I

A LOS CINCUENTA Y OCHO AÑOS DE EDAD, la mayoría de los hombres privilegiados, si no han muerto, llevan largo tiempo retirados, dedicándose a atender sus fincas y recoger copiosas cosechas de uvas y nietos. Padre no pertenecía ni a un caso ni a otro. De no ser por los documentos que daban fe de sus treinta y siete años como soberano del Ponto, cualquier persona habría pensado que tenía dos décadas menos, que había descubierto la fuente de la eterna juventud. Lejos de perder estatura, de encorvarse y anquilosarse con los años, padre mantenía la espalda tan recta como un soldado. Los músculos conservaban toda su firmeza, al igual que los hombros y la espalda su fuerza y empaque. Lucía la melena castaña de siempre, y ni siquiera los luchadores profesionales itinerantes le superaban en rapidez y agilidad. Su dominio del caballo y el arco seguía siendo legendario y como orador no tenía rival: era capaz tanto de debatir conceptos sutiles de filosofía como de arengar a los soldados en el campo de batalla, y no digamos de contar chistes picantes en todas las lenguas de Asia, que era donde realmente uno ponía a prueba su fluidez en un idioma. Tan solo sus manos indicaban que era humano y no divino, pues no eran las manos de un dios, y tampoco de un rey, sino de un soldado corriente, con los nudillos cubiertos de cicatrices de cortes y rozaduras, las palmas ásperas y duras como el roble curado de manejar armas y herramientas, llenas de callos, con mugre incrustada en las grietas, imposible de extraer. Sus manos formaban un mapa de los viajes, las victorias y las pérdidas vividas.

Padre era un hombre eternamente joven, inmortal por efecto de los antídotos de Papias. También el herborista se mantenía fuerte y dinámico, con ciento cinco años de edad perpetuos, o eso me parecía a mí, pero vivaz como un hombre muchas décadas menor. Se tomaba sus responsabilidades con la misma seriedad que el poder de dar la vida o la muerte que tenían sus manos, con la misma seriedad con que yo ocupaba mi cargo, que se había ampliado súbita y enormemente, pues padre me había ascendido, pese a mi corta edad, a general de campo en reconocimiento a mi actuación, cinco años atrás, en la batalla del río Halis. Actualmente dirigía toda la caballería póntica, la fuerza más poderosa del ejército.

En ese quincuagésimo octavo año de vida de padre también el reino vivía prósperamente después de su segunda guerra con Roma. Se había recuperado el botín robado por Murena y ratificado las condiciones originales del tratado de Dárdano, esta vez formalizado por el Senado romano. Mi hermanastro, el príncipe Makarios, estaba dando muestras de ser un soberano competente, aunque poco belicoso, en el lejano reino del Bósforo, y las flotas piratas, aunque semiindependientes, todavía obedecían las órdenes de Padre con el rigor suficiente para que todos las viéramos como su armada privada. Controlaban no solo el Helesponto y el Bósforo, sino todo el Mediterráneo, desde Hispania hasta Siria. Ni un solo barco podía pasar, ni un solo senador romano podía viajar, sin que la noticia llegara a algún comandante de escuadra a través de banderas de señales o torres de vigilancia, y este diera la orden de hundir y saquear o de no interceptar. Los dominios de Roma eran extensos, pero si uno tenía en cuenta el control que padre ejercía en los mares, su imperio era aún mayor.

El situación de Roma era incierta, pues todavía se desconocían las consecuencias reales de las Guerras Sociales, y como nunca se había vengado de la Noche de Vísperas, su recuerdo seguía siendo en el Senado fuente constante de indignación y petición de represalias. De hecho, todos los problemas que acosaban a Roma en cualquiera de sus dominios eran atribuidos a Mitrídates. ¿Los tracios se habían rebelado en el Alto Danubio? Seguro que estaban a sueldo de Mitrídates, gritaban los senadores, exigiendo la sangre de padre. ¿Escaseaba el grano en Egipto? No había duda de que los piratas de Mitrídates habían desviado la mercancía, y los alborotadores gritaban el nombre de padre. Detrás de cada revés veían una maniobra póntica. Para Roma, padre era un castigo, un demonio tanto para niños como para adultos, una amenaza invisible cuyos asesinos y venenos estaban en todas partes pero era imposible apresarlos. Mitrídates constituía una amenaza para la autoridad de Roma, de hecho para su propia existencia. La sola mención de su nombre podía provocar un alboroto en toda la ciudad. La mayoría de las acusaciones eran descaradamente falsas, mas algunas poseían fundamento suficiente para hacer creíble el resto. Padre estaba encantado con su papel.

Así y todo, había nubes en el horizonte, pues ese quincuagésimo octavo año no fue un año tranquilo. Ese año sucedió algo que iba marcar el resto de la vida de padre, de hecho, el resto de la existencia del Ponto.

Ese invierno falleció un hombre que había sido durante mucho tiempo una espina para padre, el rey Nicomedes de Bitinia. Normalmente, la muerte de un enemigo debería ser causa de celebración, y la noticia, de hecho, llenó de alegría a padre, pero la satisfacción le duró poco. Nicomedes, perdida la esperanza de que su endeble país conservara la independencia, decidió en su lecho de muerte no legar su reino a sus disolutos hijos. Su última medida como rey antes de pasar a mejor vida fue ceder todo su reino a Roma.

Las implicaciones eran enormes. Una flota romana con base en Heraclea, el principal puerto bitinio del Ponto Euxino, sería capaz de amenazar a las valiosas rutas marítimas del Helesponto controladas actualmente por el Ponto. Eso permitiría a Roma navegar sin restricciones entre el Ponto Euxino y el Mediterráneo, con fines tanto comerciales como militares, y expondría todo nuestro territorio del norte a la expansión romana. Las legiones romanas acuarteladas en Bitinia gozarían de fácil acceso al Ponto por su llano litoral, amenazando de ese modo el rico corazón de nuestro reino, que llevaba décadas sin sufrir un solo saqueo. Gracias a Nicomedes, no tardaríamos en tener a los romanos en nuestras fronteras.

Era preciso reconquistar Bitinia antes de la llegada de la flota romana o toda esperanza de crear un imperio se esfumaría.

Se trataba de una medida desesperada. Si ganábamos, únicamente obtendríamos Bitinia, un reino que padre ya había conquistado en el pasado y del que sabía que quedaba poco que saquear. Pero si perdíamos, ya no habría esperanzas de regresar al tratado de Dárdano o de obtener otro similar. El Senado romano no descansaría hasta conseguir la destrucción total del Ponto y la cabeza de padre. El riesgo era grande, los beneficios potenciales escasos, pero cualquier cosa era preferible a aguardar a que los romanos tomaran posesión de su nuevo territorio y, seguidamente, invadieran el Ponto.

Padre pasó el invierno preparando a su ejército. Reclutó otros dieciséis mil soldados de caballería de los clanes persas del interior, capaces, cada uno de ellos, de combatir contra diez de los torpes mercenarios montados que los romanos utilizaban en los combates. Los exiliados romanos adiestraron a ciento cuarenta mil soldados de infantería para luchar en las manejables formaciones que convertían a las legiones romanas en armas tan formidables. Además, padre tenía docenas de tribus aliadas que le proporcionaban constructores de caminos, porteadores, cantineros, herreros, reparadores y demás hombres que requería un ejército. Para suavizar el impacto que la ausencia temporal de estos individuos sanos producía en las tierras de las tribus, padre repartió dos millones de medimni de trigo —cantidad ciertamente asombrosa—, procedentes de los almacenes reales de Sínope, entre las ciudades del litoral.

Mario y su legión romana formaban todavía el núcleo central del vasto ejército, y padre incluso trasladó cien carros falcados al Campo de Ares para que entrenaran y levantaran la moral de los hombres con el zumbido aterrador de sus cuchillas, si bien se negó a utilizarlos en la batalla. Esa primavera, el ejército se adentró en las montañas para ampliar su adiestramiento y ofrecer otro sacrificio a Zeus Stratios, jefe de los Ejércitos.