo que había sobre la mesilla de noche de Letitia Blacklock. En el tubo sólo quedaban unas cuantas. Se tomó dos y dejó una. El médico ha mandado esta última a analizar. Afirma, desde luego, que no es aspirina.
—¿Ha muerto?
—Sí, la encontraron muerta en la cama esta mañana. Murió mientras dormía, según el médico. No parece natural, aunque andaba mal de salud. Opina que se trata de envenenamiento por narcóticos. La autopsia se hará esta noche.
—Aspirinas junto a la cama de Letitia Blacklock. El diabólico Patrick me dijo que miss Blacklock tiró media botella de jerez y abrió una nueva. No creo que se le hubiera ocurrido hacer eso con un tubo de aspirinas abierto. ¿Quién había estado en la casa esta vez durante los últimos dos días? Las tabletas no pueden haber estado mucho tiempo allí.
Rydesdale le miró.
—Todo el grupo estuvo allí ayer —comentó—. Una fiesta. Para celebrar el cumpleaños de miss Bunner. Cualquiera de ellos hubiera podido subir la escalera y hacer el cambio. O claro está, cualquiera de los que viven en la casa pudo haberlo hecho en cualquier momento.