Y así fue que muchos años después, cuando el jati se reunió una vez más en el Bardo, después de años de trabajo luchando para deshacerse de los extranjeros que vivían en la desembocadura del río del Este, luchando para mantener unidos a sus pueblos para enfrentarse a todas las nuevas y devastadoras enfermedades que los asolaban, haciendo alianzas con la gente de Deloeste acuciada por los mismos problemas en la costa occidental de su isla, haciendo todo lo que podían para unir a las naciones y para disfrutar de la vida en el bosque con sus gentes y sus tribus, Deloeste se acercó al Guardián del Wampum y le dijo con orgullo:
—Tienes que admitirlo, hice lo que me pediste, ¡salí al mundo y luché por lo que era justo! ¡Y una vez más hicimos algo bueno!
El Guardián puso una mano sobre el hombro de su joven hermano mientras se acercaba al enorme e imponente edificio de la tarima de juicio del Bardo, y dijo:
—Sí, has estado bien, muchacho. Hicimos todo lo que pudimos.
Pero ya estaba mirando hacia adelante, donde estaban las enormes torres y almenas del Bardo, circunspecto e insatisfecho, concentrado en la tarea que les esperaba. Las cosas en el Bardo parecían haberse vuelto incluso más al modo chino desde la última vez que habían estado allí, quizá como todo el resto de los reinos, o tal vez sólo era una coincidencia que tenía que ver con la perspectiva, pero el gran muro de la tarima estaba separado en muchos niveles, que llevaban a cientos de cámaras, por lo que se parecía de alguna manera al costado de una colmena.
El dios burócrata que estaba en la entrada de aquella conejera, un tal Biancheng, entregaba una guía para el proceso que les esperaba abajo, un grueso volumen titulado El registro de Jade, de varios cientos de páginas llenas de detalladas instrucciones y descripciones, ilustradas copiosamente, de los diferentes y previsibles castigos que les esperaban por los crímenes y agravios que habían cometido en sus vidas más recientes.
El Guardián cogió uno y, sin dudarlo, lo sacudió como si se tratara de un tomahawk, golpeando a Biancheng por encima del escritorio cargado de libros. Luego miró a su alrededor, la larga fila de almas que esperaban su turno para ser juzgadas, y las vio pasmadas mirándolo fijamente, y les gritó:
—¡Motín! ¡Rebelión! ¡Sublevación! ¡Revolución!
Y sin esperar para ver qué hacían los demás, llevó a su pequeño jati hasta una cámara de espejos, la primera habitación en su paso a través del proceso del tribunal, donde las almas tenían que mirarse a sí mismas y ver qué eran realmente.
—Una buena idea —admitió el Guardián, después de detenerse en el centro y mirarse en un espejo, viendo lo que nadie más podía ver—. Soy un monstruo —anunció—. Mis disculpas para todos vosotros. Y esencialmente para ti, Iagogeh, por soportarme esta última vez y todas las anteriores. Y para ti, muchacho —dijo señalando con la cabeza a Busho, a quien había conocido como Deloeste—. No obstante, aún nos queda algo por hacer. Tengo intenciones de echar abajo todo este lugar.
—Y comenzó a mirar por toda la habitación en busca de algo para romper los espejos.
—Espera —dijo Iagogeh. Estaba leyendo su ejemplar de El registro de Jade, hojeando páginas rápidamente—. Los ataques frontales son inútiles, por lo que recuerdo. Estoy recordando cosas. Tenemos que atacar directamente al sistema. Necesitamos una solución técnica… Aquí. Aquí está la cosa: justo antes de que nos envíen nuevamente al mundo, la Diosa Meng nos administra una copa de olvido.
—No recuerdo tal cosa —dijo el Guardián.
—Ésa es la cuestión. Entramos en cada vida ignorando nuestras vidas pasadas, y entonces luchamos cada vez sin aprender nada de todo lo vivido antes. Tenemos que evitar eso, si podemos. Así que escuchad, y recordad: cuando estéis en las ciento ocho habitaciones de esta Meng, ¡no bebáis nada! Si os obligan, entonces simplemente simulad beberlo, y escupidlo cuando seáis liberados. —Siguió leyendo—. Apareceremos en el río Final, un río de sangre, entre este reino y el mundo. Si logramos llegar allí con nuestra mente intacta, tal vez podamos actuar más eficazmente.
—Bien —dijo el Guardián—. Pero mi intención es destruir este lugar.
—Recuerda lo que sucedió la última vez que lo intentaste —le advirtió Busho, colocándose en el rincón de la cámara para poder ver el reflejo de los reflejos. Había recordado algunas cosas mientras Iagogeh estaba hablando—. Recuerda cuando atacaste con una espada a la Diosa de la Muerte, y ella redobló su ataque contra ti en cada golpe.
El Guardián frunció el ceño, intentando recordar. Afuera se escuchaban gemidos, gritos, disparos, botas que corrían. Irritado, distraído, dijo:
—No puedes ser prudente en momentos como éste, tienes que luchar contra el mal siempre que se presenta la oportunidad.
—Es cierto, pero con inteligencia. Poco a poco.
El Guardián lo miró escépticamente. Arrebató el libro de Iagogeh y lo arrojó contra los espejos. Uno de ellos se rompió, y detrás de la pared se oyó un chillido.
—Deja de discutir —dijo Iagogeh—. Ahora presta atención.
El Guardián recogió el libro, y todos atravesaron corriendo pequeñas habitaciones cercanas, subiendo cada vez más y más, luego bajando otra vez, luego subiendo, siempre subiendo o bajando escaleras en múltiplos de siete o de nueve. El Guardián golpeó a muchos otros funcionarios con el pesado libro. Golpear la Piedra no hacía otra cosa que escurrirse por habitaciones laterales y perderse.
Finalmente llegaron a las ciento ocho cámaras de Meng, la Diosa del Olvido. Todos tenían que pasar por una cámara distinta, y beber la copa de vino-que-no-era-vino que se les ofrecía. Había guardianes que no miraban, como si pudieran notar hasta el más insignificante de los movimientos, en cada salida para hacer cumplir aquel requisito; las almas no debían regresar a la vida demasiado cargadas ni aprovechar los beneficios de las vidas pasadas.
—Me niego —gritó el Guardián. Todos pudieron oírlo desde las habitaciones contiguas—. ¡No recuerdo que se haya requerido esto antes!
—Eso es porque estamos progresando —intentó hacerle entender Busho—. Recuerda el plan, recuerda el plan.
Él mismo cogió su copa, felizmente bastante pequeña, y simuló tragar el dulce contenido con un trago exagerado, dejando el líquido debajo de la lengua. Sabía tan bien que se sintió terriblemente tentado de tragarlo, pero aguantó y sólo dejó que un pequeño sorbo llegara hasta el fondo de la lengua.
Así que cuando fue arrojado con el resto al río Final, escupió todo lo que pudo del no vino, sin embargo estaba desorientado. Los otros miembros del jati cayeron de igual manera en los bajos del río, atragantados y escupiendo; Flecha Recta reía tontamente como un borracho, totalmente inconsciente. Iagogeh reunió a todos, y el Guardián, independientemente de lo que había olvidado, no había perdido su propósito inicial, que era hacer todo el estrago que pudiera. A medias nadando, a medias flotando, atravesaron la corriente roja hasta llegar a la lejana orilla.
Allí, al pie de un alto muro rojo, fueron sacados del río a rastras por dos dioses demonios del Bardo, Vida es Corta y Muerte por Gradaciones. Sobre sus cabezas había una pancarta colgada de la pared con un mensaje: «Ser humano es fácil, vivir una vida humana es difícil; desear ser humano una segunda vez es aún más difícil. Si quieres ser liberado de la rueda, persevera».
El Guardián leyó el mensaje y resopló.
—Una segunda vez, ¿y qué pasa en la décima? ¿Qué pasa en la quincuagésima?
Y con un rugido empujó a Muerte por Gradaciones hasta tirarlo al río de sangre. Habían escupido lo suficiente del no vino del olvido de Meng en el río como para que el dios guardián olvidara rápidamente quién lo había empujado y cuál era su trabajo y cómo nadar.
Pero los otros miembros del jati vieron lo que había hecho el Guardián, entonces el propósito que tenían volvió a la conciencia de cada uno más claro que nunca. Busho empujó a otro guardián al río:
—¡Justicia! —gritó después—. ¡Realmente la vida es corta!
Aparecieron otros guardianes aguas arriba en la orilla del río Final que se acercaban apresuradamente a ellos. Los miembros del jati actuaron con rapidez y, por una vez, en equipo; retorciendo y enredando el cartel que colgaba del muro, lo convirtieron en una especie de cuerda que utilizaron para subir por el Muro Pojo. Busho y el Guardián, Iagogeh y Golpear la Piedra y Flecha Recta y Zigzag y todos los demás lograron subir al remate del muro, que era tan ancho que permitía tumbarse. Allí pudieron recuperar el aliento y mirar a su alrededor: hacia atrás, al oscuro y humeante Bardo, donde había estallado una lucha aún más caótica que la habitual; todo indicaba que habían comenzado una rebelión general; hacia adelante, al mundo allí abajo, envuelto en nubes.
—Esto es igual a aquella vez que llevaron a Mariposa a la cima de aquella montaña para sacrificarla —dijo el Guardián—. Ahora puedo recordarlo.
—Allí abajo podemos hacer algo nuevo —dijo Iagogeh—. Depende de nosotros. ¡Recordadlo!
Y saltaron del muro como gotas de lluvia.