Capítulo 16

Sobre el cauce del Nilo

El otro mercenario con uniforme de camuflaje desértico rodeaba las dunas, disparando algunas ráfagas con su fusil de asalto. Descargaba así su rabia, pues era el que había tenido a su cargo la custodia de los tres prisioneros, y ya se veía enfrentándose a su jefe, un mal bicho que nunca tenía compasión con los fracasados y los ineptos. Ellos formaban parte de un grupo de élite, mercenarios a sueldo de quien mejor les pagara. Eran cincuenta, y la fama de eficaces profesionales les precedía.

Enterrados en la gran duna junto al campamento, tensos los músculos y conteniendo cuanto podíamos la respiración, nosotros oíamos los agrios gritos de alarma mezclándose con los juramentos, las amenazas y los golpes que los mercenarios, lívidos de cólera, efectuaban al registrar todo palmo a palmo. Pero lo peor fue cuando un par de ráfagas de fusil de asalto llegaron a impactar a un metro de donde nos encontrábamos. Yo solo esperaba que mis dos compañeros de huida fueran lo suficientemente juiciosos como para aguantar sin salir. El rabioso guardián se fue alejando hecho una furia. Lo supe al oír cada vez más lejos sus estentóreos gritos, al tiempo que conversaba con, al menos, otro individuo más. Ahora deberían esperar una horas más antes de salir a campo abierto; si no, no serviría de nada todo aquel esfuerzo que hacíamos.

El tiempo parecía haberse detenido. Era como si el sol quisiera excavar en las dunas y se hubiese cansado, decidiéndose a esperar a que, agotados, nos entregásemos a él en una rendición sin condiciones. La arena se me metía por la nariz, las orejas y la boca, y sentía cómo se introducía entre mis dientes. Nunca creí que la arena pudiera tener sabor alguno, pero aquello era algo realmente desagradable. Sentía lo mismo que si el desierto me engullera lentamente, miera a miera.

Empecé a notar que el calor penetraba la fina capa de arena que nos cubría, y entonces comprendí el modus vivendi de escorpiones, serpientes y escarabajos. Y me pregunté qué habían visto los antiguos egipcios en ellos para adorarlos, para venerarlos como a dioses.

En mi interior deseé que no hubiese bichos de aquellas especies merodeando cerca de nuestros escondites. A continuación rogué por que las horas transcurriesen rápidas, que la noche con el helado manto con que cubría las arenas cada día, nos amparase y permitiese avanzar; pero… ¿hasta dónde hacerlo?

Estuvimos a punto de dormirnos en varias ocasiones, pero creo que no nos atrevimos. Klug y Krastiva pensaron, cada uno por su parte, que hasta que yo, que parecía ser su líder natural, no les llamase, no saldrían a descubierto.

Un frío suave fue apoderándose de mí y decidí arriesgarme a salir, creyendo que la negra oscuridad nocturna había hecho ya acto de presencia, relevando la poderosa luz solar. Me comencé a mover con mucha lentitud, haciendo resbalar la arena al sacar mis entumecidos brazos, luego las piernas, y después, casi saltando de mi improvisada fosa de arena, el resto del cuerpo.

Sacudí la arena que cubría mis ropas, escupí un par de veces con auténtico asco, y luego me pasé las manos por la cara, liberando mis arenosos párpados y revolviéndome el pelo. En torno mío, la noche y el día luchaban en una batalla que el sol iba perdiendo paulatinamente, tiñendo el lugar de tintes anaranjados, rojizos y malvas.

—¡Krastiva, Klug! —llamé seguro de que tan solo los antiguos y dormidos dioses de Egipto y ellos mismos podían oírme.

Como si de dos muertos que volvieran a la vida se tratase, ellos comenzaron a salir de sus agujeros dejando que las arenas del desierto los pariesen, dándoles la luz ante la luna y con los Kas de los egipcios muertos confiriéndoles nueva vida. Igual que hiciera yo antes, mis camaradas de riesgo se sacudieron las ropas y también escupieron la arena que se les apelmazaba en la boca. Luego miraron alrededor, preguntándose con los inquietos ojos hacia dónde ir y si conseguirían esta vez burlar de nuevo a la muerte.

—Hemos de ir primero a una aldea cualquiera, aunque sea la más cutre de Egipto, un lugar donde todos sus habitantes apesten a cabra y las moscas pululen a miles alrededor de nosotros. Hay que comer algo, lo que sea, y descansar; luego reanudaremos nuestro rumbo.

—Pero lo hemos perdido todo —se lamentó la rusa con voz queda—. No tenemos ni ordenador, ni material fotográfico; nada de nada —añadió con amargura.

—Tenemos nuestras vidas, y eso ya es algo, ¿no? Lo demás… lo demás se puede comprar con una tarjeta de crédito en El Cairo. Son cosas materiales —respondí raudo.

—Quizás los mercenarios hayan dejado tras de sí algo que nos pueda servir —intervino Isengard con buen sentido práctico.

Moví la cabeza afirmativamente, y sin perder de vista la alicaída expresión de Krastiva.

—Es cierto lo que dices… Busquemos antes de que la brisa nocturna lo vaya cubriendo todo de arena.

Pero únicamente encontramos algunas latas vacías de gasolina y una vieja cazadora militar, casi enterrada ya por la arena. Menos mal que en su interior descubrí unos buenos prismáticos de campaña.

—Bueno, no es mucho, pero esto nos servirá para algo. —Señalé la desgastada prenda tras soltar un leve suspiro—. La rasgaremos y la usaremos para cubrirnos la cabeza… Cuando el sol se alce por el horizonte, será sin duda nuestro peor enemigo y ella nos aliviará algo.

Echamos a andar como autómatas en dirección sureste, buscando de nuevo el salvador cauce del Nilo. Lo hicimos bajo unos largos lienzos que la oscuridad iba haciendo cada vez más espesos, escondiendo mañosamente el árido paisaje que nos rodeaba por los cuatro puntos cardinales.

Sin prisas, hundiendo en la dura y ahora fría arena nuestros pies, bamboleándonos como barcos que se escoran peligrosamente al surcar aguas peligrosas, decidimos sobrevivir, una vez más, a aquella arenosa extensión que parecía interminable. Allí se amontaban el olvido y la muerte sorda, el silencio y la soledad, que abarca a quien osa internarse en el temible Sahara. Total, que avanzamos penosamente con la esperanza bastante tocada y el miedo tras nuestras espaldas.

Fueron horas interminables, de largo y tedioso camino, y en medio de una noche fría y oscura que nos obligaba a parar y a frotarnos los ateridos miembros para proseguir juntos. Éramos como niños perdidos que añoran el calor de un hogar que sienten muy lejano. Así transcurrió el tiempo, hasta que el sol de nuevo comenzó a levantarse en el horizonte incendiando el cielo, abriendo una brecha por la que la luz, intensa y poderosa, se abría paso disolviendo los jirones de dura negrura, rasgando el manto lunar. Esa luz iba calentando algo, muy poco, nuestros temblorosos cuerpos, empeñados en sobrevivir a aquella prueba de fuego que nos ponía el destino.

Allí mismo, ante nosotros, se expandía el fulgor del viejo Ra. Él derramaba su luz, la de un Oriente que ya anunciaba la incruenta batalla diaria contra su implacable fuerza, el sufrimiento continuo cuando el terreno que pisas arde de calor.

Pero entre tantos miedos nocturnos acumulados, una línea azul, en contacto con el cielo turquesa y el rojo de las arenas, se fue delineando frente a nosotros emitiendo brillos plateados. Eran unos reflejos cegadores que nos ofrecían un lugar donde aliviar nuestras resecas bocas, nuestros labios agrietados que se pegaban como láminas de papel apergaminado.

—Aquello… aquello… es… —hablé con un chasquido de labios y voz entrecortada—. Creo que es el Nilo… Por fin lo vemos, amigos.

Krastiva, que iba dando ya continuos traspiés, levantó la cabeza entreabriendo débilmente los ojos, y entonces debió pensar si tras una huida como la que se veía obligada a afrontar y el posterior pacto de mutua protección con sus dos compañeros de odisea, lograrían salir bien parados, o tal vez nuestros huesos se blanquearían al sol tras ser devorados los cuerpos que nos pertenecían por los siempre hambrientos chacales y buitres del desierto. Klug, por su parte, se había ido quedando rezagado, y sólo su quizá postrer instinto de supervivencia le movía a dar un paso más y otro, y otro, levantando unas gruesas piernas que ahora le parecían de plomo.

Yo, por mi parte, casi me sentía agradecido de que el frío nocturno hubiera dado paso a aquel reconfortante calorcillo que consolaba carnes y huesos. Además, sentía un hambre atroz y mis tripas rugían como una manada de leones africanos que salieran de caza por la sabana; solo que en aquellos parajes no había nada que cazar… ¿Éramos nosotros la única carne fresca? Me hubiese comido una serpiente cruda de haberla hallado por allí, pero ante mí únicamente veía una interminable sucesión de colinas arenosas, rojas y negras a causa de las sombras que las poblaban.

La larga y sinuosa línea azul plateada se fue ensanchando y, junto a ella, comenzó a aparecer otra de color esmeralda. Era una singular mezcla de verdes suaves y fuertes, punteada de marrones, que separaban una tonalidad de otra. Fue llenando nuestras pupilas, cansadas como estaban de la monotonía cromática del desierto, infundiéndonos nuevos ánimos, renovando las exiguas fuerzas que aún nos quedaban.

Exhausto, llegué a la zona de tierra donde la arena respetaba la frontera entre la fecundidad y la estéril arena. Sin hacer más esfuerzos extras por mi parte, me dejé caer de bruces, rendido por completo. Una sensación de placidez, blanda y húmeda, me invadió por completo y acto seguido me arrastré por el barro como una tortuga de más de cien años de edad que apenas puede regresar a las salvadoras aguas saladas, embadurnándome en un extraño ritual de agradecimiento a no sé quién.

La eslava y el germano, agarrados el uno al otro en un inestable tándem, llegaron tras de mí, y como en un ensayado movimiento de ballet, se dejaron caer de rodillas, vencidos. Ambos se hundieron en un barro que les regalaba su presencia, consolándolos, al menos momentáneamente, de sus tormentos pasados.

Durante unos minutos permanecimos en silencio, quietos, como clavados a la madre tierra, recuperando algo del perdido resuello.

—Hay que encontrar agua y ropas nuevas como sea —acerté a decir mientras, con gran tesón, apenas conseguía ponerme en pie. Cuando por fin lo logré del todo, me sentí súbitamente responsable de la suerte de mis compañeros.

Penosamente, sin responder una miserable sílaba desde sus resecas gargantas, los dos se alzaron como edificios sacudidos por un potente seísmo. Me siguieron obedientes, igual que zombis con paso torpe. No obstante, ambos parecían conservar la lucidez mental, y algo más de energía al sentir sobre sus pieles la bendita humedad de aquel apartado lugar.

Así las cosas, deambulamos como buenamente pudimos entre las tierras recién labradas y las escasas palmeras de hojas amarronadas en sus puntas, repletas de alimento golpeando la tierra blanda y limosa, con nuestros pies convertidos en muñones enterrados en barro para resbalar pendiente abajo por un terraplén. Éste nos entregó a un Nilo que, con sus aguas frías, bañaba silenciosamente la orilla izquierda.

Rodamos sin poder evitarlo, ladera abajo, igual que insólitos fardos de carne y trapo, rebozados en barro, para quedar luego aturdidos boca arriba. Allí permanecimos un buen rato, imposible de precisar en minutos, entre la tierra salvadora y el agua revivificadora que, con su suave y fresca caricia, nos fue reanimando y también limpiando en parte del barro que nos atenazaba.

Agotados por este último y descomunal esfuerzo, nos quedamos mirando el cielo, con las extremidades inferiores y superiores algo abiertas, percibiendo de lleno el abrazo del gran río que había dado vida eterna a la nación egipcia desde tiempos muy pretéritos, y que aún mantenía intacto su antiguo poder. Era una comunión ritual, cuasi religiosa, con otra época ya pasada, lejanísima, pero todavía no muerta en nuestra memoria colectiva.

Empapado y reconfortado al tiempo, extendí los brazos en cruz y separé más las piernas, dejando que mis músculos, doloridos y atrofiados hasta un extremo jamás imaginado, se refrescaran para recuperar algo de la flexibilidad perdida. En el ínterin, volví la cabeza mientras hundía la mejilla derecha en el fango semiduro, para ver por dónde estaban mis dos compañeros.

Krastiva se encontraba en posición de decúbito, dejando que el suave oleaje que alcanzaba la orilla del gran río la bañara, inundándola de revitalizante frescor tras el infierno de la rojiza arena. También pude ver cómo bebía algo de aquella agua que, aunque dulce, podía estar contaminada por productos químicos fertilizantes y por aguas fecales, tanto humanas como animales. Podía sufrir una diarrea de campeonato si se obstinaba en calmar toda su sed. Ella se hallaba a un par de metros de distancia, justo bajo mis doloridos pies. Afortunadamente, al encontrarse con mi inquisitiva mirada dejó de beber tras encoger levemente los hombros en inequívoca señal de ingenua disculpa.

Klug, panza arriba y sin conocimiento, parecía un montículo de tierra y arena mezcladas en una combinación imposible. Semejaba ser una diminuta montaña, sacudida por un leve temblor que no era otra cosa que producto de su agitada respiración. Me incorporé dándome las gracias a mí mismo por seguir vivo, y reconociendo de paso a la propia madre naturaleza su abrazo vivificador.

Apoyado sobre las palmas de las manos pude doblar mi pierna izquierda y me incorporé con bastante dificultad. Enseguida percibí en el ambiente un olor acre que, junto al de la hierba que crecía a trozos por entre los terrenos, conformaba una intensa mezcla que respiraba con fruición. El sol seguía realizando su función de inclemente verdugo que trata con hierros candentes a sus víctimas. Por fortuna, la gran masa de agua que corría por el ancho caudal del río Nilo absorbía parte de su colosal poder reflejando hermosos destellos plateados, creando un mágico resplandor, algo único ante nuestros extenuados ojos.

No sé por qué razón recordé en esos instantes la primera vez que vi el mar. Mi padre me había llevado a lo alto de un gran acantilado de paredes casi blancas, cortado a pico y golpeado, en su parte más baja, por unas olas poderosas que hacían saltar contra los rocas grandes crestas de espuma blanca. El astro rey brillaba aquel espléndido día en su cénit, y creaba un bello juego de luces flirteando con el azul del agua. Miles de puntitos, como diamantes muy puros, absorbían su luz devolviendo brillos de todos los colores posibles que, inconscientemente, me recordaron un mundo de hadas y duendes hechizados que nunca existió.

Debí de quedarme muy ensimismado en la intensidad de mis pensamientos, pues ni me di cuenta de que Krastiva se había levantado y se sentaba justo frente a mí.

Parecía un tanto recuperada de las fatigas egipcias.

—Creo que ahora mismo no estabas aquí —dedujo con toda lógica, componiendo un gracioso mohín que la hizo parecer una niña picara, como aquellas de mi infancia que jugaban a ser hadas de un orbe mágico.

—Lo siento… Sí, tienes razón… —reconocí en voz baja—. Por unos instantes retrocedí bastante en el tiempo en los recuerdos de la niñez… La mía fue estupenda. Me lo pasé en grande.

—¿A un tiempo mejor, quizás? Mil euros por tus pensamientos más íntimos.

—Ya… Y yo lo doblo por los tuyos.

Ella enarcó sus bien proporcionadas y finas cejas.

—¿Qué quieres que te diga? —inquirió misteriosa.

—Lo que se te ocurra ahora.

—Verás… Yo tengo un poco apartado el tiempo de la infancia, que no fue tan dichosa como la tuya… —dijo en tono sosegado—. No sé, en ocasiones hay cosas que son ya vagos recuerdos, que no forman más que retazos inconexos en mi memoria… Creo que me hice mayor muy pronto. Por eso prefiero vivir intensamente cada instante del presente.

Asentí con la cabeza mientras analizaba cada frase suya.

—Supongo que lo mío sólo es algo de nostalgia de otro tiempo que no volverá… Era cuando vivía sin responsabilidades, aparte de los estudios, claro. Todo transcurría sin pensar apenas en el mañana, y sobre todo, sin prisas… —Le sonreí con ironía al añadir—: Volviendo a lo de ahora, te diré que esto no está tan mal después de tanta arena… ¿No te parece? Seguimos aún vivos… —La miré fijamente a unos ojos que ahora brillaban con inteligencia, grandes y sinceros—. Pero no nos pongamos tan sentimentales y trascendentales… Ayudemos a Klug… Si no lo hacemos, él no podrá levantarse —le susurré en tono muy jocoso, y entonces ambos nos echamos las manos a la boca para evitar que se notase nuestra risa. Era sencillamente asombroso comprobar que no habíamos perdido todavía el sentido del humor. Nos tomábamos casi a broma nuestra dramática situación.

El orondo anticuario de Viena nos observaba realmente atónito. Movía la cabeza de un lado a otro. Después nos tendió torpemente sus dos cortos brazos, y tirando uno de cada mano, como bueyes arrastrando un gran carro sin ruedas, le ayudamos a ponerse en pie pesadamente.

Su rostro aparecía colorado; no sé muy bien si porque nos había escuchado, o tal vez porque se sentía torpe, ridículo en grado extremo.

—Bueno, ¿y ahora qué toca hacer? —acertó a decir con una pesadumbre que no disimulaba en absoluto.

—Sentémonos un momento y pensemos qué dirección tomar —sugirió la señorita Iganov con muy buen criterio por cierto—. ¿Habrá algo de comer por aquí cerca? Mi estómago está casi muerto. —Aparentemente exageró lo suyo, aunque yo diría que no tanto.

Suspiré muy fuerte y moví las manos nervioso, apoyándolas sobre la cintura.

—Tenemos que reponer fuerzas… ¿No os parece? —La respuesta era tan obvia que me pregunté a cuenta de qué, en nuestra triste situación, soltaba semejante estupidez—. Un delicioso pescado asado y unas pocas frutas servirían. —Noté que mis tripas se revolvían como si hubiesen escuchado mi deseo, y los jugos salivares brotaron en mi boca como por ensalmo.

—Pues, ahora mismo, yo sería enteramente dichosa con un buen plato de arroz mezclado con nueces —aseguró la eslava mientras fruncía la frente.

—Soñar no sirve para nada —se limitó a decir Isengard en actitud apática.

Nuestra conversación parecía bastante trivial. Sólo nos faltaba un espejismo en toda regla para obtener la visión de una mesa con los mejores manjares del hotel donde nos alojábamos.

Recuerdo muy bien que, al menos por un momento, me vino a la mente el personaje de una de esas películas en que el protagonista siempre halla la mejor solución al problema encontrándola cuando de verdad la necesita. No obstante, ése no era precisamente nuestro caso. Cerca de allí, de nuestra complicada situación geográfica, no había aldea alguna para llegar a ella a pie; ni tampoco podíamos pescar nada en aquellas aguas que tan poca confianza me inspiraban a cuenta de su dudosa salubridad. Nada de nada.

—Tendremos que seguir curso arriba con la esperanza de que encontremos una aldea o un grupo de pescadores, o algo así, digo yo… Se admiten sugerencias… ¿Nada que decir? —pregunté algo incómodo—. ¿Os ha comido la lengua el gato? Seguimos entonces con mi plan.

Krastiva y Klug se miraron dubitativos. El se encogió de hombros con el semblante sombrío; ella asintió desconsolada. Era hora de volver al tremendo problema de la supervivencia pura y dura. No había muchas alternativas. Por eso mismo nadie más aportó ideas útiles.

El agua dulce clareaba dividiendo su color en una amplia gama de azules con tonos nacarados. La superficie tersa del larguísimo río africano discurría silenciosa ante nosotros, con modestia impropia de quien otorga vida a cuanto crece en sus orillas desde tiempos prehistóricos.

Krastiva se agarró a mi brazo, y pude sentir la tibieza de su cuerpo. Fue algo que, aun dentro de nuestra comprometida situación, me hizo estremecer en un secreto placer. Son detalles para recordar toda una vida.

—¿Te importa? —me preguntó con una de sus adorables sonrisas.

¿Importarme? Si llego a estar con ella así, pero en vez de junto al Nilo en el centro de Londres, París, Viena, Roma, yo qué sé… hubiese creído que me encontraba levitando, en la gloria con una mujer de bandera, con el sueño de cualquier hombre que no salga del armario.

—En absoluto —le respondí, pero eso sí, esperando que Isengard no tuviese la misma idea—. Así quizás nos quitemos un poco el frío de la noche.

Además, empecé a notar el roce de su sensual pecho izquierdo en mi brazo al caminar. Sin que ella se diese cuenta, eso creo, la miré lascivo en una ráfaga ardiente de mis cansados ojos. Juro que sólo fue un instante de debilidad libidinosa.

Klug, situado al otro lado de la bella rusa, caminaba a pasos cortos y rápidos, intentando mantener el ritmo que nosotros dos manteníamos al unísono, como un tándem perfectamente compenetrado.

El pelo de ella, ahora enmarañado, le caía en grandes mechones apelmazados sobre sus hombros y rozaba el mío. Aún desprendía un olor a flores y fijador que impregnó mis fosas nasales, creando instantáneamente una ilusión única para otro lugar bien distinto del que pisábamos, más confortable, y quizás en otras circunstancias personales. Aún no sabía si era divorciada, o si tenía pareja estable. ¿Viviría sola en Viena?

Creo que aún me pareció más atractiva así, con su rostro de óvalo pequeño y perfecto ahora manchado de tierra y arena. Era como la perfecta heroína para la cuarta parte de la serie cinematográfica Indiana Jones y le sobraba todo maquillaje al uso.

Su blusa había perdido algunos botones de lo más estratégicos, y por eso sus duros pechos parecían querer abandonar el encierro de un momento a otro, liberándose al fin del muy escotado sujetador negro. Vamos, que exhibía sin vergüenza alguna el canalillo perfecto que da una talla 95, suficiente para hipnotizar a un varón que se precie de serlo.

Krastiva Iganov se había descalzado y pisaba con fuerza el terreno, hundiendo apenas sus pies en la arena que, mojada, se apretaba en el suelo formando una agradable y húmeda superficie. Los pesados pies de Klug, por el contrario, entraban y salían de la tierra dejando una huella profunda, y ello me recordó al mítico Yeti del Himalaya. Lo miré a la cara, y comprobé que la tenía congestionada y los ojos muy enrojecidos. Supongo que yo mismo no presentaba el mejor aspecto para ir a la recepción de un lujoso salón.

Así las cosas, poco o nada teníamos que ver con la estereotipada imagen que los nativos guardan en sus retinas de los viajeros occidentales, siempre cargados con sus equipos fotográficos, ataviados con prendas livianas de color arenoso o beige. Nosotros sólo éramos unos supervivientes sin nada de valor encima.

A lo lejos, divisamos por fin un signo de «civilización» pasado de moda… Era una miserable barca de madera vacía, con aguda falta de pintura en su viejo casco, y en torno a ella oímos unos escandalosos chapoteos. Pronto comprobamos que se debían a los juegos de algunos chavales bañándose alrededor de la lastimosa embarcación, cosa que nos devolvió la esperanza en nosotros mismos.

—¡Allí, allí hay niños! —exclamé con inusitada energía, dadas las circunstancias—. ¿Los veis? —Señalé con el brazo extendido al frente, a mi izquierda, ansioso como estaba por llegar—. Seguro que cerca hay alguna casa de adobe o chozas donde esos críos vivirán con sus padres.

Krastiva y Klug asintieron vehementemente moviendo la cabeza.

Movidos por una repentina acumulación de fuerza, aceleramos el paso cuanto pudimos, gastando nuestras exiguas energías en un postrer intento de alcanzar aquel objetivo. Como torpes robots de juguete japonés con la pila casi consumida, nos balanceamos por la tierra echando nuestros cuerpos hacia delante, siempre con la anhelante mirada fija al frente, intentando descubrir alguna agrupación de casuchas, chozas, o lo que fuese aquello donde vivieran seres humanos. Había que comer algo y beber, sobre todo beber. Mi boca se me antojaba de cartón reseco, usado y pegado, literalmente abrasado por el calor del astro rey, y los labios, de agrietados como se encontraban, me dolían lo suyo. Necesitábamos con urgencia agua potable para nuestras resecas gargantas, aunque siempre en dosis lentas, bien administradas, con calma, poco a poco…

Mis compañeros de aventura soportaban estoicamente el castigo impuesto por la cruel naturaleza del desierto. Los tres avanzamos como buenamente pudimos, a trompicones. Una vez más, volvíamos a renacer.