Las místicas inferiores

¡Qué feliz expresión ha encontrado Philippe de Félice al titular un libro suyo sobre los «venenos sagrados y la ebriedad divina» Essai sur quelques formes inférieures de la mystique! Lo que es realmente trágico en la condición humana es este eterno retorno a las «formas inferiores de la mística». Cuando ya no puedes, o por lo menos tienes la impresión de que no puedes, «perderte en Dios», te perderás en el alcohol, en el opio, en el peyotl o en una histeria colectiva.

La «mística» permanece; porque el instinto del hombre de perderse, de entregarse, sigue siendo tan orgánico y fuerte como su instinto de conservación. Tienes que salir de ti mismo de una forma u otra. Y cuando el amor ya no te puede salvar, te salva el alcohol, el opio o la cocaína. Los rituales siguen siendo los mismos: aislamiento del mundo («bebe solo», se dice, signo de que se trata de un verdadero alcohólico, uno que oficia), la consagración del tiempo y del lugar donde se asimila la drogue divine, etc. Y permanece igualmente la sed de olvidarse, de perderse en un «absoluto» de esencia tóxica.

Los dioses no mueren, decían los humanistas. No mueren, pero envejecen, se vulgarizan, llegan a las más extremas formas de degeneración, en la conciencia y en la experiencia del hombre, por supuesto. Ya no crees en Dioniso, pero continúas emborrachándote y esta borrachera es cada vez más triste y más vulgar, más desesperada. Algunos viajeros que han vuelto de la Unión Soviética hablan de la «mística del tractor», que ha sustituido a la mística ortodoxa o sectaria. No se trata, por supuesto, de la necesidad del hombre de tener un «ideal», de una fe en un mito, en un hombre, en una idea, sino de la necesidad del hombre de perderse a sí mismo. Y cuando ya no puedes perderte en la santísima Trinidad, te pierdes en la «mística del tractor». Parece que la maldición del hombre moderno es deslizarse cada vez más abajo, saciar su sed de perderse a sí mismo con formas cada vez más bajas de «mística». El luciferismo del hombre moderno ya no consiste en su rebelión contra Dios (para hablar en términos muy amplios), sino en una rebelión contra Dios a través de la burda imitación de su obra. Imitación y contrahechura, he aquí los verdaderos estigmas del luciferismo. Porque te opones a la religión sustituyéndola rápidamente por otra religión, inferior. Renuncias a la mística de una santa Teresa, pero adoptas la mística inferior del tractor o del opio; te ofreces a ti mismo, te «inmolas», para perderte en el ser inefable del tractor, para que triunfe el culto del tractor. O, en el caso del opio, te ofreces para poder aniquilarte como individuo, como ser aislado y dolorido, descubriendo otra realidad, absoluta, aquel «orden excelente» del que hablaba Thomas de Quincey.

Que los instintos del hombre permanecen intactos es una verdad elemental que los «racionalistas» siempre olvidan. Y la sed de salvación del hombre está en el orden natural de las cosas. Cualquier cosa que haga, y por mucho que cambie, el hombre seguirá deseando, esperando y pensando que se salva, que encuentra el sentido central de la existencia, que valora su vida.

La sed de redención, he aquí el sentido de aquel extraño instinto del hombre por entregarse, por perderse. Cuando este instinto encuentra una salida natural, «mística», la religión sabe canalizar los impulsos humanos. Pero a menudo ocurre que el individuo deja de creer o se le prohíbe creer en un orden trascendente de realidades, en la religión. Este cambio, lejos de liberar al hombre, le vulgariza, dejándole a merced de las místicas inferiores. Cuando dejas de creer en el paraíso, empiezas a creer en el espiritismo.