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El mismo día

¿Cómo te llamas?

Pável.

Al abrir los ojos vio que estaba metido hasta los tobillos en la nieve, en medio de un bosque. La luna brillaba por encima de él. Su chaqueta estaba hecha de ásperos sacos de grano, cosidos con cuidado, como si se tratara del mejor cuero. Sacó un pie de la nieve. No llevaba zapatos; tenía los pies envueltos en harapos y una tira de goma, atados con cuerda. Se miró las manos. Eran las de un niño.

Sintió que alguien tiraba de su chaqueta y se dio la vuelta. Detrás de él había un niño vestido con los mismos trozos de saco. Llevaba los mismos harapos y cuerdas en los pies. Entrecerraba los ojos. Moqueaba. ¿Cómo se llamaba? Torpe, entregado y atontado; se llamaba Andréi.

A su espalda, un esquelético gato blanco y negro empezó a maullar de dolor, a forcejear en la nieve, atormentado por alguna fuerza invisible. Alguien lo arrastraba hacia el bosque. El gato tenía un trozo de cuerda en la pata. Alguien tiraba de la cuerda y lo arrastraba por la nieve. Pável salió corriendo tras él. Pero el gato, que seguía luchando, era arrastrado cada vez a más velocidad. Pável aceleró. Miró a su espalda y vio que Andréi, que no podía mantener el ritmo, se quedaba atrás.

De repente se paró. Frente a él, con la cuerda en la mano, estaba Stepán, su padre. No era joven, sino viejo, como cuando se había despedido de él en Moscú. Stepán cogió el gato, le rompió el cuello y lo echó a un gran saco de grano. Pável se acercó a él.

—¿Padre?

—No soy tu padre.

Stepán levantó una gruesa rama sobre su cabeza.

Al abrir los ojos, Pável se dio cuenta de que estaba dentro del saco. Tenía la cabeza llena de sangre, y la boca, seca como la ceniza. Lo llevaban a cuestas; chocaba contra la espalda de un adulto. Le dolía tanto la cabeza que se sentía enfermo. Debajo tenía algo. Estiró la mano y tocó el gato muerto. Exhausto, cerró los ojos.

Al sentir el calor del fuego se despertó. Ya no estaba en el saco; lo habían echado en el suelo fangoso de una granja. Stepán —que era ahora joven, el joven del bosque, esquelético y fiero— estaba sentado junto al fuego, con el cuerpo de un niño entre los brazos. Aquel niño era en parte humano, en parte fantasma y en parte esqueleto: tenía la piel suelta, los huesos prominentes y los ojos enormes. Stepán y Anna lloraban. Anna acarició el pelo del niño muerto y al fin Stepán pronunció su nombre.

—Leo.

Aquel niño muerto había sido Leo Stepánovich.

Anna se dio la vuelta, con los ojos rojos, y preguntó:

—¿Cómo te llamas?

No contestó. No sabía cómo se llamaba.

—¿Dónde vives?

Tampoco lo sabía.

—¿Cómo se llama tu padre?

Tenía la mente en blanco.

—¿Sabrías volver a casa?

No sabía dónde estaba su casa. Anna prosiguió:

—¿Entiendes por qué estás aquí?

Negó con la cabeza.

—Ibas a morir para que él pudiera vivir. ¿Comprendes?

No comprendía. Ella dijo:

—Pero no pudimos salvar a nuestro hijo. Murió mientras mi marido cazaba. Como está muerto, eres libre de marcharte.

¿Libre de marcharse adónde? No sabía dónde estaba. No sabía de dónde venía. No sabía nada sobre sí mismo. Su mente estaba en blanco.

Anna se levantó y se acercó a él. Le tendió la mano. Él se levantó a duras penas. Estaba débil y mareado. ¿Cuánto tiempo había estado en el saco? ¿Cuánto tiempo habían cargado con él? Le parecía que habían sido días. Si no comía pronto, moriría. Ella le ofreció una taza de agua caliente. El primer sorbo le provocó arcadas, pero el segundo le sentó mejor. Ella lo llevó fuera y se sentaron, cubiertos por varias mantas. Exhausto, él se durmió sobre su hombro. Cuando despertó, Stepán había salido.

—Está listo.

Cuando entró en la granja, el cuerpo del niño había desaparecido. Sobre el fuego había una gran olla, un guiso burbujeante. Anna lo acercó al calor. Aceptó el cuenco que Stepán llenó hasta arriba. Miró aquel caldo humeante en cuya superficie flotaban bellotas junto a menudillos blancos y tiras de carne. Stepán y Anna lo observaron. Stepán dijo:

—Ibas a morir para que nuestro hijo viviera. Como él ha muerto, tú puedes vivir.

Le estaban ofreciendo la carne de su carne. Le estaban ofreciendo a su hijo. Se llevó el caldo a la nariz. Llevaba tanto tiempo sin comer que empezó a salivar. El instinto tomó las riendas y comió.

Stepán le explicó:

—Mañana iniciaremos nuestro viaje a Moscú. Ya no podemos sobrevivir aquí. Tengo un tío en la ciudad que podría ayudarnos. Ésta iba a ser nuestra última comida antes del viaje. Nos iba a llevar a la ciudad. Puedes venir con nosotros. O puedes quedarte aquí e intentar encontrar el camino a casa.

¿Debía quedarse allí, sin saber quién era, sin saber dónde estaba? ¿Y si no lo recordaba nunca? ¿Y si no le venía nada a la mente? ¿Quién cuidaría de él? ¿Qué haría? ¿O debería marcharse con aquellas personas? Eran amables. Tenían comida. Tenían un plan, un medio de sobrevivir.

—Quiero ir con ustedes.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Me llamo Stepán. Mi mujer se llama Anna. ¿Cómo te llamas tú?

No podía recordar ningún nombre. Excepto uno, el que había escuchado antes. ¿Podía decir aquel nombre? ¿Se enfadarían con él?

—Me llamo Leo.