Transcurría la mañana del día siguiente al de la reunión…
Ivor Smith y Tommy hicieron una pausa en su conversación para fijar la vista en Tuppence, quien se había quedado pensativa, contemplando el piso de la chimenea. En aquellos momentos parecía estar muy lejos de allí.
—¿Dónde nos habíamos quedado? —inquirió Tommy.
Con un suspiro, Tuppence concentró de nuevo su atención en los dos hombres.
—A mí se me antoja que todo anda un poco embrollado todavía —dijo—. Vamos a ver… ¿Cuál era el fin perseguido al organizar la reunión de anoche? ¿Qué significaba realmente? —ahora se dirigió concretamente a Ivor Smith—. Yo me imagino que usted sí sabrá a qué atenerse claramente. ¿Está usted al tanto de la situación, de veras?
—Yo no iría tan lejos —respondió Ivor—. Todos no perseguimos lo mismo, ¿verdad?
—Por supuesto —replicó Tuppence.
Los dos hombres la miraban inquisitivamente.
—Está bien —manifestó Tuppence—. Yo soy una mujer dominada por una obsesión. Quiero encontrar a la señora Lancaster. Deseo tener la seguridad de que no le ha ocurrido nada malo.
—Primero tendrás que dar con la señora Johnson —dijo Tommy—. Nunca encontrarás a la señora Lancaster si antes no das con aquella.
—La señora Johnson… Sí. Todo lo que me pregunto es… Pero, en fin, supongo que esta parte del caso no le interesa a usted, señor Smith.
—¡Oh! Ya lo creo que me interesa, señora Beresford. Y mucho.
—¿Qué hay acerca del señor Eccles? —Ivor sonrió.
—Me parece que el señor Eccles no tardará en recibir la justa recompensa a que se ha hecho acreedor por sus hazañas. No obstante, no quiero aventurarme. Se trata de un hombre que encubre sus reales actividades con un derroche de auténtico ingenio. Hasta el punto de que uno llega a dudar de la existencia de rastros comprometedores —Ivor Smith agregó, como si reflexionara en voz alta—: Es un cerebro. Sabe planear las cosas bien.
—Anoche… —comenzó a decir Tuppence, vacilante—. ¿Puedo formular algunas preguntas?
—Puedes hacerlas, desde luego —replicó Tommy—, pero no creas que vas a obtener respuestas satisfactorias por parte de Ivor.
—Quería referirme a sir Philip Starke… ¿Qué papel desempeña en este asunto? A mí no me parece un criminal… A menos que sea de los que…
Tuppence se interrumpió, pensando en las suposiciones de la señora Copleigh al aludir a los asesinatos de varios niños en el distrito de Sutton Chancellor.
—Sir Philip Starke viene a ser aquí una valiosa fuente de información —manifestó Ivor Smith—. Es uno de los más ricos terratenientes de Inglaterra, dentro de esta región y algunas otras…
—¿En Cumberland también?
Ivor Smith miró atentamente a Tuppence.
—¿Por qué ha mencionado usted Cumberland? ¿Qué sabe usted de Cumberland?
—Nada —dijo Tuppence—. Por un motivo u otro se me vino a la cabeza —frunció el ceño, dando muestras de perplejidad—. Lo mismo que pensé en una rosa a rayas rojas y blancas, una de esas flores heráldicas de otros tiempos…
Movió la cabeza, dudosa.
—¿Es sir Philip Starke el propietario de la Casa del Canal?
—Es el dueño de la tierra… Posee la mayor parte de las tierras de los alrededores.
—Sí. Es lo que me dijo anoche.
—A través de él hemos sabido de muchos arriendos que han sido hábilmente embrollados, mediante trapicheos legalistas…
—Quiero referirme ahora a esos agentes de la propiedad cuyas oficinas visité en la plaza de Market Basin… ¿Han incurrido en falsedades o he soñado yo esto?
—No, no lo ha soñado. Esta mañana vamos a hacerles una visita. Pensamos formularles unas cuantas preguntas que tienen difíciles respuestas.
—Magnífico —comentó Tuppence.
—Vamos desenvolviéndonos estupendamente ahora. Ya hemos aclarado la gran incógnita del robo de la estafeta de correos en 1.965, y conocemos la solución de los casos planteados en Albury Cross y con motivo del robo del tren correo de Irlanda. Hemos logrado dar con parte del botín. En esas casas eran montadas habitaciones muy curiosas. Sabemos el secreto de un nuevo cuarto de baño que fue instalado en una de las viviendas, de un insospechado piso de servicio, con dos habitaciones sospechosamente pequeñas en relación con el resto, disposición que permitía la existencia de unos espacios disimulados… ¡Oh, sí! Conocemos muchas cosas ya.
—¿Pero qué me dice de la gente alojada, en esas viviendas? —inquirió Tuppence—. Apartémonos del señor Eccles… Tenía que haber alguna otra persona que estuviese en el secreto de todo.
—Claro. Había un par de hombres… Uno de ellos dirigía un club nocturno: Happy Hamish, le llamaban. Escurridizo como una anguila. Y una mujer, Killer Kate… Bueno, de eso hace mucho tiempo… Era una de nuestras más interesantes criminales Muy bella, no andaba bien de la cabeza, sin embargo. Se la quitaron de en medio… Podía haber sido un gran peligro para ellos. La sociedad que esa gente había constituido apuntaba hacia el robo y no al crimen de sangre…
—¿Y fue la Casa del Canal uno de sus escondites?
—La casa se denominó en cierta época «Ladymead». Tuvo muchos nombres, además de ese.
—Supongo que para hacer más difíciles las cosas, para aumentar la confusión —aventuró Tuppence—. «Ladymead». Yo me pregunto si este detalle se halla relacionado con algo determinado.
—¿Con qué?
—Bueno, no, en realidad —dijo Tuppence—. La idea citada me ha hecho pensar en otra cosa. Lo malo es que a veces yo misma me hago un lío con todo lo que estoy pensando. Veamos… El cuadro, por ejemplo, Boscowan pintó el lienzo. Luego, alguien le agregó un bote, en cuyo casco estampó un nombre…
—Tiger Lily.
—No: Waterlily. Y la esposa de Boscowan asegura que no fue su marido el que pintó en cuadro la pequeña embarcación.
—¿Tenía que darse cuenta ella forzosamente de eso?
—Yo me figuro que sí. La esposa de un pintor, especialmente si es artista también, acaba familiarizándose con el estilo de su cónyuge. Impone un poco…
—¿Quién? ¿La señora Boscowan?
—Sí. No sé si acierto a expresarme correctamente. No sé… La veo muy enérgica. Rebosa energía, en efecto.
—Es posible.
—Conoce muchas cosas —dijo Tuppence—. Ahora bien, ignoro si las conoce por las buenas, porque sí… ¿Me comprende?
—Yo, desde luego, no te entiendo, querida —manifestó Tommy.
—Verás… Hay una forma de entrar en el conocimiento de ciertos hechos, el que podríamos llamar directo. La otra manera es como si se presintieran…
—Este es el método por el cual tú te riges, Tuppence.
Tuppence parecía estar siguiendo trabajosamente un razonamiento de última hora.
—Dígase lo que se diga, todo gira en torno a Sutton Chancellor, concretamente, alrededor de «Ladymead», «La Casa del Canal» o como se llame la vivienda. Hay que pensar también en la gente que vivió en ella, antes y ahora. Algunas cosas del momento actual pudiera ser que arrancasen de muchos años atrás.
—Usted acaba de acordarse de la señora Copleigh.
—En suma, yo pienso que la señora Copleigh, al referirse a tantos hechos a la vez, no hizo más que contribuir a incrementar mi confusión. A mí me parece que se ha armado un lío al mezclar unas fechas con otras.
—En la gente del campo esto es corriente —afirmó Tommy.
—Lo sé perfectamente —declaró Tuppence—. En fin de cuentas, yo me crié en un distrito rural. Los aldeanos fijan fechas guiándose por los acontecimientos más destacados, sin hablar casi para nada de años. No dicen nunca «esto sucedió en 1.930» o «aquello pasó en 1.925»… Suelen decir «Eso sucedió en el año en que el viejo molino fue pasto de las llamas», o: «Aquello pasó el año en que cayó el rayo sobre el roble gigante, matando al granero James», o: «Eso ocurrió el año en que hubo la epidemia de polio». En consecuencia, naturalmente, las cosas que ellos recuerdan siguen un orden muy convencional. Todo lo expuesto es difícil de desentrañar. Sorprendemos retazos de verdad aislados… —Tuppence adoptó el aire de una persona que acaba de realizar un importante descubrimiento—. Lo peor de todo es que una ya se siente vieja.
—Usted será joven siempre —dijo Ivor galantemente.
—No sea usted necio —contestó Tuppence con acritud—. Soy vieja porque yo también recuerdo las cosas de esa manera. He retrocedido, me he vuelto primitiva en cuanto a los medios empleados para ayudar a mi memoria en sus cada vez más precarias funciones retentivas. Tuppence se puso en pie, comenzando a dar paseos por la habitación.
—Este hotel no puede ser más cargante —comentó. Pasó al dormitorio y regresó en seguida, moviendo expresivamente la cabeza.
—No hay ninguna Biblia…
—¿Cómo?
—Sí. En los hoteles antiguos siempre había una Biblia junto a la cama. Supongo que la colocación en la mesita de noche por si alguien necesitaba asegurar su salvación, durante el día o después de haber oscurecido. Pues no, no hay ninguna aquí…
—¿Quieres una, ahora?
—Pues sí que me agradaría tener una a mano. Fui educada como Dios manda y conozco el libro como debe conocerlo toda hija de pastor que se precie. Claro que ciertos pasajes se olvidan, andando el tiempo. Esto pasa porque no se leen como antes. Se recurre a nuevas versiones que a lo mejor, desde el punto de vista técnico, son perfectas, pero que no nos dicen mucho —Tuppence agregó de repente—. Mientras ustedes dos van a ver a esos agentes de la propiedad, yo me acercaré en el coche a Sutton Chancellor.
—¿Con qué fin? Te lo prohíbo terminantemente, Tuppence —dijo Tommy.
—¡Bah! No voy allí de sabueso esta vez. Me limitaré a entrar en la iglesia, con objeto de echarle un vistazo a la Biblia. Si se trata de una moderna versión, preguntaré al sacerdote si tiene otra. La que yo busco, la que me interesa, la «versión autorizada».
—¿Para qué la quieres ahora?
—Pretendo refrescar mi memoria, en relación con las palabras que leí en la lápida de aquella tumba infantil… Me inspiraron un gran interés desde el primer momento.
—Todo esto está muy bien, Tuppence, pero la verdad es que desconfío de ti… ¿No acabarás metiéndote en algún lío en cuanto te haya perdido de vista?
—Te doy mi palabra de honor de que no me dedicaré a husmear por entre aquellas tumbas. ¿Qué peligros pueden encerrar para mí la iglesia, en el transcurso de una soleada mañana, y el estudio del buen sacerdote?
Tommy miró a su esposa, no muy convencido, accediendo…
Habiéndose apeado del coche, Tuppence miró a su alrededor cuidadosamente antes de entrar en la zona perteneciente a la iglesia. Se sentía poseída por una natural desconfianza. Había vivido unos momentos muy críticos en aquel lugar. En aquello ocasión, sin embargo, no parecía haber nadie oculto por los alrededores o entre las tumbas.
Penetró en la iglesia. Una mujer ya entrada en años pulía unos metales. Tuppence se aproximó andando de puntillas al atril, examinando detenidamente el libro que descansaba en el mismo. La vieja observó sus movimientos con una mirada de desaprobación.
—No se preocupe que no pienso llevármelo —le dijo Tuppence para tranquilizarla.
Luego, cerrando de nuevo el libro, se encaminó a la puerta, siempre andando de puntillas.
Le hubiera gustado entonces examinar el punto en que habían sido efectuadas las excavaciones, pero…
—Quienquiera que ofenda… —murmuró—. Tendría que haber alguien que…
Fue en el coche hasta el vicariato, se apeó y echó a andar por el camino que conducía hasta la puerta de la casa. Pulsó el botón del timbre, pero no oyó el sonido de este en el interior. «Supongo que está estropeado», pensó Tuppence, sabiendo lo que sucedía siempre con aquellos timbres, por experiencia. Empujó levemente la puerta y esta cedió…
Se Detuvo en el vestíbulo. Sobre la mesita del vestíbulo vio un sobre grande, con un sello extranjero. Leyó el nombre de una sociedad misionera africana.
—Me alegro de no ser misionera —se dijo en un susurro Tuppence.
Tras aquella vaga idea había algo más, algo relacionado con una mesita del vestíbulo situado en no sabía qué casa, algo que ella tenía que recordar, forzosamente… ¿Flores? ¿Hojas? ¿Alguna carta o paquete?
En aquel momento salió el sacerdote por una puerta que quedaba a la izquierda de Tuppence.
—¿Quién es? ¡Ah! ¡Pero si es la señora Beresford!
—Exacto. He venido para preguntarle si tiene usted a mano una Biblia.
—Una Biblia… —el sacerdote vaciló—. Una Biblia…
—Estimé que con toda seguridad la tendría…
—Claro, claro… En realidad, me parece que son varias las que tengo. También poseo un Testamento Griego. Me imagino que no es eso lo que usted querrá, ¿eh?
—No —contestó Tuppence, con firmeza—. Lo que yo quiero es la «versión autorizada».
—¡Oh! Desde luego, tiene que haber varias por aquí. Sí, varias. Siento decirlo, pero no utilizo esa versión en la iglesia, ahora. Uno se ve obligado a seguir las directrices del obispo, partidario de la modernización, de las novedades, amigo de la gente joven. Es una lástima, a mi juicio. Tengo aquí muchos libros, algo amontonados, además, viéndome precisado de colocarlos en dos filas en los estantes. No obstante, creo que podré localizar la que a usted le interesa. De no ser así, nos pondremos al habla con la señorita Bligh. Ella aquí lo hace todo, desde limpiar los jarrones, a veces, hasta colocar las flores.
El sacerdote dejó a Tuppence en el vestíbulo, volviendo a entrar en la habitación que abandonara pocos momentos antes.
Tuppence no lo siguió. Frunció el ceño, pensativa. Levantó la vista repentinamente al advertir el ruido de una puerta que se abría al final del vestíbulo. Llegaba la señorita Bligh…, portadora de un jarrón de metal muy pesado.
Varias ideas parecieron completarse mutuamente en el cerebro de Tuppence.
«Desde luego, desde luego…», se dijo.
—¿En qué puedo servirla? ¡Ahí! ¡Pero si es la señora Beresford!
—Sí —manifestó Tuppence—. Y usted es la señora Johnson, ¿no?
El pesado jarrón fue a parar al suelo. Tuppence se agachó, cogiéndolo. Lo sopesó cuidadosamente.
—Un arma terrible, ¿verdad? Algo ideal para asestar un golpe a alguien en la cabeza. La autora del golpe fue usted, ¿eh, señora Johnson?
—Yo… yo… ¿Qué ha dicho usted? Yo… yo… yo… nunca…
Pero Tuppence ya no necesitaba más. Había podido comprobar el efecto de sus palabras. Al mencionar por segunda vez a la señora Johnson, la señorita Bligh se había delatado de una manera inconfundible. Temblaba. Se había apoderado de ella un pánico terrible.
—El otro día había una carta sobre la mesita de su vestíbulo —dijo Tuppence—, dirigida a una tal señora Yorke, de Cumberland. A Cumberland la llevó, ¿verdad?, cuando sacó a la anciana de Sunny Ridge. Es donde se encuentra ahora, ¿eh, señora Johnson? La señora Yorke o la señora Lancaster, ya que usted utiliza ambos nombres. York y Lancaster, como la rosa a rayas rojas y blancas del jardín de Perry…
Tuppence dio la vuelta, saliendo rápidamente del vestíbulo. La señorita Bligh se había quedado paralizada. Apoyándose en la, barandilla de la escalera, con la boca abierta, clavó la mirada en su espalda. Tuppence llegó hasta donde dejara el coche, acomodándose tras el volante, marchándose luego. Miró hacia la puerta principal, pero no vio que emergiera nadie por allí. Tuppence dejó atrás la iglesia, emprendiendo el regreso a Market Basin, pero de pronto, cambió de idea. Dio la vuelta al coche y repasó el camino, enfilando otro situado a mano izquierda, que conducía a la Casa del Canal. Poco más tarde se apeaba de su automóvil para comprobar si alguno de los Perry se hallaba en el jardín de la vivienda. No descubrió ni el menor rastro de ellos. La puerta se hallaba cerrada, lo mismo que las ventanas.
Tuppence se sintió irritada. Pensó que, probablemente, Alice Perry se había ido de compras a Market Basin. Ella tenía un interés especial en verla. Tuppence llamó a la puerta de la casa, suavemente primero, con fuerza después. Nadie respondió. Manipuló en el tirador, pero la puerta no cedió. Estaba cerrada con llave. Se quedó paralizada, indecisa.
Quería formular unas preguntas a Alice Perry, Tal vez la señora Perry se encontrase en Sutton Chancellor. ¿Y si se trasladaba allí? Lo más enojoso de la casa del Canal era que nunca había nadie a la vista. El tráfico, en el puente, no existía, casi… No tenía a quién preguntar dónde podían encontrarse los Perry aquella mañana.