Ante todo, quiero dar las gracias a mi encantadora esposa Lucy por creer en mí. Lucy es una de las personas más inteligentes que conozco (fue summa cum laude en Princeton), por lo que siempre tengo muy en cuenta sus consejos. En lo que se refiere a este libro, su experiencia profesional como escritora y editora ha contribuido a mejorar la calidad del manuscrito.
Doy las gracias también a mi hija Elizabeth, la mejor hija del mundo. Además de iluminar nuestras vidas, ha robado tiempo a su brillante carrera universitaria para echarme una mano, manejando a veces el ordenador y, muy a menudo, sugiriendo la forma gráfica más adecuada de explicar ciertos conceptos físicos. Ella es la autora del simpático y mofletudo transbordador espacial que empleé para mostrar (en la revista Time) cómo se podrían rodear dos cuerdas cósmicas, al igual que del diminuto astronauta que enarbolaba una bandera mientras caía en el embudo que ilustraba las propiedades de los agujeros negros (en The McNeil-Lehrer Newshour).
Agradezco a mis padres, Marjorie C. Gott y John Richard Gott hijo, su apoyo durante tantos años y a mi madre, en particular, el haberme llevado, sin desfallecer, a incontables convenciones de la Liga Astronómica y exposiciones científicas durante mis años de colegial.
Quisiera citas en especial a Laura van Dam, mi extraordinaria editora en Houghton Miffiin, que fue la primera persona en proponerme que escribiera un libro sobre viajes en el tiempo. Su entusiasmo, buen criterio y talento editorial han hecho que trabajas con ella fuera un placer. También debo mencionas a Liz Duvall, Susanna Brougham y Lisa Diercks, por su desinteresada ayuda durante el proceso de producción.
Por haber convertido mis garabatos en bonitos dibujos y gráficos, doy las gracias a Joknu Boscarino y a Li-Xin Li, respectivamente. Algunos de los diagramas fueron creados con los programas Mathematica, Claris-Works o Design It! 3D.
Charles Allen (presidente de la Liga Astronómica) y Neil de Grasse Tyson (director del planetario Hayden) leyeron el manuscrito completo. Sus comentarios fueron esenciales y, más aún, su amistad de tantos años. Jonathan Simon y Li-Xin Li leyeron algunos capítulos y me proporcionaron valiosas sugerencias. También fueron útiles las observaciones de Jeremy Goodman, Suketu Bhavsar, Deborah Freedman, Jim Gunn, Frank Summers, Douglas Heggie, Ed lenkins, Michael Han, Matthew Headrick, hm Peebles, Bharat Ratra y Martin Rees.
Estoy en deuda también con todos mis profesores (desde mi profesora de matemáticas del instituto, Ruth Pardon, hasta el director de mi tesis, Lyman Spitzer) y con mis numerosos colegas, entre los que también se hallan mis alumnos. Debo destacar aquí a Li-Xin Li, cuya aportación a la investigación descrita en el capítulo 4 fue crucial. La figura 27 procede de nuestro artículo en el Physical Review de 1998 «¿Puede el universo crearse a sí mismo?». Me gustaría citar también a George Gamow, Charles Misner, Kip Thorne y John Wheeler, cuyos libros me han servido como fuente de inspiración, también a Carl Sagan y, de nuevo, a Kip Thorne, cuyo interés por mi obra he apreciado mucho.
Doy las gracias a Dorothy Schriver y a toda la gente que he conocido en el Science Service; a mi suegra, Virginia Pollard, y a los doctores William Barton y Alexander Vukasin. Mi lista de reconocimientos incluye también a los escritores científicos que han realizado excelentes artículos a partir de mis trabajos: Timothy Ferris, Michael Lemonick, Sharon Begley, James Gleick, Malcolm Browne, Marcus Chown, Ellie Boettinger, Kitta MacPherson, Gero von Boehm, bel Achenbach, Marcia Bartusiak, Mitchell Waldrop y Rachel Silverman, Gracias a estos escritores muchas investigaciones científicas están al alcance de todos. Me gustaría que el presente libro de algún modo también contribuyera a ello.
Finalmente, saludo con admiración a Albert Einstein, cuyas ideas aún suponen un reto.