XII

Fue como si a mi espalda el león de la ecpirosis se abriese paso a zarpazos; tal era la ambición y el ardor de su lengua que no había pergamino alguno que no sucumbiese al eco de su ignívoma palabra.

Una pira de voluminosos códices, tocada por aquella horda flamígera, estalló a su contacto con tal decisión, que habría podido decirse que el recinto aguardaba desde hacía siglos la visita del fuego.

Otra columna de libros se vistió de rojo. Los pliegues de piel de sus lomos retrocedieron emitiendo cien lenguas ardientes. Todo aquel conocimiento encerrado y seco escupió una llama colosal que tocó el techo envolviendo docenas de plúteos que se consumían. Huí cubriéndome el rostro ante el brasero humeante.

Descendí las escaleras y huí a las tinieblas. Al volverme, me di cuenta de que las ventanas de la biblioteca aparecían fuertemente iluminadas, pero el incendio todavía no se había declarado. Huí hacia los campos que rodeaban la abadía y ya desaparecía en las sombras cuando el campanario tocó a rebato.

Me precipité en el bosque y sólo escuché el tañido de la campana, cuya voz no cesó mientras me concentraba en mi huida desesperada, aferrado al códice como un náufrago a la última astilla del barco con el que ha surcado las anchas aguas en el mundo y de la vida, antes de ver cómo una tormenta lo despedaza.

A cierta distancia, al traspasar una espesura desgarradora, el sendero hundió su cuchillo en una densa cañada para elevarse de nuevo trazando la forma de una runa por el lomo de la colina. Allí arriba volví mi mirada atrás, para tomar aliento y contemplar entonces la diabólica intervención, quizá la justicia de la Providencia, o la ejecución de una maldición. La abadía estaba sumida en una sucesión de resplandores rojos que latían como corazones abiertos a puñaladas en el pecho de la noche.

La ruina se propagaba sin freno a los demás edificios, como si la imprecación de Alfredo al fin hubiese hallado la forma de abrirse paso hacia sus captores extendiendo la conflagración universal que los estoicos atribuyen a su calendario pagano. Uno de los edificios arrojaba ya larguísimas llamas, otro a su vera también ardía, y era sin duda alguna la gran iglesia. Un extraño clamor reverberaba en la copa cristalina de la noche. Bajo los ojos llorosos de las estrellas el fuego proclamaba su dominio, y el Diablo su victoria.

Me refugié al día siguiente en una partida de jornaleros errantes, y supe que la completa abadía había sido pasto de las llamas. Pasé hambre por los bosques, como la pasaban mis compañeros.

Me alejé en busca de los caminos del sur. Aun así, cargué con el libro que había rescatado de la universal hoguera, y tuve por vez primera la impresión, por paradójico que esto resulte, de que toda mi vida, desde que me habían apartado de las bibliotecas en edad temprana, por mi consabida y excesiva pasión hacia la lectura y la escritura, se había desarrollado para asegurar la salvación de un libro.