Nota del traductor
Las sucesivas y confusas traducciones góticas del manuscrito latino de Angus de Metz, cuyo hallazgo quiero cubrir con un manto de silencio para no traicionar la palabra empeñada a quienes me permitieron leerlas y copiarlas, versa sobre hechos muy antiguos, situados en el otoño de esa época de la Edad Media que los historiadores han llamado la Edad Oscura.
Efectivamente, los acontecimientos que nos describe un sencillo monje de la orden benedictina, quien entró a formar parte de una expedición cristiana cuyo objeto era evangelizar el norte de Europa siguiendo las huellas de San Bonifacio, cobran forma en la sombra del siglo VIII, una edad en la que la ausencia de luz histórica acentúa, no sin cierto encanto para el lector de este nuestro siglo, el misterio de todos aquellos hechos y de las gentes que los llevaron a cabo.
Para Europa fue aquel un Medievo temprano en el que la dinastía de los carolingios terminó por dar forma a un imperio germánico y cristiano, que trataba de aunar, con esa perfección estética tan característica del románico, el poder del brazo secular y el de Dios. Pero para llegar a esa armonía mundi, que; se presumía la meta ideal en la tierra por ser reflejo de la armonía de las esferas frente a la amenaza de los infieles y el advenimiento del Anticristo (la «bestia inmunda», cuya llegada se preveía en el temido año 1000), era necesario no sólo un enfrentamiento con los pueblos paganos del norte y del este, sino también una profunda evangelización de los mismos. Eso motivó las Guerras Carolingias, que se prolongaron durante más de treinta años en la frontera de Austrasia,[1] con no pocos actos crueles cometidos contra la población ignorante y a la vez rebelde.
Carlomagno, contando con la bendición de los papas de Roma, siempre obtuvo la justificación histórica y moral para llevar adelante su cruzada contra Sajonia; en el otro bando, los nobles sajones, liderados por el duque Widukind, se dividieron ante la fuerza de su enemigo y a su vez desencadenaron grandes agravios contra los símbolos y propiedades del cristianismo, contando con el apoyo ocasional de frisios y daneses.
La resistencia del duque sajón alcanzó, como no podía ser de otro modo en una época como aquélla, el aura de la leyenda, tanto durante su liderazgo bélico como después tras su misteriosa conversión al cristianismo. Es por todo eso que el manuscrito de Angus de Metz, lejos de ser sólo una crónica de guerras y episodios carolingios, es también testimonio de una confrontación de ideas condenadas a abolirse mutuamente, lucha por la supervivencia no sólo de pueblos sino también de creencias, obra, por tanto, de creyentes y, a la vez, de devotos herejes.
Gracias a su insólita experiencia, el relato de Angus es un legado que, si bien discutible (y con razón) para algunos eruditos, será interesante para muchos otros curiosos de la historia y de la literatura medievales. Su conocimiento es de primera mano, asegurando haber estado presente a ambos lados de la frontera terrenal y religiosa que dividía tortuosamente aquella tierra, convertida en pasto del hambre y de la guerra, y que finalmente y tras sucesivas deportaciones pudo entonar al unísono con el resto del imperio el credo in unum Deum, Patrem omnipotentem, factorem caeli et terrae, visibilim omnium et invisibilium…
EL TRADUCTOR