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Tamizada por los visillos de punto de Tulle y los cristales a prueba de balas, la luz entraba afectuosamente en el despacho de Maryland. Con los ojos brillantes, el rostro agotado por la falta de sueño, el coronel Seck relataba su noche.

—En fin, lo veré el jueves —concluyó—. Todavía no he decidido dónde exactamente. No lejos de aquel hotel, siempre por la misma zona.

Acababa de aparecer un conserje, trayendo un opulento piscolabis en la bandeja corlada que colocó en una mesa baja entre ambos. Maryland atrapó, en el acto, tres fresitas precoces que se zampó groseramente de un bocado. El coronel se interrumpió, observando sin indulgencia el hilo rosado que se escurría por una de las comisuras de su interlocutor. Siempre cuidadoso de su aspecto, reprobaba tanto aquellos modos bastos como la presencia crónica de manchas de ceniza, o de algo peor, en el traje gris siempre demasiado arrugado del alto funcionario. En su lugar, él no haría esas cosas.

—Quizá el gran cementerio de al lado —prosiguió—; está bastante tranquilo los días laborales.

—Usted verá —engulló Maryland—. ¿Está realmente seguro de ese tipo?

—Hombre —dijo Seck calibrando el huevo en revoltillo—, es cierto que no ha servido mucho. Pero eso no es grave, no es malo y, en definitiva, está allí más que nada para quedar bien.

El teléfono sonó muy discretamente, Maryland lo cogió, dijo que del Japón ni hablar, luego aplastó su Gauloise amarillo antes de untarse un bollo con mantequilla. ¿Qué sabe hacer exactamente?, insistió.

—Un sinfín de cosillas —aseguró el coronel—, se quedaría asombrado. Es un científico, pero no crea usted, de lo más mañoso al mismo tiempo. No puede imaginarse lo hábil que es con los dedos.

Después de vaciar el té con leche con gesto brusco, que ocasionó un nuevo reguerito beige por la otra comisura, Maryland fijó en el coronel una mirada dura:

—¿Y sigue pensando en marcharse usted, así, al término de la operación?

—Siempre he sido leal al servicio —recordó el coronel—, ya lo sabe. Lo cual no obsta para que tenga mis convicciones, como igualmente sabe. Por supuesto que me voy. De todos modos es bueno para la operación, así lo esencial pasará desapercibido. Además, allá, al menos, me resultará más fácil ir a África siempre que quiera.

Maryland desarrolló una mímica escéptica mientras extendía una barbaridad de mermelada en el pan.

—Allá usted. Con tal que no salgamos perdiendo.

—Todo irá bien —dijo el coronel Seck—, cuente conmigo.

Y sobre las doce el coronel salió del ministerio, los ojos le escocían un poco aún, pero se sentía fuerte, seguro y dueño de sí mismo. Le complace definitivamente la idea de marcharse. Lo único es que querría ganar o perder un poco de dinero al menos antes de mudar de aires. Entonces sube en su coche y le da la orden a Fernández, que no puede con su alma, de llevarlo a la calle de Heliópolis, hacia el salón verde de un club de juego privado. Es uno que, noche y día, frecuenta mucha gente, hombres morenos de esmoquin ceñido y cabello lustroso peinado hacia atrás, mujeres rubias de mirar remoto y profundo con la espalda escotada, los clientes muestran siempre una gravedad total, sólo sonríe excepcionalmente y con ferocidad algún que otro miembro del personal, excluidos los croupiers.

Pasados los cortinajes de terciopelo, el coronel bordeó dos grupitos de jugadores de dados; al otro lado del bar jugaban al ferrocarril, al bacará, más lejos zumbaba una ruleta en un rincón, y luego la bola en un rincón mayor. Habiendo elegido su mesa en el salón verde, formada por el tenor Fred Vauvenargues y Karlheinz Schumann, seductor y jugador profesional de renombre, con un rico industrial químico del departamento Bouches-du-Rhône en el papel de primo, pidió una copa de champán y un juego nuevo. Le tocaba dar a Vauvenargues.

Me gusta dudar sobre la suerte de las cartas, pensó el coronel Seck, igual que me gusta volverlas, como me gusta abatirlas. Pero dejó allí su contento: el artista lírico acababa de darle una variedad de juego bastante estéril sin ninguna pareja, lo mínimo que podía hacer era concentrarse, encima de su cabeza un letrero recordaba a los SEÑORES jugadores de póquer que se ruega SILENCIO.