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A la familia Erlich le encantaban los aniversarios, los cumpleaños, las ocasiones especiales. Esa primavera, la prima de la señora Erlich, Wilhelmina Schroeder-Schatz, que cantaba en la Chicago Opera Company, vino a Lincoln como solista para el May Festival[9]. A medida que se acercaba el día de su actuación, sus familiares empezaron a planear cómo entretenerla. El Matinée Musical iba a dar una recepción a la cantante, así que los Erlich optaron por una cena. Cada miembro de la familia iba a traer a un invitado, y tuvieron serias dificultades para decidir cuál de sus amigos se merecía más dicho honor. Tenía que haber más hombres que mujeres, porque la señora Erlich recordó que su prima Wilhelmina nunca había sentido debilidad por los miembros de la sociedad de su mismo sexo.

Una noche, cuando sus hijos estaban revisando su lista, la señora Erlich les recordó que ella todavía no había nombrado a su invitado.

—Por mí —dijo con decisión—, podéis apuntar a Claude Wheeler.

Este anuncio fue recibido con gemidos y risas.

—No lo dice en serio, madre —protestó el hermano mayor—. El pobre Claude no sabría de qué va todo esto y solo una persona es suficiente para echar a perder una cena.

La señora Erlich movió el dedo ante él con convicción.

—Ya lo verás. ¡Tu prima Wilhelmina estará más interesada en ese chico que en ninguno de los otros!

Julius pensó que si no le llevaban la contraria de forma tan tajante, aún podría cambiar de parecer.

—Para empezar, madre, Claude no tiene la ropa adecuada —murmuró.

Ella asintió con un gesto.

—Eso ya ha sido resuelto, Herr Julius. Se la va a hacer a medida; cuando le tanteé me dijo que se lo podía permitir sin problemas.

Los chicos dijeron que si las cosas habían llegado a ese punto, suponían que tendrían que sacar el máximo provecho de ello; el hermano mayor apuntó «Claude Wheeler» con una floritura.

Si los chicos Erlich estaban inquietos, su ansiedad no era nada comparada con la de Claude; él iba a llevar a la señora Erlich al recital de Madame Schroeder-Schatz y, en la noche del concierto, cuando apareció en la puerta, los chicos le metieron dentro para examinarlo con detenimiento. Otto encendió todas las luces y la señora Erlich, con su nuevo vestido de satén blanco y encaje negro, revoloteó a su alrededor para ver qué aspecto tenía su acompañante.

Claude se quitó el abrigo cuando se lo pidieron y apareció ante ellos con su traje de puro velarte negro como el hollín. La señora Erlich repasó con detalle sus largas piernas negras, sus suaves hombros y finalmente su cabeza cuadrada y rojiza, inclinada cariñosamente hacia ella. Se rio y dio una palmada.

—¡Ahora todas las chicas se girarán en sus asientos para mirar y se preguntarán de dónde lo he sacado!

Claude comenzó a guardar las pertenencias de ella en los bolsillos de su abrigo: las gafas para la ópera en uno, el abanico en el otro. Ella metió en su pequeña cartera unos anteojos con manija junto con su polvera, un pañuelo y las sales aromáticas, había incluso una pequeña cajita de plata con pastillas de menta, por si empezaba a toser. Se ajustó sus largos guantes, se colocó un pañuelo de encaje en el pelo y por fin estaba preparada para la capa que Claude sostenía para envolverla en ella. Cuando se puso casi de puntillas y se cogió de su brazo, haciendo una reverencia a sus hijos, ellos se rieron y Claude empezó a gustarles un poco más. Su aire de protección y firmeza era el marco adecuado para la pequeña figura alegre de ella.

La cena tuvo lugar la noche siguiente. La invitada de honor, Madame Wilhelmina Schroeder-Schatz, era algunos años más joven que su prima, Augusta Erlich. Era bajita, robusta, con un pecho enorme y una cabeza pequeña, y una presencia imponente. Su voz de contralto, que usaba sin demasiada discreción, era un órgano realmente soberbio y concedía a las personas un placer tan sustancioso como la comida o la bebida. En la cena se sentó a la derecha del hijo más mayor. Claude, al lado de la señora Erlich, al otro lado de la mesa, observaba atentamente a la dama vestida con terciopelo verde y resplandecientes imitaciones de diamantes.

Después de la cena, mientras Madame Schroeder-Schatz salía con dramatismo del comedor, soltó el brazo de su prima y se detuvo ante Claude, quien permanecía firme tras su silla.

—Si la prima Augusta puede prescindir de ti, deberíamos tener una pequeña conversación, nos hemos sentado muy lejos —dijo.

Guio a Claude hasta uno de los asientos de ventana del salón, quejándose de inmediato por la corriente, y le envió en busca de su fular verde. Él lo trajo y se lo colocó cuidadosamente sobre los hombros, pero unos instantes después, ella se lo quitó con un aire ligeramente molesto, como si nunca lo hubiera querido. Claude le recordó con preocupación lo de la corriente.

—¿Corriente? —dijo levantando la barbilla—, no hay corriente aquí.

Le preguntó a Claude dónde vivía, de qué extensión era la tierra que poseía su padre, qué cultivaban, por el ganado y las gallinas. De niña, había vivido en una granja en Baviera y parecía saber bastante sobre cultivos y ganado. Mostró su desaprobación cuando Claude le contó que arrendaban la mitad de su tierra a otros granjeros.

—Si yo fuera un hombre joven, empezaría a adquirir tierras y no pararía hasta tener un condado entero —declaró. Le contó que cuando conocía a gente nueva, le gustaba averiguar el modo en que se ganaban la vida, porque la suya era bastante dura.

Más tarde, esa noche, Madame Schroeder-Schatz tuvo la gentileza de acceder a cantar para sus primos. Cuando se sentó al piano, le hizo señas a Claude y le pidió que pasara las páginas por ella. Él sacudió la cabeza, sonriendo con pesar.

—Siento ser tan tonto pero no distingo una nota de otra.

Ella dio unos golpecitos sobre su brazo.

—Bueno, no importa. Sin embargo, desearía mover el piano, ¿podrías hacer eso por mí, eh?

Cuando Madame Schroeder-Schatz estaba en el dormitorio de la señora Erlich, empolvándose la nariz antes de ponerse su chal, comentó:

—Qué lástima, Augusta, que no tengas una hija para casarla con Claude Melnotte[10]. Sería el yerno perfecto.

—¡Ay, si la tuviera! —suspiró la señora Erlich.

—O —continuó Madame Schroeder-Schatz, mientras se ponía enérgicamente sus enormes zapatos de viaje— si tú fueras unos pocos años más joven, aún no sería demasiado tarde. ¡Oh, no seas tonta, Augusta! Tales cosas han pasado y volverán a pasar. Sin embargo, mejor ser viuda que estar atada a un hombre enfermo: ¡yo tengo una losa alrededor de mi cuello! ¡Vaya un marido me espera cuando llego a casa!, yo, una mujer llena de energía. Jas ist ein Kreuz ich trage[11]! —se golpeó el pecho sobre el lado izquierdo.

Después de haberse puesto primero un abrigo de terciopelo y luego un manto de piel, Madame Schroeder-Schatz salió hacia el salón moviéndose como un galeón para dar a sus primos, y a Claude Wheeler, un beso de buenas noches.