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MARIPOSAS ALREDEDOR DE UNA LLAMA

Castang estaba muy interesado; era normal. Por fin alguien había visto a la chica descalza con la ropa puesta (y presumiblemente también zapatos), alguien que sabía qué voz tenía, cómo eran sus movimientos, sus ojos… Pero no estaba especialmente sorprendido; estaba seguro de que tarde o temprano encontraría a alguien que la hubiera conocido viva. Que de todas las personas fuera a ser un policía, era, por supuesto, una coincidencia, pero no asombrosa. La gente involucrada en crímenes violentos a menudo ha tenido durante algún tiempo una aureola de violencia a su alrededor que puede, con bastante frecuencia, haber atraído la atención de la policía. Los policías con experiencia pueden reconocer este campo magnético, sólo con mantener una conversación durante unos breves minutos.

Tampoco fue Robin un testigo excepcionalmente bueno. Un observador entrenado, por supuesto, pero a menos que se le pusiera en marcha, no más sensible que cualquier otro con una buena percepción.

—Estaba en el mismo turno que ahora —decía Robin—, y ya sabes la de gente que entra en la oficina con historias extrañas y falsas confesiones; con aires de misteriosa importancia. De manera que no la tomé en serio. Muy parecido a como es ahora, no tenía mucho trabajo que hacer. Uno está aquí por si acaso suena el teléfono.

Exactamente, haciendo un poco de trabajo administrativo sin orden ni concierto, sin demasiada energía, bebiendo tazas de café, con un ejemplar del Buen detective y un crucigrama para cuando uno empieza a aburrirse.

—Dijo que era una periodista que escribía una serie sobre el crimen, y si podía hacerme una entrevista. De modo que dije que sí, supeditado a las normas, ya sabes; procedencia anónima, sin citar directamente, sin que se tomara como declaración oficial. Sacó un bloc de taquigrafía para garabatear encima y empezó. Era una excéntrica, eso era evidente desde el principio. La dejé seguir adelante más por curiosidad que por otra cosa.

—¿Era realmente inglesa?

—No lo dijo, pero habló de alguna revista y de la televisión. Hablaba un francés bastante correcto, fluido, con acento, pero… coloquial, esa es la palabra.

—¿Cómo iba vestida?

—Bastante a la moda y con buen gusto, aunque un poco desaliñada. Uno de esos abrigos de cuero, pañuelo de seda, vestido parecido a un saco pero de buena lana, un estampado borrosamente embarullado, con muchos colores, un gran bolso italiano sin forma, y una cadena de oro en la muñeca. Botas altas. Nada extravagante, nada original, pero lo llevaba todo desenfadadamente. Así que le dije que si era inglesa y qué hacía en Francia. Y fue entonces, ya al principio, cuando me empezó a interesar, no tanto lo que se decía como la entonación, ya sabes. Dijo que aquí todavía existía la pena de muerte. Bien, aparte de decirle que se fuera a España, ¿qué podía decir? Murmuré lo normal, que sí pero que se aplica muy raramente (tanto peor) y de repente ella me preguntó «¿Ha matado usted a gente?», de modo que me despabilé un poco, y pensé «calma chico, está intentando ser agresiva». «Mira chica —le dije—, lo que pasa es que algunas veces la gente nos dispara, y lo mejor que puede hacer uno es ser rápido y certero». Lo consideré la típica acusación de disparar por disparar, pero no, ella asintió, y dijo que yo llevaba un arma, y si podía verla y tocarla, de modo que aparté la revista y se la dejé.

—Excitándose a sí misma.

—Chico, ¿no estarás bromeando? Todos esos chistes sobre el arma que resulta que es el pene… Estaba allí sentada abrazándola de modo que le pedí que me la devolviera, que iba en serio, que no era cosa de chicas. Me la devolvió y no dijo nada, tan sólo sonrió. Grandes ojos oscuros, boca grande, mucho lápiz de labios de un rosa pálido y plateado. No me sentí del todo a gusto con ella.

—¿Muy atractiva?

—Sí, fantástica. No hay nada malo en eso, pero ella dijo si estaba de acuerdo con la guillotina, y sin realmente pensarlo yo dije que sí, desde luego, que tiraría yo mismo de las malditas cuerdas si fuera necesario, y sus ojos empezaron a brillar, de modo que le contesté muy rápidamente que los sentimientos no contaban pero que en este trabajo uno ve cuán malo puede ser lo malo, y ahí está. No la quería allí excitada. Preguntó si había estado en alguna ejecución, y dije que no, bruscamente, y cambié de tema.

Castang asintió con la cabeza. Él había estado una vez, y no deseaba repetir esa vomitiva experiencia.

—Preguntó si había alguien bajo sentencia, porque le gustaría hacerle una entrevista, y si yo podría conseguir que le viera. Así que le contesté negativamente. Sonrió con una mueca, diciendo que casi se atrevería a afirmar que yo podría conseguirlo si lo intentaba. Como diciendo: «¿Lo intento yo también?». La temperatura empezaba a estar un poco alta.

Castang rio.

—No.

—Un no demasiado virtuoso, no si era Marlene Dietrich con su vela.

Castang, con treinta y siete, y un poco joven para Marlene, dijo estúpidamente:

—¿Qué vela?

—Mariposas alrededor de la llama.

—Sí, claro. Así que…

—Bien, no iba a estar sentado ahí como una idiota al que están presionando, así que dije que esto me sonaba todo un poco vulgar y sensacionalista, y daba una visión totalmente falsa, y que si había alguna otra cosa, y ella dijo algo así como: «Es interesante charlar mano a mano con la muerte». Oh, sí, mucho, y qué te parece Francia, querida, la comida y los viejos castillos y demás, y ella se rio y dijo que en realidad no era más que una turista pero que le gustaba mantener los ojos abiertos para poder mezclar el trabajo con las vacaciones, y que todo esto le interesaba mucho. Sí señorita, seguro, pero lo siento, no puedo darle una carta de presentación para nuestra tribu apache local. Jerónimo se preguntaría por qué la estaba tomando con él. Lo siento, tengo bastante trabajo, pero disfrute de su estancia en Caen y ya nos veremos por ahí, espero. Se marchó sin más jaleo. No parece gran cosa, pero la manera en que miraba y hablaba… Quiero decir que no estoy nada sorprendido de que apareciera en el maletero del coche. Estaba buscando emoción, y quizá escogió el momento y el lugar equivocados. Cuando las ves buscando problemas y sabes positivamente que los encontrarán te da un pequeño escalofrío. Estas chicas son tontas de remate. Y, sin embargo, ella no era tonta. Se autoexcitaba, quizá, pero de una manera que ella conocía y podía controlar.

—No se encontró con Jerónimo, él no haría nada absurdo como ponerla en el coche de unos turistas ingleses, por muy divertido que pensara que podría ser.

—Eso es verdad.

—¿Dirías que había tomado algún alucinógeno?

—Es posible, pero no había señales, y no había trastornos visibles. No exactamente ese tipo de excitación. Hay personas que tienen su propio speed, y no necesitan comprarlo en píldoras. Hipernerviosa, sí, con toda seguridad.

—Tú le deseaste que disfrutara de su estancia. Tuviste la impresión de que tenía prisa por seguir.

—No, parecía que tuviera ganas de pasar el rato. No sé, entró aquí dentro como si fuéramos parte del circuito turístico normal.

—¿Qué noche sucedió esto?

—Durante la guardia del fin de semana.

—Debía de tener equipaje; un coche casi con seguridad. ¿Iba con alguien?

—Debería ser bastante fácil de comprobar. No tengo mucho qué hacer, y te lo debo por las bebidas. Puedo telefonear a los hoteles.

Buscó a tientas en la estantería un listín de teléfonos lleno de anotaciones.

—La ciudad está comprobada en seguida pero, de todas maneras, lo intentaré antes de ir más lejos. A juzgar por sus ropas tenía dinero, empezaremos por ahí.

Tan sólo en la cuarta llamada Robin consiguió algo; una voz que contestó a su solicitud rutinaria de información con un largo e indignado graznido, de modo que Castang alargó la mano para coger el auricular libre, pero fue demasiado lento y no pudo oír más que «… gusta ver nuestro dinero inspector, como usted comprenderá por supuesto».

Robin se encogió de hombros.

—No es nada; la vieja puta de ahí que se quejaba de uno que se largó sin pagar, pero te interesará. La noche que tu amigo de Deauville se supone que estuvo con una mujer, mi amiga de aquí, claramente identificable por la descripción, no ocupó su habitación. Que no se volvió a alquilar, y no fue pagada, de modo que la vieja tacaña está dolida.

—¿Dejó equipaje?

—Una maleta.

—Iré a echar una mirada. Muchas gracias.

—Suena como si fueses a volver —ofreció Robin—, en cuyo caso quizá nos volvamos a ver. Informaré al viejo. Y gracias por las bebidas. El lugar está ahí en la plaza, enfrente del puerto, no puedes equivocarte. Llámame si se resuelve.

—El juez probablemente sugerirá que ella pasó la noche contigo —sonrió Castang.

—Y que yo sugerí una luna de miel en el Loira contemplando todos esos viejos castillos a la luz de la luna. Diviértete.