Capítulo 1

A las siete de una mañana caribeña, en la isla de Antigua, un tal Peregrine Makepiece, más conocido como Perry, versátil deportista amateur de mérito y hasta fecha reciente profesor de literatura inglesa en un distinguido colegio universitario de Oxford, jugaba un partido de tenis a tres sets contra un cincuentón musculoso, erguido de espalda, calvo, de ojos castaños y porte regio, que se llamaba Dima y era por entonces de nacionalidad incierta. Las circunstancias que propiciaron dicho encuentro fueron enseguida objeto de intenso escrutinio por parte de los agentes británicos profesionalmente contrarios a la mecánica del azar. Y sin embargo, no podía atribuirse a Perry culpa alguna en los sucesos que llevaron a aquello.

Al despuntar el día de su trigésimo aniversario, hacía ya tres meses, se desencadenó en Perry un cambio vital que, de manera inconsciente, venía fraguándose en él a lo largo del último año poco más o menos. A las ocho de la mañana, sentado con la cabeza entre las manos en su modesto estudio de Oxford, después de correr doce kilómetros que de nada habían servido para mitigar su sensación de calamidad, llevó a cabo un acto de introspección a fin de saber cuáles eran sus logros personales una vez concluido el primer tercio de su vida natural, aparte de encontrar un pretexto para no aventurarse en el mundo más allá de las agujas de ensueño de esa ciudad.

¿Por qué?

Visto desde fuera, lo suyo era el colmo del éxito académico. Hijo de dos profesores de secundaria a quienes el activismo político había privado de una mejor posición, formado siempre en la enseñanza pública, llega a Oxford procedente de la Universidad de Londres colmado de honores académicos y ocupa una plaza por tres años, que le otorga una antiquísima y rica institución universitaria orientada al máximo rendimiento. Su nombre de pila, reservado tradicionalmente a las clases altas inglesas, procede de un prelado metodista del siglo XIX, Arthur Peregrine, de Huddersfield, proclive a las soflamas incendiarias.

En los períodos lectivos, durante los ratos que no dedica a la labor docente, descuella como corredor de campo a través y deportista en general. En sus tardes libres, echa una mano en el área juvenil del centro cívico local. En vacaciones, conquista difíciles cimas y acomete escaladas más que respetables. Y sin embargo, cuando la universidad le ofrece una plaza fija —o lo que es lo mismo, desde su ácido modo de pensar actual, la prisión a perpetuidad—, se resiste.

Una vez más: ¿por qué?

El trimestre anterior había impartido un ciclo de charlas sobre George Orwell bajo el título «Una Gran Bretaña asfixiada» y hasta él se había alarmado de su propia retórica. ¿Habría considerado Orwell posible que las mismas voces sobrealimentadas que lo acosaban en la década de los treinta, la misma lesiva incompetencia, la adicción a las guerras extranjeras y la presunción de prerrogativas perdurasen aún, tan campantes, en 2009?

Al no detectar respuesta alguna en los perplejos rostros de los alumnos, la proporcionó él mismo: no, Orwell no se lo habría creído, categóricamente. O si se lo hubiera creído, se habría echado a la calle. Habría roto no pocos cristales.

Discutió el asunto a fondo y sin miramientos con Gail, su novia desde hacía ya tiempo, tumbados ambos en la cama después de una cena de cumpleaños en el piso de Primrose Hill, que ella había heredado de su padre, y que este, por lo demás sin blanca, había comprado a precio de ganga cuando la zona andaba de capa caída.

—No me gustan los profesores de universidad, ni me gusta serlo yo. No me gusta el mundo académico, y si no vuelvo a ponerme nunca más esa toga del carajo, me sentiré un hombre libre —declaró en su reniego, dirigiéndose a la mata de pelo trigueño plácidamente instalada sobre su hombro. Y como no obtuvo más contestación que un comprensivo ronroneo—: ¿Qué? ¿Soltar el rollo de Byron, Keats y Wordsworth delante de una pandilla de estudiantes aburridos sin más ambición que sacarse el título, tirarse a quien sea y hacer dinero? Objetivo alcanzado. Eso ya me lo conozco. A la mierda. —Y aumentando las probabilidades—: Ahora mismo, solo una revolución del carajo me animaría a quedarme en este país.

Gail, una abogada joven y animosa en plena pujanza, dotada tanto de belleza como de una lengua muy suelta —a veces un poco demasiado suelta para su propio bienestar, y el de Perry—, le aseguró que ninguna revolución estaría completa sin él.

Los dos eran huérfanos de facto. Si los padres de Perry habían sido la encarnación misma de la abstinencia por principio, los de Gail eran todo lo contrario. Su padre, actor de una inutilidad adorable, había muerto prematuramente a causa del alcohol, tres paquetes de tabaco al día y una pasión inmerecida por su casquivana esposa. Su madre había abandonado el domicilio familiar cuando Gail tenía trece años, y ahora, según se creía, llevaba una vida sencilla en la Costa Brava con un segundo cámara.

La primera reacción de Perry tras su decisión trascendental de volver la espalda al mundo académico —irrevocable, como todas las decisiones trascendentales de Perry— fue retornar a sus raíces. El hijo único de Dora y Alfred se situaría allí donde ellos tenían depositadas sus convicciones. Reiniciaría su trayectoria docente desde el punto en que ellos se habían visto obligados a abandonar la suya.

Dejaría ya de jugar a joven promesa de la intelectualidad, cursaría estudios de magisterio como Dios manda, igual que sus padres, sacaría el título de profesor de enseñanza media y solicitaría plaza en alguna de las zonas más desfavorecidas del país.

Daría clase de las asignaturas básicas, además de ocuparse de los entrenamientos en cualquier deporte que le asignasen, al servicio de niños que lo necesitaban para alcanzar la realización personal, y no como pasaporte a la prosperidad de las clases medias.

Pero Gail no se alarmaba ante esta perspectiva tanto como acaso él pretendiera. Al margen de su firme determinación de situarse en el «crudo centro de la vida», allí seguían otras versiones de él jamás reconciliadas, y Gail se hallaba en buenas relaciones con la mayoría de ellas:

Sí, estaba Perry el estudiante autoflagelado de la Universidad de Londres, donde se habían conocido, quien a la manera de T. E. Lawrence cogió su bicicleta en vacaciones y se echó a rodar por los caminos hasta caer rendido de cansancio.

Y sí, estaba Perry el aventurero alpino, el Perry que no era capaz de disputar una carrera o participar en un juego, ya fuera las sillas musicales con sus sobrinos en Navidad o un partido de rugby a siete, sin la necesidad compulsiva de ganar.

Pero también estaba, para alivio de Gail, Perry el sibarita encubierto que, en inesperados arranques, se entregaba a tal o cual lujo antes de volver sin pérdida de tiempo a su buhardilla. Y ese era el Perry que se encontraba ahora en Antigua, en la mejor pista de tenis del mejor complejo hotelero bajo los efectos de la recesión, aquella mañana de mayo, temprano, antes de que el sol estuviese ya demasiado alto para jugar, con el tal Dima a un lado de la red y Perry al otro, y Gail que, sin más ropa que un bañador, una pamela y un exiguo pareo de seda, permanecía sentada entre la insólita concurrencia de espectadores de mirada mortecina, en apariencia comprometidos por un juramento colectivo a no sonreír ni hablar ni manifestar el menor interés en el partido que se veían obligados a presenciar.

Fue una suerte, en opinión de Gail, que la aventura caribeña estuviese ya planeada antes de la impulsiva decisión trascendental de Perry. El punto de partida se remontaba al tétrico noviembre en que el padre de Perry sucumbió al mismo tipo de cáncer que se había llevado a su madre dos años antes, dejando a Perry, para su bochorno, en una situación de módica holgura. En manifiesto desacuerdo con la transmisión hereditaria de la riqueza, y debatiéndose en la duda de si donarlo todo a los pobres o no, Perry se vio ante un dilema. Pero después de la campaña de desgaste emprendida por Gail, optaron por unas vacaciones bajo el sol en un hotel con pistas de tenis, una de esas bicocas que se dan una sola vez en la vida.

Y ningunas vacaciones podrían haberse planeado más oportunamente, como al final se vio, pues cuando estaban ya en camino, tenían ante sí grandes decisiones que tomar:

¿Qué debía hacer Perry con su vida, y debían hacerlo los dos juntos?

¿Debía Gail renunciar a la abogacía y lanzarse ciegamente al vacío detrás de él? ¿O debía perseverar en su meteórica carrera en Londres?

¿O acaso había llegado el momento de reconocer que su carrera no era más meteórica que la de la mayoría de los abogados, y debía por tanto quedarse embarazada, que era a lo que Perry siempre la exhortaba?

Y si bien Gail, por picardía o en defensa propia, tenía la costumbre de convertir las preguntas grandes en pequeñas, no podía negarse que a todas luces se hallaban los dos, juntos y por separado, ante encrucijadas de la vida, con mucho que meditar, ni podía negarse que teóricamente diez días en Antigua les proporcionarían el marco ideal para hacerlo.

Su vuelo salió con retraso, y no llegaron al hotel hasta pasadas las doce de la noche. Ambrose, el ubicuo supervisor del establecimiento, los acompañó a su bungalow. Se levantaron tarde, y cuando terminaron de desayunar en la terraza, el sol calentaba ya demasiado para jugar al tenis. Nadaron en la playa, vacía en sus tres cuartas partes, comieron solos junto a la piscina, hicieron el amor lánguidamente a la hora de la siesta, y a las seis de la tarde se presentaron en la tienda del club, descansados, felices e impacientes por jugar.

Visto a lo lejos, el complejo hotelero se reducía a un puñado de casitas blancas diseminadas a lo largo de unos dos kilómetros de playa, en forma de herradura y con esa proverbial arena fina como el talco. La delimitaban dos promontorios de roca con matorrales dispersos. Entre uno y otro se extendían un arrecife de coral y una hilera de boyas fluorescentes para repeler a los yates a motor inoportunos. Y en recónditos rellanos de tierra en la ladera del monte estaban las pistas de tenis, aptas para campeonatos. Una estrecha escalera con peldaños de piedra ascendía tortuosamente entre arbustos en flor hasta la puerta de la tienda del club. Al cruzarla, uno accedía al paraíso del tenista, razón por la que Perry y Gail habían elegido aquel lugar.

Disponía de cinco pistas, amén de la pista central. Las pelotas de competición se guardaban en frigoríficos. Expuestas en las vitrinas estaban las copas de plata con los nombres de los campeones de antaño que habían jugado allí, y uno de ellos era Mark, el profesional residente, un australiano con unos kilos de más.

—¿Y de qué nivel hablamos, si no es indiscreción? —preguntó con afectado refinamiento mientras examinaba las fogueadas raquetas, los gruesos calcetines y las zapatillas de tenis de Perry, gastadas pero aún aprovechables, así como el escote de Gail.

Para ser dos personas que ya habían dejado atrás la primera juventud pero estaban aún en la flor de la vida, Perry y Gail formaban una pareja muy atractiva. La naturaleza había concedido a Gail unas piernas y unos brazos largos y bien torneados, pechos pequeños y turgentes, un cuerpo grácil, una piel inglesa y un magnífico cabello dorado, además de una sonrisa capaz de iluminar los rincones más tenebrosos de la vida. Perry ofrecía un aspecto también muy inglés pero de otra índole: poco garboso y en apariencia desmadejado, cuello largo y nuez prominente. Le sobresalían mucho las orejas, y con su andar premioso, parecía tambalearse. De niño, en su escuela pública le habían puesto el hiriente mote de «Jirafa», hasta que los insensatos proclives a llamarlo así aprendieron la lección. Pero con la madurez adquirió —sin tener conciencia de ello, por lo que resultaba aún más digno de admiración— cierta gallardía, precaria pero indudable. Tenía una mata de rizos castaños, frente pecosa, y unos ojos grandes —detrás de unas gafas— que le conferían un aire de perplejidad angélica.

Desconfiando de la capacidad de Perry para el autobombo, y en actitud tan protectora como siempre, Gail asumió la responsabilidad de contestar al profesional residente:

—Perry juega la fase previa en Queen’s, y una vez accedió a la primera ronda del torneo, ¿eh que sí? De hecho, llegaste a entrar en el Masters. Y eso después de romperse la pierna esquiando y pasar seis meses sin jugar —añadió con orgullo.

—¿Y usted, señora, si no es mucho atrevimiento? —preguntó Mark, el obsequioso profesional, con cierto retintín en el «señora» que no acabó de gustar a Gail.

—Yo no le llego a la suela del zapato —respondió sin inmutarse, a lo que Perry dijo: «Chorradas», y el australiano sorbió aire entre los dientes, movió la pesada cabeza en un gesto de incredulidad y pasó las desordenadas hojas de su registro.

—Veamos, tengo aquí a una pareja que quizá les venga bien —dijo, enjugándose el sudor de la frente con una toalla de tenis mugrienta—. Les dan cien vueltas a los otros huéspedes, eso se lo digo desde ya. Aunque, para serles sincero, tampoco es que tenga infinidad de gente donde elegir. Igual ustedes cuatro deberían tantearse.

Resultó que sus adversarios eran una pareja india de Mumbai en luna de miel. La pista central estaba ocupada, pero la pista 1 no. Pronto se acercaron a verlos calentar personas de paso y jugadores de otras pistas: fluidos golpes desde la línea de fondo, passing shots a los que nadie corría, algún smash desde la red sin respuesta. Perry y Gail ganaron el sorteo del saque inicial, Perry cedió el primer servicio a Gail, que cometió dos dobles faltas, y perdieron el juego. A continuación sacó la novia india. El partido mantuvo un tono pausado.

Solo cuando Perry empezó a sacar se puso de manifiesto claramente la calidad de su tenis. Su primer servicio tenía altura y fuerza, y cuando entró, poco podía hacerse para devolverlo. Se anotó cuatro tantos de saque consecutivos. El público fue en aumento; los jugadores eran jóvenes y atractivos; los recogepelotas descubrieron nuevos niveles de energía. Hacia el final del primer set, Mark, el profesional residente, se dejó caer por allí como quien no quiere la cosa para echar un vistazo, se quedó durante tres juegos y por fin, con semblante pensativo, regresó a su tienda.

Después de un largo segundo set, estaban empatados a uno. En el tercer y definitivo set, Perry y Gail se situaron con una ventaja de cuatro a tres. Y si bien Gail tendió a la cautela, Perry a esas alturas del encuentro iba ya a por todas, y la pareja india no volvió a ganar otro juego en lo que quedaba de partido.

Los espectadores se dispersaron. Los cuatro jugadores se quedaron allí para intercambiar cumplidos, acordar una revancha, ¿y quedar tal vez a tomar una copa en el bar esa noche? ¡Cómo no! Los indios se marcharon mientras Perry y Gail recogían sus raquetas de repuesto y sus jerséis.

En eso volvió a la cancha el profesional australiano, acompañado de un hombre musculoso, muy erguido, ancho de pecho y totalmente calvo, que lucía un reloj Rolex de oro con diamantes incrustados y llevaba un pantalón de chándal gris ceñido a la cintura mediante un cordón atado con una lazada.

Por qué Perry reparó primero en la lazada de su cintura y después en el resto del individuo tiene fácil explicación. En ese momento estaba a medio cambiarse las zapatillas de tenis viejas pero cómodas por un par de playeras con suela de cáñamo, y seguía aún agachado cuando oyó pronunciar su nombre. Así las cosas, alzó lentamente su cabeza alargada, como suelen hacer los hombres altos y angulosos, y advirtió primero unas alpargatas de piel en unos pies pequeños, casi femeninos, separados como los de un pirata, luego unas robustas pantorrillas bajo un chándal gris y, más arriba, la lazada del cordel que mantenía en alto el pantalón, con un nudo doble, como debía ser dada su notable área de responsabilidad.

Y por encima de la lazada, una selecta camisa de algodón carmesí, que envolvía un torso colosal, donde abdomen y pecho no parecían diferenciarse, con un cuello de estilo oriental que, abrochado, habría parecido un collarín de eclesiástico en versión recortada, solo que en modo alguno habría podido abarcar el musculoso cuello que contenía.

Y por encima del cuello, ladeado en gesto de ruego, con las cejas enarcadas en actitud invitadora, el rostro terso de un cincuentón calvo, de ojos castaños y mirada melancólica, desplegaba una radiante sonrisa de delfín. La ausencia de arrugas no inducía a pensar en inexperiencia sino todo lo contrario. Era un rostro que a Perry, el amante de la aventura al aire libre, se le antojó moldeado para la vida: el rostro, dijo a Gail mucho tiempo después, de un «hombre forjado», otra definición a la que él aspiraba para sí pero, pese a su viril empeño, aún no creía merecer.

—Perry, permítame presentarle a mi buen amigo y cliente, el señor Dima, de Rusia —anunció Mark, insuflando un ceremonioso soniquete a su empalagosa voz—. Dima opina que han hecho ustedes un partido fenomenal, ¿verdad que sí? Como buen conocedor del deporte de la raqueta, ha estado viéndolos jugar con admiración, me permito decir, ¿no, Dima?

—¿Jugamos? —propuso Dima con expresión de disculpa, sin apartar sus ojos castaños de Perry, quien para entonces se había erguido ya cuan alto era y permanecía allí inmóvil, un tanto incómodo.

—Hola —saludó Perry con la respiración aún un poco agitada, y tendió una mano sudorosa. La mano de Dima era la de un artesano metido en carnes, con una pequeña estrella o asterisco tatuado en el segundo nudillo del pulgar—. Y esta es Gail Perkins, mi cómplice en el delito —añadió, sintiendo la necesidad de introducir un ritmo más pausado.

Pero Mark el profesional, anticipándose a Dima, dejó escapar un resoplido de aduladora protesta.

—¿Cómo que «delito», Perry? —objetó—. ¡Habrase visto, Gail! Han hecho un juego de fábula, las cosas como son. Un par de esos reveses paralelos estaban a la altura de los mismísimos dioses, ¿o no, Dima? Usted mismo lo ha dicho. Lo hemos visto desde la tienda. Por el circuito cerrado.

—Dice Mark que juega usted en Queen’s —comentó Dima, su sonrisa de delfín dirigida a Perry, la voz pastosa, grave y gutural, y vagamente americana.

—Bueno, de eso hace ya unos años —respondió Perry con modestia, todavía ganando tiempo.

—Dima ha adquirido recientemente Las Tres Chimeneas, ¿eh, Dima? —dijo Mark como si la noticia, por alguna razón, confiriese mayor interés a la propuesta de jugar un partido—. El mejor enclave en este lado de la isla, ¿eh, Dima? Tiene grandes planes para esos terrenos, por lo que hemos oído. Y según creo, ustedes dos están en el Captain Cook, uno de los mejores bungalows del hotel, en mi opinión.

Allí se alojaban, sí.

—Pues ya ven: son vecinos, ¿eh, Dima? Las Tres Chimeneas está justo en la punta de la península, al otro lado de la ensenada, enfrente de ustedes. La última gran finca no urbanizada de la isla, pero eso Dima tiene previsto remediarlo, ¿me equivoco, señor mío? Se habla de una emisión de acciones preferenciales para los isleños, cosa que, a mi modo de ver, es una idea más que aceptable. Entretanto permite allí alguna que otra acampada, por lo que he oído. Acoge a parientes y amigos de mentalidad afín. Eso lo admiro. Yo y todo el mundo. En una persona con sus medios, es lo que yo llamo tenerlos bien puestos.

—¿Jugamos?

—¿A dobles? —preguntó Perry, desprendiéndose de la intensa mirada de Dima para volverse con cara de incertidumbre hacia Gail.

Sin embargo Mark, establecida ya su cabeza de puente, aprovechó la ventaja.

—Gracias por el ofrecimiento, Perry, pero a Dima no le van los dobles, siento decir —se apresuró a aclarar taxativamente—. Nuestro amigo aquí presente solo juega individuales, ¿me equivoco, caballero? Es usted un hombre independiente. Prefiere ser el responsable de sus errores, como me dijo una vez.

Esas fueron sus palabras textuales hace no mucho, y yo me las tomé al pie de la letra.

Viendo que ahora Perry se sentía dividido pero también tentado, Gail acudió en su rescate:

—Por mí no te preocupes, Perry. Si quieres jugar individuales, no tengo inconveniente.

—Perry, creo que haría mal en no aceptar a este caballero —dijo Mark, de nuevo a la carga—. Si yo fuera aficionado a las apuestas, no sabría por quién decantarme, como lo oye.

Y cuando Dima se alejó, ¿era eso una cojera? ¿Ese pie derecho ligeramente arrastrado? ¿O era solo el esfuerzo de acarrear esa enorme mitad superior del cuerpo a todas horas del día?

¿Fue también entonces cuando Perry se fijó por primera vez en los dos hombres blancos que rondaban, ociosos, por la entrada de la pista, uno con las manos relajadamente detrás de la espalda, el otro con los brazos cruzados ante el pecho? ¿Los dos con calzado deportivo? ¿Uno rubio, con cara de niño, el otro moreno y lánguido?

De ser así, fue solo de manera inconsciente, sostuvo de mala gana ante el hombre que se hacía llamar Luke y la mujer que se hacía llamar Yvonne, diez días más tarde, cuando estaban los cuatro sentados a una mesa de comedor oval en el sótano de una bonita casa adosada victoriana en Bloomsbury.

Los había llevado allí un hombre corpulento y afable, con boina y un pendiente, que se presentó como Ollie, pasándolos antes a recoger en un taxi negro por el piso de Primrose Hill. Luke les había abierto la puerta; Yvonne aguardaba de pie detrás de Luke. En un vestíbulo que olía a pintura reciente, con una tupida moqueta, saludaron a Perry y Gail con un apretón de manos; después Luke les dio las gracias por ir, y los condujeron escalera abajo hasta aquel sótano reformado, con su mesa, sus seis sillas y una cocina americana. Las ventanas de cristal esmerilado, en forma de media luna y encastradas en el muro exterior, se oscurecían al pasar por la acera los pies desdibujados de los viandantes.

A continuación se vieron despojados de sus móviles e invitados a firmar una declaración conforme a la Ley de Secretos Oficiales. Gail, la abogada, leyó el texto y se indignó.

—Ni muerta —exclamó, en tanto que Perry, diciendo entre dientes «¿Qué más da?», firmó con impaciencia.

Gail, después de tachar un par de cosas y añadir su propio redactado, firmó bajo protesta. En el sótano, la iluminación se reducía a una única lámpara, de luz tenue, suspendida sobre la mesa. Las paredes de obra vista despedían un leve olor a oporto añejo.

Luke era un cuarentón de aspecto distinguido, bien afeitado y, a ojos de Gail, un tanto bajo. Los espías de sexo masculino, se dijo con una falsa jocosidad suscitada por el nerviosismo, deberían venir en tallas más grandes. Con su porte erguido, su impecable traje gris y unos pequeños cuernos de cabello cano fluctuando por encima de las orejas, recordaba más bien a un jockey amateur de club de campo con su mejor traje.

Yvonne, por su parte, no podía ser mucho mayor que Gail. En la primera impresión, Gail la encontró remilgada pero, a su manera intelectualoide, guapa. Con su insípido traje sastre, el pelo a lo paje y sin maquillar, aparentaba más años de los necesarios y, para ser una espía de sexo femenino —de nuevo conforme al criterio resueltamente frívolo de Gail—, tenía un aire demasiado formal.

—De hecho, pues, no los identificaron ustedes como guardaespaldas —observó Luke, volviendo con avidez su cuidada cabeza para mirar alternativamente a Perry y Gail desde el otro lado de la mesa—. Al quedarse solos, ¿no hicieron ningún comentario? Algo así como «Eh, eso era un tanto raro; parece que el tal Dima, quienquiera que sea, llevaba no poca protección», por decir algo.

¿De verdad es así como hablamos Perry y yo?, se preguntó Gail. Primera noticia.

—Yo sí los vi, claro —admitió Perry—. Pero si la pregunta es: ¿me llamaron de algún modo la atención?, la respuesta es no. Un par de tipos buscando con quien echar un partido, debí de pensar, si es que pensé algo —y pellizcándose la frente con sus largos dedos, muy serio—; o sea, uno no piensa, así sin más, «esos son guardaespaldas», ¿eh que no? Bueno, puede que ustedes sí. Viven en ese mundo, imagino. Pero si uno es un ciudadano de a pie, esa posibilidad ni se le pasa por la cabeza.

—¿Y usted qué me dice, Gail? —preguntó Luke con imperiosa solicitud—. Usted entra y sale de los juzgados a diario. Ve el mundo de la maldad en su más horrendo esplendor. ¿No le despertaron alguna sospecha?

—Debí de pensar que eran un par de tíos dándome un repaso, y eso si es que me fijé en ellos, así que no presté atención —contestó Gail.

Pero Yvonne, ojito derecho del maestro, no tuvo bastante ni mucho menos.

—Y esa noche, Gail, al reflexionar sobre el día, ¿de verdad no se plantearon quiénes eran esos dos hombres de más que rondaban por allí? —¿Era acaso escocesa? Bien podía serlo, pensó Gail, la hija de actores, que se preciaba de un oído infalible para los acentos.

—Era nuestra primera noche en el hotel, propiamente hablando —contestó Gail en un arrebato de exasperación nerviosa—. Perry había encargado una cena a la luz de las velas en el Captain’s Deck, ¿vale? Teníamos allí mismo las estrellas y la luna llena y las ranas toro en pleno apareamiento y la estela de la luna que llegaba casi a nuestra mesa… ¿Cree que íbamos a pasarnos la noche mirándonos a los ojos y hablando de los gorilas de Dima? Vamos, por favor… —Y temiendo haber sido más irrespetuosa de lo que pretendía—: De acuerdo, sí hablamos de Dima… brevemente. Es una de esas personas que se te quedan grabadas en la retina. De pronto era nuestro primer oligarca ruso, y al cabo de un momento Perry ya estaba flagelándose por haber accedido a jugar un partido con él y quería llamar al profesional para suspenderlo. Yo le conté que había bailado con hombres como Dima y que tenían una técnica asombrosa. Al oír eso, ya te quedaste callado, ¿eh que sí, Perry, cariño?

Separados entre sí por una brecha tan ancha como el océano Atlántico que habían cruzado en fecha reciente, y sin embargo dando gracias por poder desahogarse ante dos oyentes curiosos por oficio, Perry y Gail reanudaron la historia.

Las siete menos cuarto de la mañana siguiente. Mark los esperaba en lo alto de la escalera de piedra, ataviado con su mejor equipo blanco y sosteniendo dos botes con pelotas de tenis refrigeradas y un café en un vaso de papel.

—Me temía que se les hubieran pegado las sábanas, encantadora pareja —saludó con entusiasmo—. Vamos bien de hora, eh, no se preocupen. Gail, ¿qué tal está hoy? Como una rosa, si me permite decirlo. Usted primero, Perry. No hay de qué. Vaya día, ¿eh? Vaya día.

Perry encabezó la marcha por el segundo tramo de escalera hasta donde esta torcía a la izquierda. Al doblar el recodo, se topó de bruces con los mismos dos hombres de las cazadoras que la noche anterior deambulaban por allí, los dos que daban un repaso a Gail, según pensó ella, y eso si es que se fijó en ellos. Estaban apostados a ambos lados del arco de flores que, como un pasillo nupcial, daba acceso a la puerta de la pista central, un mundo aparte en sí misma, delimitada por los cuatro costados con vallas de lona y setos de hibisco de siete metros de altura.

Al verlos acercarse a los tres, el rubio con cara de niño dio medio paso al frente y, con una sonrisa desabrida, separó las manos en el gesto clásico de quien va a cachear a alguien. Desconcertado, Perry se plantó cuan alto era, aún demasiado lejos para un cacheo pero a no más de dos metros, con Gail a su lado. Cuando el hombre dio otro paso al frente, Perry retrocedió, arrastrando a Gail consigo y exclamando:

—¿Qué demonios pasa aquí?

A efectos prácticos, se dirigía a Mark, ya que ni el cara de niño ni su compañero moreno dieron señales de haber oído la pregunta, y menos aún de haberla entendido.

—Servicio de seguridad, Perry —explicó Mark, restregándose contra Gail al acercarse a Perry para susurrarle con tono tranquilizador—: Rutina.

Perry, inmóvil, alargó el cuello hacia delante y a un lado mientras digería esta información.

—¿Seguridad de quién exactamente? No lo capto. —A Gail—: ¿Y tú?

—Tampoco —coincidió ella.

—El servicio de seguridad de Dima, Perry. ¿De quién va a ser? Está podrido de pasta. Un pájaro gordo a nivel internacional. Estos chicos solo obedecen órdenes.

—¿Órdenes de usted, Mark? —volviéndose y escrutándolo con mirada acusadora a través de las gafas.

—Perry, no diga tonterías. Órdenes de Dima, no mías. Son los muchachos de Dima. Van con él a todas partes.

Perry volvió a fijar la atención en el guardaespaldas rubio.

—Señores, ¿hablan ustedes inglés por casualidad? —preguntó. Y como aquella cara de niño no se inmutó, o acaso se mostrase aún más imperturbable, Perry añadió—: No habla inglés, parece. Ni lo oye, por lo que se ve.

—Por Dios, Perry —suplicó Mark, tiñéndose su rostro de un tono rojo más intenso—. Solo un vistazo a la bolsa, y listos. No es nada personal. Rutina, como le digo. Igual que en cualquier aeropuerto.

Perry se volvió de nuevo hacia Gail.

—¿Tienes alguna opinión al respecto?

—Desde luego que sí.

Perry ladeó la cabeza en la otra dirección.

—A ver, Mark, necesito que me lo aclare bien —explicó, haciendo valer su autoridad pedagógica—. La persona que ha propuesto este partido de tenis conmigo, Dima, desea asegurarse de que no voy a lanzarle una bomba. ¿Es eso lo que dan a entender estos hombres?

—Este es un mundo muy peligroso, Perry. Tal vez usted no se haya enterado, pero los demás sí lo sabemos, y procuramos convivir con ello. Con el debido respeto, le recomiendo encarecidamente que siga el juego.

—Otra posibilidad sería que lo abatiera a tiros con mi Kaláshnikov —continuó Perry, levantando su bolsa de tenis un par de centímetros para indicar dónde guardaba el arma, ante lo que el segundo hombre abandonó la sombra de los arbustos y se situó junto al primero, bien que las expresiones faciales de ambos seguían siendo inescrutables.

—Perdone que se lo diga, señor Makepiece, pero está haciendo una montaña de un grano de arena —protestó Mark. Aquella cortesía suya adquirida con tanto esfuerzo empezaba a ceder gradualmente bajo la tensión—. Tenemos por delante un gran partido de tenis. Estos muchachos cumplen con su obligación y, a mi entender, la cumplen de una manera muy educada y profesional. Francamente, caballero, no entiendo dónde está el problema.

—Ah. El «problema» —reflexionó Perry, eligiendo la palabra como útil punto de partida para un debate en grupo con sus alumnos—. Permítame, pues, que le explique el problema. En realidad, si nos paramos a pensar, los problemas son varios. El primero es que nadie mira dentro de mi bolsa de tenis sin mi permiso, y en esta ocasión no concedo mi permiso. Y tampoco mira nadie dentro del bolso de esta señora. —Señalando a Gail—. Son aplicables las mismas reglas.

—Con todo rigor —confirmó Gail.

—Segundo problema. Si su amigo Dima piensa que voy a asesinarlo, ¿por qué me pide que juegue al tenis con él? —Después de dejar un holgado margen de tiempo para la respuesta, y viendo que no recibía ninguna, aparte de un expresivo sorbetón de aire entre los dientes, Perry prosiguió—: Y el tercer problema es que, de momento, la propuesta es unilateral. ¿Acaso he pedido yo a Dima que me deje mirar dentro de su bolsa? No. Ni lo deseo. Tal vez pueda explicárselo usted cuando le presente mis disculpas. Gail. ¿Y si atacamos ese magnífico bufet de desayuno por el que ya hemos pagado?

—Buena idea —dijo Gail con entusiasmo—. No me había dado cuenta del hambre que tengo.

Se dieron media vuelta, y se alejaban ya escalera abajo, haciendo caso omiso de las súplicas del profesional residente, cuando se abrió la puerta de la pista y Dima, con su voz de bajo, los obligó a detenerse.

—No se me escape, señor Perry Makepiece. Si quiere volarme los sesos, hágalo con la puñetera raqueta.

—¿Y la edad de ese hombre, Gail? ¿Cuántos años le echa? —preguntó Yvonne, la intelectualoide, tomando nota en su cuaderno con afectada precisión.

—¿El cara de niño? Veinticinco, como mucho —contestó ella, y una vez más deseó encontrar un término medio entre la ligereza y el miedo.

—¿Perry? ¿Cuántos años?

—Treinta.

—¿Estatura?

—Por debajo de la media.

Perry, cariño, si tú mides un metro ochenta y cinco, todos estamos por debajo de la media, pensó Gail.

—Un metro setenta y cinco —agregó ella.

Y el pelo rubio, muy corto, coincidieron ambos.

—Y llevaba una pulsera, una cadena de oro —recordó ella, para su sorpresa—. Una vez tuve un cliente que llevaba una igual. Si algún día se encontraba en un apuro, para salir del paso, desprendería los eslabones, uno por uno, y los vendería.

Con las uñas sin pintar y bien recortadas para mayor comodidad, Yvonne empuja un fajo de fotografías de prensa hacia ellos por encima de la mesa oval. En primer plano, media docena de jóvenes fornidos con trajes a lo Armani da la enhorabuena a un caballo vencedor, con las copas de champán en alto para la cámara. Al fondo, vallas publicitarias en cirílico e inglés. Y en el extremo izquierdo, con los brazos cruzados ante el pecho, el guardaespaldas con cara de niño, la cabeza rubia casi rapada. A diferencia de sus tres compañeros, no lleva gafas de sol. Pero en la muñeca izquierda luce una cadena de oro.

Perry adopta un aire de cierta suficiencia. Gail empieza a sentir náuseas.