Bruselas, Bélgica
Primera clase? —dijo Mahmoud—. ¿No quedaban otros billetes?
Dejó la mochila en el suelo entre sus pies y echó un vistazo por la ventana. El andén gris y funcional estaba lleno de viajeros. Klara se sentó en el asiento del pasillo y se quitó un mechón de pelo de la frente.
—No sé. He pensado que debía de haber menos gente en primera. Por lo que parece, estás como… en busca y captura.
—Tú también, dentro de poco —murmuró Mahmoud.
Se había opuesto a que Klara lo acompañara desde que ella lo había propuesto, incluso insistido, en el taxi después de que él por fin se lo hubiera contado todo. Todo lo que le debería haber contado tres años atrás, cinco años atrás. Todo lo que le debería haber explicado la primera vez que se vieron, y no ahora, en Bruselas, después de todo lo que había pasado. Se sentía como un idiota. Tan sumamente egoísta. Lo último que quería, por encima de todo, era ponerla a ella en peligro.
Al final ella se había rendido. Había levantado las manos y dicho: «Vale, vale, lo que tú digas».
Pero cuando volvió de las taquillas resultó que había comprado billetes para los dos. Nada parecía haber cambiado en lo que a ella se refería. Hacía lo que quería. Al mismo tiempo él no podía dejar de sentirse aliviado. Hasta el momento había estado tan solo, tan acorralado. Las últimas veinticuatro horas estaban siendo una auténtica pesadilla. El ir sentado en la cómoda butaca de primera clase del TGV que iba a París, junto a Klara, hacía que pudiera respirar otra vez. Le debía más de lo que jamás le podría pagar.
—¿Qué dices? —preguntó Klara.
—Digo que si sigues yendo conmigo dentro de poco a ti también te estarán buscando.
—Me da igual —dijo ella y dio un trago a un botellín de agua que se había comprado en la estación.
—O peor. No parece que se anden con remilgos.
Mahmoud descansó la mirada en el apartadero que se veía por la ventana del tren. Raíles oxidados y hierba entre la grava, grafitis en los edificios grises abandonados. Por encima de todo asomaba una gigantesca cabeza de Tintín en constante rotación.
Cuando Mahmoud apartó la vista de la ventana pudo percibir que Klara lo estaba mirando. Hizo acopio de fuerzas y le buscó la mirada. En un tiempo pasado se había sentido indefenso ante aquellos ojos, su profundidad azul lo superaba. El tren arrancó y abandonó la estación. La luz gris se vio cortada por la ventana del vagón y la convirtió en un lienzo jaspeado.
—Te veo distinto —dijo Klara—. Totalmente cambiado.
Mahmoud se frotó la barba y se mesó el pelo sudado y enredado con una mano.
—No es eso —puntualizó ella—. No me refiero al pelo. O no solo al pelo. Todo tú estás distinto. Tu presencia. Tus ojos. Eres mayor.
—Ha sido un día largo —dijo él.
Ella asintió con la cabeza.
—Te vi en la CNN hace algunas semanas. Gabriella me envió un mail con el vídeo. Las cosas te van bien.
—Siento como si hubieran pasado mil años desde entonces —contestó Mahmoud.
—Saliste muy bien en la tele. La cámara te adora —comentó ella y le guiñó un ojo—. Eso es bueno, ahora que vas a atraer más atención en los medios de lo que habías esperado.
—Ja, ja —dijo Mahmoud.
Pero no pudo reprimir una sonrisa.
—Ah, ya sabía yo que podría hacerte sonreír un poco —señaló Klara.
Alargó la mano derecha y lo acarició con delicadeza en la mejilla y luego la deslizó por su brazo hasta cogerle la mano. Mahmoud notó que la presión cedía por un instante. Él también le apretó la mano. Un poco demasiado, pero Klara no protestó.
—Oye —empezó ella—. A lo mejor no es el mejor momento para esto. Quiero decir…
Pestañeó varias veces, de pronto se la veía tan pequeña.
—Por Dios, es que ahora mismo me parece tan banal. Pero igualmente. Bah, a la mierda, no importa.
Se quedó callada.
—Sí, Klara —dijo Mahmoud.
Llevó la mano que tenía libre hasta su cara, le apresó la barbilla con cariño y le giró la cabeza para mirarla a los ojos. Klara tenía la mejilla lisa, tierna.
—Claro que te quería. Más de lo que he querido nunca a nadie. Jamás. No se trata de eso. Y me excitabas sexualmente, si te lo estás preguntando.
—Más vale —dijo Klara.
—Pero era como si no fuera suficiente. No sé. No lo sé explicar de forma sencilla. He sabido que me gustan los chicos desde la adolescencia. O sea, que también me gustan. O como se tenga que decir. Pero bueno, en Alby… no era una cosa de la que fueras presumiendo por ahí. Y en Karlsborg. Bueno, ahora ya sabes cómo era. Cuando nos conocimos pensé: «puede que se arregle todo, a lo mejor soy normal». O como se le deba llamar. Yo lo sentía así. Pero igualmente había algo que no me dejaba en paz.
Se quedó callado. Se miraron. El tren se acercaba a la velocidad punta. París debía de estar a una hora de camino. O apenas.
—Todo saldrá bien, Moody —dijo Klara al final—. Lo arreglaremos, ¿de acuerdo?
Él asintió con la cabeza y cerró los ojos para ocultar las lágrimas que brotaban de su corazón. Klara se apoyó sobre su hombro. Mahmoud pudo percibir su olor, su champú, su perfume.