6

Comenzaba a llover y la luna se había ocultado para cuando sir Arnold Gonders descendió tambaleándose del coche patrulla frente a la Casa de la Presa. Se sentía muerto de cansancio, borracho y de un humor de perros.

—¿Estará bien, señor? —preguntó el sargento mientras el comisario jefe se paraba ante la puerta de hierro y encontraba por fin sus llaves.

—Lo estaría si esos jodidos periodistas no me hubieran echado a perder la noche —gruñó al abrir.

—Sí, señor, la prensa es una cochina amenaza —asintió el sargento, y se alejó en el coche cruzando la presa para tomar la carretera principal en Six Lanes End.

Atrás quedó el comisario jefe que, una vez cerrada de nuevo la puerta, se extrañaba de la evidente cojera de Genscher, el rottweiler, y de sus jadeos asmáticos.

—No debemos despertar a su señoría, ¿verdad, viejo amigo? —le dijo con voz ronca, y se acercó a la puerta de la casa. Después de hurgar un rato con la llave en la cerradura, se enfureció al descubrir que no le hacía ninguna falta. ¡Otra vez Vy! Siempre olvidaba cerrar la puerta con llave. ¡Y mira que la había prevenido insistentemente contra los ladrones!

«Me encanta oírte decir eso, querido», solía replicarle ella.

«Oírselo al mismísimo Gran Protector, siempre preocupado por hacer más seguro el mundo para el ciudadano corriente. Pero, con Genscher en el patio, sólo a un loco se le ocurriría entrar. Anda, no seas niño».

Respuesta típica de su forma habitual de tratarle.

En cualquier caso, no iba a arriesgarse a despertarla ahora. Cierto que no sería nada fácil con las copas y las píldoras que habría tomado, como de costumbre. Buscó a tientas el interruptor de la luz del vestíbulo y su mano tocó yeso húmedo donde pensaba hallarlo. Evidentemente, Vy había hecho que lo cambiaran de sitio. Siempre estaba llamando a albañiles y fontaneros para reformar esto o aquello. Claro que… no necesitaba para nada la luz. Mejor a oscuras para no despertar a Vy. Y, como precaución adicional, se quitó los zapatos y subió la escalera tan sigilosamente como pudo. Fue entonces cuando oyó los ronquidos. Ya en otras ocasiones le había reprochado que roncaba, pero esta vez era algo completamente diferente: sonaban como pedos en un baño de barro. Ni loco se iba a poner a dormir en la misma cama con semejante zarabanda. Iría a la habitación de invitados. Fue al baño para hacer un pis y no pudo encontrar el interruptor de la luz. Los malditos lampistas no lo habían puesto donde debiera estar. Así que sir Arnold se desnudó a oscuras y salió luego al pasillo.

A punto estaba de entrar en la habitación de invitados cuando recordó que tía Bea estaría probablemente allí. No iba a correr el albur de acostarse junto a aquel viejo loro. Ni pensarlo. Retrocedió, pues, a tientas por el pasillo, sin dejar de maldecir todo el rato a su mujer. Era muy propio de ella haber pedido que cambiaran de sitio los interruptores. ¡Siempre queriendo que las cosas fueran de otra manera! Al llegar junto a la puerta de su dormitorio, dudó de nuevo. ¡Dios bendito…! ¡Qué sonido tan espantoso! Entonces se le ocurrió que tal vez estuviera pasando algo malo. Quizá Vy se había tomado una sobredosis de las malditas píldoras que le había recetado el médico para su depresión. O pudiera estar hiperventilada. Porque ciertamente aquello no era normal. Aparte de que…, ¿no decían que era peligroso roncar? Algo había leído hacia poco al respecto.

Por un instante la idea inspiró al comisario jefe una oscura esperanza. Tal vez le convendría dejar que siguiera roncando. Entre tanto, lo mejor que podía hacer era tomarse un comprimido de vitamina C y su media Disprina. Regresó, pues, al cuarto de baño, tanteando las paredes, y encontró el tubo de Redoxón…, o creyó encontrarlo porque, al poco rato, advirtió su error. Aquellos malditos comprimidos redondos eran las pastillas que empleaba tía Bea para limpiar su dentadura postiza. En la oscuridad, sir Arnold Gonders escupió desesperadamente en el lavabo, mientras pasaban por su mente locas ideas acerca de su mujer y sus jodidos parientes. ¡Y pensar que tenía la jeta de hacerlo responsable de sus nervios! Alegaba que eran el resultado de estar casada con un hombre que mantenía tan íntimas relaciones con Dios y con los temibles criminales que frecuentaba. No había sido muy explícita en señalar a qué criminales se refería, pero sir Arnold sabía muy bien que ella y su familia pensaban que había hecho una mala boda, puesto que no debía haber aspirado a nada menos que matrimoniar con algún miembro de la realeza. Y es que los Gillmott-Gwyres eran unos esnobs mayúsculos. En cuanto a lo otro, Vy veía con muy malos ojos la religiosidad de su marido… Pero, si Dios todopoderoso no estaba socialmente bien visto, ¡que le explicaran a sir Arnold quién podía estarlo! Por desgracia los nervios de lady Vy se habían puesto mucho peor por culpa de algún payaso del equipo de averías de la sección de comunicaciones, que había tenido, por dos veces, la ocurrencia de introducir en la memoria del teléfono móvil de su coche unos números que podían ponerla, pulsando una sola tecla, en comunicación con locales de muy dudosa reputación ubicados junto a la zona portuaria. Y así, la siguiente vez que Vy utilizó el teléfono, le había respondido el tipo que dirigía El Santo Templo de la Divinidad o, de vez en cuando, como tendría ocasión de comprobar por sí misma, Las Puertas Nacaradas del Paraíso. Lady Vy, que trataba de comunicar con su hermana, supuestamente viva aún, se quedó horrorizada al encontrar una evidente prueba de que su marido telefoneaba realmente a Dios, y que éste era a todas luces un oriental empeñado en ofrecerle «todo tipo de deseo sexual, hierba o chisme vibrador, que le proporcionará una satisfacción celestial. Devolución garantizada del dinero en caso contrario. También hay a su disposición un servicio de masaje y asistencia manual». Su reacción a aquella primera llamada fue destrozar su Jaguar, y otros dos coches más, metiéndose contra dirección por la salida de la M85. La segunda vez, tres semanas más tarde, le dijo a Dios, o a quienquiera que fuese el encargado de Las Puertas Nacaradas del Paraíso… (quien, por ella, bien hubiera podido ser el arcángel Gabriel en persona)…, que se fuera a la mierda, so degenerado. Como resultado de ello, sufrió una terrible crisis de conciencia antes incluso de llegar a casa, al reflexionar y decirse que tal vez había estado realmente hablando con Dios.

—Tú siempre estás de palique con él —le gritó en pleno ataque de histerismo a sir Arnold—, ya sé… Pero ¿por qué yo? ¿Por qué me elige de entre tantos miserables pecadores?

Todo lo cual había sido de lo más desgarrador para sir Arnold. Y menos mal que sabía exactamente de qué le estaba hablando —Glenda utilizaba algunos de los adminículos que vendía aquel sinvergüenza—, por lo cual pudo conminar al muy cerdo con cerrarle el negocio y ponerlo fuera de la circulación durante mucho tiempo si jugaba a ser Dios otra vez. Aquello, sin embargo, no había servido de mucha ayuda para lady Vy. Jamás había vuelto a ser la misma mujer desde entonces, y le había amenazado con pedir el divorcio si alguna vez volvía a oírle decir en su presencia que Dios era amor. Sir Arnold responsabilizaba de todo al maldito indio, y su esposa se reprochaba a sí misma el haber tenido la ocurrencia de casarse con un policía. Al final su médico acabó persuadiéndola de que fuera a consultar a un psiquiatra, quien le explicó que sufría sólo un mal muy corriente en las mujeres de su edad insatisfechas sexualmente. El comisario jefe, que había encargado a sus hombres que pusieran micrófonos ocultos en el despacho del psiquiatra con la esperanza de que ella le confesara haber cometido adulterio, dio por bueno, de momento, aquel diagnóstico. Era evidente que su mujer estaba deprimida e insatisfecha en lo tocante al sexo, aunque él se preguntaba algunas veces qué resultado daría si por casualidad la sometieran a esa especie de test de feminidad que han de pasar en las Olimpiadas las lanzadoras de peso. La siguiente sugerencia del psiquiatra, en el sentido de que debía exigir el débito conyugal por lo menos dos veces por semana, junto con la sarcástica carcajada de Vy y su aseveración de que él no era ya capaz de conseguir una erección al año, no digamos ya dos por semana, no fueron tan del agrado de sir Arnold. La desconcertante atracción que Vy ejercía sobre él había surgido siempre más de sus relaciones sociales que de la esperanza de satisfacer algún antojo sexual. De hecho, incluso antes de que el Señor le hubiera mostrado cuan errado iba, se había sentido mucho más atraído por las siluetas juncales y aniñadas, como la de Glenda, que por el busto musculoso y desproporcionado de Vy. A pesar de lo cual, espoleado por la diabólica risotada de ella y por dosis masivas de vitamina E, había echado el resto para satisfacer las necesidades conyugales de su mujer. Tuvo la suerte de que los antidepresivos que le recetó el psiquiatra, combinados con su habitual lingotazo nocturno de ginebra, la dejaban demasiado groggy para reclamar su ración de sexo…, e incluso para ser consciente de no haberla tenido. Sir Arnold, sin embargo, no quería perderla por completo: tenía mucha influencia a través de su padre, sir Edward Gillmott-Gwyre, y le abría una serie de puertas en la alta sociedad que, de no ser por ella, se le cerrarían.

El caso es que ahora, a juzgar por aquellos espantosos ronquidos, Vy debía de estar en un serio apuro. Tomó impulso en la pared para salir del cuarto de baño y recorrió de nuevo el pasillo tambaleándose; y ya había abierto la puerta del dormitorio cuando lo asaltó un nuevo pensamiento alarmante. Jamás la había oído roncar de esa manera… Y ella, naturalmente, habría supuesto que se quedaría en Tween como solía hacer después de algún compromiso nocturno. Así que era posible que se hubiera metido en la cama con aquel marimacho de tía Bea. Si era ésta la que roncaba, la muy guarra iba a llevarse una desagradable sorpresa. Porque, por mucho que a él le desagradara su esposa, ¡maldito si iba a consentir que una lesbiana ocupara su lugar en su dormitorio! El comisario jefe avanzó cautelosamente hacia la cama, con el brazo extendido como si tanteara los ronquidos con la mano para orientarse… Sus dedos tocaron unos cabellos. En la oscuridad, sir Arnold Gonders se quedó helado, incapaz de seguir arrastrando los pies. Aquél no era el pelo de Vy…, habría reconocido sus rizos en cualquier parte…, y tampoco el de Bea, corto y lacio. Lo que tocaba eran unas greñas largas, grasientas.

Era el pelo de un hombre y, puestos ya a decirlo todo, también eran ronquidos de hombre. No había error posible. Como no lo había respecto a otra cosa: el olor. Supo entonces la razón de que Genscher estuviera jadeante y cojo. Y se dio cuenta de que tenía que vérselas con un intruso excepcionalmente peligroso. Toda la vida había dicho que algo así sucedería si Vy dejaba abierta la maldita puerta…

Bien, lo menos que puede decirse es que, borracho y exhausto como estaba, no razonaba demasiado bien. Por su mente alterada cruza como un relámpago la posibilidad de que la casa haya sido tomada por el IRA. Tiene que hacerse con la pistola que guarda en el cajón de la mesita de noche…, la pistola y el botón de alarma. Tantea con la máxima cautela el borde de la mesilla de noche y trata de abrir el cajón. El muy maldito está atascado. Tira más fuerte y logra que ceda unos centímetros aunque a costa de un sonoro crujido. Al momento siguiente hay un movimiento en la cama. Sir Arnold no lo duda ya. Si por lo menos pudiera sacar su arma… Introduce la mano en el cajón, pero allí no hay revólver ni botón de alarma. Asiendo, pues, por la parte de arriba la lámpara de madera de la mesita de noche, el comisario jefe descarga un leñazo con su base en el lugar de procedencia de los ronquidos. Un catacrac terrible, la bombilla que estalla, el enchufe que salta de la caja de la pared… y los ronquidos cesan. En la oscuridad, sir Arnold va hacia la puerta en busca del interruptor principal, pisa un trozo de vidrio de la bombilla rota, se hace un corte en el pie, suelta una maldición…

Cuando por fin pudo encender la luz, fue meridianamente claro que la situación era mucho más terrible de lo que había imaginado. Para empezar, lady Vy estaba despierta —había sido llevada a un estado de vigilia aparente merced a un patadón convulsivo y reflejo de las piernas de Timothy Bright—, pero sin sus lentes de contacto le resultaba bastante difícil determinar quién era quién. A su lado en la cama yacía alguien, que para ella era sir Arnold, sangrando horriblemente por una herida en el cuero cabelludo, en tanto que un hombre en cueros vivos, armado con una especie de estaca, vociferaba palabrotas desde la puerta. Para lady Vy, cargada de ginebra y de píldoras antidepresivas, era evidente que estaba a punto de ser violada y asesinada. Actuando con notable velocidad para una mujer en su estado, echó mano del revólver del comisario jefe, que había guardado a mano en el cajón de su mesita de noche. Era su último recurso defensivo, y estaba decidida a usarlo. Su primer disparo dio en la luna del armario Victoriano, a la derecha del asesino. Lady Vy trató de apuntar con más cuidado para el segundo y, mientras lo hacía, tuvo la confusa conciencia de que su atacante estaba gritándole en una voz que le sonaba vagamente familiar.

—¡Por todos los santos, deja ese maldito revólver…!

El segundo marró el blanco por el lado contrario y, tras dar en un costado del calentador de agua y salir por el otro, rebotó en las paredes del baño anexo al dormitorio.

No hubo necesidad de un tercer disparo. Sir Arnold había escapado a toda prisa por la puerta, cerrándola de golpe tras él. Lady Vy apretó entonces el timbre de alarma que habían instalado en la casa para alertar a todos los puestos de policía en un radio de ochenta kilómetros de que la segunda residencia de su comisario jefe había sido asaltada por unos intrusos.

Para sir Arnold Gonders, la media hora que siguió fue un anticipo del infierno. En cuanto la sirena del tejado se puso a ulular y los focos halógenos del jardín iluminaron como un ascua la casa, mientras una docena de puestos de policía recibían el aviso de emergencia de prioridad máxima, supo que su carrera estaba al borde de un abismo. Se precipitó escaleras abajo y estaba ya a medio camino del teléfono de su estudio cuando encendieron las luces del vestíbulo y se vio frente a su vieja ama de llaves escocesa en camisón.

—¡Ay, sir Arnold! ¿Sabe usted qué ocurre? —preguntó la pobre mujer.

El comisario jefe la apartó a un lado con la ensangrentada lámpara de la mesita de noche. ¡Vaca estúpida! ¿Cómo iba a saber él lo que estaba pasando? Una vez en su estudio, dejó caer la lámpara sobre una valiosísima alfombra persa y agarró el teléfono. El número…, la clave para cancelar la alarma… ¿Cuál era aquel maldito número? Finalmente, desesperado, marcó el 999 y al punto le respondió una voz preguntándole cuáles eran los servicios de urgencia que solicitaba. Era una cuestión más relevante de lo que a él le pareció en aquellas circunstancias, porque la casa no estaba en llamas…, de momento.

—¡Con la policía! —chilló, y lo conectaron con una grabación en la que se le rogaba que tuviera paciencia, porque los servicios de la policía estaban momentáneamente colapsados. Sir Arnold conocía el mensaje. Él mismo se lo había dictado a su secretaria.

«Mientras espera ser atendido —prosiguió la tranquilizadora voz femenina—, los miembros de los servicios de policía de Twixt y Tween nos complacemos en informarle acerca de algunas modalidades complementarias de asistencia que ofrecemos al público. Siempre hay agentes dispuestos a dar clases de seguridad vial en escuelas de todos los niveles, primaria, secundaria, superior y no reglada. Impartimos también clases regulares de defensa personal para ciudadanos maduros y personas del sexo femenino. Éstas están a su disposición en…».

—¡Cierra el pico, coño! —gritó el comisario jefe y colgó de golpe. Acababa de ocurrírsele una nueva y más espantosa posibilidad. Vy y un jovenzuelo en la cama… ¡Un gigoló! Tenía que encontrar alguna forma de evitar que convergieran en la casa montones de policías y descubrieran que, casi con toda seguridad, había asesinado al amante de su mujer. Pero ante todo tenía que acallar la maldita sirena.

Lívido de terror se precipitó por el recibidor hacia la cocina en busca de la caja de los fusibles pero, por más que miró en la despensa, que era donde hubiera debido estar, no dio con ella. Habían cambiado de sitio la maldita caja. ¡Otra vez Vy y sus lampistas! ¿De qué servía disponer de unos servicios de urgencia, si no podías ponerte en contacto con ellos? Con los demás moradores de la casa no cabía contar. Cuando iba a regresar al estudio con la intención de agarrar su escopeta de caza y acabar con la estridente sirena del tejado volándola de un escopetazo, se dio de bruces con tía Bea.

—¿Ocurre algo malo? —le preguntó al tiempo que estudiaba su anatomía con una pizca de interés y ostensible repugnancia—. Creí haber oído disparos…, y luego se han encendido esas luces tremendas, y la sirena que no para… ¿No puedes apagarlas?

—No —respondió el comisario jefe—. Y no ha ocurrido nada de particular.

—Pues voy a ver si las apago yo —replicó tía Bea.

A su espalda se había puesto a sonar el teléfono del estudio. Durante un momento los dos se impidieron mutuamente el paso en la puerta de la cocina, pero sir Arnold logró zafarse y corrió al estudio.

En la cocina, tía Bea encontró los interruptores generales y la sirena calló. Volvió entonces sobre sus pasos con el ama de llaves y ambas se quedaron de plantón en la puerta del estudio. El comisario jefe estaba hablando por teléfono.

—Al habla Harry Hodge, el subcomisario jefe —dijo una voz singularmente tranquila.

—Ya lo sé. Sé perfectamente quién es —aulló sir Arnold.

—Bueno, bueno… —respondió la voz, prosiguiendo su demostración de desconcertante calma—. ¿Está usted bien? Repito…, ¿está usted bien? Tómese el tiempo que necesite para responder.

Pero sir Arnold no se lo tomó. Ya era bastante con hallarse en pelota picada en su despacho, observado por una mujer de mediana edad y chillón kimono que no apartaba los ojos de él y de la mancha de sangre que había en la alfombra…

—¡Por supuesto que estoy bien, maldita sea! Se disparó accidentalmente la alarma. Eso es todo.

—Bueno, bueno… —repitió el subcomisario jefe manteniendo su tono imperturbable—. Lo comprendo perfectamente. Pero ahora, ¿está usted bien? Repito, ¿está usted…?

—Oiga, Hodge… ¿Qué diablos ha querido decir con eso de que lo comprende? Estoy aquí en cueros y usted… —Al decir esto se volvió a tía Bea—. ¡Por los clavos de Cristo, lárgate!

—Trate de mantener la calma —insistía el pelma de Hodge con aquella exasperante flema—. Tenemos todo bajo control. Pero, diga… ¿Está usted bien? Repito…

—Pregúnteme otra vez si estoy bien, Hodge, y le aseguro que le parto su jodido cuello. Ya le he dicho no sé cuántas veces que estoy perfectamente. ¿Cuántas más tendré que repetírselo?

Al otro lado de la línea, el subcomisario jefe empezó a plantear más o menos la misma pregunta. Sir Arnold hizo acopio de paciencia.

—Hodge —dijo, con un autodominio que quería ser una versión propia del de su segundo—. Hodge…, estoy perfectamente. Repito, estoy perfectamente. Repito…, perfectamente.

—Bueno…, entonces todo va bien —concluyó Hodge casi con pesar—. ¿Ha sido una falsa alarma? ¿Debo hacer que vuelvan los chicos de la BAR?

—¿Queeé? —Los sucesos de los pasados minutos habían hecho al comisario más lento de comprensión que lo habitual en él.

—La Brigada de Acción Rápida —aclaró Hodge, con una nueva nota de duda en su voz.

—¿Esos bobos? —aulló el comisario jefe—. ¡Por supuesto que debe hacerlos regresar en seguida! ¿Para qué cree que le he llamado?

—¿Que usted me ha llamado, señor? ¿Que me ha llamado? No quisiera llevarle la contraria en un momento así, pero el hecho es que soy yo quien le ha telefoneado. ¿Está usted seguro de que se encuentra bien del todo?

Sir Arnold hizo un supremo esfuerzo.

—Hodge, ¡por favor! Créame cuando le digo que estoy perfectamente bien, muy bien, muy bien… ¿Está claro? Me encuentro bien, y sólo quiero volver a la cama.

—Como usted mande, señor… Aun así, es una lástima no aprovechar la oportunidad como ejercicio de entrenamiento…

—No. Le repito, no. Y vuelvo a repetir: no, bajo ningún concepto. Corto y fuera, ¡coño!

Y, colgando el teléfono, el comisario jefe se volvió para afrontar otros problemas aún más inmediatos.