INTERMEDIO
Unos veinte años más tarde, en 1863, un visitante de la Biblioteca Nacional de Madrid, fisgando en los archivos históricos del Estado, halló un manuscrito amarillento, muy viejo, que probablemente no había sido leído jamás. Llevaba fecha de 1566 y su título era «Relación de las cosas del Yucatán». Contenía unos dibujos, a modo de esbozos muy raros, a primera vista inconprensibles. Como autor firmaba un tal Diego de Landa.
Cualquier lector hubiera colocado de nuevo el manuscrito en su sitio, y seguramente muchísimos lo habían hecho ya así. Mas por azar, el visitante que lo tenía en la mano había sido durante diez años capellán de la Embajada francesa en México y, desde 1855, párroco del poblado indio de Rabinal, en el distrito de Salama, en Guatemala, y se había dedicado con especial interés al estudio de los idiomas y los vestigios de las antiguas civilizaciones. Para completar con un trazo más la breve semblanza de este sabio sacerdote, diremos que además de convertir indios había escrito una serie de cuentos y novelas históricas bajo el seudónimo de Etienne Charles de Ravensberg. Su nombre era Charles Brasseur de Bourbourg y vivió de 1814 a 1874. Pues bien, cuando Brasseur tuvo en sus manos el amarillento librito de Diego de Landa, no lo colocó indolentemente en su estante, sino que lo examinó con todo detenimiento y descubrió algo importantísimo para el estudio de las culturas de la América Central.
William Prescott tenía nueve años más que Stephens; Brasseur de Bourbourg, nueve años menos. Y a pesar de que Bourbourg no hizo su importante descubrimiento hasta 1863, la obra de los tres constituye un conjunto. Stephens había descubierto los monumentos de los mayas; Prescott recopiló y redactó por vez primera un conjunto coherente de la historia azteca, aunque sólo comprendía la última parte de la misma. Brasseur de Bourbourg fue el primero en descubrir la clave para la comprensión de toda una serie de dibujos ornamentales hasta entonces incomprensibles.
Antes de exponer la importancia de este descubrimiento debemos tener en cuenta que los problemas planteados por la investigación arqueológica en América eran completamente distintos a los que solían plantearse en las demás regiones del mundo antiguo. Veamos ahora alguna de estas diferencias esenciales.
Cuando los chinos, desde el tercer milenio antes de Jesucristo —después de un gran diluvio—, empezaron a concentrarse en un reino, lo hicieron a lo largo de sus mayores ríos, el Huang-Ho y el Yang-tse-kiang; cuando los indios fundaron sus primeros poblados, los levantaron en las riberas del Indo y del Ganges; cuando los sumerios penetraron en Mesopotamia, sus colonias produjeron la civilización asirio-babilónica, asentada entre los ríos Éufrates y Tigris, y la egipcia, no solamente vivía junto al Nilo, sino del Nilo. Lo que para estos pueblos significaban las corrientes fluviales como medio de comunicación y de vida, lo significaba para los griegos el estrecho mar Egeo. En suma, las grandes civilizaciones de los tiempos pretéritos eran civilizaciones de ríos, y los exploradores estaban acostumbrados a considerar la existencia de un río como condición previa para el establecimiento y desarrollo de una civilización determinada. Pues bien, a pesar de ello, las civilizaciones americanas no eran fluviales, por así decir, y, sin embargo, no cabía duda de que habían florecido y prosperado dejando huellas patentes. Tampoco la incaica en la meseta del Perú era una civilización de ríos; de ella hablaremos más adelante, pues guarda estrecha relación con las culturas de la América Central.
Otra condición previa para el florecimiento cultural era la capacidad, la tendencia de los pueblos para la agricultura y la ganadería. Los mayas conocían la agricultura, aunque de manera un tanto especial, pero ¿y la ganadería? La civilización maya es, efectivamente, la única que carece de animales domésticos y de animales de carga, y por lo tanto también de carros.
Y no es esto sólo lo que nos hace parecer extraña la civilización de los mayas. La mayoría de los pueblos civilizados del mundo antiguo han desaparecido de la superficie de la Tierra sin dejar huellas y con ellos también su idioma, que hoy hemos de aprender como «lengua muerta», después de laboriosos trabajos de desciframiento. No ocurre así con los mayas, de los que viven aún un millón en nuestros días, sin haber cambiado lo más mínimo su constitución física, ni sufrir alteraciones su peculiar género de vida material, al tiempo que los cambios experimentados en su modo de vestir son insignificantes.
Cuando el investigador se dirige a su criado indio, tiene ante sí el mismo rostro que acaba de copiar de un antiguo relieve de los mayas. En el año 1947, la revista Life y la Illustrated London News publicaron abundantes fotografías de las últimas excavaciones. En una de ellas se veía un hombre y una joven mayas ante dos relieves antiguos; aquellos relieves parecían reproducciones fieles de sus propias caras. Y si las figuras del relieve hubieran podido hablar lo habrían hecho en el mismo idioma con que el criado maya pide su paga al investigador.
Inicialmente se pudo pensar que esta circunstancia ofrecería especiales ventajas para la exploración; pero era sólo en apariencia, pues a pesar de que la cultura maya no haya muerto hace 2000 o 3000 años, sino solamente 450 —eso la distingue de todas las desaparecidas culturas del mundo antiguo—, los puntos de partida para su estudio son más escasos que en cualquier otro lugar. De Babilonia, de Egipto, de los antiguos pueblos de Asia, del Asia Menor y de Grecia tenemos noticias desde siempre, y aunque es mucho lo que se ha perdido, también se ha conservado muchísimo, sea por tradición escrita u oral. Desaparecieron hace mucho tiempo, es cierto, pero su agonía fue lentísima y al morir transmitieron sus creaciones. En cambio, las civilizaciones americanas —ya lo dijimos— perecieron violentamente «decapitadas». Detrás de los soldados españoles, con sus caballos y sus espadas, venían los sacerdotes y las hogueras donde se quemaban los escritos y las imágenes que hubieran podido informarnos. Don Juan de Zumárraga, primer arzobispo de México, destruyó en un gigantesco auto de fe cuantos documentos pudo lograr. Todos los obispos y sacerdotes le imitaron, y los soldados destruyeron con idéntico celo lo que pudiera quedar. Cuando, en 1848, lord Kingsborough terminó la colección de testimonios conservados de los antiguos aztecas, su obra no contenía ni un solo ejemplar de origen español. ¿Qué documentos se han conservado de los mayas procedentes de la época anterior a la conquista? Pues tres manuscritos.
Uno está en Dresden, otro en París, y dos que en rigor van juntos, están ahora en sitios distintos de España. Son el «Codex Dresdensis», el más antiguo, el «Codex Peresianus», y los códices «Troano» y «Cortesianus».
Y puesto que hacemos una enumeración de desventaja, no queremos dejar de apuntar las dificultades de la investigación directa. El arqueólogo, en Grecia o en Italia, viaja por tierras civilizadas; el investigador en Egipto trabaja en el clima más sano de aquellas latitudes; pero el hombre que en el siglo pasado se decidió a buscar huellas de los mayas y aztecas tuvo que internarse en un clima infernal, lejos de toda civilización. (Por ejemplo, aún hoy, en los años sesenta, los turistas no disponen de ningún camino por tierra para llegar a Tikal, en Guatemala, importante estación arqueológica donde la Universidad de Pennsylvania ha investigado en los últimos diez años, y bajo la dirección de William Coe, más de trescientas construcciones, algunas de ellas gigantescas. Se puede, no obstante, llegar al lugar en una hora de vuelo desde la ciudad de Guatemala y alojarse y comer «a la americana» en el confortable «Jungle Lodge»).
Por ello, los trabajos de investigación en la América Central tropezaron con tres grandes dificultades; primero, ante una serie de problemas completamente desacostumbrados por la singularidad de estas civilizaciones precolombinas; segundo, por la imposibilidad de llegar a establecer suficientes comparaciones y conclusiones, sólo posibles cuando hay abundancia de materiales recogidos, y aquí, apenas si los había, a excepción de aquellas ruinas; tercero, de tipo geográfico, por los obstáculos que la vegetación, el clima y la escasez de comunicaciones oponían a toda exploración continuada y rápida.
¿No es sorprendente que mayas y aztecas hayan vuelto a caer en el olvido después del grandioso descubrimiento hecho por Stephens y por Prescott? ¿Que sólo unos cuantos investigadores supieran durante cuatro decenios de la existencia de estos pueblos? ¿Que a pesar del gran número de hallazgos de poca importancia no se haya descubierto nada de verdadera importancia entre los años 1840 y 1880? ¿Que incluso el hallazgo de Brasseur de Bourbourg en los archivos de Madrid sólo consiguiera despertar el interés de unos pocos especialistas?
El libro de Diego de Landa estuvo durante trescientos años al alcance de todos, y allí siguió dormido sin que nadie lo hojease. Sin embargo, contenía las mágicas palabras que —al menos en parte— fueron la clave para descifrar el sentido de los pocos monumentos, piedras, relieves y esculturas para poder hacer las indispensables comparaciones y llegar al desciframiento de aquellas mágicas palabras, comprobando su significado.