Una especie de reunión
La trampa del hechizo
DÍA VIGESIMOSEXTO, MES DE MISHAMONT, AÑO 352 DC
Los servicios del mediodía se celebraban en varios lugares del templo. La guía de Raistlin lo condujo por una escalera de veintiséis peldaños hasta un lugar que se conocía sencillamente como el Santuario.
—Un espacio de adoración y meditación —según su guía—, donde ninguna imagen ni ningún sonido interfieren a los sentidos, para no distraernos de nuestra adoración a la reina.
Por lo visto, eso incluía la luz. Entraron en un pasadizo serpenteante donde la oscuridad era total, impenetrable. Raistlin tenía que avanzar a ciegas, palpando una pared de piedra con una mano y arrastrando los pies por el suelo para no tropezar con nada. Su guía otorgaba un gran valor simbólico a la oscuridad.
—Nosotros, los mortales, estamos ciegos y tenemos que confiar en nuestra reina para que nos guíe. Estamos sordos y sólo oímos su voz —le dijo la peregrina antes de adentrarse en el lugar sagrado—. En el Santuario no se permite ninguna luz. Está prohibido hablar. Los hechizos sagrados protegen la oscuridad y el silencio.
Raistlin lo encontró todo muy incómodo.
Se dio cuenta de que el pasadizo acababa porque se pegó de bruces contra una pared. No veía nada, no oía nada. Sin embargo, sí olía y sentía, y ambos sentidos le dijeron que estaba en una habitación llena de gente. La guía de Raistlin le apretó el hombro para indicarle que tenía que postrarse de hinojos. Raistlin hizo como que se arrodillaba y, en cuanto la mujer lo soltó, se separó de ella sigilosamente. No quería perderse, así que se mantuvo cerca de la puerta, de pie junto a la entrada, apoyado en el Bastón de Mago.
Pensó que por lo menos así tendría tiempo para reflexionar, estudiar su plan, repasarlo. Estaba empezando a disfrutar del silencio cuando lo sorprendieron unas voces que entonaron una oración. Aquél sonido destruyó la paz reinante. Sintió un escalofrío. La sala seguía tranquila, pero las voces subían de tono y se le clavaban en los oídos.
—Todo sucede por una razón, porque Takhisis quiere que suceda —entonaban los clérigos.
—Todo lo que hago es por gracia de Su Oscura Majestad. Todo lo que hago es merced a Su Oscura Majestad. La libertad es una ilusión.
Mientras escuchaba los cánticos, aquel terrible pensamiento asaltó a Raistlin. «¿Y si tienen razón? ¿Y si estoy haciendo esto porque Takhisis me dicta que lo haga? ¿Y si es ella quien me ha traído a Neraka? ¿Y si es ella quien me ha protegido, me ha salvado y me ha guiado? Me está llevando a mi destrucción…».
Estaba de pie junto a la puerta y lo único que tenía que hacer era darse media vuelta y salir. Se dio la vuelta y se encontró con un muro. Se deslizó a lo largo de la pared, con la esperanza de estar avanzando en el sentido correcto, pero los bultos de los clérigos devotos no le dejaban pasar. Intentó seguir en la otra dirección, pero se encontró dando vueltas en medio de la noche más ciega y asfixiante que jamás hubiera podido imaginar. No encontraba la salida.
Estaba sudando. El medallón de oro que le colgaba del cuello parecía una piedra que quisiera hundirlo en la tierra con su peso. Empezó a dar vueltas sin separar los pies del suelo y a cada paso tropezaba con los cuerpos. Una mano lo agarró por el tobillo y estuvo a punto de parársele el corazón.
«Éste será mi futuro si me entrego a ella —se dio cuenta Raistlin de repente—. Estaré perdido en la oscuridad, separado de mi cuerpo, como Fistandantilus. Estaré solo y asustado, asustado para siempre».
—Todo lo que hago es por gracia de Su Oscura Majestad. Todo lo que hago es voluntad de Su Oscura Majestad.
«Mentiras… No son más que mentiras —pensó Raistlin—. El miedo, ésa es su voluntad».
Raistlin se detuvo. Miró fijamente la oscuridad. Y le pareció que la oscuridad parpadeaba.
Cuando por fin terminó la hora de oración y meditación, los peregrinos oscuros se levantaron con el cuerpo entumecido después de haber estado de rodillas y comenzaron a dirigirse a la salida. El hechizo de oscuridad seguía envolviéndolos y tenían que caminar despacio, palpando las paredes. Raistlin encontró la salida sin problemas. Había estado justo a su lado todo el rato.
Cuando llegó de nuevo a la zona principal del templo, dejó escapar un suspiro de alivio. Aunque la iluminación era tenue, al menos había luz.
—Ahora debo cumplir con mis obligaciones —le comunicó su guía con tono de disculpa—, ¿estaréis bien solo?
Raistlin le aseguró que estaría perfectamente. Ella le explicó cómo llegar al comedor y le dijo que disfrutaba de total libertad para contemplar las maravillas del resto del templo.
—Son pocas las zonas prohibidas. Los aposentos de los Señores de los Dragones, que se encuentran en la torre, y la sala del consejo.
—¿Y las mazmorras? —preguntó Raistlin.
La guía frunció el entrecejo.
—¿Por qué querríais ir allí?
—Soy seguidor de Morgion —contestó Raistlin con su voz más aterciopelada—. Tengo la obligación de llevar nuevos devotos a mi dios. Suele suceder que aquellos que se pudren en las celdas se muestran más receptivos a su llamada.
La guía puso una mueca de repugnancia. La mayoría de los peregrinos oscuros detestaban a Morgion y a sus sacerdotes, y su forma de engatusar a los enfermos. Los atraían con falsas promesas de que recobrarían la salud y les forzaban a llegar a tratos atroces de los que ni siquiera la muerte podía liberarles. La guía de Raistlin repuso en un tono cáustico que podía visitar las mazmorras, si eso era lo que deseaba. Lo previno de que no se perdiera.
—El Señor de la Noche y los demás dignatarios se reunirán aquí una hora antes del comienzo del consejo. Deberíais estar aquí si queréis uniros a ellos.
Raistlin repuso que nada podría hacerle más feliz y prometió estar de vuelta dos horas antes de lo necesario. Su guía lo dejó solo y Raistlin encontró el camino para bajar del nivel superior del templo al inferior. Contó los peldaños mientras bajaba y mentalmente fue haciendo un mapa.
Raistlin encontró a sus amigos en una celda. No se acercó, si no que los observó desde cierta distancia. Los pasadizos de las mazmorras eran angostos y oscuros. En las paredes había unas estructuras de hierro de las que colgaban las antorchas, que proyectaban unos charcos de luz sobre el suelo. El olor era insoportable, una mezcla de sangre, carne putrefacta (normalmente los cadáveres se quedaban varios días encadenados a las paredes antes de que se los llevasen) y desperdicios.
El carcelero era un hobgoblin aburrido repantigado en una silla que se entretenía lanzando su cuchillo a las ratas. Sujetaba el puñal en la mano y, en cuanto una rata asomaba entre las sombras, se lo lanzaba. Si acertaba, marcaba una rayita en la pared de piedra. Si fallaba, fruncía el entrecejo, gruñía y hacía una marca en otra parte de la pared. No tenía muy buena puntería y, a juzgar por el número de marcas, las ratas iban ganando.
Absorto en su competición, el hobgoblin no prestaba atención a sus prisioneros. Tampoco había razones para que lo hiciera. Era evidente que no iban a ir a ningún sitio, e incluso si lograban escapar, se perderían en el laberinto de túneles que se movían entre diferentes planos, o caerían en un charco de ácido o en cualquier otra trampa de las que estaban repartidas por los pasadizos.
Bajo la luz tenue, Raistlin distinguió a Caramon desplomado sobre un banco, en el extremo más alejado de la celda. Fingía que estaba dormido, pero los resultados demostraban que no era un buen actor. Tika, que estaba sentada enfrente, sostenía la cabeza de Tas en su regazo. El kender seguía inconsciente pero, por sus gemidos, al menos seguía vivo. Berem estaba sentado en otro banco, con sus ojos inexpresivos clavados en la oscuridad. Tenía la cabeza ladeada, como si estuviera escuchando la voz de alguien muy querido. Respondía en voz baja.
—Ya voy, Jasla. No me dejes.
Raistlin sopesó la idea de liberar a Berem. La descartó casi de inmediato. Aquél no era el momento. Takhisis estaba observando. Sería mejor esperar al anochecer, cuando estuviera concentrada en la lucha por el poder que se desataría entre sus Señores de los Dragones.
El único problema con ese plan radicaba en que era probable que Berem fuera descubierto mucho antes de que llegara la noche. La barba falsa, hecha con lana, estaba empezando a caérsele. Llevaba un jubón cerrado con cordones que se le abría un poco, y Raistlin vio el leve resplandor verde de la esmeralda de su pecho. Si Raistlin podía verlo, también lo vería el carcelero hobgoblin. Lo único que tenía que hacer era dejar de preocuparse por las ratas…
«Estás en peligro, Caramon —le advirtió Raistlin en silencio—. ¡Abre los ojos!».
En ese mismo momento, como si hubiese oído la voz de su hermano, Caramon abrió los ojos y vio el brillo verde. Bostezó y se puso de pie pesadamente, estirando los brazos como si los tuviera entumecidos por estar tanto tiempo sentado.
Echó un vistazo al carcelero. El hobgoblin observaba una rata que se debatía entre si era seguro salir de su agujero o no. Caramon se acercó a Berem con aire despreocupado y, sin dejar de mirar al hobgoblin, le cerró los cordones de la pechera del jubón. El brillo esmeralda desapareció. Caramon iba a pegar bien la barba falsa cuando el hobgoblin lanzó el cuchillo, falló y soltó un juramento. El puñal chocó contra la pared con un sonido metálico. La rata, haciendo un ruidito de alegría, se fue. Caramon se sentó rápidamente, cruzó los brazos sobre el pecho y fingió que dormía de nuevo.
Raistlin concentró su mirada y sus pensamientos en Caramon. «Puedes hacerlo, hermano. Te he llamado tonto muchas veces, pero no lo eres. Eres más listo de lo que crees. Tú solo puedes ponerte en pie. No me necesitas a mí. No necesitas a Tanis. Yo me ocuparé de distraerlos y tú actuarás».
Caramon pegó un respingo en el banco.
—¿Raist? —llamó en voz alta—. ¿Raist? ¿Dónde estás?
Tika estaba dando golpecitos a Tas en las mejillas para despertarlo. El grito de Caramon la sobresaltó. Lo miró con expresión reprobadora.
—¡Déjalo ya, Caramon! —dijo con voz cansada, los ojos anegados en lágrimas—. Raistlin se ha ido. Métetelo en la cabeza.
Caramon se sonrojó.
—Debía de estar soñando —balbuceó.
Tika suspiró con aire sombrío y volvió a intentar despertar a Tas. Caramon se tiró sobre el banco, pero no cerró los ojos.
—Supongo que todo depende de mí —dijo con un suspiro.
—Jasla está llamándome —dijo Berem.
—Sí —contestó Caramon—. Ya lo sé. Pero ahora no puedes ir con ella. Tenemos que esperar. —Apoyó la mano en el brazo de Berem, en un gesto tranquilizador y protector.
Raistlin pensó en todas las veces que le había molestado esa mano reconfortante. Dio media vuelta, desanduvo sus pasos por el pasillo y, alejándose, se adentró en la oscuridad. No estaba seguro de adonde iría a parar, pero tenía cierta idea. Cuando llegó al lugar donde el pasadizo se dividía en dos, eligió el corredor que bajaba, el que estaba más oscuro. El aire estaba frío y apestaba. Las paredes rezumaban humedad y una capa de limo cubría el suelo.
Unas antorchas trataban de iluminar el camino, pero su luz era muy débil, como si a ellas también les costase sobrevivir en aquella oscuridad opresiva. Raistlin pronunció la palabra que encendía su bastón y el brillo del globo de cristal se iluminó tan vacilante que apenas le servía para ver. Avanzó sigilosamente, pisando con sumo cuidado, atento a cualquier sonido. Al llegar a una escalera, se detuvo para escuchar. Desde abajo subían las voces guturales y sibilantes de los guardias draconianos.
Oculto entre las sombras, Raistlin se quitó el medallón dorado que llevaba al cuello y lo metió en su bolsillo. Cogió las bolsitas que llevaba colgadas de un cordel y se las ató en el cinturón de la túnica negra. Después, apagó la luz de su bastón y bajó la escalera sin hacer ruido.
Al girar un recodo, encontró la sala de los guardias. Allí había varios draconianos baaz sentados a la mesa con un oficial bozak, jugando a los huesos bajo la luz de una única antorcha.
Dos baaz más hacían guardia delante de un arco de piedra lleno de telarañas. Detrás del arco se abría una oscuridad más vasta y profunda que las sombras de la muerte.
Raistlin se quedó donde estaba, escuchando la conversación de los draconianos. Lo que oyó confirmaba su teoría. Anunció su presencia con un «ejem» bien alto y bajó los últimos escalones haciendo mucho ruido, con sus pisadas resonando sobre la piedra.
Los draconianos se pusieron de pie de un salto, con las espadas desenvainadas. Raistlin apareció ante ellos, y los guardias, cuando vieron la túnica de hechicero, se relajaron. De todos modos, no soltaron sus espadas.
—¿Qué quieres, Túnica Negra? —preguntó el bozak.
—Me han ordenado que renueve las trampas mágicas que protegen la Piedra Fundamental —contestó Raistlin.
Estaba corriendo un riesgo enorme con sólo nombrar la Piedra Angular. Si su hipótesis era falsa y aquellos draconianos estaban vigilando cualquier otra cosa, tendría que luchar por su vida de un momento a otro.
El oficial estudió a Raistlin con recelo.
—Tú no eres el hechicero que suele venir —respondió—. ¿Dónde está él esta noche?
Raistlin se dio cuenta de que había remarcado mucho el «él» y descubrió que se trataba de una prueba. Resopló.
—Debes de tener muy mala vista, oficial, si confundes a la señora Iolanthe con un hombre.
Los draconianos baaz soltaron varias risotadas e hicieron comentarios groseros a costa de su oficial. Éste les hizo callar con un gruñido y volvió a envainar la espada.
—Pues ponte a ello.
Raistlin cruzó la sala hacia el arco con telarañas. Levantó el bastón y dejó que su luz mágica jugara con las telas de seda. Pronunció varias palabras mágicas. Los hilos destellaron con un débil resplandor que murió casi en el mismo instante. Los draconianos volvieron a su juego.
—Menos mal que he venido —dijo Raistlin—. La magia estaba empezando a fallar.
—¿Dónde está la bruja esta noche? —preguntó el oficial con un tono de voz demasiado despreocupado para serlo.
—He oído que está muerta —repuso Raistlin—. Intentó asesinar al emperador.
Con el rabillo del ojo, vio que el oficial y los baaz se miraban entre sí. El oficial murmuró al oír la noticia, algo así como que su muerte era «desperdiciar una hembra de primera calidad».
Raistlin echó a andar hacia el otro lado del arco.
—No des ni un paso más, Túnica Negra —le ordenó el oficial—. Nadie puede pasar de ahí.
—¿Por qué no? —preguntó Raistlin, fingiendo sorpresa—. Tengo que comprobar el resto de las trampas.
—Son órdenes —dijo el oficial.
—¿Qué hay ahí? —quiso saber Raistlin, intrigado.
El oficial se encogió de hombros.
—No lo sé, ni me importa.
Los guardias no se ponían para no guardar nada. Raistlin estaba convencido de que la Piedra Fundamental estaba al otro lado del arco. Intentó ver, aunque fuera de pasada, aquella piedra legendaria, pero no lo consiguió, si es que realmente estaba ahí.
Levantó la vista hacia el arco. Sintió algo extraño. Se le erizó la piel; le recorrió un escalofrío. No sabría explicar por qué, pero tenía la extraña sensación de que ya había visto ese arco antes.
La mampostería era antigua, muy anterior a la sala donde estaban los guardias, que parecía de construcción moderna. Raistlin podía distinguir los bordes borrosos de las tallas sobre los bloques de mármol que formaban el arco y, a pesar de que las tallas estaban dañadas y muy borradas, las reconoció. Cada trozo de mármol estaba tallado con un símbolo de los dioses. Raistlin miró la piedra angular, en el punto central, y en las tenues líneas distinguió el símbolo de Paladine.
Cerró los ojos y ante él apareció el Templo de Istar, bello, elegante, con el mármol blanco reluciente bajo el sol. Abrió los ojos y éstos se sumergieron en la oscuridad maligna del Templo de Takhisis, y supo con una certidumbre absoluta lo que había al otro lado: El pasado y el presente.
—¿Por qué estás tardando tanto? —preguntó el oficial.
—No logro descubrir el tipo de hechizo que la señora Iolanthe ha conjurado —contestó Raistlin, frunciendo el ceño como si estuviera muy confuso—. Dime, ¿qué pasaría si alguien pasara por debajo del arco?
—Se desata un verdadero infierno —respondió el oficial alegremente—. Las trompetas dan la alarma, o eso me han contado. Yo no lo sé. Nunca ha pasado. Nadie ha cruzado el arco.
—Ésas trompetas —dijo Raistlin—, ¿se oyen desde todas partes del templo? ¿Incluso en el salón del consejo?
El draconiano gruñó.
—Por lo que me han contado, hasta los muertos podrían oírlas. El estruendo sería el mismo que si se acabara el mundo.
Raistlin conjuró un hechizo sencillo sobre las telarañas y después se dispuso a irse. Pero se detuvo como si se lo hubiera pensado mejor.
—¿Alguno de vosotros sabrá, por casualidad, dónde han llevado a la elfa que llaman Áureo General? Se supone que tengo que interrogarla. Pensaba que estaría en las mazmorras, pero no la encuentro.
El draconiano no sabía nada. Raistlin suspiró y se encogió de hombros. Bueno, por lo menos lo había intentado. Volvió a subir la escalera, pensando por el camino que la trampa que había dispuesto era tan tosca que había que ser un completo imbécil para caer en ella.