Al anochecer del martes 21 de junio un avión de la Línea Aérea Nacional me dejó en Puerto Montt. Llevaba en el cuerpo el cansancio de más de treinta horas de vuelo.
Hamburgo - Londres - Nueva York - Bogotá - Quito - Lima - Santiago.
Durante el vuelo pensé largamente en ese viaje de regreso a Chile, que siempre había aplazado, frenado por el temor de encontrar un país que traicionara el que tenía en la memoria. El paisito… noble y bueno del primer amor, el territorio inolvidable de la infancia.
Soy uno de los tantos que conocieron la cárcel y huyeron del horror para reunir fuerzas en la tierra de nadie del exilio, pero el mundo nos saludó con la bofetada de una realidad desconocida.
La barbarie militar criolla no era diferente de otras barbaries uniformadas, y lentamente descubrimos que nuestros pequeños sueños eran egoístas. Nos habíamos autoconvencido de nuestra capacidad para derrotar a los enemigos de la justicia convocándolos a luchar en un territorio que suponíamos dominar, pero en el fondo, y por comodidad, dejábamos que ellos continuaran fijando las reglas del juego.
Al cabo de un largo, molesto y doloroso tiempo, el exilio, transformado en una especie de beca de estudios, nos permitió entender que la lucha contra los enemigos de la humanidad se libra en todo el planeta, que no requiere ni héroes ni mesías, y que parte defendiendo el más fundamental de los derechos: el Derecho a la Vida.
Santiago de Chile. Era feliz en Hamburgo, pero siempre pensaba en el reencuentro con Santiago. Recordaba esa ciudad como a una novia, y temía encontrarla convertida en una ancianita senil, renegando del paso de los años.
No tuve tiempo para averiguar en qué estado se encontraba, pues el billete encargado por Jorge Nilssen apenas me dejó una pausa de media hora antes de continuar vuelo hacia el sur. Tan sólo divisé su cordillera cansada, esos «símbolos de invierno» que canta Silvio Rodríguez, y el velo de smog que la cubre como a una viuda.
Llegué a Puerto Montt con el invierno. En cuanto bajé del avión pude sentir el saludo gélido del Pacifico. La temperatura se elevaba unos miserables grados sobre cero y la brisa mordía la cara. Con el cuerpo amenazando con declararse totalmente convertido en gelatina, y evitando la tentación de acercarme a saber de Sarita, subí al taxi Land Rover que me llevó a San Rafael.
En la caleta recalaban unos doce lanchones, de tal manera que no necesité buscar demasiado para dar con el Pájaro loco. Un hombre fumaba en cubierta, al verme saltó a tierra y de inmediato supe que era Jorge Nilssen.
Una crecida cabellera canosa impedía calcular su edad, lo vi caminar los pocos metros que nos separaban con ese andar de pelícano característico de los marinos con muchas millas a la espalda, navegantes que todavía es posible ver en algunos puertos de Europa y que tripulan barcos de banderas pobres, Panamá o Liberia. No bajan a menudo a tierra y parecen llevar en sus cuerpos el vaivén de los barcos. Quedan pocos ejemplares de esta novelesca marinería. Las tripulaciones actuales están compuestas por oficiales expertos en informática y por marinos jóvenes que no ven en la mar más que una situación transitoria.
La paga no es de las mejores y la modernización de los puertos acabó con la esperanza de ver un poco de mundo. Los hombres han dado la espalda al embrujo de los océanos.
Al llegar frente a frente, se detuvo con las piernas abiertas y me alargó una mano.
—Capitán Jorge Nilssen. ¿Qué tal el viaje?
—De eso podemos hablar luego. ¿Qué sabe de Sarita?
—Tranquilo. No fue tan grave como pensé. Tiene una pierna y dos costillas rotas, pero se pondrá bien. De momento se recupera en un lugar seguro. Sabe de su viaje y muy pronto podrá verla, pero no de inmediato. Esperaremos a que se calmen un poco las aguas. Venga conmigo. Le he reservado un cuarto en una pensión de confianza.
Caminamos en silencio. En medio de uno de esos silencios que son la mejor forma de comunicación.
¿Qué hacen dos perros al conocerse? No dicen una sola palabra, ni ladran, ni gimen.
Simplemente se huelen el culo y al final deciden si confían o no en el otro. Eso hicimos, y al llegar a la pensión sabíamos que la confianza tendía un puente entre nosotros.
Estaba agotado, pero no quise perderme una cena con los mejores mariscos del mundo.
La fresca chicha de manzanas y el vino pipeño, áspero y rudo como esos parajes, lograron reconciliarme con mi cuerpo. Luego de cenar, el aroma de la leña ardiendo en la salamandra invitaba a la conversación.
—¿Mucho tiempo por el mundo? —preguntó Nilssen.
—Desde el 75. ¿Debo decirle capitán? Le consulto porque así se presentó usted.
—Es la fuerza de la costumbre. Los isleños me llaman capitán, créame que no me disgusta. Pero si me dijeran: «Mi capitán», otro viento soplaría. Puede llamarme como guste.
—¿Qué le pasó al Nishin Iwaru?
—Tenga paciencia. Lo sabrá todo. Lo verá todo. Hay ciertas cosas que no pueden contarse. No basta el lenguaje para hablar de la mar.
—Entonces dígame al menos quién es usted.
—Un bastardo de la mar.
—No me basta, capitán. Mi viaje es una prueba de absoluta confianza en usted, estoy en sus manos, y tanto a los de Greenpeace como a mí nos gusta conocer a nuestros interlocutores.
—Me pide algo bastante difícil. Soy un individuo de pocas palabras y jamás he pensado en cómo apretar mi biografía. ¿No sabe que los viejos estamos llenos de olvidos?
—Y yo estoy lleno de curiosidad, capitán. No he viajado veinte mil kilómetros para cenar con un desconocido.
—Conforme. Ya que usted insiste. Le advierto que será la primera vez que hable de mí mismo. Acérquese más al fuego. ¿Tomó alguna vez orujo del más noble, del guarapón de curtiduría? Lo fermentan con un pellejo de vaca en el barril. Voy a buscar un par de copas.
Su nombre original fue Jörg Nilssen. Tal como se llamaran su abuelo y su padre, un aventurero danés que en 1910 se aventuró por las aguas magallánicas sin otra compañía que un gato y la esperanza de descubrir un paso de mar al noroeste de Isla Desolación. Un paso que permitiera salir al Pacífico abierto luego de cruzar el estrecho, y que evitara a los navegantes la peligrosa travesía que conduce hasta Puerto Misericordia. El viejo Nilssen no encontró el ansiado paso, pero sí muchos otros más al norte enriqueciendo las cartas de navegación australes. La mala fortuna del viejo Nilssen fue no pertenecer a ninguna Armada o cuerpo expedicionario acreditado, de tal manera que sus descubrimientos siempre le fueron escamoteados y su nombre no aparece relacionado con ninguno de ellos.
«El pago de Chile» llaman los chilenos a esa forma de gratitud y reconocimiento. Pero el viejo Nilssen no sólo encontró el anonimato, sino también el amor de una isleña que fue su compañera durante muchos breves veranos y largos inviernos patagónicos, hasta que el ineludible abrazo de la muerte se llevó a la mujer, y él ya no tuvo otra compañía que la del hijo nacido en la mar y acunado por el oleaje. Para prolongar una senda de navegaciones que había empezado un siglo antes en las frías aguas de Kattegat, llamó al crío Jörg, mas un burócrata chileno con problemas de dicción lo castellanizó en Jorge.
—Y se preguntará por qué no menciono el nombre de mi madre. Muy sencillo: no tenía.
Mi madre era ona, una de las últimas sobrevivientes de aquella raza de gigantes que, mucho antes de la llegada de Magallanes, cruzaron miles de veces el estrecho en embarcaciones construidas con pieles de lobo marino y velámenes de corteza vegetal. Mi padre la llamó:
«Mujer», y yo no alcancé a darle otro nombre pues murió a los pocos meses de mi nacimiento, en 1920. Él duró otros veinte años y, fiel a la memoria de su compañera, no buscó a otra mujer ni abandonó la navegación por los canales.
Lo poco que sé de ella me lo refirió en las largas noches invernales, protegidos en los fiordos que se adentran en el continente. Mi madre temía desembarcar. En cuanto se acercaban a cualquier puerto o caleta se encerraba bajo la cubierta del cúter a temblar y lloriquear como un animal herido. Y tenía sus buenas razones para ello: era ona, y al igual que los yaganes, patagones y alacalufes, sufrió la persecución de los ganaderos ingleses, escoceses, rusos, alemanes y criollos que se asentaron en La Patagonia y en la Tierra del Fuego. Mi madre fue víctima y testigo de uno de los grandes genocidios de la historia moderna. Hacendados que hoy son venerados como paladines del progreso en Santiago y Buenos Aires practicaron la caza del indio, pagando primero onzas de plata por cada par de orejas y luego por testículos, senos y finalmente por cada cabeza de yagán, ona, patagón o alacalufe que les llevaran a sus estancias.
Curiosa raza la de los onas. Lo poco que se sabe de ellos es que hasta la llegada de los europeos vivían de la caza del guanaco y de la recolección de moluscos en las playas. Con huesos de lobo marino y de ballenas fabricaban anzuelos, puntas de flechas y otras herramientas que luego cambiaban a los yaganes o alacalufes por pequeñas embarcaciones que les permitían cruzar el estrecho. Así vivieron durante siglos, hasta que los europeos empezaron a expulsarlos de sus tierras de cacerías, y junto con ellos a sus dioses, que habitaban en la oscuridad de los bosques. Dicen que los dioses de los onas eran gordos, flojos y pacíficos. Una leyenda cuenta que, cuando los europeos les arrebataron los bosques, construyeron una gran barca, una suerte de arca para salvar a sus dioses, pero como no tenían experiencia de constructores navales y sus divinidades eran gordas, la barca naufragó en medio del estrecho. Así, al empezar el exterminio de indios, los onas no tenían dioses protectores, y los europeos y los criollos los vieron construir pésimas embarcaciones con pieles y cortezas, intentaron rescatar a sus dioses del fondo de la mar, o tal vez quisieron vivir con ellos en su nueva morada. No se sabe ni se sabrá jamás, pero hay muchas leyendas al respecto.
Para escapar a la masacre, muchos de ellos se hicieron nómadas de la mar, pero en sus embarcaciones tampoco estuvieron a salvo. La caza del indio se transformó en un deporte para los ganaderos, y así aparecieron las primeras lanchas de vapor por los canales. No les bastó con expulsarlos de la tierra firme. Con la quema de millones de hectáreas de bosque ya los habían condenado a desaparecer, pero no les bastó. Tenían que exterminarlos a todos, uno por uno. ¿Escuchó alguna vez hablar del tiro al pichón helado? Ese era el deporte de los ganaderos, de los MacIver, de los Olavarría, de los Beauchef, de los Brautigam, de los Von Flack, de los Spencer, y consistía en subir a una familia entera de indios sobre un trozo de hielo flotante, sobre un iceberg. Entonces venían los disparos, primero a las piernas, luego a los brazos, y se cruzaban apuestas respecto a cuál de ellos sería el último en ahogarse o morir por congelación.
A la muerte de mi padre yo era un hombre acostumbrado a la soledad y desconfiaba del mundo.
Fue un buen hombre mi padre. Entre nosotros nos comunicábamos en un dialecto danés del Kattegat. Aprendí a leerlo y a escribirlo con el primer libro que tuve en las manos: el cuaderno de bitácora del Fiona, el velero que lo trajo desde Escandinavia. Más tarde, las autoridades marítimas chilenas nos obligaron a navegar bajo pabellón nacional, y para llevar la bitácora del Paso del Ona tuve que aprender castellano.
El Paso del Ona era un cúter de quilla baja que mi padre compró luego de que una tormenta destrozara el Fiona contra los arrecifes de Punta Diego. En el Paso del Ona nací y hasta ahora lo siento como lo más cercano a la idea de una patria. Pero ese barco ya no existe. Al morir mi padre hice lo que debía: respetando sus costumbres y sus mitos, até el cuerpo al timón y lo hundí en las aguas profundas del Golfo de Penas. Tal vez en el fondo de la mar se reencontrara con su «Mujer». Quién sabe.
Me quedé sin otra compañía que una vieja a la que visitaba en la costa oeste de Isla Van der Meule, la entrada del Canal de Messier. Ella no sabía castellano, ni danés, no sabía ningún idioma. Tan sólo canturreaba en ona cuando se olvidaba de mi presencia y, al advertir que estaba frente a ella, entonces callaba. Así pasábamos días enteros. Tampoco tenía nombre.
Por ese tiempo, le hablo de 1942, yo vivía en una cabaña construida por mi padre y que todavía resiste los vientos de la costa noreste de Isla Serrano, separada de la Van der Meule por la milla y media del Canal de Messier. No era un náufrago, pero estaba solo. Era el único habitante de Isla Serrano, y no miento al decir que prefería hablar con los delfines a hacerlo con la vieja ona de enfrente. Por lo menos los delfines me respondían, en cambio la pobre abuela ahogaba sus palabras en un miedo más denso que la niebla fueguina. Pero cada vez que el tiempo lo permitía cruzaba el canal en un pequeño bote a vela, panga y foque nada más, para verla y estar con ella.
Un día no la encontré. Las cenizas de su fogata estaban todavía livianas y en las proximidades descubrí huellas de loberos. Se había marchado arrastrando sus años y sus miedos. Supe que nunca más la vería y que nada me ataba a esos rumbos.
Muchos años más tarde me enteré de su muerte y de que ella fue la última ona. El fin de una raza de fugitivos por los mares más hostiles del mundo. Recuerdo que leí sobre su muerte en un periódico de Punta Arenas. Unos expedicionarios franceses la encontraron navegando a la deriva frente a Isla Desolación, a la salida al Pacífico del Estrecho de Magallanes. Se le habían roto los remos de su pequeña embarcación, que milagrosamente resistía el oleaje sin volcarse. Los franceses la subieron a bordo de su barco, la examinaron, le calcularon unos noventa años de edad y la declararon loca, pues al menor descuido intentaba saltar por la borda y subir de nuevo a su embarcación. Para calmarla le inyectaron un sedante y ése fue su fin. No estaba loca. Los dioses ona viven en la mar y ella los buscó hasta la llegada de los intrusos.
En fin. Llegué a Punta Arenas y me hice a la mar como tripulante del Magallanes, luego pasé al Tomé, al San Esteban, barcos que cargaban maderos, carne y granos para la Europa en guerra. Algunos años más tarde, en Santander, cambié el rumbo y me gustó navegar por el Caribe, hasta que me tentó el Indico y el Pacífico Sur. Muroroa, Nueva Zelanda, Australia, Japón. Deambulé de barco en barco hasta que en 1980 se me achicó el horizonte. Ninguna naviera, ni siquiera liberiana, quiso contratarme como tripulante. Tenía sesenta años. Un cuerpo demasiado escorado para la alta mar. ¿Qué hacía? Jamás me sentí chileno, pero los maoríes, otra raza de navegantes, dicen que todo animal marino regresa a su ensenada de origen. Es posible que así sea, porque antes de cumplir los sesenta años empecé a tener un sueño repetido: me veía navegando por los canales del sur del mundo, y fíjese que no digo de Chile. Usted puede viajar al Beagle, y preguntarle a las focas, cormoranes y pingüinos de las islas Picton, Lenox y Nueva, si se sienten chilenos o argentinos. La soberanía es un pañuelo inventado para que los milicos se sequen las babas.
Entendí que esos sueños eran una especie de llamada y volví. Con los ahorros de cuarenta años a bordo depositados en un banco panameño tenía para una vejez más que aceptable en cualquier asilo de marinos, pero el sur tiraba de las cuerdas y volví.
A fines de 1981, en Puerto Ibáñez encontré un cúter de líneas antiguas, hecho para la navegación grande, y compré el Finisterre hasta con peón de a bordo. De veras. Un gigantón noble como el pan y sin otro hogar que el barco al que llaman Pedro Chico, para diferenciarlo del padre, otro Pedro que sobrepasa los dos metros.
Con Pedro Chico me entendí desde el primer momento, pusimos la nave a punto y nos hicimos a la mar con rumbo sur.
En Isla Serrano encontramos la cabaña casi tal como la dejara cuarenta años atrás.
Nadie habita la isla. El clima extremadamente hostil y riguroso espanta, y a veces pienso que lo más cercano al momento de la creación del mundo son esos miles de islas, islotes y peñascos. Se me antojó el mejor lugar para recalar el tiempo que me queda. El puerto propio. Y así, con Pedro Chico navegamos años enteros sin topamos con nadie, con la vida determinada por el humor sabio de la mar. Pero nada dura.
Empezamos a notar que los delfines se ausentaban en épocas anormales. Luego las ballenas bobas dejaron de saltar frente a los acantilados de Isla Van der Meule. El Golfo de Penas, que cada primavera vio el apareamiento de las ballenas piloto, se mostraba quieto como una olla muerta. El desastre ecológico provocado por los japoneses y sus peones del régimen militar chileno al norte del Reloncaví no nos era ajeno. Sabíamos que la desforestación masiva de las cordilleras costeñas había alejado tal vez para siempre el espectáculo de los salmones remontando los ríos para desovar. La tala del bosque nativo, de árboles tan antiguos como el hombre americano y de simples arbustos que aún no daban sombra, hizo de aquellas regiones que siempre fueron verdes lamentables paisajes en proceso de desertización, y con la tala se exterminaron las miles de variedades de insectos y animales menores que posibilitaban la vida de los ríos, pero todo aquello lo imaginábamos demasiado al norte, más de mil millas nos separaban de aquella catástrofe. «¿Qué diablos pasa en nuestra mar?», nos preguntábamos, y una mañana de verano, en 1984, tuvimos la respuesta.
Lo que vimos nos dejó helados. ¿Sabe qué es el Ca/euche? El barco fantasma. El Holandés Errante con otro nombre. Ni el mismo Ca/euche nos hubiera impresionado tanto como lo que vimos frente al Golfo de Trinidad, al sur de Isla Mornington.
Vimos un barco factoría de más de cien metros de eslora, varias cubiertas, detenido, pero con las máquinas a todo dar. Nos acercamos hasta reconocer la bandera japonesa colgando de popa.
A un cuarto de milla recibimos un disparo de advertencia y la orden de alejamos, y también vimos lo que hacía ese barco.
Con una tubería de unos dos metros de diámetro succionaban la mar. Lo sacaban todo provocando una corriente que sentimos bajo la quilla y, tras el paso de la succionadora, la mar quedó convertida en un oscuro caldo de aguas muertas. Lo sacaban todo sin detenerse a pensar en especies prohibidas o bajo protección. Con la respiración casi paralizada de horror vimos cómo varias crías de delfines eran succionadas y desaparecían.
Y lo más horrible de todo fue comprobar que por un desagüe asomado a popa devolvían al agua los restos no deseados de la carnicería.
Trabajaban rápido. Esos barcos factoría son una de las monstruosidades más grandes inventadas por el hombre. No navegan tras los cardúmenes. La pesca no es su oficio. Andan tras grasa o aceite animal para la industria de los países ricos, y para conseguir sus propósitos no vacilan en asesinar los océanos.
Durante ese mismo año, navegando por la mar abierta en las inmediaciones del Falso Cabo de Hornos, vimos otros barcos similares. Bajo banderas norteamericana, japonesa, rusa, española, y todos hacían exactamente lo mismo.
Pasamos un mal invierno aquel año. Me encontraba tan desolado como enfurecido, y llegué a pensar en cargar con explosivos el Finisterre y lanzarme a todo trapo contra el próximo barco aspiradora. Pasamos un invierno pésimo.
Ante la mirada extrañada de Pedro Chico manipulaba la radio de onda corta en busca de un consejo. No sabe cuánto queremos la radio los marinos. Es como la voz de Dios acordándose a veces de nosotros. Así, con la esperanza a punto de irse a pique, di por fin con un noticiero alentador: Radio Nederland informaba acerca de una acción de Greenpeace en el Mediterráneo. Impedían el uso de la barra filipina, otra descarada forma de asesinar el fondo marino empleada por los coraleros. Recuerdo que salté abrazando a Pedro Chico. ¡No estamos solos, Pedro! ¡No somos los únicos que queremos salvar la mar!
Y entonces tuve una de las sorpresas más grandes de mi vida; Pedro Chico, que es hombre de muy pocas palabras, me habló con una seriedad desconocida.
—Patrón, voy a confiarle un secreto. Voy a romper un juramento. Usted sabe que soy alacalufe y que para nosotros jurar sobre las piedras del fogón es sagrado. Patrón, yo sé dónde se esconden las ballenas calderón.
Y me hizo partícipe del secreto.
Por eso, en cuanto vimos al Nishin Maro frente al Golfo de Corcovado viajamos a Isla Grande de Chiloé para contactar con los de Greenpeace. Qué lástima que estén tan lejos.
Pero le ganamos la batalla a los japoneses sin más ayuda que la mar. Amor y odio. Vida y muerte. Secreto y revelación. Todo al mismo tiempo y sin edades. Eso es la mar…
Un largo silencio siguió a las palabras del marino. El crepitar del fuego parecía prolongarlo e invitaba a quedarse así.
—No sé que decir. No sé por dónde empezar.
—Digamos buenas noches. Yo también estoy cansado.
—De acuerdo. Buenas noches, capitán Nilssen.
Al día siguiente el capitán Nilssen me sacó de la cama con las primeras luces del alba.
En el comedor nos esperaba una generosa cafetera y pan recién horneado. Adivinando mis pensamientos se apresuró a informarme de Sarita.
—Progresa. Naturalmente sufre los dolores de toda fractura, pero es una niña fuerte.
Como bien sabe, estamos en territorio de brujos y éstos le avisaron de su llegada. Le manda saludos desde su lugar de reposo, y esta nota. Tenga.
En una hoja escrita con letra temblorosa, Sarita decía que, luego de ver al Nishin Maru en el astillero de la Armada, decidió fotografiarlo y al parecer no tomó las debidas precauciones para hacerla. Llevó los rollos de película al laboratorio fotográfico de un amigo y, al salir con las fotos, dos desconocidos le echaron un auto encima. Apenas pudo verles las caras, pero estaba segura de que se trataba de chilenos. Le arrebataron el material y la dejaron tirada en la calle. Sarita me agradecía el haber dispuesto que la llevaran a un lugar seguro, pues en el hospital la amenazaron de muerte si abría la boca. Ella ignoraba que todo era obra de Nilssen y preferí no hacer preguntas al respecto. Confiaba en Nilssen, y confiar en alguien es uno de los mejores sentimientos que uno puede albergar.
—¿Qué haremos ahora, capitán?
—Con el Pájaro loco saldremos hacia el norte para que pueda ver el Nishin Maru, y luego al sur, al encuentro del Finisterre.
El Pájaro loco era un lanchón de quilla plana, capaz de volar a ras del agua impulsado por dos poderosos motores diesel. Lo que se llama un barco de «matuteros», de contrabandistas de los mares australes. Lo tripulaban don Checho, hombre parco de palabras, y un peón de a bordo apodado «el Socio», que más tarde me dio lecciones de alta cocina navegando a cuarenta nudos y con olas de un metro.
Zarpamos con rumbo noreste bordeando Isla de Calbuco y a la media hora de navegación entramos a Seno del Reloncaví. Puerto Montt se perfiló en el horizonte norte, y un leve golpe de timón antes de pasar frente al molo militar nos permitió ganar las inmediaciones del astillero de la Armada.
Sí. Era el Nishin Maru. Lo comparé con una foto que llevaba. Era el mismo Nishin Maru que Greenpeace había bloqueado en el puerto de y Yokohama. Presentaba la banda de babor muy averiada, como si hubiese sufrido numerosas colisiones, y un enjambre de obreros se daba de lleno a las tareas de reparación.
—¿Contra qué diablos chocó?
—Contra la mar. Como puede ver, se encuentra muy lejos de Isla Mauricio.
—Este barco, sí. Pero el Nishin Maru II navega en efecto por esos rumbos. —Y referí al capitán Nilssen todo lo que averiguamos respecto a los falsos desguaces que permiten la navegación ilegal.
—Vaya, ¿quién dijo que se había acabado la piratería? Bueno. Lo ha visto y sabe que es verdad. Ahora le queda por ver lo mejor. Don Checho, rumbo sur y a toda máquina.
El Pájaro loco viró en ciento ochenta grados y emprendió el rumbo sur abriendo una ancha herida de espuma en el oleaje.
—Es mejor que bajemos a hacerle compañía al Socio. Este viento hace tajos en la cara, pero antes quiero que vea algo interesante. ¿Sabe qué es eso?
El capitán Nilssen indicó un monte de color amarillo anaranjado que se elevaba junto al puerto. Varios camiones y bulldozers se movían subiendo por sus costados. En la cumbre se veían algunas grúas.
—Un monte. Sé que sonará raro, pero no recuerdo ningún monte junto al puerto.
—No es raro. Es un monte nuevo y no nació de ninguna irrupción subterránea. Es un monte de astillas. Uno de los muchos montes de astillas que decoran desde hace cinco años el litoral del sur chileno. Así terminan los bosques, maderas nobles, arbustos, todo termina hecho astillas y se embarca para Japón. Materia prima para la industria del papel. Algunos dicen que es el precio que debemos pagar por el placer de leer, pero no es cierto. Saquear el bosque nativo es mucho más rentable que invertir en proyectos forestales.
La visión de aquel monte de astillas provocaba heridas mucho más lacerantes que las que el viento amenazaba con abrir en la cara.
Nos acomodamos bajo cubierta en una suerte de cabina que no permitía estar de pie y, mientras Nilssen abría una carta de navegación, el Socio nos pormenorizó los detalles del estofado de cordero que nos serviría al mediodía. Cada cierto tiempo subía al castillo, consultaba algo con don Checho y regresaba a majar condimentos en el mortero.
—Entramos al Golfo de Ancud. Como ve, aguas tranquilas. Si está de acuerdo, le iré adelantando algo de la historia.
—Se lo agradezco.
—De acuerdo. Como sabe, también supe de la autorización para matar ballenas azules pero no le concedí importancia. No en aquel tiempo. No a la entrada del invierno. Por eso, en cuanto vi al Nishin Maru frente a Corcovado, pensé en la revelación de Pedro Chico y no tuve dudas acerca de sus intenciones; andaba tras ballenas calderón. Sin embargo, algo no encajaba.
Si los japoneses también estaban enterados del escondite de los cetáceos, es que debieron de haber repostado en un puerto bien surtido y nunca tan al norte. Debieron de haber anclado en Punta Arenas, el último puerto de abrigo antes de la Antártica, y una vez repostados zarpar con rumbo norte en pos de Bahía Salvación, para navegar luego con rumbo este, hacia los fiordos. Algo no encajaba. Puerto Montt es un miserable almacén de suministros y el Nishin Maru ni siquiera se acercó a sus muelles. Ancló frente a Corcovado a la espera de algo importante, y con Pedro Chico nos estrujamos los sesos pensando qué sería.
Recién lo supimos la mañana del 4 de junio. Un pequeño helicóptero biplaza sobrevoló varias veces el barco tratando de posarse en una plataforma de metal liviano instalada sobre la cubierta de popa. No consiguió hacerlo pues empezó a soplar puelche.
¿Sabe de qué le hablo?
El puelche. Al finalizar el otoño empiezan a sentirse las primeras ráfagas de los vientos provenientes del Atlántico, vientos que barren la pampa, avanzan sin encontrar barreras en las cordilleras mochas de La Patagonia argentina y, poco antes de topar con el litoral chileno, rozan las cordilleras bajas de Cuatro Pirámides y Melimoyu, contagiándose con el vaho helado de los hielos eternos. Al alcanzar la mar de cara al extremo norte del Archipiélago de las Guaitecas, chocan con los poderosos vientos que vienen del Pacífico, y cambian el curso este-oeste por uno norte, y así, siguen hasta alcanzar los golfos de Ancud y Reloncaví con ráfagas heladas que estremecen hasta las piedras. Cuando sopla puelche es mejor quedarse en casa, dicen los marinos chilotes.
—Se veía venir duro el puelche. El Nishin Maru levó anclas y navegó hasta Puerto Montt. Sólo ahí consiguió posarse el helicóptero y, luego de asegurarlo con cabos y lonas, el barco se hizo a la mar abierta con rumbo suroeste, buscando la salida del Canal de Chacao por el sur del Golfo de Los Coronados, frente al Cabo de Huechucuicui. No entendíamos la razón del helicóptero, pero sí que el capitán T Tanifuji tenía prisa. Capeaba un temporal de duración indefinida saliendo a alta mar, y al mismo tiempo avanzaba a toda máquina con rumbo sur. ¿Me sigue en la carta?
Lo seguía con toda mi atención. Mientras hablaba, la mano derecha del capitán Nilssen hacía navegar con rapidez el índice por la carta marítima, y me costaba memorizar los nombres de las islas, cabos, golfos y otros accidentes. Le pedí un descanso para familiarizarme con la carta y aceptó, y me dejó frente al pliego salpicado de miles de manchas verdes.
Antes de subir a cubierta, el capitán Nilssen me miró divertido.
—No es necesario que se aprenda la carta. Es imposible. Nadie es capaz de retener tantos nombres en la sesera. Antes de dejarlo le contaré una anécdota: un buen amigo mío, un navegante chilote que se merece el título de lobo de mar, trabajó durante muchos años como práctico en el Estrecho de Magallanes. El hombre tomaba el timón de cualquier barco y lo conducía sin problemas hacia el Pacífico o hacia el Atlántico. Pero mi amigo tenía el pecado de no haber estudiado jamás en una escuela naval y para colmo de sus males era socialista. Cuando vino el golpe militar del 73 y los milicos se adueñaron de todo, la gobernación marítima de Punta Arenas lo citó a rendir un examen para renovarle la licencia de práctico. Pues bien, mi amigo César Acosta y sus cuarenta años de experiencia se sentaron frente a un imbécil con grado de teniente de marina. El oficialito extendió una carta marítima del estrecho y le dijo: «Indíqueme dónde están los bancos de arena más peligrosos». Mi amigo se rascó la barba y le respondió: «Si usted sabe dónde están, lo felicito. Para navegar a mí me basta con saber dónde no están».
Poco antes del mediodía subí también a cubierta y encontré a los tres hombres tomando mate, sin preocuparse del horizonte nuboso que apenas ofrecía los contornos de la islas.
Dejamos atrás las islas Chauquenes, Tac, Apio, Chulín, y a las dos de la tarde recalamos en la ensenada de Puerto Chaitén para cargar combustible y disfrutar de un estupendo estofado de cordero perfumado con laurel y clavo de olor.
—Descansaremos una hora. Procure estirar las piernas y vaciar el cuerpo. Ahora viene un tramo difícil y no es agradable hacerla en esta lata de sardinas. Unas cuantas millas más al sur y entraremos a Corcovado. ¿Sabe que tiene suerte? Siguiendo al Nishin Maru por esta misma ruta tuvimos un tiempo parecido —me indicó el capitán Nilssen en tanto el Socio consultaba a don Checho por sus deseos gastronómicos de la tarde.
Bahía de Corcovado se abre unas veinticinco millas al sur de Puerto Chaitén. En verano, y sin vientos, ofrece upa superficie lisa que permite apreciar el fondo marino con una transparencia insuperable, pero en invierno y con aguas movidas del Pacífico abierto es un tramo endemoniadamente peligroso.
Unas cuarenta millas separan la bahía de la costa oriental de Chiloé. El punto más austral de Chiloé está separado del cabo norte del Archipiélago de las Guaitecas por un canal de otras treinta y tantas millas de ancho. Las fuertes corrientes del Pacífico entran por ese canal, pero en el medio de él chocan contra Isla Guafo y se dividen para reencontrarse con mayores bríos en el centro del canal, y así avanzan formando espantosos remolinos hasta azotarse contra Bahía de Corcovado, agrandándola con los siglos, quitándole volumen a los escarpados farallones del Ventisquero Corcovado que baja su mole de granito a pique hasta la mar.
Fue una travesía dura. Don Checho y el capitán Nilssen se turnaron al timón y yo luché por mantener mi estómago en algún lugar del cuerpo que no fueran los pies o la cabeza, mientras el Socio, con sus útiles de cocina bien sujetos a la hornilla mediante bandas de hule, se daba a los preparativos de la cena.
Creo que el Pájaro loco hizo en el aire la mayor parte del viaje. Tocaba el agua para volver a levantarse en medio de furiosos estampidos y quejidos de alarmada arboladura. A las cinco y media de la tarde ya estaba oscuro y, de pronto, milagrosamente, entramos a una ensenada de calma. Luego de dar un breve rodeo por el sureste de un islote, don Checho detuvo los motores y el Socio saltó a tierra.
Don Checho me habló por primera vez en todo el viaje.
—¿Se divirtió, paisano? Ahora estamos al sur de Isla Refugio. Se llama así porque las alturas de la cordillera de Melimoyu la protegen del viento. Por arriba está soplando puelche, pero va a caer unas doce millas al oeste. Socio, ¿qué se come?
El peón saludó la repentina locuacidad de su patrón con un eufórico: «¡Chupe de cholgas!».
Sentados en cubierta, cenamos un formidable budín de cholgas, mejillones grandes como una mano y de irresistible color rosado. Vino la sobremesa comentando los pormenores del viaje y me interesé por saber algo más de esos dos hombres. Hice un par de preguntas que respondieron con desganados monosílabos, y la conversación parecía no tener futuro hasta que me interesé por las características de los motores y dónde los habían adquirido.
Los dos soltaron una carcajada.
—¿Se lo cuento, jefe? —preguntó el Socio.
—Claro. Si anda con Nilssen, es de confianza.
Pero sin exagerar, Socio. No le ponga demasiada caca.
—¡Ayayay, este jefazo mío! Mire. Antes teníamos un motorcito tísico que andaba cuando quería y no contábamos con medios para comprar otro. Un día, mejor dicho, una noche, Dios que es grande y quiere a su perraje nos mandó a la Alianza para el Progreso. ¿Le dice algo la palabra Unitas? Son unas maniobras navales que hacen los yanquis y los chilenos.
Bueno, el caso es que una tormenta pilló a los gringos mientras jugaban a las invasiones en Bahía de Cucao, en la costa oeste de Chiloé, y dejaron botados dos lanchones de desembarco, de esos grandes con puente levadizo y todo. El jefe y yo los vimos y nos dijimos: «Puchas, que son generosos los gringos. Nos dejan estos motorcitos de regalo».
Los desmontamos y aquí los tiene. Y pensar que hay gente mal agradecida que se queja de los gringos.
—Pero esos motores deben ser muy pesados, y el que ustedes tenían…
—Ya le dije que Dios quiere a su perraje. Casualmente andábamos en el Finisterre y en ese barco entra de todo.
El Socio terminó su relato y se entregó al lavado de platos y peroles. Sentado en cubierta, encendí un cigarrillo y sentí que empezaba a querer al Finisterre.
Con las primeras luces del 23 de junio dejamos atrás el atracadero natural de Isla Refugio y continuamos la navegación con rumbo sur.
Las aguas se presentaban tranquilas y cristalinas y, sin embargo, la radio informaba de fuertes vientos en la mar abierta. La temperatura no subía los dos grados al entrar a la boca norte del Canal de Moraleda. Por el este pasamos frente a las islas Tilo y Magdalena. Por el oeste, las Guaitecas, las Leucayec, las Chaffers, Carrao, Filomena, Huenahuec, Tránsito, Cuptana, Melchor y cientos de islotes anónimos, poblados por focas y aves marinas que contemplaban impasibles el paso del Pájaro loco.
—El 7 de junio navegábamos por aquí mismo —empezó diciendo el capitán Nilssen—. Habíamos localizado la secuencia de radio del Nishin Maru y podíamos calcular que lo teníamos muy cerca. Sólo las islas nos separaban. El japonés navegaba a unas cien millas de la costa y ese dato nos dijo que el tiempo jugaba a nuestro favor. Para entrar al Golfo de Penas y buscar los escondites de las ballenas debería hacer primero un rodeo al oeste y luego al sur, esquivando los bancos de arena que rodean la Península de Taitao. Nosotros conocemos un atajo, ya lo verá, y nos disponíamos a esperarlo a la entrada norte del Canal de Messier, bloqueándola con el Finisterre. Pero Tanifuji venía mejor informado de lo que pensamos y es astuto como un zorro hambriento. Ya verá por qué lo afirmo, pero antes, aprovechando que estamos aquí, quiero mostrarle algo interesante, aunque no tiene nada que ver con nuestro viaje. Mire, aquella mancha verde que tenemos a babor es la costa norte de Isla Melchor, separada de Isla Victoria por un canal de escasos metros de ancho y poco calado. Ese canal sin nombre va a dar a una ensenada frente a las islas Kent y Dring, por el oeste, y era un buen refugio para los bucaneros del pasado. Mi padre navegó por ese canal y a él se deben las mediciones de profundidad que aparecen en las cartas. Es muy posible que en aquella ensenada comenzara la leyenda del barco fantasma, del Caleuche, aunque la nave tuviera originalmente otro nombre: Cacafuego.
—¿Cacafuego? Es la primera vez que escucho ese nombre.
—No me extraña. Su primer capitán se llamó Alonso de Méndez y duró tres semanas en el cargo. Murió colgado del palo mayor por orden de su segundo capitán, Francis Drake.
—¿El Corsario?
—El mismo. Sir Francis Drake. En 1577, Francis Drake atravesó el Estrecho de Magallanes con una flota de siete bergantines. Uno sólo, el Golden Hind, sobrevivió a la travesía, y con él avanzó Drake hacia el norte saqueando algunas ciudades chilenas y más tarde del Perú. En el Callao tuvo la fortuna de topar con el Cacafuego, nave construida en astilleros del nuevo mundo, mal defendida, pero excelente para la carga. El Cacafuego transportaba un gran cargamento de oro y plata, tan grande, que Drake no pudo transbordarlo al Golden Hind y hundir luego la nave de bandera española.
El corsario se vio enfrentado a un dilema: o arrastraba el pesado Cacafuego como un lastre hacia el norte, en busca de nuevos botines y, sobre todo, de un par de buenas naves que le permitieran trasbordar los metales preciosos, o dejaba el barco cautivo al mando de un hombre de absoluta confianza. Optó por lo segundo y nombró capitán del Cacafuego a Williams O’Barrey, un sanguinario irlandés con la cabeza puesta a precio por la Liga Hanseática.
Era el invierno de 1577. Drake sabía que ninguna nave española vendría desde el sur, y así se lanzó a todo trapo con rumbo norte, esperando sorprender nuevas embarcaciones españolas en la desembocadura del río Guayas. O’Barrey quedó al mando de una tripulación de treinta hombres y sus instrucciones fueron esperar el regreso de Drake.
Por esos tiempos existían sólo dos motivos que llevaban a los corsarios al motín: exceso de hambre o exceso de oro. El segundo impulsó al irlandés a la desobediencia, y, en julio de ese año, desplegó el velamen con rumbo sur y con el barco cargado hasta los topes.
En tres meses O’Barrey consiguió hacer dos mil quinientas millas, y en octubre de ese año un fuerte temporal lo sorprendió muy cerca de donde estamos, casi frente a Isla Lemu.
La nave, cargada en demasía, no le permitió hacerse a la mar abierta para capear el temporal y buscó refugio en la ensenada que forman las islas Melchor, Victoria y Dring.
Ojalá nunca lo hubiera hecho, pues al amainar el temporal descubrió tres naves de la armada española bloqueándole la salida. Había tardado demasiado en su intentona de alcanzar el Estrecho de Magallanes. El Cacafuego no contaba con más que dos cañones y los mosquetes de la tripulación para defenderse. Las naves españolas, por el contrario, estaban bien artilladas y los corsarios sabían que les esperaba la horca. O’Barrey, en un arrebato de optimismo, creyó encontrar indulgencia en los sitiadores a cambio de entregarles el botín, pero sus hombres no le perdonaron la cobardía y lo colgaron del mismo palo en el que antes colgaran al infortunado capitán Méndez.
Al anochecer, una espesa niebla se abatió sobre la ensenada y los sitiadores no percibieron la maniobra evasiva del Cacafuego.
Los corsarios navegaron cinco millas al sur de la ensenada y por un estrechísimo paso que separa las islas Victoria y Dring salieron a las aguas del canal que ahora se conoce como Darwin. Eran excelentes navegantes aquellos corsarios, y su timonel debió de ser un tipo que pensaba con las manos. La niebla debió de cubrir el litoral por varios días, de otro modo no se explica que los sitiadores tardaran cuatro jornadas en descubrir la nave fugitiva noventa millas al sur, a la entrada del Golfo de Peñas, así se llamó hasta que los cartógrafos ingleses eliminaron la letra eñe.
Los españoles pudieron atacar a los corsarios en el golfo, pero no lo hicieron tal vez para evitar que los asediados hundieran la nave. Al colgar al capitán O’Barrey se habían mostrado dispuestos a todo menos a entregarse, y les permitieron entrar en el Canal de Messier. Los españoles desconocían los canales. Nunca les interesaron, como tampoco les interesaron las tierras del sur del mundo, quién sabe si atemorizados por las descripciones de monstruos y seres de pesadilla que supuestamente habitaban las islas. La única vez que los españoles mostraron interés por estos lugares fue cuando Francisco de Toledo ordenó la conquista de Trapananda, palabra que hasta ahora es un misterio, y movido nada más que por la hipotética riqueza de la Fabulosa Ciudad Perdida de los Césares. Los dejaron entrar en el Canal de Messier y esperaron a que el hambre y la desesperación les hicieran salir a la mar abierta.
Para asegurarse de no perderlos nuevamente se dividieron el patrullaje litoral. Una nave quedó en el Golfo de Penas, a la entrada norte del canal. Otra avanzó cien millas al sur hasta la salida del Canal Dinley, y la última se apostó entre Isla Madre de Dios y Bahía Salvación.
Fue una maniobra bien pensada: los corsarios tendrían que salir alguna vez, y si pretendían hacer por los canales las quinientas millas que los separaban del Estrecho de Magallanes, la nave apostada frente a Bahía Salvación los vería y podría bloquearles el paso.
La espera se prolongó catorce meses y el Cacafuego no dio señales de vida, hasta que los sitiadores, reforzados por otras cuatro naves, se lanzaron a la búsqueda por los canales.
Nunca los encontraron. Nadie sabe si el Cacafuego alcanzó alguna vez la mar abierta, pero hay cientos de leyendas de onas, yaganes y alacalufes que hablan de individuos rubios desembarcando oro en las islas para aligerar el barco. Y las leyendas dicen que los tripulantes vaciaban las bodegas, mas al regresar a bordo las encontraban nuevamente llenas. También son muchos los isleños que juran haber visto un barco que con las velas hechas jirones navegaba pesadamente, y entre las brumas se escuchaban los lamentos de sus tripulantes que imploraban por la libertad de la mar abierta.
Yo he cazado a algunos marinos como el viejo Eznaola, un vasco de Puerto Chaitén, que todavía sale con su cúter embanderado con gallardetes de amnistía para poner fin a la maldición del pirata O’Barrey y sacar a esos pobres diablos del encierro. Tal vez el Cacafuego sea el Caleuche. Y, si no, ¿qué importa? En estas aguas hay espacio para muchos barcos fantasmas…
Al anochecer torcimos al este de Isla Victoria para tomar el Paso del Medio, al norte de Isla Quemada, y entramos al Gran Fiordo de Aysén.
Navegando cuarenta millas por el fiordo, continente adentro, se llega a Puerto Chacabuco, y a las ciudades ganaderas de Aysén y Coyaique, capital de La Patagonia. Pero el Pájaro loco atracó en Caleta Oscura, a la entrada del fiordo.
El Socio nos repuso de la jornada con una suculenta cazuela de mariscos y algas, y luego de la cena el capitán Nilssen me indicó que todavía nos faltaban unas horas de navegación para llegar hasta el Finisterre.
—Unas horas y algo más. Palabra que olvidé preguntarle, ¿sabe montar?
—Sí. Aunque nunca he destacado como jinete.
—No importa. Son unos setenta kilómetros por terreno escarpado. Pero no se asuste. El culo es la parte del cuerpo que más pronto olvida los malos tratos.
A las cinco de la mañana del 24 de junio dejamos Caleta Oscura y nos adentramos por el Canal Costa con rumbo sur.
Navegamos casi en línea recta, casi sin tocar el timón por una senda de una milla de ancho. Al oeste teníamos Isla Traiguén y al este los hielos de la Cordillera de Hudson.
Treinta millas más al sur, y teniendo como punto referencial este Isla Simpson, entramos al Fiordo Elefantes, bordeando en su orilla oriental por los imponentes nevados de la Cordillera de San Valentín que alza sus cuatro mil metros de soledad afilada por los vientos. En el centro del fiordo, y moviéndose con delicadeza por sus aguas mansas, vimos varias docenas de delfines cruzados, hermosos animales de piel oscurísima, veteados con pinceladas de plata a los costados.
Se acercaron al Pájaro loco con la naturalidad de quien saluda a un viejo conocido y agradecieron los pescados que les lanzó el Socio con graciosos saltos. Saetas de noche y plata suspendiendo sus dos metros en el aire, sumergiéndose y emergiendo junto a la nave, diciéndonos algo indescifrable con sus bocas menudas de dientes ambarinos.
Don Checho dio un toque de timón para acercar el Pájaro loco a la escarpada y verde costa occidental. Navegábamos frente a la Península de Sisquelán y pocas millas más al sur encontraríamos la infranqueable barrera helada de los ventisqueros de la Laguna de San Rafael.
El aire nos anunciaba la presencia de los hielos eternos, de las seiscientas mil hectáreas de gIaciares que empiezan en el extremo sur del Fiordo Elefantes y donde hasta hace apenas un siglo se reunían los chonos, los alacalufes, los onas y los chilotes para faenar alguna ballena varada, para intercambiar pieles, cazar focas, elefantes marinos, saldar viejas cuentas con la vida y la muerte, y para que los dioses marinos preñaran a las vírgenes y llenaran las cabezas de los mocetones con promesas de dichas y placeres.
Un inglés pasó por estos lugares y los miró sin entender nada. Escribió: «Tristes soledades donde la muerte más que la vida parece reinar soberanamente». No entendió nada y por eso mintió como buen inglés. Se llamaba Charles Darwin.
—Lo que vemos no es normal —indicó el capitán Nilssen.
—Los cruzados son delfines de mar abierta. Estos se ocultan en el fiordo y no dejan de ser amistosos. Tal vez captan que no somos enemigos. Quién sabe. A veces los delfines me parecen mucho más sensibles que los seres humanos, y más inteligentes. Son la única especie animal que no acepta jerarquías. Son los ácratas de la mar.
Los delfines continuaron saltando hasta que tocamos tierra. Es posible que su ser amistoso sea más fuerte que el instinto de conservación.
Atracamos en un muelle natural formado por rocas planas. El espectáculo de los delfines me impidió ver al hombre que nos esperaba envuelto en un grueso poncho de Castilla, y resultaba difícil ignorarlo porque Pedro Chico era enorme.
Pude apreciar su estatura cuando se acercó a saludar al capitán Nilssen.
—¿Es el hombre que escribe? —preguntó.
Nilssen hizo las presentaciones y el gigante me tendió su mano abierta.
Luego de comer un reponedor guiso de algas, luche y cochayuyo, nos despedimos de don Checho y el Socio. Creo que siempre extrañaré sus platos preparados ignorando el oleaje y el viento, o tal vez usándolos como un condimento más.
El Pájaro loco zarpó con rumbo norte, y Pedro Chico nos llevó hasta los caballos, tres matungos peludos que echaban vapor por los hocicos y no se dejaban montar con mucho gusto. También nos entregó espuelas de rodaja ancha y ponchos de Castilla, y empezamos la cabalgata.
El cielo se despejó y así disfrutamos de un panorama de cordilleras bajas, lagunas de agua dulce, riachuelos, bosques y grutas en las que tal vez se encuentran los tesoros del Cacafuego. Muy pronto cayó la noche y continuamos cabalgando bajo una nube de estrellas que se repetían y multiplicaban reflejadas en los glaciares y en los muros del Ventisquero de San Valentín, barrera infranqueable que corta la Península de Taitao.
Taitao se interna unas ochenta millas en el Pacífico. En su extremo más sudoccidental se estrecha en una delgada franja, que vista en el mapa parece una boca aflautada soplando hacia el continente para formar la burbuja verde de la Península de Tres Montes y las burbujitas menores de Islas Crosslet.
Aunque hacía sólo dos grados bajo cero, la noche diáfana y la cercana presencia del Ventisquero de San Quintín con sus agujas de hielo pulidas por los vientos, nos decían que al otro lado de la península empezaban los territorios del fin del mundo, aquéllos donde el hombre no es más que una porfiada voluntad enfrentada a los caprichos y humores de los elementos. Siempre cabalgamos al trote o al paso, e íbamos tan abrigados bajo los ponchos de Castilla que ninguno pensaba en un alto para no perder calor, hasta que, al filo de la madrugada, Pedro Chico impuso el derecho de los matungos a una pausa.
Mientras los caballos disputaban con la escarcha briznas de pasto, Pedro Chico preparó un desayuno de arrieros, pan, charqui y mate, que me supo a gloria en aquellos parajes.
A las once de la mañana del 25 de junio divisamos las aguas tranquilas como un espejo de Bahía de San Quintín, encerrada por el sur por el abrazo de otra península, apéndice de la de Taitao; la de Forelius.
Ahí nos esperaban dos jinetes inmóviles sobre sus cabalgaduras. Eran los hermanos Eznaola, amigos de Nilssen, hijos del navegante vasco que hasta hoy intenta liberar de la maldición a los tripulantes del barco fantasma y dueños de los matungos que montábamos.
Se los llevarían de regreso hasta su estancia, La Bien Querida, cabalgando unos doscientos cincuenta kilómetros hacia el este, cruzando ventisqueros y cordilleras hasta alcanzar las riberas de Lago Cochrane en la frontera con Argentina.
Junto a los Eznaola, hombres dados al silencio, hicimos los siguientes kilómetros hasta arribar al Golfo de San Esteban. Allí estaba el cúter, meciéndose, nervioso por ganas de zarpar.
El Finisterre era un barco de líneas delicadas. Había imaginado un cúter a la inglesa, con varias velas al tercio y un conveniente número de foques, pero tenía frente a mí una embarcación de una sola vela, anidada en una verga izable y un petifoque pegado al estay.
Estaba pintado de verde, y las junturas del maderamen enseñaban el calafate colocado por manos diligentes, sin hilachas. El agua transparente del golfo dejaba ver parte de la quilla libre de escoria, y el capitán Nilssen me invitó a subir a bordo.
Los doce metros de eslora por cuatro de manga eran un monumento a la sobriedad. El timón estaba a metro y medio de popa y desprovisto de castillo. A un costado, como un centinela, se alzaba la base de bronce bien pulido del compás, y dos anillos de yute firmemente unidos a cubierta indicaban dónde ponía los pies el timonel durante las travesías movidas.
En popa colgaba la panga capaz de llevar a cuatro personas, con los remos cortos descansando sobre el vientre. A dos metros de proa estaba la escotilla de corredera que me enseñó la intimidad del Finisterre.
La poderosa arboladura se notaba pulida con esmero. Cerca de proa se ordenaban los aparejos y herramientas. Al centro, dos literas y una mesa. A un costado se afirmaba la radio, y hacia popa estaba el motor, la bomba de achique, dos tambores de combustible y el encadenado del timón bajando hacia la quilla por dos entradas de metal recauchado.
Nos despedimos de los Eznaola, y Pedro Chico se valió de la barra para alejar a la nave de la orilla. Desplegó enseguida el petifoque, y el barco se movió con delicada rapidez. Así hicimos las primeras millas con rumbo sur, siempre sur, y, cuando el capitán Nilssen izó la vela al tercio, entrábamos al Golfo de Penas.
—Tome el timón. Sin miedo. Se está acercando al fin del misterio, y yo necesito indicar ciertos puntos en la carta para que entienda mejor todo cuanto verá. Pedro Chico no es tan buen cocinero como el Socio, pero tirando lenguados a la barbacoa es insuperable. ¿Comió alguna vez lenguado envuelto en sal? Prepárese para algo bueno y ponga atención a lo que vaya decirle.
¿Ve la mancha a babor? Es Isla Javier. Detrás está el Canal Chear y una serie de fiordos que se internan hasta veinte millas continente adentro. La mañana del 8 de junio empezamos a recibir un viento huracanado del suroeste de más de cuarenta nudos que nos impidió hacer la maniobra planeada, es decir, ganar el centro del Golfo de Penas y entrar a todo trapo en la boca norte del Canal de Messier. Pensábamos fondear ocultos en el Paso del Suroeste, que une el canal con la mar abierta separando las islas Byron y Juan Stuven.
Desde esa posición nos hubiera resultado fácil bloquearle el paso al japonés, pero el maldito viento soplaba cada vez con mayor fuerza y nos obligó a buscar amparo en el Canal Chear.
A eso del mediodía el golfo tenía olas de tres metros, y parece que el capitán Tanifuji menospreció el nombre del lugar por donde navegaba. La ventolera y el oleaje lo obligaron también a buscar refugio y vimos al Nishin Maru apareciendo por la entrada sur del Canal Chear.
Nos separaba algo menos de media milla. Nosotros podíamos distinguir entera la silueta del Nishin Maru, pero ellos nos veían sólo parcialmente. Al oscurecer, nos perdieron de vista por completo y entonces nos buscaron con la radio, por la frecuencia de la capitanía de Punta Arenas. El radio operador, en un castellano chapucero, nos preguntó si estábamos en apuros. Respondimos que no, agregando que éramos marisqueros sorprendidos por el temporal. Luego de una larga pausa buscaron de nuevo contacto, esta vez para decimos que hablábamos con una nave de la Amada, que estábamos en zona de maniobras navales, y nos ordenaron zarpar hacia el norte. Contestamos que conforme, y nos pasamos la noche observando las luces del Nishin Maru en el horizonte sur.
Al amanecer la ventolera había declinado algo, pero su componente no varió: seguía soplando desde el sur. El Canal de Messier lo disparaba como un chorro de odio sobre nosotros. Para salir de allí bordeamos la costa norte de Isla Javier y, cortando las olas casi de lado, ganamos el oeste del golfo. Pasada Punta Anita, recibimos los buenos vientos del Pacífico, vientos que soplan de oeste a noreste, y pusimos el barco a todo trapo para cruzar en diagonal el golfo. Lo conseguimos a fuerza de casi romper el timón, sabíamos que le llevábamos varias millas de ventaja al Nishin Maru, mas, al pasar frente al Canal de Messier, a unas treinta millas de la boca norte, el condenado viento nos arrojó contra la Boca de Canales, la entrada a un laberinto de fiordos que se meten en el continente hasta cien millas adentro, fiordos comunicados por pasos muy estrechos y que muy pocos hombres conocen. Mi padre fue uno de ellos, y Pedro Chico es capaz de encontrarlos con los ojos cerrados. Allí nos quedamos. No podíamos hacer otra cosa más que esperar a que el viento amainara. Estábamos a veinte millas de la Boca Norte del Canal de Messier.
Desde ese punto vimos aparecer al Nishin Maru por el centro del golfo. Iba a toda máquina en pos del canal. No podíamos competir en esa carrera y vimos que lo alcanzaba bordeando la Península de Larenas.
Tanifuji conocía muy bien su destino y su ruta: haría las primeras quince millas por el Canal de Messier con rumbo sur, luego treinta y cinco al suroeste por el Canal de Swett, entraría al Estrecho Baker por donde seguiría veinte millas en línea recta con rumbo este para desembocar finalmente en Gran Ensenada Sin Nombre, a la que encierran el continente y las islas Videnau, Alberto y Merino Jarpa. En esa ensenada hay más de cincuenta fiordos y en ellos se refugiaban varios grupos de ballenas calderón.
Nosotros plegamos los trapos y entramos a motor por Boca de Canales.
El primer tramo no es difícil. Durante las primeras cuarenta millas el Finisterre sortea bien los recodos y los arrecifes, pero luego vienen los bancos de algas, y las aspas amenazan a cada rato con detenerse. Así y todo, al atardecer, ganamos la entrada del Canal Troya, que separa las islas Alberto y Merino Jarpa, y reencontramos al Nishin Maru en Gran Ensenada Sin Nombre.
Había muy poca luz, pero nos bastó para conocer el estilo de caza del capitán Tanifuji.
¿Escuchó hablar alguna vez de la caza de caballos a la australiana? Es muy sencillo: en helicópteros buscan las manadas de caballos salvajes y esperan la llegada de la noche.
Entonces, con poderosos reflectores los enloquecen de miedo, los caballos corren en círculos, sin alejarse, y los cazadores los ametrallan desde el aire.
Por eso esperó Tanifuji el helicóptero en Corcovado. Y allí, en Gran Ensenada, ametrallaba ballenas que acudían curiosas a la llamada de los reflectores.
Al amanecer, los japoneses seguían subiendo ballenas muertas a bordo. Los vimos izar unas veinte, una tras otra, y habían trabajado toda la noche sin descanso, por lo que es imposible saber cuántas mataron. El agua de la ensenada hedía a sangre y por todas partes flotaban restos de piel.
Sentí que llegaba al final de un largo viaje. Ya no me quedaban infamias por ver.
Pensé en desembarcar a Pedro Chico y enseguida lanzarme con el Finisterre a todo dar contra la sala de máquinas del Nishin Maru. Llevo quinientos litros de combustible a bordo, y eso hace una buena molotov. Pedro leyó mis pensamientos y por segunda vez me habló como un extraño: «No, patrón. Yo soy más de estas aguas que usted». Y botó la panga.
Lo vi remar rumbo al Nishin Maru y, cuando lo alcanzó, los tripulantes empezaron a lanzarle basuras, latas, desperdicios que Pedro les devolvía sin llegar a tocarlos. Enseguida comenzaron a hostigarlo con un chorro de agua. Los japoneses reían mientras lo bañaban, y Pedro se concentraba en mantener a flote la panga.
Yo no sabía, no podía imaginar qué se proponía al mantenerse pegado junto al Nishin Maru mientras los tripulantes hasta se orinaban encima de él, y lo que ocurrió a continuación lo verá usted mañana, pero sería estúpido si no se lo cuento ahora.
En un momento determinado, cuando otras dos mangueras se habían agregado al jolgorio y Pedro casi no lograba mantenerse a flote, junto a la panga emergió la espalda de una ballena calderón que con todo cuidado empujó a Pedro y su embarcación hasta alejarlos del barco. Entonces, obedeciendo a una llamada que ningún otro hombre ha escuchado en la mar, una llamada tan aguda que estremecía los tímpanos, treinta, cincuenta, cien, una multitud de ballenas y delfines nadaron veloces hasta casi tocar la costa, para volver con mayor velocidad aún y estrellar sus cabezas contra el barco.
Sin importarles que en cada ataque muchos de ellos morían con las cabezas reventadas, los cetáceos repitieron los ataques hasta que el Nishin Maru, empujado contra la costa, amenazó con encallar. Lo llevaron muy cerca de los arrecifes y había pánico a bordo. Algunos tripulantes insensatos botaron botes salvavidas que en cuanto tocaban el agua eran destrozados a coletazos. A otros los vi caer al agua durante las embestidas. De pronto se declaró un incendio a bordo, el helicóptero ardió en la cubierta de popa, y Tanifuji dio la orden de alejarse a toda máquina, sin preocuparse por la suerte de los tripulantes que todavía se movían en el agua y que fueron implacablemente destrozados por las ballenas y los delfines.
¿Le cuesta creer todo esto? Desde luego es increíble, pero mañana verá con sus propios ojos el lugar y los restos de la batalla. Le advertí que la historia era increíble, como también lo es el que dejaran marchar al Nishin Maru cuando lo tenían a punto de encallar, y que empujaran la panga con Pedro a bordo hasta el Finisterre sin siquiera rozarlo.
Y ahora déjeme el timón. ¿Sabe que no lo hace mal? Usted no lo sujeta con las manos; lo siente en ellas, y ése es el secreto de los buenos timoneles. Prepárese para algo bueno.
Pedro Chico tiene listos los lenguados.
Aquella noche, anclados a la entrada del Estrecho Baker, no pude conciliar el sueño.
Hasta mi memoria llegaban todas las historias marinas que había leído en mi vida y se confundían con el relato del capitán Nilssen.
Bien abrigado, subí a cubierta. El caprichoso invierno austral me ofrecía una noche incomparable. Las miles de estrellas parecían estar al alcance de la mano, y la visión de la Cruz del Sur indicando los confines polares me llenó de emoción, de una fuerza y una convicción desconocidas. Por fin sentía que yo también era de alguna parte. Por fin sentía la llamada más poderosa que la invitación de la tribu, ésa que uno escucha o cree escuchar, o se la inventa como un paliativo de la soledad. Allí, en aquella mar serena pero jamás en calma, sobre aquella silenciosa bestia que tensaba los músculos preparándose para el abrazo polar, bajo los miles de estrellas que testimoniaban la frágil y efímera existencia humana, supe por fin que era de allí, que, aunque faltara, llevaría siempre conmigo los elementos de aquella paz terrible y violenta, precursora de todos los milagros y de todas las catástrofes.
Aquella noche, sentado en la cubierta del Finisterre, lloré sin darme cuenta. Y no era por las ballenas.
Lloré porque estaba de nuevo en casa.
El 26 de junio amaneció sin nubes y la temperatura bajó con violencia: ocho grados bajo cero.
Las aguas de Gran Ensenada Sin Nombre ofrecían una quietud plana, y el Finisterre navegando al petifoque les abría una delicada cicatriz.
De pronto, Pedro Chico me remeció por un hombro indicándome un voluminoso cuerpo que emergía por estribor, y por primera vez en mi vida presencié los vigorosos saltos de una ballena calderón.
El cetáceo suspendía sus seis metros en el aire, se sumergía por el lado de estribor, y a los pocos minutos reaparecía por el lado de babor repitiendo su prodigiosa gimnasia. La ballena nos escoltó durante dos horas hasta que arribamos al lugar de la batalla, como decía el capitán Nilssen.
Aún flotaban restos de piel negra, jirones azabaches de varios metros de longitud, como restos de naufragios devorados por los peces que asomaban las cabezas a la superficie.
En la costa de Isla Alberto se congregaban miles de aves marinas y rapaces venidas desde las pampas patagónicas. Daban cuenta de los restos de la carnicería. Se podía distinguir con nitidez las osamentas de muchas ballenas y otras menores, acaso de delfines o de los infortunados tripulantes del Nishin Maru.
Recordé que llevaba una cámara fotográfica. Consulté al capitán Nilssen si podía hacer unas tomas, y me respondió con voz cansada:
—Eso lo debe decidir usted.
Pedro Chico me miraba. Recién descubrí que el gigante tenía unos ojos azules intensos y que, al volver la vista a la mar cubierta de despojos, una expresión de infinito dolor se apropiaba de su semblante. Guardé la cámara.
—Pedro, ¿usted se explica por qué lo ayudaron las ballenas y por qué no se defendieron antes?
Pedro Chico respondió sin apartar la vista de la mar.
—Por mi patrón sabrá que soy alacalufe. Nací en la mar y sé que hay cosas que no pueden explicarse. Son, no más. Mi gente, los pocos que quedan, aseguran que las ballenas no saben defenderse y que son los únicos animales compasivos. Cuando boté la panga y remé hacia el ballenero sabía que los tripulantes me atacarían y que las ballenas, al verme indefenso, atacado por un animal mayor, no vacilarían en acudir en mi defensa. Así ocurrió.
Tuvieron compasión de mí.
—¿Y qué pasará con las ballenas que quedan?
—Se irán. La calderón que nos escoltó es un macho expedicionario. Buscarán otras ensenadas, otros fiordos por el sur, cada vez más al sur, hasta que se les acabe el mundo —terminó Pedro Chico moviendo con suavidad el timón.
—Bueno. Ya lo vio. Puede escribir lo que quiera —dijo el capitán Nilssen y agregó—: No olvide mencionar el Finisterre. Los barcos que han conocido el sabor de la aventura se enamoran de los mares de tinta y navegan a gusto en el papel.