Sima Halevy formaba un vivo contraste con su hermana gemela Yolan Shoret. Parecía mucho más vieja, enferma y sin el vigor ni la autoridad de su hermana. Hablaba en tono apagado, al leer el número tatuado y decir al tribunal que también vivía en Jerusalén, y tenía dos hijos adoptivos, huérfanos, inmigrados de Marruecos. Sima Halevy repitió lo dicho sobre la escena de la sala de espera y de la operación, y habló de la presencia del doctor Tesslar.
—¿Qué sucedió después de la operación?
—Me llevaron de nuevo al Barracón III, en una camilla.
—¿En qué estado se encontraba?
—Durante largo tiempo estuve muy enferma. Durante dos meses, o quizá más.
—¿Sufría?
—Un dolor que todavía siento ahora.
—¿Qué nos dice del dolor?
—Todos pasamos una semana entera en cama, sin hacer otra cosa que chillar.
—¿Quién las cuidaba?
—La doctora María Viskova, y también, con frecuencia, el doctor Tesslar, que bajaba a vernos. También había una médico francés, que venía a menudo. No recuerdo su nombre. Era muy amable.
—¿Iba a verlas algún otro médico?
—Recuerdo vagamente una ocasión en que yo tenía una fiebre alta y el doctor Tesslar y la doctora María Viskova discutían con otro médico acerca de pedir más alimentos y más medicinas. Sólo le vi aquella vez, y no estoy segura de quién era.
—¿Sabía qué anormalidad se había producido en usted?
—Se había abierto la herida. Sólo teníamos vendas de papel. Despedíamos un olor tan horrible que nadie podía quedarse cerca de nosotras.
—Pero ¿se recobró al cabo de un tiempo y volvió a trabajar en la fábrica?
—No, no me restablecí nunca. A mi hermana la enviaron de nuevo a la fábrica, pero yo no pude ir. María Viskova simulaba que yo le servía de ayudante, para que no me enviasen a la cámara de gas. Estuve con ella hasta que tuve fuerzas suficientes para hacer trabajos ligeros en un barracón de encuadernación de libros, donde reparaban libros viejos para enviarlos a los soldados alemanes. Era un sitio donde no nos trataban demasiado mal.
—Señora Halevy, ¿querría explicarnos las circunstancias de su matrimonio?
La testigo narró la historia de un novio habido en Trieste, cuando ella tenía catorce años y él diecisiete. Antes de que ella cumpliera los dieciséis, la deportaron y perdió la pista de su amado por completo. Después de la guerra, en los centros de distribución y colocación de Viena y otras ciudades, los supervivientes solían repasar las notas que otros dejaron en unos tablones de anuncios con la esperanza de que pudiera leerlas un pariente o amigo. Por una especie de milagro, la nota que dejó ella fue encontrada por su novio, que había logrado sobrevivir a Auschwitz y Dachau. Después de una búsqueda de dos años, él la halló en Palestina y se casaron.
—¿Qué efecto ha tenido aquella operación en su vida hasta ahora?
—Soy una inútil. Me paso la mayor parte del tiempo en la cama.
Sir Robert Highsmith estaba de pie delante de su barandilla, con una página de notas sobre las discrepancias entre las declaraciones de las dos hermanas. No cabía duda de que Bannister había grabado una huella permanente y que aquellas víctimas causaban efectos visibles. A pesar de todo, no habían logrado culpar de las operaciones a Kelno de un modo concluyente, y él, por su parte, creía que no fue Kelno. Se daba cuenta de que las dos mujeres habían despertado simpatías, y debía tener mucho cuidado en cómo las trataba.
—Señora Halevy —dijo, de un modo que contrastaba con la tendencia de sus interrogatorios anteriores—; mi docto colega ha sugerido que fue el doctor Kelno el que realizó las operaciones que usted y su hermana han descrito. Pero usted no lo sabe con toda certeza, ¿verdad que no?
—No.
—¿Cuál fue la primera vez que oyó nombrar al doctor Kelno?
—Cuando nos llevaban de la fábrica al Barracón III.
—¿Y usted permaneció algún tiempo allí, después de la operación?
—Sí.
—Pero nunca le vio, o al menos nunca pudo identificarle.
—No.
—¿Y usted sabe que ese caballero sentado entre nosotros es el doctor Kelno?
—Sí.
—A pesar de lo cual, todavía no puede identificarle.
—En la sala de operaciones llevaban mascarillas. Yo no conozco de antes a ese hombre.
—¿Cómo sabe que la llevaron al Barracón V para operarla?
—No le entiendo.
—¿Vio un rótulo sobre la puerta de entrada que dijera Barracón V?
—No, no lo creo.
—¿Pudo haber sido el Barracón I?
—Es posible.
—¿Está enterada de que el doctor Flensberg y su hermano realizaban experimentos en el Barracón I, y tenían sus propios cirujanos?
—No lo sabía.
—Yo sugiero que todo esto está en la sentencia que dictaron contra él como criminal de guerra. Sugiero también que hasta muy recientemente no ha recordado que la llevaron al Barracón V. ¿No es así, señora Halevy?
La mujer miró aturdida al doctor Leiberman.
—Tenga la bondad de responder a la pregunta —ordenó el juez.
—He hablado aquí con unos abogados.
—La verdad es que usted no puede identificar a nadie en absoluto, ni a Voss, ni a Flensberg, ni a Lotaki, ni a Kelno.
—No, no puedo.
—En realidad pudo ser un tal doctor Boris Dimshits el que realizó la operación.
—No lo sé.
—Pero usted sí sabe que el doctor Kelno ha declarado que visitaba a sus pacientes después de la operación. Si esta declaración es cierta, entonces usted debería poder reconocerle.
—Estuve muy enferma.
—El doctor Kelno ha declarado también que ponía la anestesia previa y la raquídea por su propia mano en la sala de operaciones.
—No estoy segura de si me hallaba entonces en la sala de operaciones.
—Entonces, es posible que no fuese el doctor Kelno.
—Sí.
—¿Ve usted con frecuencia a su hermana, en Jerusalén?
—Sí.
—Y ha hablado con ella de todo esto, especialmente desde que les pidieron que fueran testigos en esta causa.
—Sí.
La toga se le deslizaba fuera de los hombros a sir Robert mientras se dejaba llevar por la excitación, a pesar de su deseo de dominarse.
—Pues bien, tanto usted como su hermana se han mostrado vagas y contradictorias sobre cierto número de puntos, y particularmente sobre las fechas y los intervalos de tiempo. El testimonio resulta muy dudoso acerca de si las llevaron en camilla o no; de si el doctor Tesslar se sentó a la derecha o a la izquierda de la cabecera; de si la mesa estaba inclinada; de si ustedes podían o no podían ver una imagen reflejada arriba, en la lámpara; de quién había en la sala; de cuántas semanas pasaron en el Barracón III, después de ser sometidas a los rayos X; de lo que decía la gente en polaco y alemán. Usted ha declarado que estaba amodorrada, y su hermana, que estaba despierta. Usted no está bien segura de si le dieron la inyección en la sala de espera.
Highsmith dejó caer el papel sobre la mesa y se cogió a la barandilla con ambas manos, recomendándose a sí mismo no levantar la voz.
—Yo sugiero, señora Halevy, que usted era entonces muy joven, que todo eso pasó hace mucho tiempo.
La mujer escuchaba con atención extrema mientras el doctor Leiberman se lo iba repitiendo todo en hebreo. Al final, movió la cabeza y replicó algo.
—¿Qué responde? —preguntó el juez.
—La señora Halevy ha dicho que sir Robert tiene razón, probablemente, sobre sus discrepancias en muchos puntos, pero que hay una cosa que ninguna mujer puede olvidar, y es el día en que supo que ya no podría tener hijos propios.