03.27 h
El cadáver se puso a gritar.
Sólo cuando los pulmones se vaciaron y necesitó recobrar el aliento se dio cuenta de que había regresado del sueño. Habían asesinado a Devok, una vez más. ¿Cuántas veces tendría que asistir a su fin? Su recuerdo más antiguo era una secuencia de muerte, que se repetía cada vez que cerraba los ojos para dormir.
Marcus metió la mano debajo de la almohada para buscar el rotulador. Cuando lo encontró, escribió en la pared que estaba al lado de la cama: «Tres disparos».
Otro amargo reflujo de su pasado. Pero ese elemento cambiaba mucho las cosas. Al igual que la noche anterior, cuando recuperó el detalle de los cristales rotos, la percepción había sido acústica. Pero en esta ocasión sabía que se trataba de algo realmente importante.
Había oído tres claras detonaciones. Hasta ese momento, siempre había contado dos disparos. Uno para él, otro para Devok. Pero en la última versión del sueño se había producido un tercer tiro de pistola.
Podía ser una broma del inconsciente que modificaba a placer la escena del hotel de Praga. A veces introducía sonidos u objetos inverosímiles o que no tenían nada que ver, como una máquina de discos o una canción funky. Marcus era incapaz de controlar sus caprichos.
Pero esta vez era como si siempre lo hubiera sabido.
El detalle del tercer disparo se añadió a los demás fragmentos de la escena. Estaba seguro de que aquello sería útil para reconstruir la secuencia de los hechos y, sobre todo, para contemplar el rostro del hombre que había matado a su maestro y había provocado que se olvidara a sí mismo.
Tres disparos.
Hacía sólo unas pocas horas, Marcus había tenido que enfrentarse de nuevo a la amenaza de una pistola. Pero había sido distinto. No había tenido miedo. La mujer de San Luigi dei Francesi habría apretado el gatillo, estaba seguro de ello. Pero no había odio en su mirada; en todo caso, desesperación. En ese momento habría podido escapar. Sin embargo, se quedó para revelarle quién era.
Soy cura.
¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había sentido la necesidad de decírselo? Quiso darle algo, una especie de compensación por todo el sufrimiento que llevaba dentro. La identidad era su mayor secreto, tendría que haberlo defendido con su vida. El mundo no lo entendería. Ésa era la letanía que Clemente le repetía siempre desde el primer día. Y él había faltado a aquel compromiso. Y encima con una desconocida. Aquella mujer, quienquiera que fuese, tenía un motivo para matarlo, estaba convencida de que era el asesino del hombre al que amaba. Y, sin embargo, Marcus no podía considerarla una enemiga.
¿Quién era? ¿De qué manera ella y su marido podían haber formado parte de su vida anterior? ¿Y si tenía respuestas sobre su pasado?
«Tal vez debería buscarla —se dijo—. Quizá debería hablar con ella».
Pero no era prudente. Y además no sabía nada más de ella.
No le diría nada a Clemente. Estaba seguro de que no habría aprobado su decisión impulsiva. Ambos se encontraban al servicio de un juramento sagrado, pero de distinto modo. Su joven amigo era un sacerdote leal y devoto, mientras que en su ánimo se agitaban espíritus a los que no podía comprender.
Miró la hora. Le había dejado un mensaje en el acostumbrado buzón de voz. Tenían que encontrarse antes del amanecer. Unas horas antes, la policía había suspendido el registro de la villa de Jeremiah Smith.
Ahora les tocaba a ellos visitar la casa.
El camino se insinuaba entre las colinas al oeste de Roma. A pocos kilómetros se encontraba la costa de Fiumicino, con la impetuosa desembocadura del Tíber. El viejo Fiat Panda renqueaba en las subidas, los débiles faros apenas iluminaban una porción de la carretera. Alrededor, el campo empezaba a despertarse anunciando el alba.
Clemente conducía inclinado hacia el volante para controlar mejor la dirección, a menudo se veía obligado a cambiar ruidosamente las marchas. Desde el momento en que subió al coche cerca de Ponte Milvio, Marcus le resumió lo que había ocurrido la noche anterior en casa de Guido Altieri. Su amigo, de todos modos, estaba mucho más preocupado por los reportajes que habían emitido en televisión. Nadie hablaba de la presencia de un tercer hombre en la escena del homicidio del famoso abogado a manos de su hijo. Eso lo confortaba: por ahora, su secreto estaba a salvo.
Obviamente, Marcus no mencionó en absoluto lo que había ocurrido después, el episodio de la mujer armada en San Luigi dei Francesi. En vez de eso, lo puso en seguida al corriente de cómo se reflejaban los acontecimientos de las últimas horas en la desaparición de la joven Lara.
—Jeremiah Smith no tuvo un infarto. Lo envenenaron.
—Los exámenes toxicológicos no han evidenciado la presencia de sustancias sospechosas en la sangre —rebatió Clemente.
—Sin embargo, estoy convencido de que fue así. No hay otra explicación.
—Entonces, alguien se tomó en serio el tatuaje que tenía en el pecho.
«Mátame», pensó Marcus. Alguien estaba actuando en la sombra y había ofrecido a Monica, la hermana de la primera víctima de Jeremiah Smith, y a Raffaele Altieri la oportunidad de pagar con la misma moneda la violenta pérdida que habían sufrido.
—Cuando la justicia ya no es posible, sólo quedan dos opciones: el perdón o la venganza.
—Ojo por ojo —añadió Clemente.
—Sí, pero hay más. —Marcus hizo una pausa, intentando dar cuerpo a una idea que estaba madurando desde la noche anterior—. Alguien esperaba nuestra intervención. ¿Recuerdas la Biblia con el marca páginas de raso rojo que encontré en casa de Lara?
—La página con la carta de san Pablo a los Tesalónicos: «El día del Señor llegará como el ladrón en la noche».
—Te lo repito: alguien sabe de nosotros, Clemente —afirmó con mayor convicción—. Piénsalo: a Raffaele le mandó una carta anónima, para nosotros escogió un libro sagrado. Un mensaje apropiado para unos hombres de fe. Me han implicado con un objetivo. De lo contrario no se explica por qué convocaron a ese chico en casa de Lara. Al final, fui yo quien lo condujo a la verdad sobre su padre. Es culpa mía que el abogado Altieri haya sido asesinado.
Clemente se volvió un instante para mirar a Marcus.
—¿Quién puede haber organizado todo esto?
—No lo sé. Pero está poniendo a las víctimas en contacto con sus verdugos y, al mismo tiempo, quiere involucrarnos.
Clemente sabía que no se trataba de una simple hipótesis, por eso estaba inquieto. En esas circunstancias, la visita a la casa de Jeremiah Smith tenía una importancia fundamental. Estaban convencidos de que encontrarían una pista que los conduciría al siguiente nivel del laberinto. Todo ello con la esperanza de poder salvar todavía a Lara. Sin ese objetivo, habrían tenido menos motivaciones. Y el artífice del enigma lo sabía, por eso había puesto en juego la vida de la joven estudiante.
Había una patrulla aparcada en la reja de entrada. Pero la propiedad era demasiado vasta para que pudieran vigilarla entera. Clemente aparcó el Panda en un camino a un kilómetro de distancia. Después se apearon para proseguir a pie, confiando en el abrigo de la noche.
—Tenemos que apresurarnos, dentro de un par de horas volverán los de la Científica para continuar con las pesquisas —le advirtió Clemente, acelerando el paso en el terreno accidentado.
Quitaron los precintos y se introdujeron en la villa por una ventana posterior. Llevaban otros falsos para volver a colocarlos antes de marcharse. Se pusieron cubre-zapatos y guantes de látex. A continuación encendieron las linternas que llevaban consigo y mantuvieron parcialmente cubierto el haz de luz con la palma de la mano, de manera que podían orientarse sin ser vistos desde fuera.
La casa tenía un estilo modernista retocado, con algunas concesiones más actuales. Entraron en un estudio en el que había un escritorio de caoba y una librería. La decoración denotaba un pasado acomodado. Jeremiah creció en una familia burguesa; sus padres consiguieron amasar una discreta fortuna con el comercio de tejidos. Sin embargo, su dedicación a los negocios les impidió tener más de un hijo. Tal vez tenían suficiente con confiar en él para que perpetuara la empresa y el buen nombre de los Smith. Pero pronto se dieron cuenta de que su único heredero no era capaz de continuar sus esfuerzos y llenarlos de orgullo.
Marcus iluminó con la linterna una serie de marcos de foto ordenadamente dispuestos sobre una mesa de roble. La historia de la familia se condensaba en aquellas imágenes descoloridas. Un picnic en un prado; Jeremiah, con pocos años, en el regazo de su madre, y su padre estrechándolos a ambos en un abrazo protector. En la pista de tenis de la propiedad, con la ropa inmaculada, empuñando raquetas de madera. Durante una Navidad antigua, vestidos de rojo, posando ante un árbol adornado. Mientras esperaban rígidamente a que el disparador automático cumpliera con su deber, siempre compuestos en un tríptico perfecto, como fantasmas de otra época.
Sin embargo, en cierto momento las fotos perdían a un protagonista: un Jeremiah adolescente y su madre mostraban tristes sonrisas de circunstancias; el cabeza de familia los había dejado dejó después de una breve enfermedad y ellos continuaron la tradición, no para perpetuar un recuerdo, sino como un antídoto para alejar de ellos la sombra de la muerte.
Una imagen en particular llamó la atención de Marcus por el hecho un poco macabro de posar con el difunto. De hecho, madre e hijo estaban de pie a los lados de una gran chimenea de arenisca, en cuya pared se erigía un cuadro al óleo que representaba al padre en actitud severa.
—No han encontrado nada que relacione a Jeremiah Smith con Lara. —Clemente intervino a su espalda.
En la habitación eran evidentes los signos del registro que había llevado a cabo por la policía. Habían movido los objetos y hurgado en los muebles.
—De modo que todavía no saben que fue él quien la secuestró. No la buscarán.
—Ya basta. —El tono de Clemente se volvió súbitamente duro.
Marcus estaba atónito, no era propio de él.
—Es increíble que todavía no lo entiendas. No eres un investigador improvisado, no se te permitiría serlo. Se te ha preparado de la mejor manera para afrontar todo esto. ¿Quieres que te diga la verdad? Es posible que al final la chica muera. Es más, diría que es más que probable. Pero no depende de eso si actuamos o no. Por eso, deja ya de sentirte culpable.
Marcus se concentró nuevamente en la foto de Jeremiah Smith posando bajo el retrato de su padre, serio y compungido, a la edad de veinte años.
—Y bien, ¿por dónde quieres empezar?
—Por la habitación donde lo encontraron agonizando.
En el comedor se percibía el rastro del paso de los técnicos de la Científica. Trípodes con focos halógenos para iluminar la escena, residuos de reactivos para detectar líquidos orgánicos y huellas esparcidos por todas partes, placas alfanuméricas que marcaban la posición de las pruebas que habían fotografiado y luego retirado.
En la habitación habían encontrado una cinta azul para el pelo, una pulsera de coral, una bufanda rosa tejida a mano y un patín rojo, que pertenecían a las cuatro víctimas de Jeremiah Smith. Aquellos fetiches eran la prueba irrefutable de su intervención; conservarlos había sido una temeridad. Pero Marcus podía imaginar cómo se sentía el asesino cada vez que acariciaba aquellos trofeos. Eran el símbolo de lo que mejor sabía hacer: matar. Al tenerlos entre las manos lo invadía aquella oscura energía, un estremecimiento vital, como si la muerte violenta tuviera el poder de fortalecer a quien la aplica. El escalofrío de un placer secreto.
Jeremiah los guardaba en el comedor porque quería tenerlos a su lado. De ese modo era como si aquellas chicas estuvieran también allí. Almas en pena, prisioneras de aquella casa junto a él.
Sin embargo, entre los objetos no había nada que perteneciera a Lara.
Marcus entró en la habitación, mientras que Clemente se quedó en la puerta. Los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas, excepto la butaca situada en el centro, delante de un viejo televisor. Había una mesita volcada y en el suelo se veía un cuenco hecho añicos, una taza de loza clara y ya seca y galletas desmigajadas.
«Lo tiró Jeremiah cuando se sintió mal», pensó Marcus. Por la noche cenaba, delante de la tele, leche con galletas. Aquella imagen reflejaba su soledad. El monstruo no se escondía. Su mejor refugio era la indiferencia de los demás. Si el mundo se hubiera ocupado un poco de él, tal vez lo habrían detenido antes.
—Jeremiah Smith era un asocial, sin embargo, se transformaba para embaucar a sus víctimas.
«A excepción de Lara, a las otras se las llevó de día», se recordó a sí mismo. ¿Cuál era su técnica para acercarse a ellas y ganarse su confianza? Era convincente, las chicas no lo temían. ¿Por qué no utilizaba esa misma habilidad para hacer amigos? La única razón que lo movía era el homicidio. El mérito era del mal, consideró Marcus. Porque el mal conseguía que pareciera una persona buena, alguien de quien fiarse. Pero había algo que Jeremiah Smith no había previsto: siempre hay un precio. El mayor miedo de todo ser humano, incluso el de aquel que ha elegido vivir como un eremita, no es la muerte, sino el hecho de morir solo. Hay una gran diferencia. Y es algo de lo que únicamente te das cuenta cuando está sucediendo.
La idea de que nadie llorará, de que nadie sentirá nuestra pérdida o se acordará de nosotros. «Es lo mismo que me estaba pasando a mí», pensó Marcus.
Observaba el punto de la habitación donde el personal de la ambulancia le practicó la reanimación: había guantes estériles esparcidos por todas partes, trozos de gasa, jeringuillas y cánulas. Todo había quedado cristalizado en aquellos frenéticos momentos.
Marcus trató de analizar lo que había sucedido antes de que Jeremiah Smith empezara a notar los síntomas del envenenamiento.
—Quien haya sido, conocía sus costumbres. Actuó de la misma manera que él hizo con Lara. Se introdujo en su vida y en su casa para observarlo. No escogió el azúcar para esconder la droga, pero tal vez añadió algo a la leche. Como una especie de ley del talión.
Clemente observaba a su alumno mientras se introducía completamente en la psique de quien lo había urdido todo.
—Por eso Jeremiah se siente mal y llama al número de emergencias.
—El Gemelli es el hospital más cercano, era normal que pasaran la llamada allí. Quien le hizo esto a Jeremiah Smith sabía perfectamente que Monica, la hermana de su primera víctima, era la doctora de guardia de la ambulancia ayer por la noche. En caso de código rojo, sería ella quien subiera a la primera disponible.
Marcus parecía impresionado por la habilidad de quien había orquestado aquella especie de venganza.
—No actúa por casualidad, es meticuloso.
Había desarmado la escena del crimen. Pieza a pieza, había descubierto el entramado, los hilos de nailon, el decorado de cartón piedra, el truco del mago.
—De acuerdo, te ha salido bien —dijo, dirigiéndose al adversario como si estuviera presente—. Y ahora vamos a ver qué es lo que nos tienes reservado…
—¿Crees que habrá indicios que nos lleven al lugar donde Lara está prisionera?
—No, es demasiado listo. Y si los hubiera habido, los habría quitado. La chica es un premio, no lo olvides. Debemos merecérnoslo.
Marcus empezó a moverse por la habitación, seguro de que había algo que todavía se le escapaba.
—¿Qué tenemos que buscar, según tú? —preguntó Clemente.
—Algo que no tenga nada que ver con todo lo demás. Para eludir la inspección de la policía, debía dejar una pista que sólo nosotros pudiéramos notar.
Tenía que determinar el punto exacto desde el que empezar a observar la escena. Estaba seguro de que desde allí se haría evidente la anomalía. Lo más lógico era inspeccionar el punto donde Jeremiah se encontraba exánime.
—Las contraventanas —le dijo a Clemente, que fue a cerrar las dos grandes ventanas que se asomaban a la parte posterior de la casa. En ese momento, Marcus descubrió el haz de la linterna y dejó que abarcara toda la habitación. Las sombras de los objetos se levantaban por turnos, como soldaditos obedientes, a medida que iba enfocándolos. Los sofás, el aparador, la mesa del comedor, el sillón; la chimenea, sobre la que destacaba un cuadro de tulipanes. Marcus tuvo una sensación de déjà vu. Volvió atrás e iluminó de nuevo el cuadro de las flores.
—No tendría que estar aquí.
Clemente no entendió a qué se refería. Pero recordaba perfectamente la chimenea de arenisca, porque aparecía en las fotos que había observado en el estudio: estaban Jeremiah y su madre bajo el retrato al óleo del difunto cabeza de familia.
—Lo ha cambiado de sitio.
Pero en la habitación no estaba. Marcus se acercó al cuadro de los tulipanes, separó el marco y comprobó que, en efecto, la marca dejada en la pared del cuadro a lo largo de los años era distinta. Iba a dejarlo como estaba cuando se dio cuenta de que, detrás de la tela, en la esquina inferior izquierda, aparecía el número «1».
—Lo he encontrado. —Clemente reclamaba su atención desde el pasillo.
Marcus se reunió con él y vio el cuadro del padre de Jeremiah en la pared junto a la puerta.
—Los cuadros están invertidos.
También en esta ocasión, lo separó de la pared para examinar el dorso. El número que podía ver era el «2». Ambos miraron a su alrededor, con la misma idea en la cabeza. Se dividieron y empezaron a separar de la pared todos los cuadros, para identificar el tercero.
—Aquí —anunció Clemente.
Era un paisaje bucólico y estaba al fondo del pasillo, en la base de la escalera que conducía a la planta superior. Empezaron a subir y, cuando habían ascendido la mitad de los escalones, encontraron también el cuarto, cosa que les confirmó que estaban siguiendo la pista adecuada.
—Está indicándonos un camino… —dijo Marcus. Pero ninguno de los dos se imaginaba adónde los conduciría.
En el rellano de la segunda planta identificaron el quinto cuadro. A continuación, el sexto, en una pequeña antesala; el séptimo, en el pasillo que conducía a los dormitorios. El octavo era mucho más pequeño. La pintura con témpera representaba un tigre indio que parecía salido de un cuento de Salgari. Se encontraba junto a una puertecita que daba a la que debía de haber sido la habitación infantil de Jeremiah Smith. Sobre una repisa había un batallón de soldaditos de plomo en formación, también una caja con un mecano, un tirachinas y un caballito balancín.
«A menudo se olvida que los monstruos también fueron niños —consideró Marcus—. Algunas cosas las llevamos encima desde la infancia». A saber dónde tenía su origen la necesidad de matar.
Clemente abrió la puertecita y descubrió una empinada escalera que, aparentemente, conducía al desván.
—Puede que los policías todavía no hayan mirado bien aquí arriba.
Ambos estaban seguros de que el noveno cuadro sería el último de la serie. Subieron con cuidado los escalones irregulares; el techo era tan bajo que los obligaba a avanzar encorvados. Al final de aquel vientre de piedra había una estancia repleta de muebles viejos, libros y baúles. Algunos pájaros habían hecho su nido entre las vigas del tejado. Asustados por su presencia, empezaron a revolotear a su alrededor y a debatirse en busca de una vía de escape. La encontraron en una claraboya abierta.
—No podemos quedarnos mucho, dentro de poco amanecerá —lo apremió Clemente después de consultar el reloj.
Así que se pusieron rápidamente a buscar el cuadro. Había varias telas amontonadas en un rincón. Clemente se acercó para revisarlas.
—Nada —anunció poco después, sacudiéndose el polvo de la ropa.
Marcus vio un friso dorado que sobresalía detrás de un arcón. Lo rodeó y se encontró frente a un marco ricamente decorado, colgado en la pared. No fue necesario darle la vuelta para comprobar que se trataba del noveno cuadro. El contenido era lo bastante insólito para confirmarles que se trataba de la meta de aquella caza del tesoro.
Era el dibujo de un niño.
Estaba hecho con lápices de colores en una hoja de libreta y lo habían colocado posteriormente en aquel marco tan pomposo, de manera que no pasaba inadvertido a la atención del observador.
Representaba un día de verano o de primavera, con un sol que vigilaba, sonriente, una naturaleza exuberante. Árboles, golondrinas, flores y un riachuelo. Los protagonistas eran dos niños, una niñita que llevaba un vestido de lunares rojos y un chaval que portaba algo en la mano. A pesar de la alegría de los colores y la absoluta inocencia del tema, Marcus tuvo una extraña sensación.
Había algo malvado en ese dibujo.
Dio un paso adelante para verlo mejor. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el estampado del vestido de la niña no era de lunares, sino de heridas sanguinolentas. Y de que el niño empuñaba unas tijeras.
Leyó la fecha que aparecía en el margen: era de veinte años atrás. En esa época Jeremiah Smith era ya demasiado adulto para ser su autor. Pertenecía a la fantasía enfermiza de otra persona. Le volvió a la cabeza El martirio de san Mateo de Caravaggio: lo que tenía enfrente era la representación de la escena de un crimen, pero cuando se ejecutó ese horror todavía tenía que ocurrir.
«Los monstruos también han sido niños», se repitió. Mientras tanto, el que aparecía en el dibujo se había hecho mayor. Y Marcus comprendió que tenía que encontrarlo.