UNO
La Comisión decidió oficialmente que los tumultos de la Gran Niebla amainaron poco después del amanecer. De hecho, los incidentes continuaron durante varios días porque los rezagados de varias facciones se atacaban con las armas que encontraban abandonadas, y los Ganchos realizaron una serie de robos oportunistas.
Los incendios del Extremo Este quedaron finalmente controlados a última hora de la tarde, y mucha gente regresó a casa para encontrarse con que sus hogares ya no existían. La Comisión decidió, más o menos, que eso era culpa de ellos mismos por implicarse en un tumulto y, por consejo del ministro de un solo pulgar, Mornan Tybalt, optó por no abrir el Tesoro para proporcionarles fondos para comida, cobijo y refugio a los que acababan de quedarse sin techo. Acto seguido se produjeron algunos tumultos más y la milicia imperial, para entonces mucho más experimentada, intervino y restableció el orden empleando una brutalidad innecesaria.
A finales de la semana, la población de mendigos de la ciudad había aumentado en un tercio, y en el exterior del templo de Shallya se producían riñas nocturnas cuando los indigentes luchaban por el limitado número de camastros que las sacerdotisas de la Misericordia ponían a su disposición.
Los tumultos acabaron, principalmente, debido a una confusión de propósitos. Los rumores y desmentidos se propagaron por Altdorf a una velocidad sobrenatural. No obstante, casi de inmediato fue del dominio público el hecho de que Yevgeny Yefimovich era un mutante devoto de los Poderes Oscuros, y que también era el asesino de Ulrike Blumenschein, el ángel de la revolución. Esto constituyó un duro golpe para el movimiento radical, y el príncipe Kloszowski escribió apresuradamente varios poemas en los que vilipendiaba al monstruo de forma humana que había pervertido una causa justa y a una buena mujer en favor de sus diabólicos propósitos.
Quedaron algunos fanáticos partidarios de Yefimovich, pero eran más propensos a trabarse en violenta lucha con los partidarios de Kloszowski, que con las autoridades. El cadáver del profesor Brustellin fue hallado en la calle y enterrado fuera de las murallas de la ciudad, donde se erigió una capilla permanente sobre sus restos mortales, en memoria de sus grandes obras. La guardia, en general, dejó a los radicales librados a sus propias rencillas, y se concentró en limpiar los escombros.
Era evidente que Yefimovich había matado a Ulrike con la intención de enardecer al pueblo contra la corte imperial, y la Comisión dictaminó que quedaba, por tanto, demostrado más allá de toda duda, que el monstruo revolucionario era también el asesino conocido como la Bestia. El resentimiento popular contra la aristocracia amainó hasta su intensidad habitual de hervor suave, y dejó de ser peligroso caminar por las calles de la zona portuaria con una capa de terciopelo verde.
La niebla comenzaba a hacerse menos densa, pero sólo levemente.
El sacerdote capitán Adrián Hoven logró por fin meterse en una habitación con los mandos relevantes de la guardia de la ciudad y la milicia imperial, y varias disputas jurisdiccionales quedaron resueltas a satisfacción de todos. Se organizó una acción conjunta y fue rápidamente reprimido cualquier desorden restante. El último resto de desorden cesó cuando se puso en las manos de Willy Pick un discreto soborno, y los Ganchos concluyeron su campaña de saqueo y vandalismo descarados.
La Comisión abandonó su intento de hacer una lista de todas las bajas producidas en los tumultos de la Gran Niebla, y ninguna de las dos estimaciones de daños cuadró jamás. Se informó que el emperador Karl-Franz estaba «de lo más disgustado» por todo el asunto, y pedía a los ciudadanos de Altdorf que «exhibieran el antiguo espíritu imperial y se rehicieran como Sigmar habría querido».
El gran príncipe Hergard von Tasseninck buscó apoyo para pedir que se azotara a toda la gente sospechosa de haber participado en los tumultos, pero su sugerencia fue rechazada sobre las bases de que era «demasiado poco práctica». Al final, Richard Stieglitz fue apresado, y luego juzgado y condenado por insurrección; la condena consistió en cortarle las orejas en público antes de recluirlo en el alcázar de Mundsen.
Diecinueve personas más fueron encarceladas por varios delitos que iban desde incendio provocado a libelo sedicioso, cometidos durante los tumultos. El príncipe Kloszowski se marchó de la ciudad antes de que la guardia pudiese apresarlo, y continuó escribiendo. Su obra épica titulada La sangre de los inocentes se convertiría en un clásico clandestino, especialmente después de ser prohibido en todas las ciudades y estados del Imperio.
En la plaza Konigs se colocó una lista de todos los guardias, templarios y milicianos muertos o heridos. Perdido en la lista de honor figuraba el nombre de Helmut Elsaesser.
La Bestia, por supuesto, continuaba suelta.