Esa tarde, me llevé a Emélia y Poupchette conmigo. Subimos hasta la choza del Lutz. Es un viejo refugio de pastor que dejó de utilizarse hace décadas. Poco a poco, el prado que lo rodea ha ido llenándose de juncos y ranúnculos. La hierba ha retrocedido ante el avance del musgo y han aparecido aguazales, que al principio sólo eran charcos pero han acabado transformando el lugar en una especie de fantasma, el fantasma de un prado que todavía no ha acabado de reencarnarse en ciénaga. Ya he escrito tres informes sobre dicha transformación para intentar comprenderla y explicarla, y cada año vuelvo en la misma época para calibrar la extensión y naturaleza de los cambios. La choza se encuentra a dos horas de marcha del pueblo en dirección oeste. El sendero que conduce allí ha perdido el claro trazado de la época en que, año tras año, cientos de cascos le daban forma y profundidad. Los senderos son como las personas: también mueren. Poco a poco se llenan de piedras, se nivelan, se fragmentan, se dejan devorar por la hierba y acaban desapareciendo. Bastan unos años para que no se distinga más que un lomo de tierra, y la mayoría de los seres acaban olvidándolos.
Poupchette, a horcajadas sobre mis hombros, dirigía su parloteo a las nubes. Les hablaba como si pudieran entenderla. Les decía que se empujaran, que apartaran sus gruesas barrigas, que dejaran solo en el gran cielo al sol. El aire que bajaba de las montañas daba a sus mejillas un rosa muy vivo.
Emélia iba cogida de mi mano. Caminaba a buen paso. Unas veces dirigía la mirada al suelo, y otras muy lejos, hacia la nervadura del horizonte, escotado por los picos de los Prinzhornï. Pero, en ambos casos, me percataba de que sus ojos no se posaban en el paisaje próximo o lejano. Parecían mariposas, inquietas maravillas que revoloteaban sin un motivo profundo, como arrastradas por la brisa, por el aire transparente, pero sin pensar en nada de lo que hacían ni veían. Avanzaba en silencio. Seguramente, el ritmo rápido de su respiración le impedía canturrear la eterna canción. Tenía los labios entreabiertos. Yo le apretaba la mano. Sentía su calor, pero ella no notaba nada, y quizá ya ni siquiera sabía cuánto la amaba quien la llevaba de ese modo.
Al llegar a la choza, la hice sentarse en el poyo que hay junto a la puerta. Dejé a Poupchette a su lado diciéndole que se portara bien mientras yo tomaba notas, que no tardaría mucho y que luego nos comeríamos el Pressfrütekof y la tarta de manzanas y nueces que la vieja Fédorine nos había puesto en un mantel blanco anudado.
Empecé a realizar las mediciones. Encontré los puntos de referencia en que me basaba todos los años, grandes pedruscos que antaño delimitaban cercados y medianerías. En cambio, me costó dar con el comedero de piedra que señalaba casi con exactitud el centro del prado. Tallado en un solo bloque, la primera vez que lo vi, siendo un niño, me había hecho pensar en una especie de barca varada en medio de la tierra, en un navío hecho para los dioses que ahora estorbaba a los hombres, ni lo bastante hábiles para utilizarlo ni lo bastante fuertes para retirarlo.
En cualquier caso, acabé hallándolo en medio de una gran charca, que curiosamente había triplicado su superficie solamente en un año. El bloque de piedra había desaparecido bajo el agua. Tras el transparente prisma, ya no recordaba a una embarcación sino a una tumba, un pesado sarcófago primitivo que había perdido a su ocupante, o quizá —y la sola idea me produjo un escalofrío— esperaba a aquél o aquella que debería yacer para siempre en su interior.
Desvié la mirada de inmediato y busqué a lo lejos las siluetas de Emélia y Poupchette, pero sólo podía distinguir las paredes medio derrumbadas del refugio. Ellas estaban al otro lado, invisibles, ilocalizables. Dejé los instrumentos de medición a la orilla de la charca y eché a correr como un loco hacia la choza gritando sus nombres, presa de un terror irracional, violento y profundo. El refugio no estaba muy lejos, pero tenía la sensación de que jamás llegaría. El suelo se deslizaba bajo mis pies. Las piernas se me hundían en agujeros, en hoyos encharcados, y el cieno parecía querer absorberme emitiendo ruidos semejantes a estertores agónicos. Cuando al fin llegué a la choza, estaba sin aliento, exhausto. Tenía las manos, los pantalones y los zapatos claveteados cubiertos de negro lodo que apestaba a turba, a limo y hierba en descomposición. Ya ni siquiera conseguía gritar los nombres de aquellas por quienes tanto había corrido. Y de pronto la vi. Vi una manita que asomaba detrás del muro, se extendía hacia un ranúnculo, rompía el tallo y lo cogía. A continuación, la mano se encaminó hacia otra flor. Mi miedo se esfumó tan deprisa como había surgido. La cara de Poupchette apareció detrás del muro. Me miró. Leí el asombro en sus ojillos.
—¡Papá, sucio! ¡Mi papá, muy sucio!
Y rió. Yo también. Reí muy fuerte, muy, muy fuerte, para que todos y todo oyeran mi risa, todos los que en el mundo habían querido reducirme al silencio de las cenizas, y todo cuanto en el mismo mundo conspiraba para engullirme.
Poupchette sostenía orgullosa el ramo con ranúnculos, velloritas y raspillas de agua que había juntado para su madre. Las flores conservaban un temblor de vida, como si no pudieran darse cuenta de que acababan de cruzar las puertas de la muerte.
Emélia se había alejado del refugio. Había caminado hasta el borde del prado y se había detenido en una especie de promontorio, que en la otra vertiente se corta y fragmenta en rocas sueltas. Miraba hacia el inmenso paisaje de las llanuras extranjeras, que dormitaban, indistintas, bajo jirones de niebla. Tenía los brazos separados del cuerpo, como si se dispusiera a alzar el vuelo, y su silueta, tan leve, se recortaba contra la azulada palidez de la lejanía con una gracia casi inhumana. Poupchette echó a correr hacia ella y se agarró a sus muslos, que intentó en vano rodear con los bracitos.
Emélia no se había movido. El viento le había soltado los cabellos, que ondeaban como oscuras y frías llamas. Me acerqué a ella con sigilo. El aire me traía su olor y retazos de la canción, que ya volvía a canturrear. Saltando, Poupchette consiguió agarrarle un brazo. Le cogió la mano y le puso el ramo en ella. Las flores salieron volando una tras otra entre sus dedos entreabiertos, sin que hiciera nada para retenerlas. Poupchette corría a derecha e izquierda para atraparlas, mientras yo seguía avanzando lentamente hacia Emélia, cuyo cuerpo se perfilaba contra el cielo y parecía como suspendido en el vacío.
Schöner Prinz so lieb
Zu weit fortgegangen,
schöner Prinz so lieb.
Nacht und Nacht ohn’ Eure Lippen
schöner Prinz so lieb
Tag um Tag ohn’ Euch zu erblicken,
schöner Prinz so lieb.
Träumt Ihr was ich träume,
schöner Prinz so lieb
ihr mit mir immerdar zusammen
Hermoso príncipe amado,
qué lejos te has marchado.
Hermoso príncipe amado,
cuántas noches sin tus labios.
Hermoso príncipe amado,
cuántos días sin verte.
Hermoso príncipe amado,
¿sueñas lo mismo que yo,
hermoso príncipe amado,
que no estamos separados?
Emélia bailaba entre mis brazos. Bajo los desnudos árboles de enero, a la dorada y brumosa luz de las farolas del parque, decenas de parejas, ebrias de juventud, nos deslizábamos al ritmo de la música de la orquestina resguardada en el quiosco, cuyos miembros, arrebujados en pieles, parecían extraños animales. Era el instante que precede al primer beso. Los vertiginosos minutos que conducen a él. Eran otros tiempos. Era antes del caos. Sonaba aquella canción, la canción del primer beso, la canción en la vieja lengua, que había atravesado los siglos como un viajero las fronteras. Una canción de amor vertida en palabras ásperas, la canción de leyenda, la canción de una tarde y de una vida… «Schon ofza prinzer, Gehtes so muchte lan» convertido en el terrible estribillo donde Emélia se había encerrado como en una prisión, y en el que vivía sin existir realmente.
La abracé. Le besé el pelo y la nuca. Le dije al oído que la amaba y siempre la amaría, que estaba allí, para ella, pegado a ella. Tomé su cara entre mis manos y la volví hacia mí. Entonces, vi en sus ojos algo así como la sonrisa de una gran ausente, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.