38

Anoche salí del cobertizo empapado en sudor, pese a que el frío, la niebla y el Graufrozt —esa fina escarcha, gris en vez de blanca, que sólo se ve aquí— lo envolvían todo. Sólo tenía que recorrer diez metros para encontrar a Fédorine en la cocina, Poupchette en su cuna y Emélia en nuestra cama, pero me parecieron interminables. En casa de Göbbler había luz. ¿Estaría vigilándome? ¿Se habría acercado al cobertizo para escuchar el irregular tecleo de la máquina? Me traía sin cuidado. Yo había seguido mi camino. Había vuelto al vagón. Lo había dicho todo.

Al llegar a nuestra habitación, antes de meterme en la cama caliente, guardé las hojas en la bolsa de lino, como cada noche, y esta mañana, como cada mañana, he atado la bolsa con mi confesión alrededor de la cintura de Emélia. Llevo haciéndolo semanas. Emélia deja que la toque sin prestarme atención, pero esta mañana, cuando iba a retirar la mano de su vientre, he sentido que me la apretaba un poco. No ha sido más que un momento. Y apenas he visto nada, porque la habitación todavía estaba a oscuras. Pero no lo he soñado. Estoy seguro. Tal vez fuera un gesto involuntario, pero parecía una caricia, el esbozo o el recuerdo de una caricia.

Son algo más de las doce de un día sin colores. La noche no ha acabado de irse. Un sol perezoso deja huir su luz, y la escarcha sigue cubriendo los tejados y los árboles. Poupchette tira de la piel del rostro de Fédorine en todas direcciones, y la anciana se lo consiente sonriendo. En su sitio, Emélia canturrea mirando por la ventana.

Acabo de terminar el informe. Dentro de unas horas, iré a llevárselo a Orschwir, y todo habrá acabado. Al menos, eso espero. No me he metido en honduras. Fíe intentado contar sin acusar. Pero no he maquillado nada. No he arreglado nada. Me he limitado a seguir la pista. Sólo he tenido que llenar las lagunas del último día del Anderer, el que precedió al Ereigniës. Una jornada de la que nadie ha querido hablarme. Nadie ha querido decirme nada.

Así pues, la famosa mañana del descubrimiento de los cadáveres del asno y la yegua, acompañé al Anderer a la fonda. Schloss nos abrió la puerta. Nos miramos sin hablar. El Anderer subió a su habitación. No volvió a salir en todo el día. Dejó intacta la bandeja que le subió Schloss.

El pueblo reanudó su actividad habitual. La temperatura, más llevadera, animó a los hombres a volver al campo y a los bosques. Los animales también levantaron cabeza. El Señor Socrates y la Señorita Julia ardieron en una pira alzada cerca del río. Los niños se pasaron el día contemplando el espectáculo y arrojando ramas a la hoguera, y por la tarde volvieron a casa con el pelo y la ropa oliendo a carne quemada y madera carbonizada. Y llegó la noche.

Los primeros gritos se oyeron una hora después de la puesta del sol. Una voz ligeramente aguda, clara y cargada de pena chillaba ante todas las puertas: «¡Asesinos! ¡Asesinos!». Era la voz del Anderer, que como un extraño sereno iba recordando a los habitantes del pueblo lo que habían hecho, o no habían impedido. Nadie lo vio, pero todos lo oyeron. No abrieron la puerta. No abrieron los postigos. Se taparon los oídos. Se arrebujaron en las sábanas.

Al día siguiente, en las tiendas, en los bares, en las esquinas de las calles y en los campos, se comentó un poco. Un poco. Y se pasó a otro tema. El Anderer seguía invisible. Encerrado en su habitación. Era como si hubiera desaparecido, como si hubiera volado. Pero a la noche siguiente, dos horas después de ocultarse el sol, volvió a oírse la misma cantinela lúgubre en todas las calles, ante todas las puertas: «¡Asesinos! ¡Asesinos!».

Yo rezaba para que callara. Sabía cómo iba a terminar aquello. La yegua y el asno sólo serían el prólogo. Bastarían para enfriar la sangre de los exaltados durante algún tiempo, pero, si volvían a crisparles los nervios, se les ocurrirían otras ideas, ideas drásticas. Traté de avisarlo. Fui a la fonda. Llamé a la puerta de su habitación. No obtuve respuesta. Pegué la oreja a la madera. No oí nada. Probé a abrir. Estaba cerrada con llave. En ese momento, me vio Schloss.

—¿Se puede saber qué andas haciendo, Brodeck? ¡Ni siquiera te he visto entrar!

—¿Dónde está?

—¿Quién?

—¡El Anderer!

—Déjalo, Brodeck, déjalo, por favor…

Fue lo único que dijo Schloss ese día. Luego, dio media vuelta y se marchó.

Esa noche, a la misma hora que los demás días, la ronda se repitió, y con ella los gritos. Pero esta vez, se abrieron postigos y volaron piedras e insultos. Lo que no impidió al Anderer seguir su camino y continuar gritando en la oscuridad: «¡Asesinos! ¡Asesinos!». Me costó dormirme. En noches como ésas, he aprendido que los muertos nunca abandonan a los vivos. Se encuentran sin haberse conocido. Se juntan. Vienen a sentarse al borde de nuestra cama, al borde de nuestra noche. Nos miran y penetran en nuestros sueños. A veces, nos acarician la frente y, a veces también, deslizan sus descarnadas manos por nuestra mejilla. Intentan abrirnos los párpados, pero, cuando lo consiguen, no siempre los vemos.

El día siguiente me lo pasé cavilando, sin moverme. Pensaba en la Historia, con mayúsculas, y en mi historia, en la nuestra. ¿Los que escriben la una conocen la otra? ¿Cómo retiene la memoria de algunos lo que otros han olvidado o jamás han visto? ¿Quién tiene razón, el que no se decide a arrojar a la oscuridad los momentos pasados, o quien arroja a la nada lo que no le interesa? Puede que vivir, seguir viviendo, sea saber que lo real no lo es totalmente, puede que sea elegir otra realidad cuando la que hemos conocido adquiere un peso insoportable. Después de todo, ¿no es eso lo que yo hice en el campo? ¿No elegí vivir en el recuerdo y el presente de Emélia, proyectando mi vida real a la irrealidad de la pesadilla? ¿Será la Historia una verdad superior compuesta de millones de mentiras individuales cosidas unas a otras, como las viejas colchas que cuando era pequeño hacía Fédorine para sobrevivir? Parecían nuevas, flamantes, con su arco iris de colores, pero estaban hechas de retales disparejos, de lanas de dudosa calidad y procedencia desconocida.

Cuando el sol se ocultó, seguía sentado en la silla. A oscuras. Fédorine no había encendido ninguna vela. Estábamos los cuatro a oscuras y en silencio. Esperando. Esperando que los gritos del Anderer, su tétrica recriminación, volvieran a resonar en la noche. Pero no se oía nada. Fuera, reinaba la oscuridad. Y el silencio. Y, de pronto, tuve miedo. Sentí que el miedo crecía en mi interior, en mi vientre, bajo mi piel, en todo mi ser, como no lo había experimentado en mucho tiempo. Poupchette canturreaba. Tenía un poco de fiebre. Los jarabes y las infusiones de Fédorine no conseguían quitársela. Para entretenerla, la anciana le contaba historias. Acababa de empezar la del pobre sastre Bilissi, cuando me pidió que fuera por un poco de mantequilla a la fonda de Schloss, para hacerle mantecados a Poupchette y así por la mañana pudiera mojarlos en la leche. Tardé unos segundos en reaccionar. No quería salir de casa, pero Fédorine insistió. Acabé accediendo. Cogí la chaqueta y me dirigí a la puerta mientras oía la voz de la anciana, que pronunciaba las primeras frases de la historia, y a mi Poupchette, que, colorada y con los ojos brillantes de fiebre, tendía hacia mí sus manitas diciendo:

—¡Papá! ¡Vuelve, papá, vuelve!

La historia de Bilissi es una historia curiosa. Y, seguramente, la que más me intrigaba cuando Fédorine me la contaba de niño, porque al escucharla tenía la sensación de que el suelo desaparecía bajo mis pies, de que ya no podía agarrarme a nada y de que cuanto tenía ante los ojos podía no existir realmente.

Bilissi es un sastrecillo muy pobre, que vive con su madre, su mujer y su hijita en un destartalado caserón situado en la ciudad imaginaria de Pitopoï. Un día, lo visitan tres caballeros. El primero se acerca a él y le encarga un traje de terciopelo rojo para su señor el rey. Bilissi se pone a coser y hace el traje más hermoso que se haya confeccionado jamás. El caballero vuelve para recogerlo y le dice a Bilissi:

—El rey estará contento. Dentro de dos días, recibirás tu recompensa.

Dos días después, Bilissi ve morir a su madre ante sus ojos. «¿Y ésta es mi recompensa?», se dice sumido en la tristeza.

A la semana siguiente, el segundo caballero llama a la puerta de Bilissi. Le encarga un traje de seda azul para su señor el rey. Bilissi empieza a coser y acaba el vestido más hermoso que se haya visto jamás, aún más hermoso que el traje de terciopelo rojo. El caballero vuelve por él y le dice a Bilissi:

—El rey estará contento. Dentro de dos días, recibirás tu recompensa.

Dos días después, Bilissi ve morir a su mujer ante sus ojos. «¿Y ésta es mi recompensa?», piensa con amargura.

A la semana siguiente, el tercer caballero llama a la puerta de Bilissi. Le encarga un traje de brocado verde para su señor el rey. Bilissi duda, intenta negarse, asegura que tiene demasiado trabajo… Pero el caballero echa mano a la espada. Bilissi acaba aceptando el encargo. Se pone a trabajar y confecciona el traje más hermoso que se haya cosido jamás, aún más hermoso que el traje de seda azul, y mucho más que el traje de terciopelo rojo. El caballero vuelve para recogerlo y le dice a Bilissi:

—El rey estará muy contento: Dentro de una semana, recibirás tu recompensa.

Pero Bilissi responde:

—Que se quede el traje y se guarde la recompensa. No quiero nada. Soy muy feliz con lo que tengo.

—Haces mal, Bilissi —le advierte el caballero—. El rey tiene el poder de la vida y la muerte. Quería hacerte padre dándote la hija que siempre has deseado.

—Pero si yo ya tengo una hija… —responde Bilissi—. Y es toda mi alegría.

—Mi pobre Bilissi… —replica el caballero mirando al sastrecillo—. El rey te ha privado de cuanto tenías, madre y esposa, y tú no te has entristecido demasiado; pero ahora quería darte lo que no tienes: una hija, porque la hija que crees tener no es más que una ilusión, y estás completamente solo. ¿De verdad piensas que los sueños son más valiosos que la vida?

El caballero no esperó la respuesta de Bilissi, que por otra parte no sabía qué contestar. Se dijo que el caballero se burlaba de él. Entró en casa, tomó en brazos a su hija, le cantó una canción, le dio de comer y, al acabar, la besó, sin darse cuenta de que sus labios sólo besaban el aire y que jamás de los jamases había tenido hijos.

No voy a repetir lo que ya he contado al principio de esta larga historia: mi llegada a la fonda, el silencioso pleno de los hombres del pueblo, sus caras, mi miedo, el terror que experimenté cuando comprendí lo que habían hecho y, luego, el círculo de sus cuerpos cerrándose en torno a mí, su petición y mi promesa de escribir el informe con mi vieja máquina.

Como ya he dicho, el informe está acabado. Ya he hecho lo que querían. Sólo resta llevárselo al alcalde. Lo que haga luego con él no es asunto mío.