El bosque está vivo

En algún momento de esa parte aburrida en que el tío que se llama Rolf y la hija mayor cantan «Cumplirás diecisiete años», Jack me dio un codazo.

—Tío, tengo que ir a mear —dijo.

Los dos nos levantamos y pasamos por encima de todo el mundo que estaba sentado o tumbado sobre los sacos de dormir con cuidado de no pisarlos. Summer me saludó al pasar y yo le devolví el saludo.

Había un montón de gente de los otros colegios por la zona de las caravanas de comida, jugando en los puestos de feria o no haciendo nada en concreto.

Claro está, la cola para los servicios era enorme.

—Déjalo, buscaré un árbol —dijo Jack.

—No seas bruto, Jack. Vamos a esperar —contesté.

Pero Jack echó a andar hacia la fila de árboles que había justo donde acababa el campo, al otro lado de los conos anaranjados que nos habían dado órdenes concretas de no cruzar. Yo lo seguí, claro. No llevábamos las linternas porque se nos había olvidado cogerlas. Aquello estaba tan oscuro que, mientras caminábamos hacia los árboles, no se veía nada a diez pasos por delante. Afortunadamente, la película daba algo de luz, así que cuando vimos el haz de una linterna que salía del bosque y avanzaba hacia nosotros, enseguida supimos que eran Henry, Miles y Amos. Supongo que ellos tampoco habían querido hacer cola para entrar en los servicios.

Miles y Henry seguían sin hablarle a Jack, pero Amos se había olvidado de la guerra hacía mucho tiempo. Nos saludó con la cabeza al cruzarnos.

—¡Tened cuidado con los osos! —gritó Henry, y Miles y él se echaron a reír mientras se alejaban.

Amos negó con la cabeza como queriendo decir que no les hiciésemos ni caso.

Jack y yo nos alejamos un poco más hasta entrar en el bosque. Jack buscó el árbol perfecto y por fin hizo lo que tenía que hacer, aunque a mí me pareció que tardaba una eternidad.

En el bosque se oían extraños sonidos, gorjeos y graznidos, como si una muralla de ruidos fuese saliendo de los árboles. Luego empezamos a oír unos chasquidos cerca de donde estábamos, como el ruido que hace una pistola de perdigones, que desde luego no procedía de ningún insecto. A lo lejos, como si viniese de otro mundo, oímos la canción «Gotas de rocío en las rosas y bigotes de gatitos».

—Ah, esto ya es otra cosa —dijo Jack, subiéndose la cremallera.

—Ahora tengo que mear yo —contesté, y lo hice en el árbol que tenía más cerca. Ni de broma iba a alejarme más que Jack.

—¿Lo hueles? Huele a petardos —preguntó Jack acercándose a mí.

—Sí, huele a eso exactamente —contesté, subiéndome la cremallera—. Qué raro.

—Vámonos.